domingo, 15 de noviembre de 2015

"¡Matadlos a todos! ¡Dios reconocerá a los suyos!"

Lo que pasó con una comunidad de europeos de la edad media que decidieron vivir en tolerancia y respeto: un estudio paralelo a raíz del viernes 13 francés. 

Por Freddy Ortiz Regis
“Todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena.  Al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.  ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará, pues nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés, 1:7, 9)


No es fácil procesar los recientes acontecimientos que han enlutado al pueblo francés. Debemos evitar llegar a conclusiones sesgadas, que no tengan en cuenta las complejas variables que se han entrecruzado en el origen de estos sangrientos episodios.
Una de las primeras cosas que hay que considerar es que en el problema se mezclan factores históricos, económicos, étnicos y religiosos, además de otros con menor incidencia.  Por lo que no resulta descabellado encontrar los orígenes de la confrontación entre el medio oriente y occidente en los albores del surgimiento de las naciones y de sus correspondientes marcos culturales y religiosos. Los descendientes de Abraham -que serían como las estrellas del cielo- al parecer no solamente han heredado la disponibilidad para disputarse entre sí el brillo en el firmamento sino también la hegemonía en la Tierra.
Las noticias de la matanza de París -que seguramente habrá de catalogarse como el 13-N- me llegaron cuando me encontraba en la mitad de la lectura de un hermoso libro titulado Los cátaros, la herejía perfecta. Esta obra -escrita en el año 2000 por el canadiense Stephen O'Shea- es la historia de una comunidad de creyentes cristianos que tuvo su apogeo en los siglos XII y XIII en la región conocida como el Languedoc que abarcó el sur de Europa y comprendió a parte de los territorios de las actuales España, Italia y Francia.


