jueves, 16 de noviembre de 2017

Nuestra euforia mundialista


Por Freddy Ortiz Regis

La euforia por la probable clasificación de la selección de fútbol de mi país a un mundial ha despertado hermosos recuerdos de mi infancia y de mis años mozos, cuando alcanzamos la oportunidad de asistir a otros mundiales. El Perú ha participado en cuatro ediciones de la Copa del Mundo (1930, 1970, 1978 y 1982), siendo sus mejores resultados los cuartos de final alcanzados en 1970 (donde ganó el Premio al Juego Limpio).

De estas cuatro participaciones, me ha tocado vivirlas todas, menos la de 1930, pues aún no venía a este mundo. El mundial que más recuerdos me trae es el Mundial de México 70. Era apenas un crío que salía de la infancia para ingresar en la pubertad cargada de interrogantes, desafíos y temores. Clasificar a un mundial representó para mis tiernos años un ingrediente de alegría, felicidad y orgullo. Desde la pequeña caleta de Huanchaco, a donde llegué a vivir con mis padres y mis hermanos, procedentes de la fría y nublada capital, la clasificación del Perú al mundial de México, representó para mi generación un oasis en el desierto de la rutina y el monótono quehacer de todos los días.

Todo se pintó del color de la esperanza en la selección. La canción “Perú campeón” fue la pista musical de nuestras vidas. Nuestros héroes de siempre –Batman & Robin, Supermán y los míticos tripulantes del Enterprise­– tuvieron que aceptar ser reemplazados –momentáneamente­­– por Challe, Miflin, Cubillas, Perico Léon, Nicolás Fuentes y Chumpitaz. Hasta las figuritas que coleccionábamos en álbumes – de los más diversos y educativos– fueron trocadas por el álbum de la selección peruana. Allí nos arremolinábamos alrededor de las imágenes de nuestros nuevos ídolos. Ellos encarnaban al hombre peruano que debía brillar en el mundo entero. Y hasta la naturaleza no permaneció impasible ante el frenesí que embargaba a doce millones de peruanos: el día de la inauguración del Mundial de México 70, a las 3:30 de la tarde, cuando millones de peruanos estábamos frente a la pantalla de TV, la tierra tembló en el centro y norte de la costa de nuestro país como nunca antes, llevándose la vida de más de setenta mil de nuestros compatriotas.

Y a partir de ese aciago 31 de mayo de 1970 –el mismo día en que se inauguró el Mundial de México 70­– vivimos sentimientos encontrados: dolor por la magnitud de la tragedia y alegría por los triunfos que nuestra selección nos tenía preparados en el máximo torneo del fútbol mundial. Y así, mientras enterrábamos a nuestros muertos y nuestros corazones se alegraban por las hazañas de nuestro seleccionado, al final quedamos como la séptima potencia futbolística del mundo, a quien solo le pudo ganar Alemania y Brasil (el campeón).

Hoy han transcurrido 47 años del Mundial de México 70, y 35 años de la última vez que participamos en un mundial. Ya no somos los niños que gritamos los goles de nuestros héroes futbolistas; pero nuevamente percibimos la misma ola, la misma euforia, el mismo clamor que nos embargó cuando nuestra selección nos regaló la alegría de ir a un mundial.

Durante estos últimos años hemos sufrido –no por nosotros sino por nuestros hijos y nietos– cada eliminatoria de nuestro seleccionado. Por ello, ahora, que los vemos cantando las nuevas canciones, coleccionando los nuevos álbumes, vistiéndose con la camiseta roja y blanca de sus nuevos héroes y compartiendo en las redes sociales su esperanza e ilusión por llegar –¡ahora sí!– al Mundial de Rusia 2018, no podemos evitar el dejar caer una lágrima por el recuerdo de los años gloriosos de nuestro fútbol en donde deporte y esperanza, fútbol y pasión, significaban lo mismo.








sábado, 4 de noviembre de 2017

Entre lo diabólico y lo sagrado


Por Freddy Ortiz Regis

- Tío Freddy, ¿Halloween es del diablo, di?

Yo me quedé mirando a mi pequeño y guardé profundo silencio. “Dios -me dije para mis adentros-, ya está en edad de sufrir por estas banalidades”.

En apenas segundos mi vida pasó –a la velocidad de la luz- discurriendo por mi mente los años en que mi alma se debatía en asuntos como el que ahora me planteaba mi adorado niño. Sentí pena por mí, y sentí pena por él. ¿Por qué su infancia habría de ensombrecerse en la dilucidación de estos asuntos? ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que la realidad es mucho más compleja que la simple dicotomía a la que pretende reducírsela? Pero tenía que darle una respuesta; una respuesta que –sin ofrecerle la solución al problema- significara un punto de partida que la vida se encargaría de negársela o confirmársela.

- Escúchame, Juan Andrés –le dije. En primer lugar, ¿por qué dices que Halloween es del diablo?

- Pues, porque se disfrazan de brujas, de demonios y de muchas cosas feas que son del diablo –me respondió con completa seguridad.

- Hijo –le repliqué-, no son las cosas o los hechos los que determinan que algo sea del diablo. Si hay algo diabólico en este mundo es la maldad que brota de los corazones y de las mentes de las personas. Disfrazarse y pasar un momento de alegría con artilugios que expresan manifestaciones de la cultura universal no es diabólico. Son las intenciones las que determinan el carácter diabólico o sagrado de algo.

- No tío, Freddy –respondió el niño-. Halloween es del diablo, y yo soy de Jesús, y por ello no celebro Halloween.

