sábado, 21 de julio de 2018

Viera Nicolaevna (memorias)


Por Freddy Ortiz Regis

Cuando llegamos a Moscú era la postrimería de la estación del otoño. En unos días comenzaría el crudo invierno ruso, y después de pasar por todos los controles médicos y soportar la cuarentena de rigor (no poder salir a la calle y pasarnos todo el día viendo TV o leyendo una que otra revista), llegó, por fin, el primer día de clases.

Todo el primer año lo pasaríamos estudiando la lengua en que habríamos de sobrellevar la carga académica de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú. Antes de llegar a Rusia ya había estudiado un curso básico del idioma en la ciudad de Trujillo, Perú, a la que llegué a vivir cuando apenas tenía doce años. Precisamente, uno de los rubros de la evaluación para poder ganar la beca de estudios a la —en ese entonces— Unión Soviética era responder un cuestionario de preguntas en el idioma ruso.

Mi primer contacto con este idioma fue a través de mi amigo Nicolás Barrutia. Él había estudiado historia en la misma universidad a la cual ahora yo había llegado con muchas ilusiones y una gran dosis de ansiedad. Pero, Nicolás, no solo me puso en contacto con esta hermosa lengua que tiene el alfabeto griego y la gramática del latín, sino que, además, sembró en mi corazón el anhelo de conocer la tierra del gran Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) y comprobar “con mis propios ojos” las maravillas que el socialismo había logrado en la llamada URSS.

Lo cierto es que Nicolás solo había tenido ojos para mirar lo más hermoso de Rusia… Bastaba escucharlo hablar de este país para comenzar a imaginarnos cómo sería el paraíso. Sus ojos vivaces, que se mostraban detrás de unas gafas muy parecidas a las de Gandhi, adquirían un brillo diferente cuando hablaba del país del socialismo triunfante, y su voz, una voz agamuzada que le era tan característica, nos transportaba hacia paisajes en donde sí era posible la justicia, la igualdad y, sobre todo, la alegría. Quienquiera que veía a Nicolás por la primera vez, pensaba que era natural de la India. Eso fue lo que a mí también me pasó cuando me lo presentaron en la Casa de la Amistad Peruano-Soviética, que estaba ubicada a pocos metros de la esquina que conforman las calles Colón y San Martín.

Desde ese momento surgió entre nosotros una gran amistad que duró todo el tiempo que estudié en aquel lugar el idioma ruso y aprendí los fundamentos del materialismo dialéctico e histórico, que Nicolás también impartía con sagrada devoción. Después del día que nos despedimos para viajar a Moscú no lo volví a ver nunca más. He tenido muchos intentos fallidos de encontrarlo, pero no para confesarle mi desasosiego por la frustración que me significó el sistema socialista, sino, sobre todo, para volver a verlo, darle un abrazo y compartirle lo más hermoso que descubrí en el pueblo ruso: su nobleza.

Y ahora había llegado el día del primer día de clases… Después de pasar por los controles de rigor, finalmente, me tocó un aula conformada por solamente seis estudiantes —dos peruanos, un mexicano, un dominicano, un colombiano y un salvadoreño—. La disposición de los muebles era una gran mesa semicircular ante la cual estaban sentados los estudiantes, y frente a ella, en el centro, el profesor. Centenares de jóvenes provenientes de los cinco continentes se habían reunido para buscar sus aulas e integrarse a los grupos de estudio del idioma ruso. Muchos nos mirábamos y sonreíamos tratando de calmar un poco los nervios y la ansiedad propios del primer día de clases. Hasta entonces hablábamos diferentes lenguas, pero, poco a poco, ese muro de separación habría de ir cayendo por acción del idioma ruso que derribaría las diferencias idiomáticas y nos permitiría acercar no solo nuestras culturas sino también nuestros sentimientos.

En el caso de los latinos, fue Viera Nicolaevna la culpable de que cayera ese muro de separación. Cuando ingresó al aula todos hicimos silencio y nos pusimos de pie por invitación del director académico del área de idiomas que la acompañaba. Hablando un perfecto español, el funcionario nos presentó a quien iba a ser nuestra docente de idioma ruso por el primer año de estudios en la Universidad. Luego se retiró y nos dejó con Viera, quien colocando una mano sobre la mesa y dibujando una amplia y fresca sonrisa nos saludó y dio la bienvenida con esa fría cortesía que habría de ser su sello durante todo el tiempo que duró nuestros estudios bajo su guía y dirección.

Viera era una mujer de —en ese entonces— unos sesenta y cinco años de edad. Su rostro dejaba traslucir una belleza que le había acompañado durante toda su vida. Sus intensos ojos azules parecían no haber sucumbido al paso de los años. A diferencia de otras profesoras, que eran más jóvenes y de cuerpos mas estilizados, Viera era subidita de peso y su rostro, rechoncho y agradable, al que se sumaba una voz maternal y muy femenina, le daban la gracia de una madre amorosa y consentidora.

