viernes, 31 de octubre de 2014

Chiclayo, una ciudad puesta a prueba

 Por Freddy Ortiz Regis

La primera visita
Visité por primera vez la ciudad de Chiclayo en la década de los ’80. Fui acompañado de mi madre, quien también era la primera vez que viajaba a esa ciudad. Ambos estábamos algo ansiosos, y ella -sobre todo- muy orgullosa: Su hijo querido iba a recibir el premio por haber ocupado el segundo puesto del I Concurso Regional de Obras de Teatro, organizado por el Instituto Nacional de Cultura de esa ciudad. El concurso convocó a escritores de todos los departamentos de la zona norte del país.

Cuando llegamos a Chiclayo, luego de un recorrido de un poco más de tres horas, lo primero que llamó nuestra atención fue el abrazador calor que invadía sus calles luminosas, llenas de personas que caminaban con un semblante que irradiaba alegría y laboriosidad. Sus avenidas anchas y vibrantes contrastaban con sus callecitas angostas y empedradas, dándole a la ciudad el sello inconfundible de una metrópoli que sin renunciar a su historia se proyectaba hacia el futuro con paso firme y seguro.

En las primeras horas de la noche nos reunimos en el hermoso local del Instituto Nacional de Cultura que se había engalanado para recibir a los ganadores, entre los cuales, se encontraba el destacado Carlos Cieza Urrelo, quien habría de ser conocido por su infatigable labor teatral en Trujillo a través de su grupo Teseo y Minotauro. Terminada la ceremonia de premiación, mi madre y yo, nos fuimos a cenar a un céntrico restaurante, y posteriormente, abordamos el bus que nos llevó de retorno a nuestro querido Trujillo.


Bello edificio del Instituto Nacional de Cultura de Chiclayo

Nuestra primera experiencia con Chiclayo había sido muy especial y aún no imaginábamos el impacto que esta hermosa ciudad habría de tener en la vida de mi familia.

El éxodo de mis hermanos
En la década de los noventa mis hermanos menores –Carlos y Raúl– culminaron exitosamente sus estudios de medicina en la Universidad Nacional de Trujillo. El primero de ellos fue enviado a hacer su servicio rural médico a Úcupe, un distrito que está a casi una hora de viaje de la ciudad de Chiclayo; y el segundo, fue enviado a hacer el mismo servicio a la ciudad de Cutervo, en el departamento de Cajamarca, que estaba, por esa época, a casi diez horas de distancia al norte de Trujillo, en los andes peruanos. Y cuando terminaron de realizar el servicio rural ambos lograron cubrir plazas vacantes en hospitales de Chiclayo dando inicio –conjuntamente con sus esposas e hijos– a un nuevo capítulo de sus vidas bajo el inclemente sol y los ancestrales vientos de esta ciudad que les abrió las puertas con los brazos extendidos. Y es así como comienza una nueva etapa en la vida de mi familia: Mi mamá y yo en Trujillo (papá ya había fallecido), y mis otros dos hermanos, en la ciudad de Chiclayo. Posteriormente se uniría a la familia de Trujillo mi hermano Lucho (el mayor de todos), quien despidiéndose para siempre de Lima, ciudad en la que prácticamente se había criado, decidió establecer sus cuarteles de invierno en Trujillo.

De ahí en adelante los viajes e intercambios entre las familias de mis hermanos en Chiclayo, y nosotros en Trujillo, se hizo tan rico y frecuente que prácticamente adoptamos a Chiclayo y a Trujillo como el espacio vital de nuestras vidas.

El ocaso de una esperanza
Viajar a Chiclayo -ya sea en la compañía de mi madre o de mi hijo Juan Pablo- para visitar a nuestros hermanos, era una oportunidad para premiarnos y hacer grata nuestra existencia. Ellos y sus familias siempre nos esperaban ansiosos y se complacían en prodigarnos de grandes atenciones y mucho amor.

Por esos hermosos años –década de los 90– Chiclayo seguía creciendo y cada día que pasaba se construían obras que hacían de ella una ciudad más atractiva al turismo. Obras como el Paseo de las Musas, la remodelación y  embellecimiento de parques, plazas y monumentos antiguos así como el descubrimiento y exposición de la magnificencia del señor de Sipán, contribuyeron a hacer de Chiclayo una ciudad de encanto y punto de encuentro para partir hacia otros lugares de Lambayeque como Puerto Eten, Monsefú, Ferreñafe, Túcume, Saña, Pimentel, Santa Rosa, etc.  

Paseo de las Musas

Plaza Mayor de Chiclayo

Centro comercial de Chiclayo

Avenida Balta de Chiclayo
Estos bellos paisajes así como la histórica pujanza de Chiclayo fueron los  escenarios en los cuales vimos crecer a nuestros hermosos sobrinos Carla y Vanesa (hijas de mi hermano Carlos) y a Raúl, Diana, Julio y Fabricio (hijos de mi hermano  Raúl). Mis hermanos y sus esposas, seguros de haber elegido a esta ciudad como la mejor para la crianza de sus hijos, adquirieron no solamente sus viviendas sino también las tumbas que lo habrían de recibir cuando la vida cesara y se iniciara la sagrada espera de la resurrección.