Terminamos de almorzar y salimos de casa al paradero del bus rumbo al colegio en donde cursa el segundo grado de primaria. No era fácil sembrar en su mente una idea que le sirviera de fundamento para que –individualmente y con la ayuda de Dios- pudiera llegar a conclusiones personales sobre este tema. Bajamos por el ascensor al primer piso y salimos del edificio en dirección al paradero.

En el camino algo se me ocurrió:

- Escúchame, Juan Andrés. Te voy a hacer una pregunta. ¿Un cuchillo es diabólico o sagrado?

Mi pregunta tuvo como respuesta el silencio. Entonces, volví a la carga y le dije:

- Juan Andrés, te voy a demostrar que son las intenciones lo que importa. Si un asesino toma el cuchillo y con él mata a una persona, ¿quién es el diabólico?, ¿el cuchillo o el asesino? ¡Respóndeme!

El niño quedó pensativo unos segundos y, con total seguridad, dijo:

- El asesino, pues.

- ¡Exacto, Juan Andrés! Entonces, las cosas (en este caso el cuchillo) no sin ni diabólicas ni sagradas. Es la intención de quien lo emplea lo que determina si es diabólico o sagrado, pues, con ese mismo cuchillo, un cocinero puede prepararte tu plato que más te gusta. Lo diabólico, hijo, es lo que está en el corazón de las personas y que se exterioriza ocasionando daño a los demás.

El bus llegó al paradero y subimos ocupando dos asientos en la parte posterior de la unidad. Eran exactamente las 12:30 del mediodía y solo teníamos treinta minutos para llegar a tiempo a nuestro destino. Las pistas de la ciudad –en ruinas por las lluvias y las inundaciones que este verano nos trajo la corriente de El Niño- lejos de ser una vía para el fluido transitar de los vehículos, habíanse convertido en odiosos cuellos de botella que aprovechaban los conductores de los buses para detenerse, avanzar de a pocos, y hacer tiempo para que suban más y más pasajeros a sus unidades.

De esto se percató un hombre que iba sentado a mi lado, pero en la otra columna de asientos. Y, elevando la voz, le espetó al chofer:

- Oye, huevón, ¡avanza, pues!

El chofer de la unidad lo miró por el espejo retrovisor y, montando en cólera, le respondió:

- ¡Si estas apurado toma un taxi, pues, huevón!

- ¡Calla, concha de tu madre! –gritó el pasajero al chofer-. ¡Tú estás en nuestros dominios, así que agacha la cabeza nomás y haz bien tu trabajo, huevón!

Juan Andrés se asustó. En casa nunca hablamos con ese lenguaje, y escuchar por primera vez a estas personas tratarse de ese modo, hizo que entrara casi en pánico.

- Tranquilo, hijito –le dije, colocando mi brazo izquierdo sobre su hombro, tratando de infundirle seguridad.

En ese momento –interrumpiendo la pelea que estaba a punto de entrar en una segunda fase entre chofer y pasajero- subió al bus un hombre, alto, de aproximadamente unos cuarenta años y de facciones rudas pero deterioradas por algún vicio. Vestía descuidadamente y llevaba una gorra raída y sucia. No se sentó sino que asegurándose a uno de los pasamanos del bus comenzó a hablar:

- Señores pasajeros disculpen que interrumpa su viaje pero estoy pasando por momentos muy angustiosos. No he subido a venderles nada porque no soy un vendedor ni tengo el dinero para comprar algo y salir a vender. Lo que quiero es que me ayuden porque me han asaltado y estoy sin dinero para retornar a Lima, la ciudad de donde soy. Siempre he querido conocer a mi padre que vive en esta ciudad de Trujillo y cuando por fin supe de su paradero no dudé en comprar un pasaje y venir a esta ciudad para conocerlo. Pero, para mi infortunio, me quedé dormido en el viaje y la persona que iba a mi lado se aprovechó para robarme todo mi dinero. Cuando yo me desperté, llegando a Trujillo, este pasajero ya había bajado, y me quedé solo con lo que me ven puesto. Llevo ya varios días en esta ciudad subiendo a las unidades y pidiendo me ayuden para comprar mi pasaje y retornar a Lima, pues no he podido encontrar a mi padre.

Yo, confieso, que aborrezco la mendicidad en personas que están en aptitud de trabajar. Pero en el caso de este hombre me conmovió su ingenuidad para desarrollar una historia tan burda y grotesca a la vez. “No creo que nadie le dé un céntimo”, me dije para mis adentros, agradeciéndole que al subir hubiera apagado la chispa de una pelea que estaba a punto de convertirse en un gran fuego. Pero me equivoqué; cuando comenzó a pasar su gorra desde los primeros asientos, fueron pocos los que no depositaron alguna moneda en la raída prenda de vestir. Cuando llegó al asiento del pasajero que estaba a mi lado, el que había iniciado la discusión con el chofer, en lugar de recibir una moneda, recibió una mirada de rabia y desprecio. El hombre continuó su recorrido hasta llegar a los últimos asientos. Luego se volvió en dirección a la puerta del chofer, y al pasar nuevamente por el lado del iracundo pasajero, dijo:

- ¡Cómo hay personas que están llenas de maldad y solamente dan el odio que hay en su corazón!

- ¡Sal de aquí, imbécil! –respondió el pasajero-. Yo trabajo, en cambio tú eres un zángano que no sirve para nada. Allá los huevones que creen tu historia…

El hombre se volvió y encaminó sus pasos hacia el asiento del pasajero con el rostro dominado por la ira.

