lunes, 14 de septiembre de 2015

Y nos hicieron el avión... Memorias de más de un fracaso.

Por Freddy Ortiz Regis
Por más de una semana el Festival Aéreo se anunció en todos los medios. En las redes sociales la publicidad con diseños de los más modernos aviones de guerra, hacía volar, en el imaginario de todos, la idea de que el domingo 13 íbamos a ver uno de los espectáculos aéreos más grandiosos de los últimos tiempos.
Mi nieto y yo ya habíamos planificado todo. El domingo nos levantaríamos temprano, desayunaríamos y emprenderíamos el camino hacia Huanchaco, que está a solo 12 Km de la ciudad. Los días previos al domingo, el Festival Aéreo era el único tema de conversación, y conforme las horas nos acercaban al gran día, la excitación se hacía mayor no solo en los niños sino también entre todos los adultos que compartimos con ellos el mismo techo.
Hasta que el día llegó. Mi nieto, Juan Andrés, me despertó con un grito en la oreja. “¡Hermano Freddy, hermano Freddy, ya es el día de los aviones!”. Yo salté de mi cama y vi la mesa del desayuno lista, y me aseé lo más rápido que pude. Sí, había llegado el día. Todos en casa estábamos felices. Y yo, que el día anterior había pasado la tarde metido en la cama con fiebre de 39, me sentía lleno de energía. La gripe parecía que había cedido a la energía de la esperanza y la alegría.
Cuando terminamos de desayunar era las 9:20 a.m. El Festival Aéreo había sido anunciado para las 10:00 a.m. Así que como todas las personas que somos puntuales -y creemos que los demás también lo son- tomamos la decisión de viajar en taxi hasta Huanchaco a fin de llegar a la hora programada. El taxi nos dejó en la explanada de la iglesia de Huanchaco que está en la parte más alta de este hermoso balneario trujillano.

Templo católico de Huanchaco y su explanada

Cuando llegamos a la explanada de la iglesia era más o menos las 9:40 a.m. Ya había gente esperando el comienzo del Festival. El día estaba nublado y el clima era muy agradable en ese momento. El campanero no cesaba de llamar a la misa de las 10:00 a.m. y el cura lanzó una imprecación -que a mí me pareció una maldición-: “¡Primero es la misa, y después los aviones!”.
Yo estaba muy ansioso. Estar en ese lugar había activado muchos recuerdos hermosos de mi niñez. Hasta ese templo católico subía con mis hermanos y amigos no solo a escuchar la misa de los domingos sino también a dárnosla de valientes: El reto consistía en subir hasta el campanario al que se llegaba por una escalinata que tenía no más de un metro de ancho, y cuya construcción data de la edad media. La oscuridad era casi total pues solo había dos claraboyas pequeñas que se abrían en la pared dejando pasar un poco de la luz proveniente del exterior. El olor que impregnaba la excursión era uno que no lo he vuelto a percibir en ningún lugar del mundo por el que he recorrido: era un efluvio mezcla de piedra antigua, humedad, musgo, y huesos de cadáveres. Estábamos en la edad en que nuestras mentes creían en los fantasmas, y teníamos en nuestras cabecitas toda una colección de historias que no solo nos habían transmitido nuestros padres y abuelos sino que también las habíamos heredado de nuestra memoria genética. Por eso, al momento de subir, los más valientes ocupaban el primero y el último lugar en la fila. Y solo los extremadamente valientes, podían subir sin acompañamiento hasta el campanario y tocar la campana (entre éstos últimos estaba mi hermano Carlos).

Recorrido lleno de misterio que va al campanario del templo

En esos recuerdos me encontraba sumido, mientras pasaba el tiempo, y el Festival Aéreo no comenzaba. Era ya las 11:00 a.m. y entre la gente –que llegaba por oleadas- comenzó a notarse cierto descontento, que fue morigerado por la presencia de los infaltables vendedores ambulantes ofreciendo toda clase de mercancías apetecibles al gusto. Desde la explanada de la iglesia se veía todo el pueblo de Huanchaco, Las Lomas, el cerro Campana y todo el inmenso mar azul del Océano Pacífico. Del pueblo de barro, caña y quincha que había conocido en mi niñez solo quedaba el trazo de las calles, pues en su lugar se han levantado construcciones de material noble, y edificios que poco a poco están limitando la vista del mar desde esta altura del pueblo.
Nosotros nos habíamos ubicado en un lugar estratégico de la explanada de la iglesia. Mi Juan Andrés no cesaba de preguntarme por los aviones. De cuando en cuando se aparecía un hombre en parapente motorizado y, también, un helicóptero que sobrevolaba toda la playa y se adentraba en el pueblo hasta llegar a la altura del lugar en donde nos encontrábamos. Nosotros levantábamos los brazos impetuosamente pero no para saludarlos sino para decirles en el lenguaje del deseo y de la desesperación que por favor se iniciara el Festival Aéreo…


