miércoles, 9 de mayo de 2018

Manolo (memorias)



Por Freddy Ortiz Regis

La clasificación de mi país al Mundial de Rusia ha despertado nuevamente recuerdos de mi vida en ese hermoso país sobre el cual alguien dijo -no sin cierta razón- que es como mi segunda patria…

Hoy voy a rememorar a una persona muy especial en mi paso como estudiante de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú. Escribir nos brinda la oportunidad de plasmar en el mundo exterior aquello que no puede ser retenido en el alma y busca escapar para hacer su vida propia, o tal vez, reencarnar en la experiencia de los demás.

Una de las primeras cosas que un peruano hace cuando está en un país extranjero es buscar a otros compatriotas con quienes seguir compartiendo la patria. En el caso de los jóvenes que llegamos a Moscú, allá en los albores de la década de los 80, el deseo de entablar relaciones amicales genuinas cobró una especial significación para nuestras vidas: la primera, porque la universidad nos reunió por conglomerados estudiantiles, separados de las chicas; la segunda, porque el idioma y las costumbres eran lo que más nos unían; y la tercera, porque las chicas, por una tonta obsesión que nunca llegué a comprender, desviaron sus atenciones y preferencias por los rusos: altos, blancos y de ojos azules.

Esta actitud de las peruanas nos desconcertó inicialmente, pero no les íbamos a rogar. Tarde o temprano volverían en sí. Mientras tanto, teníamos muchas cosas en qué distraernos: la nueva lengua, que era todo un desafío; la nueva comida, que pugnaba por hacerse un espacio en nuestro exigente paladar; y, sobre todo, la ciudad y su gente, que eran para nosotros como los escenarios de cuentos de hadas que de un momento a otro habíanse convertido en realidad.

Contábamos las horas para que terminasen las clases o llegase el fin de semana para salir, en grupo de amigos, a recorrer la hermosa ciudad de Moscú con sus amplias avenidas, sus históricas plazas adornadas de coloridos jardines y transparentes fuentes de aguas, y sus elegantes edificios, entre los que destacaban el Parque de la Ciencia y la Tecnología (VDNKH), la Colina de los Gorriones, el río Moscoba, la calle Arbat, el teatro Bolshoi,  la Plaza Roja, en donde estaban la sede del gobierno ruso (el Kremlin) y la tumba de ese personaje que había ocupado un lugar especial en nuestros jóvenes corazones por su lucha por la libertad y el engrandecimiento de un país sumido en la pobreza y la explotación de los zares: Vladimir Ilich Ulianov (Lenin).

Sin embargo, lo que más nos cautivó fue el metro de Moscú (en ruso: Московский метрополитен), también conocido como el «palacio subterráneo». Fue inaugurado en 1935. Es el primero del mundo por densidad de pasajeros. En el año 2011 transportó a 2388,8 millones de pasajeros y el día pico fue el 22 de noviembre de 2011 en el cual transportó a 9,27 millones de personas. Tiene 212 estaciones y una longitud de tendido subterráneo de más de 350 kilómetros (tercero en el mundo después de Londres y Nueva York) con 14 líneas.

Todas estas maravillas las compartíamos un pequeño grupo de peruanos que habíamos tenido la feliz oportunidad de ser becados para estudiar en la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú, un centro superior de estudios conformado por estudiantes de todos los países –en esa época– llamados tercermundistas. Unos llegaban por su filiación al Partido Comunista y otros –como yo- por un régimen de extensión cultural desplegado por la Casa de la Amistad de la URSS (como en ese entonces se le llamaba a Rusia) con todos los países con los que esta potencia mantenía relaciones diplomáticas.