El resto de pasajeros, en su mayoría mujeres y niños, comenzaron a gemir de miedo, pues todo hacía presagiar que se iba a producir una horrible pelea en el interior de la unidad. Dada nuestra proximidad con los iracundos personajes, yo estreché lo más que pude a Juan Andrés, mientras permanecía alerta y tensaba mis músculos para entrar en acción si la situación lo requería.

Pero, gracias a Dios, no pasó lo peor. Los tipos se gritaban, el uno al otro, frases que son irreproducibles, pero la sangre –como dice el viejo dicho- nunca llegó al río. Creo que cada quien esperaba que uno dé el primer golpe para empezar la pelea; pero eso nunca ocurrió. En una parada del bus, el hombre se bajó de la unidad y sus últimas palabras fueron dirigidas al pasajero:

- ¡Perro que ladra no muerde!

Poco a poco la calma volvió a los pasajeros, y sin darnos cuenta, ya habíamos llegado a nuestro destino. Bajamos de la unidad y pude ver los ojos húmedos de mi Juan Andrés. Lo tomé de la mano y comenzamos a caminar en dirección a su colegio, en la segunda cuadra del jirón Pizarro. Caminamos en silencio hasta llegar a una esquina y parar en la luz roja del semáforo.

- Ahora entiendo qué es lo diabólico, tío Freddy.

- Sí, mi hijito hermoso, lo sé -le dije-. ¿Te has fijado que no necesitamos disfrazarnos para hacer el mal?




lunes, 30 de octubre de 2017

Pena de muerte & política basura


Por Freddy Ortiz Regis

Hace unos días todos nos hemos sentido terriblemente impactados por la información propalada en los medios de que un padre había ultrajado sexualmente a su pequeña hija de solo dos meses de edad en la ciudad de Sullana.

Y tal como sucede con los buitres, que se alimentan de la carroña, los políticos populistas –respaldados por cierta prensa, también carroñera- comenzaron a frotarse las manos, diciendo: “Esta es nuestra oportunidad”. Y ahí tenemos, rodando ya por los medios, la intención del partido fujimorista de proponer un “proyecto de ley sobre la pena de muerte para violadores de menores de edad”.

Quienes tenemos una formación jurídica sabemos que la pena de muerte no tiene (por ahora) ningún futuro en nuestro ordenamiento constitucional por razones de derecho interno y externo. También sabemos, por los estudios que se ha realizado desde hace muchos años (y que se contraponen con los de reciente data), que la pena de muerte no es disuasiva para personas que sufren de desequilibrios de la personalidad y son incapaces de comprender el valor de la vida humana; lo que equivale a razonar que si no son capaces de valorar a otros, menos pueden valorar su propia vida y trascendencia.

A estos inconvenientes se suma que nuestro sistema de justicia no está en condiciones de procesar, con todas las garantías de un debido proceso penal, a las personas acusadas de un delito que pudiera desembocar en la aplicación de la pena capital. Tenemos un poder judicial con serias carencias logísticas y de formación, que no constituye una garantía de aplicación de los principios que inspiran a un estado democrático y de derecho, por lo que bastaría que tomase el poder un partido dictatorial para que sus enemigos políticos sean procesados por delitos cuyas sanciones sean la pena de muerte.  

Otro aspecto que abona a la oposición a la pena de muerte en nuestro país, además de los ya mencionados, es el impacto cultural que la pena de muerte produce en nuestra sociedad. Quitar, mediante una sentencia, la vida a una persona –por más canalla que ésta sea y por más abominable que sea el acto delictuoso- implica una renuncia de la sociedad a la posibilidad de reeducación e inserción de los marginados al sistema social. Otro impacto que se produce por la aplicación de la pena de muerte es el efecto de victimización sobre el delincuente. ¿Qué quiere decir esto? Que, gracias a los medios (los mismos que antes gritaban su crucifixión), la persona que ha sido condenada a muerte comienza a ser tratada como una víctima de la sociedad; pasa de ser el malo, al bueno de la película; se le hace todo tipo de entrevistas, reportajes sobre su vida, se generan (o inventan) leyendas sobre su personalidad y hasta comienza a ponerse en duda su culpabilidad; todo con el afán de incrementar las ventas y los niveles de audiencia.

Hace dos años, en uno de mis viajes a la ciudad de Cajamarca, tuve la oportunidad de visitar el cementerio de esta hermosa y vieja ciudad, en la cual se encontraron los mundos europeo e incaico. Entre los muchos nichos, tumbas y mausoleos, llamó mi atención uno en especial: era el mausoleo de un cajamarquino llamado Udilberto Vásquez Bautista, que fue fusilado en la década de los sesentas acusado de violar y asesinar a una menor de edad, y que en la actualidad es venerado religiosamente por la población. La historia del ahora llamado “Santo Violador” no la voy a contar en este espacio, y solo la traigo a colación para ilustrar cómo la pena de muerte –al menos en nuestro país- puede tomar características impensadas y hasta contraproducentes para el desarrollo de la personalidad de nuestros niños y adolescentes. 

Interior de la tumba de Udilberto Vásquez Bautista en el cementerio
general de Cajamarca.