Las personas que vivían en esta región estaban unidas por las relaciones comerciales y sus diferencias religiosas habían pasado a un segundo lugar. Católicos, judíos y cátaros podían coexistir en paz en una región en donde la tolerancia era su hábitat. La religión católica había perdido influencia entre esas comunidades y, gracias a ello, habíase ido gestando un movimiento espiritual cátaro que desconocía la autoridad del papa romano y, en cuanto le resultaba posible, denunciaba pacíficamente no solo la inmoralidad en la que se encontraba sumida la curia católica sino también su vocación por lucrar con las creencias y los principios de la fe.
Stephen O'Shea, en un lenguaje claro y profundamente motivador, describe esta situación en los siguientes términos: “Radicales en sus creencias e impregnados de una profunda espiritualidad, los cátaros protagonizan un período de suma importancia para Occidente en la historia de las ideas. Estos rebeldes de la Edad Media calificaban de fraudulentos los poderes terrenales, rechazaban el materialismo, trataban a las mujeres en términos de igualdad, aceptaban la diferencia de credo, defendían el amor libre y afirmaban que el infierno no existía. Pero, sobre todo, los cátaros pusieron en entredicho la autoridad de la iglesia y su concepción del bien y del mal, provocando con ello que se tambaleara el sistema de valores impuesto. Ante la amenaza del catarismo, Inocencio III, apoyado por los señores feudales, promovió una serie de campañas bélicas que desde 1209 hasta 1229 realizaron con éxito una sangrienta misión: el exterminio del catarismo”.
Para alcanzar ese éxito, el papa Inocencio III, organizó una cruzada para exterminar a otros cristianos. Sí, aunque le parezca mentira, las cruzadas no solamente fueron empresas religioso-castrences dirigidas a acabar con los musulmanes que tenían retenidos los lugares sagrados del cristianismo en el medio oriente, sino, también, fueron organizadas –en sucesivas campañas a lo largo del siglo XIII- para exterminar a otros cristianos -los herejes- que no adoraban a Dios como lo había diseñado la curia romana.
Estas cruzadas contra los cátaros fueron de una crueldad inenarrable. Un cronista anónimo -citado por O’Shea- describe lo que era la constante después de vencer a las ciudades del Languedoc sitiadas por meses. Así, refiriéndose a la caída de Marmande (pág. 116) relata: “Pero crecieron el clamor y el griterío, los hombres entraban en la ciudad con el acero afilado; empezó el terror y la matanza. Señores, damas con sus hijos, hombres y mujeres desnudados, todos aquellos hombres acuchillados y hechos pedazos con espadas cortantes. Carne, sangre y sesos, torsos, miembros y rostros partidos en dos, pulmones, hígados e intestinos arrancados y arrojados a un lado yacían en campo abierto como si hubieran llovido del cielo. Pantanales y buenas tierras, todo era rojo sangre. No quedó con vida ningún hombre ni mujer, ni viejos ni jóvenes, ninguna criatura viva, a menos que hubieran logrado ocultarse. Marmande fue arrasada y pasto de las llamas.” (1)
Fue así -además de los infames suplicios y hogueras de la Santa Inquisición- como se exterminó a miles de personas que en esta zona de Europa habían desafiado el sistema impuesto por la Roma papal y optado por vivir su fe de manera personal, abierta y sincera. Sus posesiones fueron arrebatadas y los mercenarios, soldados, señores feudales y la iglesia incrementaron sus riquezas materiales e influencias de manera consistente e incontrastable.
¿Por qué se trae a colación esta terrible y conmovedora historia de los cátaros? El propósito es mover a la reflexión sobre las consecuencias de la intolerancia; y, además, al hecho de que detrás de toda intolerancia religiosa subyace la intolerancia económica, cultural o política.
El poder -sea éste norteamericano, ruso, europeo o asiático- nunca permitirá que existan personas o comunidades que desafíen sus sistemas y cosmovisiones de la realidad. América Latina y el Oriente Medio son zonas en disputa por las grandes potencias.  Para las potencias el bienestar y el avance de las democracias en A.L. y O.M. se interpretan al trasluz de sus intereses económico-políticos.
Cuando surgió la primavera árabe, es decir el despertar de los pueblos de los países musulmanes exigiendo libertades y la caída de sus regímenes despóticos, las potencias se mostraron imperturbables. La oleada democrática que comenzó a recorrer el Mediterráneo amenazando con alterar el statu quo en el O.M. fue vista “de lejos” por las potencias; pero apenas se advirtieron los primeros desniveles en esta competición por las supremacías (cuyo escenario abarca el conflicto árabe-israelí, la lucha contra Al Qaeda, las diferencias entre chiíes y uñes, el programa nuclear iraní o la dependencia mundial del petróleo extraído en la región), las potencias –la OTAN y Rusia- intervinieron de manera violenta, arrasando a sangre y fuego, pretendiendo inclinar la balanza de las luchas internas en el O.M. a su favor.
Los occidentales –entre los cuales nos incluimos los latinoamericanos- nos hemos sentido horrorizados por los sucesos del viernes 13 francés. Pero la historia -como lo acabamos de repasar en lo sucedido con los cátaros de la edad media- nos informa que la capacidad de los seres humanos para masacrarnos entre nosotros, a fin de mantener el statu quo del poder, no tiene límites; y que los hechos pueden volverse a repetir, en distintos escenarios, con banderas religiosas, políticas o nacionalistas diferentes, pero con una común vocación por la hegemonía y la intolerancia.
La respuesta de occidente al viernes 13 francés será una cruzada de bombardeos y ataques contra las posiciones de sus enemigos, en donde inevitablemente perderán la vida centenares y hasta miles de civiles que -como los civiles franceses asesinados en París- son ajenos a las movidas y a los intereses del poder. Con esto, el círculo vicioso del horror se consolidará aún más, por lo que es de prever un escenario de atentados y represalias aún más hostil y abarcante.
Como se puede ver, el panorama de nuestro mundo es muy complejo y nos mueve hacia el pesimismo. No es fácil desafiar el statu quo impuesto por el poder. Los pueblos del mundo pareciera que tienen por destino integrarse al sistema o morir en la lucha por la libertad. Cristo murió por resistirse al poder económico, político y religioso imperante en el mundo, pero nos ha abierto el camino para vivir en libertad, en verdad y en amor.
¿Hay una salida? Sí la hay: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)
En la medida que vivamos a Cristo en nuestras vidas -sea que creamos en él o no, desde un plano religioso-, en la misma medida transformaremos las condiciones de nuestro hogar, del país y del mundo entero, por un lugar en donde sea posible el amarnos los unos a los otros como Dios verdaderamente nos ama.  




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(1) O' Shea (2000:11) narra que al preguntársele al obispo Amaury cómo reconocer en las poblaciones entre los que eran cátaros y quienes no lo eran, éste respondió: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos». El único lema del conflicto cátaro que ha pasado a la posteridad se atribuye a Arnaud Amaury, el monje que dirigió la cruzada de los cátaros (también llamados albigenses). Un cronista refirió que Arnaud dio su orden fuera de la ciudad comercial mediterránea de Béziers, el 22 de julio de 1209, cuando sus guerreros cruzados, a punto de tomar la población por asalto tras haber abierto brecha en sus defensas, se dirigieron a él en busca de consejo sobre cómo distinguir al católico creyente del cátaro hereje. Las sencillas instrucciones del monje fueron obedecidas, y todos sus habitantes —más o menos veinte mil— asesinados indiscriminadamente. La destrucción y el saqueo de Béziers convirtieron la población en la Guernica de la Edad Media.