El autor de estas memorias con sus adorados Juan Andrés y Dulce María,
en la explanada del tempo católico de Huanchaco.
Cortesía de Juan Pablo Mora Quiroz

Una señora más o menos contemporánea conmigo, que había ido acompañada de sus hijos y sus nietecitos, me dijo que hasta ella estaba emocionada con el Festival pues esto nunca había ocurrido en nuestro medio. Yo le corregí su apreciación y le dije que en el año 1969 sí había habido un despliegue de naves de guerra en esta zona de Huanchaco:
­“Yo tenía 11 años de edad, señora, y recuerdo que estaba en la escuela, y era más o menos las 10 de la mañana… De pronto nuestras carpetas comenzaron a temblar y un rumor ensordecedor nos obligó a taparnos los oídos con las manos. En esa época la escuelita primaria ocupaba el local de madera que ahora es la biblioteca municipal. La escuela solo tenía dos entradas, una por la calle Libertad y la otra por la calle Larco. Yo me encontraba cursando el cuarto año de primaria y mi profesora, a la sazón, la Srta. Ponce de León, al escuchar el terrible rugir de los aviones que sobrevolaban el pueblo cometió la imprudencia de colocarse en la puerta que da a la calle para -ella sola- contemplar el espectáculo aéreo. Digo que cometió un error porque nuestra aula inmediatamente fue invadida por los alumnos de las otras secciones que tenían como único objetivo alcanzar la puerta que daba a la calle. Ella cometió entonces un segundo error: ofrecer resistencia a la salida de los alumnos, quienes, como una horda salvaje, arremetieron contra todo lo que ponía como un obstáculo en su camino. Los alumnos la sobrepasaron y ella cayó al suelo mientras los cientos de chicos -que por cierto no eran tan chicos, pues, entre los huanchaquenses de fines de la década de los 60, hacer la primaria entre los 13 y 17 años de edad, no era nada anormal- pasaban por su encima enceguecidos por el anhelo de llegar hasta donde se hacían las prácticas aéreas. Yo fui el último en salir y pude ayudar a la profesora a levantarse y sacudirse el polvo que habían dejado sobre sus vestidos los centenares de pisadas. Después de mirar sus ojos verdes encendidos por la furia y preguntarle si se encontraba bien, salí despavorido hacia la calle, sin esperar su respuesta, y seguí la ruta de todos los chicos de la escuela que se encaminaban hacia el acantilado llamado El Boquerón.
El espectáculo fue único. Decenas de aviones a propulsión -que en esa época se les llamaba “aviones a chorro”- sobrevolaban en cuadrillas excelentemente formadas y haciendo acrobacias que deleitaban nuestra imaginación de niños y adolescentes. Iban y venían, y lo hacían con tal velocidad que no sabíamos si se trababa de los mismos aviones o de otros que se unían a las prácticas. Pero esto no fue todo. De pronto, el cielo se ensombreció por la presencia de cientos de helicópteros que, en conjunto, hacían un ruido ensordecedor. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. Por un momento pensamos que nuestro país había entrado en guerra y que en Huanchaco se iba a decidir nuestro destino… Por eso, cuando, de las decenas de helicópteros, que no dejaban pasar la luz del sol, comenzaron a descender centenares de paracaidistas, nuestra algarabía llegó al paroxismo. Cuando descendieron, nosotros corrimos hacia ellos y los recibimos con abrazos que luego recompensaron regalándonos enormes balas de metralla. Todo esto que le cuento, señora, me parece ahora un sueño. Para esa exhibición no se hizo ninguna publicidad. Todo ocurrió de un momento a otro. Yo creo que fue una práctica de sorpresa, pues, ahora se sabe que la junta militar del general Juan Velasco quería hacer la guerra a Chile y no convenía hacer mucha luz sobre nuestra fuerza aérea y de su capacidad de combate... Y ya se imaginará, señora, lo que nos pasó en la tarde al retornar a la escuela. Los cinco profesores -incluyendo al director- no se cansaron de dejarnos las manos ampolladas por los golpes de la palmeta. “La Pollo” que así le decíamos a nuestra profesora porque sus ojos no se diferenciaban casi en nada de los de esas aves, nos dio, además, una doble ración de castigos, que, felizmente, no pudieron borrar la inolvidable experiencia vivida en el acantilado de El Boquerón…”.