Finalmente, cada vez que se produzca la violación de algún menor de edad, la política basura –al igual que la TV basura- aprovechará para treparse al carro de una opinión pública proclive a la venganza y a sancionar con la pena más grave lo que se le ha hecho creer que es el delito más grave. Con propuestas como la planteada por el fujimorismo, lo que se pretende es desviar la atención de la sociedad de delitos mucho más graves –como lo es la corrupción- hacia delitos que si bien son abominables por la naturaleza inocente de sus pequeñas víctimas, comparativamente son mucho menores (estadísticamente hablando) en proporción con los índices de corrupción que campean en nuestro país. ¿Alguna vez escucharemos a los políticos pedir la pena de muerte por eldelito de corrupción como sí ocurre, por ejemplo, en la China? Obviamente que nunca, a sabiendas de que la corrupción es la madre de todos los delitos, aquí y en la China. Así que si hay un hashtag que promocionar no es el de #PerúPaísDeVioladores sino el de #PerúPaísDeCorruptos

Antes de cerrar estas reflexiones acabo de leer en La República lo siguiente: “Tras los exámenes médicos realizados a la recién nacida, el Departamento de Medicina legal del Ministerio Público de Sullana determinó que la bebé, de iniciales D.Y.H.P., tiene infección vaginal por falta de higiene y descartó una violación sexual.

Saquen ustedes, amigos lectores, sus propias conclusiones y respondan a la siguiente pregunta: ¿Estamos preparados para condenar a muerte a alguien con una prensa amarillista, un sistema de justicia propenso a la presión política y mediática, y una opinión pública altamente manipulable?




jueves, 6 de julio de 2017

A mi maestro, don Segundo Morales Llerena, con cariño (*)



Por Freddy Ortiz Regis


Estar enfermo es, al mismo tiempo, una oportunidad para pensar, reflexionar, recordar. Para volcar la mirada del alma hacia nosotros mismos. Anoche, mientras me debatía en una crisis bronquial de las que suelo padecer apenas el invierno se asoma, retrocedí en mis pensamientos hacia los ya lejanos años de mi infancia.

Surgían en mi mente las imágenes de mis aventuras con mis amigos en las temporadas de verano, en Huanchaco, y también, las imágenes de mis años en la escuelita. Y con una especial aprehensión pasó al primer plano de mis recuerdos mi añorado profesor, don Segundo Morales Llerena.

¿Qué habrá sido de su vida?, me dije, retrocediendo, con las alas de la imaginación, en el tiempo. Debe de ser ya un anciano. ¿Estará vivo? ¿Estará muerto? Y como compelido por un poderoso impulso, estiré mi mano hacia el celular, con la esperanza que internet me daría la respuesta. No han sido pocas las oportunidades que Google me ha permitido encontrar personas que alguna vez fueron parte de mi vida y que no sabía nada de ellos. Estaba seguro que algo encontraría de mi recordado profesor del cuarto y quinto de primaria. Algún registro de algún concurso público, alguna referencia en las redes sociales, alguna mención en una actividad académica, algo debía de haber.

En milésimas de segundo el buscador me dio los resultados. No había nada. Con excepción del primer registro de los resultados de la consulta: Era la publicación en El Peruano (el diario de los avisos legales y judiciales de mi país) de un edicto redactado en los siguientes términos: “ANTE ESTE OFICIO NOTARIAL, SITO EN ORBEGOSO 377, LUIS FERNANDO MORALES GUEVARA SOLICITA LA SUCESION INTESTADA DE SEGUNDO DAMIAN MORALES LLERENA FALLECIDO EL 22.06.2015 A FIN DE DECLARARSE HEREDERO EN CALIDAD DE HIJO DEL CAUSANTE. LINA AMAYO MARTINEZ, NOTARIO DE TRUJILLO.-“

Una profunda pena invadió mi corazón. Mi querido profesor hacía dos semanas que había fallecido. Mientras trataba de contener las lágrimas que se agolpaban, y mis bronquios experimentaban una agitación que me recortaba la respiración, mi memoria comenzó a retroceder en el tiempo hasta aquella mañana en que el profesor Morales (como me referiré a él de ahora en adelante) llegó a la escuelita de Huanchaco, por esa época, ubicada en el local de madera que ahora ocupa la biblioteca municipal.

Yo llevaba ya estudiando en la escuelita tres años. Había llegado con mi familia de Lima y nos instalamos en casa de mi tía Elvira, hermana de mi madre, un caserón que quedaba a media cuadra de la plaza de armas. Los primeros años me costó mucho adaptarme a la nueva cultura de una caleta de pescadores. Parte de esas vivencias las he plasmado en mis memorias que llevan por título: “Pedú: De nombres, sobrenombresy apodos…” y que se puede leer en este blog.

Cuando el profesor Morales fue presentado lo primero que me impactó fue su porte, carisma y elegancia. Era alto, muy bien parecido, de unos treinta años más o menos. Cuando me llamaron a leer el periódico sentí su mirada que me seguía desde la fila hasta el banco de la plazoleta en la cual me paraba para leer las noticias más importantes del diario “La Industria”. El consejo de profesores había tomado la decisión de que yo leería las noticias el primer día de clases de la semana; por ello me pasaba el domingo en la tarde seleccionando las noticias que (a mis diez años) yo consideraba eran las más importantes. Leía con mucha solvencia, pues desde los 5 años, Chabelita, la hija única de una vecina amiga de madre, en Lima, se había tomado la paciencia y el cariño de enseñarme a leer.

Después de haber leído las noticias y haber cantado el Himno Nacional, los niños (niños es un decir, pues el 90% de los alumnos eran prácticamente adolescentes), ingresamos a nuestras respectivas aulas según el grado al que pertenecíamos. Yo cursaba el cuarto año y nuestro salón daba al Jr. Libertad.