Mis hermosos sobrinos Carla, Vanesa y Raúl en la plenitud de su niñez chiclayana

Pero algo sucedió que significó un freno en el crecimiento de Chiclayo. En la primera década del siglo XXI, a contrapelo de lo que todos suponíamos representaría la llegada de un nuevo siglo, comenzó a enquistarse en el gobierno de esta ciudad el germen de la corrupción.  De la noche a la mañana, como si una terrible maldición hubiera caído, los gobiernos corruptos que llegaron al poder comenzaron a destruir la ciudad con “obras” que nunca terminaban de concluirse. Las otrora hermosas avenidas y románticas callecitas pasaron a convertirse en escenarios de guerra, como si un bombardeo hubiera azotado la ciudad convirtiéndola en un paisaje inhóspito y ruin.

Transitar por sus calles y avenidas tornóse en un desafío a todo lo que pudiera representar el concepto de una ciudad digna y prometedora. Quienes asaltaron el poder tejieron una red de influencias y subordinaciones de modo que las protestas y quejas de los chiclayanos cayeran en el saco roto de la indiferencia, el menosprecio y la injusticia. Qué lejanos habían quedado los días en que caminar por Chiclayo era una fiesta que alegraba la vida por el solo hecho de hacerlo. Aún resuenan en mi mente las risas de mis sobrinos dando de comer a las palomas de la plaza Elías Aguirre  o jugando en el parque adyacente al Paseo de las Musas. Cuántos momentos de alegría hemos disfrutado con mi madre, Juan Pablo, y mis sobrinos, haciendo compras en sus siempre surtidas tiendas y bazares que no solo ofrecían artículos que nunca encontraríamos en Trujillo sino también a los mejores precios, que era lo que a mi madre volvía loca.

Vista 1 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Vista 2 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Vista 3 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Pero todas esas hermosas experiencias quedaron en el pasado porque mi madre murió en el 2005, mis sobrinos y mi hijo crecieron, y la universidad llegó a ser el nuevo escenario de sus vidas, y la ciudad, la otrora Capital de la Amistad, languideció como se marchita una flor en medio del desierto. De todo eso ahora solo quedan los recuerdos en nuestro corazón y las hermosas fotografías que ocasionalmente nos tomamos y que guardamos como invaluable tesoro de nuestras existencias.

La esperanza es lo último que se pierde
Pero como decían nuestros abuelos “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. El poder corrupto que se apoderó del gobierno de Chiclayo y la destruyó como ciudad para robar y saquearla impunemente, cayó. A apenas horas de volver a entronizarse en el poder por tercera vez el peso de la justicia cayó sobre la banda de ladrones y, uno a uno, desde la cabeza hasta los pies, fueron puestos tras las rejas, y ahora esperan un juicio del que ya se han declarado culpables.

En poder de los saqueadores de Chiclayo se ha encontrado costosas joyas, lujosas propiedades inmuebles y mucho dinero en efectivo. Para mantenerse en el poder compraron las conciencias de las autoridades civiles, administrativas y judiciales no solo de Chiclayo sino también de la Capital. Aún falta mucho por aclararse y conocerse y esperamos que la justicia no se venda, nuevamente, al mejor postor.

El nuevo gobierno local tiene un enorme desafío por delante. Las heridas de Chiclayo no solo son materiales sino también espirituales, y no será fácil para los chiclayanos alcanzar el equilibrio y la ecuanimidad que se requiere para ejercer un buen gobierno. Los tentáculos de la corrupción montada por un movimiento regional que irónicamente lleva el nombre de “Manos Limpias” son aún muy largos y muy fuertes, y la sociedad chiclayana tendrá que apelar a lo mejor de sus hijos para derrotarla en todos los frente de la vida política, cultural, moral, social y económica de esta ciudad. Su glorioso pasado mochica es la mejor reserva moral que tienen ahora los chiclayanos para reconstruir no solo su ciudad sino también su futuro.


Corrupto alcalde de Chiclayo que por una década saqueó y destruyó la ciudad de Chiclayo

Irónico afiche de campaña del alcalde corrupto que intentaba reelegirse por segunda vez

Dramática escena del alcalde ladrón en su hora de enfrentar la justicia

Mis sobrinos que no han nacido en Chiclayo ―Carla (futura abogada), Vanesa (futura licenciada en turismo y administración hotelera) y Raúl (futuro ingeniero de sistemas)― y también los que han nacido en ella ―Diana, Julio y Fabricio― tienen delante de ellos el reto de contribuir ―con sus valores, conocimientos y amor por la tierra que los vio crecer― al renacimiento de Chiclayo.  Dios les ayude a consolidar una nueva generación de ciudadanos que deslinden con el egoísmo y la corrupción. La salvación de Chiclayo y del Perú entero está en la renovación mental y espiritual de su mejor capital: Sus hijos.