Paracaidistas

Y llegó el mediodía y nada… Justo en ese momento la nubosidad fue desplazada por los frescos vientos provenientes del mar y llevada a no sé dónde, dejando pasar los rayos inclementes de un sol al mediodía. La intensidad del sol hizo correr a todos nuestros vecinos que se marcharon en medio de maldiciones y expresiones de desasosiego y frustración. Juan Andrés y Dulce María -los más pequeñitos de nuestra familia- comenzaron ya a sufrir los efectos no solo del intenso calor sino también de la muchedumbre que interminablemente iba llegando hasta la explanada del templo y ocupando también -por miles- el acantilado de Huanchaco que va desde el cementerio hasta el cerro de La Virgen. Decidimos esperar media hora más, hasta las 12:30 m. Si el Festival Aéreo no comenzaba, simplemente bajaríamos a Huanchaco a almorzar y luego retornaríamos a Trujillo.
Y las 12:30 m llegó, y entonces, más tristes que malhumorados porque nuestros pequeños se sentían profundamente defraudados, comenzamos a bajar la escalinata de piedra que nos lleva hasta el pueblo. Cuando llegamos al pueblo no podíamos creer lo que veían nuestros ojos. Miles de trujillanos -yo diría sin temor a equivocarme que eran unas 200 mil personas- se aglomeraban a lo largo de todo el malecón de la playa, esperanzados en ver un espectáculo fuera de lo ordinario.
Entramos a muchos restaurantes y no pudimos encontrar una sola mesa disponible para poder almorzar. El servicio público de transporte estaba colapsado. No nos quedaba otra cosa que retornar a Trujillo, pero encontrar un vehículo que nos llevara a la ciudad era casi imposible. Caminamos entre la gente que se agolpaba confusa y expectante. El hambre comenzaba a hacer sentir sus exigencias. Parecíamos refugiados de guerra que no sabíamos a dónde ir. Después de caminar por casi cuarenta y cinco minutos tratando de que alguien nos llevara a Trujillo, por fin encontramos un taxi, al que tuvimos que pagar -sin chistar- lo que se le antojó cobrarnos. Salir de Huanchaco, de la frustración, de la cólera, del calor y de la tristeza que nos ocasionaba que no solo nosotros sino también nuestros niños hayamos sido engañados, ¡no tenía precio!
Cuando subimos al taxi vimos en el cielo tres avionetas obsoletas que hacían acrobacias, y cautivaron la atención de Juan Andrés y Dulce María. Salir solamente de Huanchaco nos llevó casi quince minutos. A la izquierda, al otro lado de la autopista, una procesión de miles de automóviles, avanzaba lenta y penosamente, en dirección del lugar del que nosotros -prácticamente- huíamos. Y si no fuera porque el conductor del taxi -un hombre jovial y con apariencia de buena persona- tuvo la inteligencia de tomar la vía de evitamiento que pasa por Buenos Aires, llegar a Trujillo hubiera sido un viaje más largo y extenuante.
En el trayecto, mientras mis familiares conversaban, lamentando la burla a que habían sometido los organizadores (1) a miles de trujillanos con una publicidad engañosa, yo, en el lugar del copiloto, iba meditando y recordando un acontecimiento similar que me ocurrió hace ya algunos años, cuando apenas tenía 22, trabajaba en radio Star como director del radionoticiero y, además, pertenecía a una organización paraeclesiástica denominada La cruzada estudiantil y profesional para Cristo.
Eran los años de mi primer amor con Jesucristo, y los jóvenes que conformábamos La Cruzada (Filial de Trujillo), siempre estábamos pendientes de llevar el mensaje de salvación empleando los medios de comunicación. Uno de estos medios era la proyección de la película Jesús. Contábamos con dos modernos equipos de proyección, y, en grupos pequeños, solíamos dirigirnos a distintas zonas del país para proyectar la película, sensibilizar el corazón de todos quienes la veían ya sea al aire libre o en espacios cerrados, y luego presentar las Cuatro leyes espirituales para que aceptasen a Cristo como el Señor y el Salvador personal de nuestras vidas.
Un día, que nos encontrábamos sumidos en planes para hacer llegar la película a más personas, se nos ocurrió presentarla en el coliseo Gran Chimú de nuestra ciudad. La idea fue tan buena que nadie puso resistencia. Había que preparar una buena estrategia de publicidad y el resto era cosa de nosotros y de Dios. Como yo trabajaba en la radio, consideraron conveniente hacer un spot de publicidad a fin de promocionar la presentación de la película Jesús en el grandioso coliseo Gran Chimú.

Foto del ala este del coliseo Gran Chimú de Trujillo.
Cortesía de Cesar Alvarado Sam.