El área del colegio era pequeña y en ella se aglomeraban los seis años de la educación primaria: transición, primero, segundo, tercer, cuarto y quinto año. Había que hacer un especial esfuerzo para filtrar las voces de los otros maestros que –la mayoría de ellos– gritaban cuando dictaban sus clases. Vienen a mi mente los nombres de la profesora Rosa García (que era una paz de Dios), el profesor León (cuyo nombre no recuerdo pero que a nosotros nos parecía el personaje de alguna película policial), la profesora Ponce de León (a cuyos encendidos ojos verdes temía, pues, mi mamá, siempre me había dicho que las personas con ojos verdes eran malas), el profesor Paredes (que era colorado, con una prominente barriga, burlón y manolarga) y el profesor Flores (que era el director, de rostro amable, de unos cuarenta años, silencioso y sonriente, y el único que llegaba en automóvil, uno pequeñito de color verde).

El profesor Morales había llegado a la escuela como reemplazo del profesor Octavio Hinostroza. Sobre la personalidad violenta de este docente también me he referido en mis memorias arriba citadas. Los alumnos lo apodaron Pachacútec por ser despiadado tanto en los tipos de castigos que nos imponía como por la saña con que los aplicaba. Por ello, cuando presentaron al profesor Morales y nos comunicaron que Pachacútec ya no enseñaría más en la escuela, nuestros corazones latían de ansiedad por saber quién y cómo sería el nuevo profesor. Acaso, ¿sería tan o más implacable y castigador como el que nos había tocado los primeros años de la primaria?

Nuestras dudas comenzaron a despejarse apenas el profesor Morales ingresó al aula, y colocándose delante de nosotros, comenzó a compartirnos sus primeras impresiones. El tiempo transcurrido no me permite recordar qué fue lo que dijo. Pero, lo que sí recuerdo es que el tono y el timbre de su voz, impresionaron nuestras mentes y corazones de una forma como nunca antes lo habíamos percibido entre los muros de un aula de clase. A diferencia de todos los maestros –con excepción del director y la profesora Rosa García– que gritaban y amenazaban en sus clases, el profesor Morales, nos hablaba como si el mar, la arena, el viento, el tiempo y todos los elementos que eran parte de nuestro pequeño mundo cercano al mar se hubieran reunido en una sola persona para transmitirnos sus secretos.

Las clases del profesor Morales para mí eran mágicas. Atrás había quedado el tiempo de terror y miedo de don Octavio. Ahora podíamos hablar y reír. Ahora se podía preguntar y cuestionar. El trueno había dado paso al delicioso rumor del mar en sus orillas. La oscuridad se había marchado para dejar entrar la luz de la palabra del profesor Morales. Con su voz dulce pero varonil nos llevaba a mundos que nuestra imaginación se encargaba de recrear y poblar. Pero no solamente salían de su voz paisajes, horizontes y escenarios, también, salían de su alma, virtudes, valores y sentimientos que penetraban nuestros corazones y nos convertían en héroes, en gigantes capaces de enfrentarlo todo.

Los primeros meses con el profesor Morales me llevaron al convencimiento de que la escuela podía servir para algo. Mis dudas sobre la vida y el mundo desde la perspectiva de un pequeño de diez años se las hacía llegar tanto en la clase como fuera de ella. El profesor Morales comenzó a darse cuenta que éramos apenas un grupo de chicos que recién había despertado y comenzado a explorar los ignotos caminos de la vida.

Hasta antes de su llegada yo era un niño que asistía a la escuela porque el entorno de los adultos que me rodeaba así lo exigía. Yo, por mi parte, prefería caminar por la orilla de la playa, pasarme horas en el muelle mirando el mar y soñando con lo que habría allende su inmensidad, antes que ir a la escuela a enfrentar las amenazas y los castigos del profesor Hinostroza. Vivía entre la espada y la pared, y ello afectó el desarrollo de mi personalidad infantil en muchos sentidos. De esto se dio cuenta el profesor Morales. Con mucho cariño y paciencia comenzó a desbrozar el cascarón que me envolvía para dar salida a un niño soñador, inteligente y sensible.

Un día, en casa, mientras hurgaba entre los diarios que llegaban de la capital con un día de atraso, me encontré con un suplemento que llamó poderosamente mi atención. Era un mapa de la Luna. Estaba impreso en blanco y negro y medía, aproximadamente, 2.00 m por 1.50 m. Me pasé horas observándolo y soñando cómo sería llegar a pisar ese cuerpo celeste que en las noches de Luna llena hacía que el mar destellara fulgores de plata. Ahí estaban pulcramente señalados el Mar de las Lluvias, el Mar de la Tranquilidad, el Mar de la Fecundidad, los cráteres Langrenus, Byrgius y Grimaldi, entre otros accidentes lunares que excitaban mi fantasía e imaginación. Lo doblé con mucha pulcritud y al día siguiente lo llevé a clase y se lo di al profesor Morales. El profesor Morales recibió el documento con extrañeza y, sin retirar su mirada de mí, comenzó a desdoblarlo en medio de la expectación de todos mis compañeros de aula. Cuando lo desplegó, todos quedaron mirando el mapa como si –aunque, en efecto, lo era– fuera algo de otro mundo. Después de algunos segundos, el profesor Morales salió del trance y, tras felicitarme y agradecerme efusivamente por el regalo, trató de explicar qué era lo que tenía entre sus manos, señalando y nombrando algunos de los cráteres y mares que ahí se nombraban en gruesas letras de imprenta. Hecho esto, lo dobló siguiendo las huellas de mi doblez, y lo depositó suavemente sobre su pupitre. Yo estaba nervioso y me quedé por mucho tiempo mirando el mapa que reposaba sobre el pupitre de mi maestro. La clase ya había comenzado y me costaba concentrarme pensando qué habría de hacer mi profesor con el mapa de la Luna; por un momento, me arrepentí de haberlo llevado a la escuela.