Pero Viera no era ni amorosa ni consentidora. Es probable que por haber enseñado el ruso a alumnos latinos por más de treinta años estos atributos solo engañaban a quienes se quedaban de ella con la primera impresión. Viera Nicolaevna —en Rusia, el antropónimo de una persona consta de tres elementos: nombre, patrónimo y apellido; por ejemplo, Antón Pávlovich Chejóv  (Antón, hijo de Pável Chéjov), Anna Pávlovna Pávlova  (Anna, hija de Pável Pávlov), Serguéi Mijáilovich Einsenstein  (Serguéi, hijo de Mijaíl Eisenstein)— era firme y, en algunas circunstancias, dura. Tenía que serlo. Tratar con jóvenes provenientes de América Latina no era una cosa fácil. Mientras los jóvenes de la India, Sri Lanka o de algún país emergente del Asia se caracterizaban por su docilidad y permeabilidad, los alumnos latinos éramos todo lo contrario.

Una noche, la comunidad de estudiantes latinos hizo una fiesta entre semana. La diversión duró hasta altas hora de la madrugada, y como es natural para nosotros, decidimos no ir a clases al día siguiente. Al amanecer, una hora después del inicio de clases, las puertas de los dormitorios de los latinos eran golpeadas con frenesí. Al abrir la puerta nos dimos con la sorpresa que era Viera Nicolaevna acompañada de uno de los supervisores académicos de la universidad. Sus ojos azules parecían despedir llamaradas de fuego mientras el supervisor, gritando y tratando furiosamente de apagar un moderno equipo de sonido que teníamos en la habitación, nos emplazaba a alistarnos para ir a clases.

Al llegar al salón de clase, encontramos a Viera Nicolaevna con la cabeza enterrada entre sus apuntes. Aún somnolientos, ingresamos lenta y silenciosamente al aula. Al levantar su mirada hacia nosotros advertimos que sus ojos estaban inflamados por un llanto reciente. Con esa voz maternal pero firme que ya le habíamos reconocido desde el primer día de clases, nos dijo que no nos iba a ofrecer disculpas por lo ocurrido porque nosotros teníamos un compromiso con nuestros países, de donde habíamos venido para labrarnos un futuro mejor. Añadió que nada justificaba —a no ser una enfermedad o un evento de fuerza mayor— dejarla plantada con la clase y retrasar el cronograma de enseñanza que la universidad había programado para el presente año lectivo.

Nadie dijo una sola palabra (aunque para nuestros adentros la estábamos maldiciendo por haberse metido en nuestra vida privada). Sin embargo, desde lo ocurrido, el carácter de Viera Nicolaevna como que aflojó un poco. Ahora celebraba las bromas que le hacían David (el colombiano) y Jaime (el salvadoreño, pero criado en México). Este par podían volver loca a cualquier persona. David la galanteaba descaradamente, y Jaime hablaba —mejor dicho, gritaba— como si todos estuvieran a cincuenta metros de él. Sus gritos eran tan fuertes que un día la profesora de la clase contigua tuvo que pedirle que moderara la intensidad de su voz. Este Jaime era más mexicano que el verdadero mexicano que también formaba parte de nuestra clase, cuyo nombre era Adrián. Y este Adrián parecía como si siempre estuviera asustado. Cómo le costaba pronunciar el ruso. Viera Nicolaevna mudaba su rostro en mil colores cuando escuchaba a Adrián cumplir con la rutina de los ejercicios en clase. Un día, le ordenó que no viniera a clase, sino que se quedara toda la jornada en el laboratorio de idiomas de la universidad en donde estaban disponibles los equipos de audio con grabaciones en alta fidelidad de las palabras y fonemas del idioma ruso. En una oportunidad, Adrián, en un arranque de desesperación, le preguntó a Viera Nicolaevna por qué en ruso la vocal “o” cuando no le recae el golpe de voz se pronuncia como “a”. Viera —con esa facultad que tenía para mezclar la risa con la conmiseración— le respondió no a él sino a todos:

—Nunca pregunten por qué en el estudio de un idioma. Las lenguas no se generan ni evolucionan por un porqué sino por factores relacionados con el desarrollo cerebral y la experiencia histórica de los pueblos. En el lenguaje hay cosas que rebasan el concepto de la lógica, y es natural porque el lenguaje es un producto social. Por ejemplo, ustedes, en español, preguntan cuando quieren saber el tiempo: “¿qué hora tienes?”. Pero yo les pregunto: ¿el tiempo se tiene o es? El tiempo es algo abstracto, por lo que según las reglas de la lógica no se puede tener; en cambio, por ser una dimensión está en el plano de lo ontológico, de lo que es. Por ello, en ruso, no preguntamos “qué hora tiene” sino “qué hora es”.