En la radio no me pusieron ningún inconveniente, y con la ayuda de Fernando Ivamache que era el jefe de audiciones y el visto bueno de la gerencia, el spot se hizo y se comenzó a propalar en radio Star, en esa época bajo la dirección de Julio Osmer. Mientras tanto, los amigos de La Cruzada, viendo que la cosa iba en serio y que en la radio de mayor sintonía en la ciudad no se paraba de anunciar “la proyección de la película Jesús en pantalla gigante”, redoblaron sus esfuerzos para que el evento sea todo un éxito. Se sacó la licencia municipal, se mandó hacer cientos de volantes, y se comenzó a confeccionar lo que sería el ecran para la proyección de la película. A decir verdad, éste fue el único escollo que encontramos: No había en todo Trujillo un ecran de tal envergadura que pudiera ser empleado en el interior del coliseo, que tiene una capacidad para doce mil personas y un área que bordea aproximadamente los 22 mil metros cuadrados. La única salida a este problema era construir un ecran uniendo sábanas blancas. No recuerdo cómo fue que nos agenciamos de las sábanas, pero una a una fueron llegando y, al mismo tiempo, con ayuda de las chicas, cosiendo, hasta formar un ecran que para nosotros era gigantesco.
Y llegó el día esperado. La proyección se había anunciado para las tres de la tarde. Ese día nos levantamos muy temprano. Nos reunimos en La Cruzada (en su local de la urbanización San Andrés) y pasamos la mañana organizándonos y en oración, para que todo salga bien. Después de almorzar llevamos los equipos al coliseo, así como también muchas cajas con biblias y folletos de La Cruzada. En un automóvil aparte llevamos el ecran, pulcramente enrollado y sobre el cual se iba a proyectar la película.
Era casi como las dos de la tarde cuando comenzamos a instalar los equipos de sonido y de proyección. En las puertas norte y sur la gente ya estaba esperando que se abriera el coliseo para entrar. Miles de padres de familia con sus hijos estaban ansiosos por ingresar y ver la película Jesús en pantalla gigante.
Extendimos el ecran sobre la división que separa el mezanine de la tribuna oeste, y todos nos sentimos estremecidos por una misma sensación: El ecran, en el contexto del coliseo, era una cosa insignificante… Era como si en un restaurante de 50 metros de largo hubieran puesto un TV de 14 pulgadas para ver un partido de fútbol.
Bajamos hasta la platea y la sensación de pequeñez del ecran se incrementó aún más. “¡Dios mío -nos dijimos- esto no es una pantalla gigante!”. Estábamos muy asustados y nuestro miedo se incrementó aún más cuando las puertas del coliseo se abrieron y la gente comenzó a entrar alegremente, tratando de encontrar la mejor ubicación. En menos de 40 minutos el coliseo tenía dentro de sí aproximadamente seis mil almas. Las puertas se tuvieron que cerrar pues solo se habilitó el ala este del coliseo, y muchos quedaron fuera.
Oramos y encendimos el proyector. La imagen y el sonido eran realmente ridículos ante la inmensidad del coliseo y el número de gente. No pasó ni veinte minutos y la gente comenzó a abandonar, frustrada, el coliseo. Los niños se aburrían y lloraban, y la gente nos miraba y rechinaba sus dientes contra nosotros. Cuando terminó la función, solamente los amigos de La Cruzada estábamos en el coliseo, conjuntamente con el personal encargado de la seguridad. Para nosotros fue un amargo fracaso. Se nos había abierto todas las puertas pero fallamos por un error de interpretación. Aunque nadie se fue sin llevar un Nuevo Testamento en la mano, esa experiencia quedó grabada en mi mente como un vívido ejemplo de cómo un error de cálculo, de contexto y de apreciación puede hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso, aun en las cosas de Dios.
La Municipalidad de Trujillo y la Fuerza Aérea no han dado aún una explicación de este tremendo fracaso y de la burla y los riesgos a que ha sido sometida la población de Trujillo el 13 de setiembre de 2015. No quisiera pensar que hubo mala fe desde el principio y que se dio una publicidad engañosa solo para favorecer otras actividades que también estaban programadas ese día en Huanchaco. No quiero pensar eso porque -por experiencia propia- ahora sé que muchas veces no se desea quedar mal con nadie y que basta un error -solo un error de apreciación- para llevarnos al abismo.
Hoy en la mañana, antes de salir a la oficina, y de terminar de escribir estas breves memorias, le pregunté a mi Juan Andrés qué le había parecido la exhibición aérea del domingo, y me respondió:
-¡Lindo hermano Freddy, muy lindo, muchas gracias!
Yo dí gracias a Dios porque con estas palabras venidas de unos labios inocentes pude recién comprender que a pesar de nuestro fracaso en el Coliseo Gran Chimú, muchos habrán llegado a conocer a Cristo por medio de las publicaciones que, al menos, supimos poner en sus manos.


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(1) La Municipalidad Provincial de Trujillo y la Fuerza Aérea del Perú.