Pasaron los días y yo seguía preocupado por el destino de mi mapa lunar y no me atrevía a preguntarle a mi profesor qué había hecho con él. Pero un lunes, que entramos al salón después de cantar los himnos, leer las noticias y hacer los rezos, vi que colgaba, de una de las paredes del aula, un cuadro con marco de madera y cubierta de vidrio. ¡Era mi mapa de la Luna!

Tengo muchas anécdotas que contar de mi profesor Morales –como nuestro viaje de promoción a Cajamarca o el concurso de jardines que con tanta esperanza él promovió pero que tuvo un fatal desenlace-, mas será en otra oportunidad que la vida me dé para rendir honores a esta persona que me devolvió la fe en la enseñanza pública y sembró en mi mente la semilla de una educación fundamentada en la libertad.



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(*) Estas memorias fueron escritas en la víspera del Día del Maestro del año 2016.


Mamá y nuestro paseo a Salaverry



Por Freddy Ortiz Regis

Hoy me levanté con el corazón lleno de alegría. Había tenido un encuentro que aguardaba desde hace mucho. Desde que murió mi madre, son pocas las veces que la he vuelto a ver. La última vez ocurrió cuando me encontraba al borde de la muerte y ella se me apareció distante, casi inaccesible, con el rostro endurecido por no sé qué sentimiento.

Pero anoche, cuando caminaba por el pasaje de San Augustín, y volteé por Bolívar en dirección a la calle Orbegoso, me encontré con mi madre casi unos metros después de haber pasado la juguería que lleva el mismo nombre del pasaje. Mis ojos se iluminaron al verla. Ella estaba muy anciana, pero sus facciones estaban intactas, irradiando su alegría de siempre. Vestía de blanco plateado, como una novia anciana que se va al altar. Caminaba sola, hablando sola.

Me paré enfrente de ella y la saludé: ¡Mamá! -le dije.

Ella se detuvo, y con la misma inerte mirada con la que me miró cuando llegué de Europa y me le aparecí sin avisarle que iba a retornar, exclamó:

- ¡¿Freddy?¡

- ¡Sí mamá, yo soy! -le respondí. Y sin demorar un segundo más, la estreché entre mis brazos llenando sus mejillas de encendidos besos.



Anoche me fui a la cama padeciendo esa dispepsia que de cuando en cuando me asalta y me envinagra la vida. En la madrugada, el frío, despertó esa alergia bronquial que no me abandona desde niño. Me levanté y, siguiendo el consejo de un familiar, calenté un vaso con agua, que bebí acompañado de un antihistamínico. Luego volví a la cama, y Dios me aguardaba este encuentro con mi madre.

El sueño con ella continuó. Caminamos juntos, de retorno, por la calle Orbegoso y cruzamos la Plaza de Armas, caminando luego por Diego de Almagro hasta llegar al jirón Zepita, a la casa de la cual la vimos partir. Entramos a la casa y ésta tenía el mismo aspecto del apartamento en el que ahora vivo con mi familia. Ella me sirvió algo y le pregunté qué sabía de mi hermano Lucho.

- Lucho vive conmigo, hijito -me respondió con completa naturalidad.

- ¿Lucho está aquí, mamá? -le pregunté asombrado.

- Sí, hijo, Lucho está en el tercer piso.

De pronto vi bajar a mi hermano Lucho por las escaleras, y corrí hacia él, y luego nos abrazamos los tres en una comunión de perpetua felicidad...



"Mira lo que son los sueños", es el pensamiento que he tenido en mi mente a lo largo de este hermoso día.  El día anterior habíamos planeado ir de paseo. No sabíamos a dónde, pero íbamos a salir a pasear César, mis adorados Juan Andrés y Dulce María, y yo. Hacía buen tiempo que no salíamos a pasear; pero habíamos decido hacer de este domingo un día de paseo. Sin embargo, en la madrugada, temí que el ansiado paseo no se iba a realizar, pues sospechaba que no iba a amanecer bien.

Sin embargo, amanecí con el cuerpo y el espíritu profundamente bendecidos. El encuentro con mi madre me devolvió esa lozanía que te da las fuerzas para emprender las acciones más nobles y las travesías más exóticas.

Después de desayunar, nos reunimos en el centro de Trujillo. De ahí tomamos el bus que nos conduce a Salaverry, el primer puerto del departamento de La Libertad. Pensábamos llegar primero a la Plaza de Armas del distrito y ahí intentar visitar, si la Capitanía lo permitía, el muelle del puerto. Pero hubo cambio de planes. No visitábamos Salaverry desde hacía mucho tiempo, y los niños se prendaron de un parque de juegos que no habíamos visto nunca antes en este hermoso distrito.

Los pormenores de esta visita están documentados en el video que a continuación se presenta.




Y mientras los niños y César jugaban y se divertían, yo iba, al tiempo que filmaba esos hermosos momentos de su felicidad, pensando en el rol que tienen los sueños en nuestras vidas.

Y he llegado a la conclusión que no debería llamárseles "sueños" porque -contrariando la  definición de la RAE (1)- éstos no son fantasías ni sucesos irreales sino experiencias objetivas que ocurren en nuestra conciencia y que influyen, de manera poderosa, en el devenir de nuestra existencia.