Yo no sé si Adrián entendió lo que Viera Nicolaevna respondió, pero estaba claro que la respuesta no era solo para él…

Los que menos dolores de cabeza le dábamos a Viera Nicolaevna, éramos, a no dudarlo, mi compatriota Alberto, el dominicano Enrique y yo. Y esto, porque no solo teníamos una mejor actitud frente a la clase sino porque, además, sacábamos las mejores calificaciones. Sin embargo, un día, Viera Nicolaevna, como para que no nos envaneciéramos neciamente, nos dijo a boca de jarro que “en la tierra de los ciegos (refiriéndose a David, Jaime y Adrián), los tuertos son príncipes”.

Así era Viera Nicolaevna. Las otras profesoras de lengua rusa hasta invitaban a sus alumnos a sus casas para tomar el té o compartir un rato agradable al calor de sus hogares. Nosotros, en cambio, solo esperábamos que ese día llegara en la vida de Viera Nicolaevna y sus alumnos de América Latina. Pero ese día nunca llegó. Viera Nicolaevna solo estaba con nosotros en los momentos oficiales y protocolares programados por la universidad. La foto que aparece a continuación registra una visita a la casa museo de algún personaje de la historia rusa que la memoria no me ha permitido retener. Ahí aparecen—yendo en dirección de derecha hacia la izquierda—: Acocha de Nigeria, la profesora de ruso en lengua inglesa (con gorro), Mteto y Aicha, también de Nigeria, cuatro estudiantes varones de la India, una estudiante de Chipre, la profesora de ruso en lengua griega (con gorro), dos jóvenes mujeres, también de Chipre, Enrique de República Dominicana y yo. Viera Nicolaevna no aparece (probablemente es quien toma la foto) como no aparece en ninguna de las pocas fotografías que sobrevivieron a mi travesía por Europa después de abandonar Rusia.  


Docentes rusas y alumnos de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú

Después de terminar el primer año académico de la Universidad, estábamos listos para comenzar los estudios de la carrera que habíamos elegido, en mi caso economía. El ruso había dejado de ser una incógnita para nosotros. Ahora podíamos caminar por las avenidas, subir a un transporte público o leer los titulares de los periódicos en las calles y entender de qué estaban hablando o escribiendo los soviéticos en su multifacética forma de vida. Mucho me acuerdo de un grupo de brasileros que conocí los primeros días de mi llegada a Moscú, y con quienes podíamos conversar aún en nuestros propios idiomas, pero entendiéndonos a medias. Después de haber aprendido el ruso pusimos a un costado el español y el portugués y comenzamos a dialogar con mayor entendimiento en la nueva lengua que ahora nos cobijaba. ¡Qué maravilla era el lenguaje! ¡Qué gran conquista de nuestros cerebros fue haber evolucionado al punto de poder intercambiar unos con otros no solo los deseos de nuestras mentes y corazones, sino también la forma como cada uno interpretaba el mundo! ¡Qué satisfacción ver a Adrián, el mexicano, dialogando con jóvenes de distintas lenguas sobre aspectos relacionados a la carga académica o simplemente intercambiando ideas y experiencias acerca de sus propias culturas! Este fue el mayor regalo que Viera Nicolaevna dejó a su pequeño grupo de alumnos latinos de la Universidad de la Amistad de los Pueblos. Siguiendo el curso natural del tiempo, éste debe de haber traspasado ya a la vieja maestra, que descansará según la fe que hubiere atesorado en la vida. Y, como los seres que han trascendido al tiempo y al espacio, María Nicolaevna, no nos dejó nada tangible ni compartió con nosotros las sutilezas en que suelen enseñorearse los placeres de la vida; ella nos dejó un legado espiritual, una perspectiva del maestro por encima del profesor. Por ello he escrito estas memorias para que quienes las lean y la reconozcan, puedan rendirle un secreto tributo a la mujer que nos ayudó a ampliar nuestros horizontes y a reconocer que nada —con excepción del egoísta corazón humano— existe para servirse a sí mismo. 

En las vacaciones del primer año —cuando la estación estival había borrado ya de nuestra memoria el frío y níveo paisaje del largo invierno moscovita— me alisté en una brigada de trabajo estudiantil en Kazajtán, una república soviética al norte de China. Los hechos y ocurrencias que me marcaron en ese bello lugar están registrados en mi artículo titulado Memorias de mi estancia en la república de Kazajtán con la brigada de trabajo de la universidad Drushba Naródav de Moscú