En efecto, si tenemos en cuenta la esperanza de vida actual y siguiendo lo aconsejable, que es dormir unas 8 horas diarias, eso implica que nos pasamos durmiendo de 20 a 25 años. Es decir, la tercera parte de nuestras vidas. Por lo tanto, no es justo decir que la tercera parte de nuestra vida, la vivimos en un mundo de fantasía. La fantasía no ocupa un tiempo ni un lugar en el espacio ni tampoco puede crear la realidad. El tiempo que pasamos durmiendo tiene el mismo valor que el que pasamos en vigilia. Si no tuviéramos este tiempo, nuestro cerebro, nuestra conciencia, no podría hacer nada. Durante el tiempo en que dormimos, el cerebro entra en una fase de establecer -en miles de millones de interconexiones- las condiciones para que podamos enfrentar el día de vigilia con el bagaje de sentimientos, recuerdos, sensaciones, desafíos y proyecciones para salir victoriosos en la lucha por la existencia.

Prívese del sueño a alguien, y se le privará de vivir. Un estudio de 2001 en el Instituto Médico de Chicago sugirió que la privación del sueño puede estar relacionada con enfermedades graves, tales como enfermedades del corazón y enfermedades mentales incluyendo psicosis y desorden bipolar. (2) La conexión entre la privación del sueño y la psicosis fue luego documentada en 2007 a través de un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard y la Universidad de California en Berkeley. El estudio reveló, usando exploraciones MRI, que la privación del sueño causa que el cerebro llegue a ser incapaz de poner un evento emocional en la perspectiva apropiada e incapaz de dar una respuesta controlada y proporcionada al evento. (3)

Finalmente, para quienes creemos en Dios por la fe, el sueño es la oportunidad que él tiene para hacernos llegar sus ondas celestiales; y para quienes no tienen esta fe, el sueño es el tiempo en que la naturaleza de nuestros cuerpos se renueva en el infinito ciclo de la muerte y el renacimiento.

Anoche abracé y besé a mi madre, y ahora, me siento completamente restablecido física y espiritualmente. No fue una fantasía; fue un hecho real de mi mundo sueño-vigilia.




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(1)  3. m. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes. 4. m. Sucesos o imágenes que se representan en la fantasía de alguien mientras duerme. 5. m. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.
(2) "Effects of Sleep Deprivation". http://www.easynight.org/
(3) Yoo, Seung-Schik; Gujar, Ninad; Hu, Peter; Jolesz, Ferenc; Walker, Matthew (2007).

Crédito de la fotografía: Dreamy sunset de Simon Downham (https://goo.gl/wB14xQ).

viernes, 2 de junio de 2017

Mark Zuckeberg, el millennial

Por Freddy Ortiz Regis


Hoy, por fin, me he dado tiempo para leer por completo el discurso de Mark Zuckerberg en Harvard, con ocasión de su graduación. El titular dice: “El discurso de Zuckerberg en Harvard es lo más lúcido que vas a leer este año”. ¿Será cierto eso? ¿No estaremos acaso sobredimensionándolo? Comparto mis apreciaciones críticas acerca de lo que me pareció su discurso, a riesgo de aparecer desubicado, discordante y hasta soberbio (¿quién es éste para criticar a M.Z.?).

Lo primero que ensombreció mi ánimo al comenzar a leer los primeros párrafos de su discurso, fue constatar un desdén por la casa de estudios que le estaba otorgando, precisamente, su grado académico: Harvard. Esta universidad no solo cuenta con un gran prestigio académico sino también con una gran historia. De sus aulas han salido académicos, científicos, expresidentes de EE.UU., políticos, escritores, actores, y hombres de negocios de talla mundial. A través de expresiones como que conocer a su esposa –Priscilla- fue lo mejor que le puede agradecer a esta institución, o, que para sus padres sigue siendo su mayor logro haber sido aceptado en Harvard, suenan bastante desdeñosas y hasta vejatorias con la universidad que le acogió.

Uno de los defectos que exhiben las personas que han desarrollado una concepción hipertrofiada de su autoestima es considerarse el punto de partida de todo lo que existe. Algo así como que la historia se divide en antes y después de ellos. Esto se percibe en el discurso de M.Z., a través del uso de una expresión que se puede leer constantemente: “Somos millennials”. La definición más simple de los millennials es ser la generación de personas nacidas entre los años 1980 y el 2000; otra definición, es la que los concibe como la generación que está formada por todos aquellos jóvenes que llegaron a su vida adulta con el cambio de siglo, es decir en el año 2000. ¿Qué decir ante esto? ¿Se puede sostener que la época del nacimiento es una impronta para definir a una persona o a una generación? ¿Qué caracteriza a estos millennials? Dicen que son personas descontentas y escépticas, solidarias, altamente tecnificadas, etc., etc. Pero yo creo que este tipo de personas se ha encontrado en todas las épocas, y es precisamente, por ellas que la humanidad ha podido dar enormes saltos cualitativos a lo largo de la historia. Así, millennials han sido Espartaco, Jesucristo, Simón Bolívar, Gandhi, Lutero, Nelson Mandela, Giordano Bruno, Juana de Arco, Einstein, Servet, Leonardo Da Vinci, María Curie, Farnsworth, Harvey Milk, y tantos miles de hombres y mujeres que han ofrendado sus vidas por desarrollar sus ideas de cambio y progreso en medio de terrible oposición y hasta persecución y martirio (no como ahora, en que muchos prejuicios se han derrumbado y se han facilitado las cosas). Así, pues, que no es la época en que se viene el mundo sino el espíritu que se va gestando en cada uno de nosotros lo que nos hace ser conformes o rebeldes con la generación en la que nos tocó nacer. La vida en este planeta no se ha manifestado en compartimientos estancos, sino que es una continuidad, en la que una época ha condicionado y germinado las semillas cuyos frutos habrían de cosecharse en la siguiente, en una dialéctica continuidad de saltos y retrocesos.

Esto determina, pues, que entre otras virtudes, caracterice a un líder de talla mundial de nuestro tiempo, el agradecimiento y el reconocimiento a todos los prohombres y promujeres que con sus vidas sembraron las semillas del mundo libre y altamente tecnificado que ahora nos ha tocado vivir. La capacidad conectiva de Facebook (que es su producto bandera) no sería posible sin el desarrollo logrado por la tecnología informática, y no veo ningún reconocimiento de M.Z. a todos los visionarios que –antes de él- lograron el sustrato tecnológico para que él pueda desarrollar y hacerse rico con Facebook. Esta vocación ingrata es, pues, la constante en el discurso de M.Z., con excepción de lo que tímida y contradictoriamente expresa en la parte final de su presentación, cuando hace referencia a una oración -Mi Shebeirach- que entona cada vez que afronta un reto.

Otra contradicción en que cae M.Z. en su discurso es promoverse como un innovador y, al mismo tiempo, apelar a la vieja estrategia de los políticos tradicionales y de ministros religiosos fanatizados que no les importa mentir o distorsionar los hechos si con ello logran enriquecer sus discursos y cautivar al auditorio. Digo esto, porque no me puedo imaginar a JFK preguntando a una persona que lleva una escoba: “¿Qué hace?”. Actuar de esta forma es una ofensa a la inteligencia del auditorio y una manera deshonesta de tratar de convencer a la gente, amén de ser un indicio revelador de la personalidad del disertante.

Y antes de pasar a destacar los méritos de su discurso (porque toda crítica debe ser constructiva y no solo enfocarse en los aspectos negativos) quiero detenerme en la forma cómo presenta su producto bandera: Facebook. Hay una parte del discurso de M.Z. en que dice: “Facebook no fue mi primera creación. También hice juegos, clientes de chat, herramientas educativas y reproductores de música. No estoy solo.” Creo que esta expresión tiene como mensaje subliminal morigerar los efectos de la película Red Social (2010) que desnudó los entretelones de cómo se operó el surgimiento de Facebook y presentó a M.Z. “como un hombre despiadado y un nerd apasionado de la tecnología, que fundó Facebook con el fin de aumentar sus posibilidades de éxito con las chicas y lograr ascenso social mediante el acceso a instituciones élite de Estados Unidos”. (Tomado de https://goo.gl/9OOXXd) Y, ¿qué es Facebook?, ¿cuál es su contribución a un mundo mejor?, ¿cómo está impactando en las vidas de millones de personas que diariamente se conectan a él? Habría que cuestionarse: ¿Facebook es una herramienta para hacer más felices a las personas? ¿Hay estudios científicos sobre qué porcentaje del uso de Facebook está orientado al ocio, a matar el aburrimiento y la soledad, a crear conflictos interpersonales y a hacer más hipócritas a las personas? No creo que no los haya; y si los hay, ¿por qué no se divulgan? O ¿acaso es Facebook el mundo de fantasía al que una parte de la humanidad está ingresando para evadir el mundo real, mientras otra parte del mundo (la mayoría) aún vive presa en las tinieblas de la ignorancia, el fanatismo, el oscurantismo religioso y las dictaduras políticas? Personalmente, considero que Facebook es solo una herramienta que es usada según el tipo y la calidad de la personalidad de quien ingresa a ella. Como un cuchillo, que en las manos de un asesino es una herramienta para quitar la vida; pero en las manos de un cirujano, es una herramienta para prologar la vida. Entonces, el enfoque no está en Facebook sino en la calidad de las personas (hablamos de millones de personas) que están haciendo uso de esta poderosa herramienta de interconexión. Y es aquí, en este último punto, que destaco las mejores expresiones de M.Z. en su discurso de Harvard, las mismas que tienen una meta común: hacer de los seres humanos personas más responsables y felices. Veamos:
  • “(…) Somos parte de algo más grande que nosotros mismos, de que somos necesarios, de que tenemos algo mejor por delante por lo que merece la pena esforzarse. De ahí surge la auténtica felicidad”.
  • “Las ideas no nacen ya formadas. Sólo crecen mientras trabajas en ellas. Simplemente, hay que empezarlas. Si hubiese tenido que entender todo sobre cómo conectar a la gente antes de empezar, jamás habría creado Facebook”.
  • “Os juro que si dedicáis una hora o dos a la semana es todo lo que hace falta para echarle una mano a alguien, para ayudarle a alcanzar su potencial”.
  • “Todos podemos sacar tiempo para ayudar a alguien. Para darle la libertad de encontrar su propósito. No sólo porque es lo correcto, sino porque cuanta más gente pueda convertir sus sueños en algo grande, mejor será para todos”.
  • “Esta es la lucha de nuestro tiempo. Las fuerzas de la libertad, de la apertura y la comunidad global contra las fuerzas del autoritarismo, el aislacionismo y el nacionalismo. Las fuerzas a favor del flujo de conocimiento, el comercio y la inmigración contra aquellas que quieren frenarlos”.
  • “Que la fuente de tu fuerza, la que bendijo a los que vinieron antes de ti, nos ayude a encontrar el valor para que nuestras vidas se conviertan en bendiciones”.


Creo que si de verdad M.Z. cree en ellas, entonces su producto bandera, tendrá un sentido y un valor de alcance universal.