Con los años que han transcurrido he luchado por lograr recordar los nombres o sobrenombres de estos muchachos peruanos que conformábamos el grupo. Nombraré solo a quienes han logrado sobrevivir al deterioro de mis recuerdos y pasaré por alto a otros –a pesar de tenerlos aún en mi mente y en mi corazón: Rafael (que era un joven provinciano que vivía en Lima y había dejado la Universidad Nacional de Ingeniería, UNI, para estudiar en Moscú); Juaneco (que era un joven de tez trigueña, bajito y menudito); «Cheko» (un joven fornido, de ojos saltones, como si estuviera siempre asustado); Javier (a quien le llamábamos «Estimado», blanco, bien parecido y de un carácter muy jovial); «Barbis» (no recuerdo su nombre, era de la UNI, hacía gala de mucha cultura y refinamiento; su apodo lo debía a la prominente y espesa barba negra que hacía contraste con su rostro blanco y bien parecido); Oswaldo (un joven que venía del Cusco y que llegó a ser congresista, de carácter burlón, con tendencia a la risa fácil; nunca pude entender cómo es que llegó a terminar física nuclear); David (un pequeño pícaro que también era de la UNI, había nacido y vivido en Comas; él se encargaba de hacernos recordar lo palomillas y desadaptados que podíamos ser); Alberto (que venía de Trujillo, como yo, de rostro adusto, a veces depresivo, lo que le valía para que, cuando mostraba su lado gracioso, nadie pudiera resistirse a celebrarlo con la mejor de las ganas); y, Manolo (un joven que tendría, en ese tiempo, unos 25 años) y de quien me ocuparé en las líneas que siguen a continuación.

Manolo era un joven muy noble e inteligente, dos virtudes que raramente conviven en un cuerpo humano. Su mirada no era la de un joven veinteañero sino la de un ser de mucha más edad; de alguien que veía los hechos y las personas con infinita tranquilidad y seguridad. Casi nunca se enojaba, y cuando algo desaprobaba, le bastaba con mover la cabeza y hacer una mueca que simulaba una sonrisa cargada de pena y conmiseración. Su hablar siempre era limpio; y si alguna vez pronunciaba alguna palabra licenciosa, lo hacía porque era necesaria y jamás por costumbre o afectación.

Manolo era de buen parecer, pero su rostro reflejaba una serenidad que no podía esconder una profunda tristeza que –poco a poco– fui descubriendo con el paso del tiempo y el fortalecimiento de nuestra amistad. Manolo tenía, pues, muchas virtudes, pero tres cosas le marcaban de una manera muy particular: era olvidadizo en grado sumo, no era pulcro en el vestir y era cojo.

Nos conocimos después de haber terminado la «cuarentena», un período de adaptación y profilaxis que teníamos que pasar los recién llegados a Moscú en las instalaciones de la universidad, y en el cual teníamos prohibidos salir a la calle y nos pasábamos la mayor parte del tiempo yendo y viniendo de exámenes médicos, viendo TV, leyendo o conversando. Congeniamos a primera vista. De ahí en adelante estuvimos muy unidos y nos acompañábamos casi a todo lugar. Cuando salíamos a recorrer Moscú siempre me quedaba rezagado, esperándolo para que no pierda el paso con el resto del grupo. Y cuando retornábamos a la universidad, después de nuestros paseos por la ciudad, había que regalarle una gorra o una bufanda porque las había dejado olvidadas en la banca de un parque o en el asiento de algún bus o restaurante.  Una vez, olvidó en la mesa de una cafetería su cámara fotográfica. Cuando reaccionó, tuvimos que echar a correr por las calles y avenidas de Moscú, hasta llegar a la cafetería y encontrarnos con la grata sorpresa de que la cámara había sido guardada por el personal administrativo, a la espera de que aparezca su verdadero dueño.

- ¡Manolo! ¡Manolo! –exclamábamos todos, al unísono, mientras él sonreía avergonzado.

Una tarde que tuvimos que dejar la universidad y retornar rápidamente a nuestro albergue por una espantosa tormenta que obligó a la suspensión de las clases, Manolo me fue a visitar como de costumbre a mi habitación. Ambos estábamos muy asustados porque en la costa peruana –de la cual proveníamos él y yo- esto nunca ocurría. Los truenos retumbaban como explosiones mientras, los relámpagos, rasgaban eléctricamente la insondable oscuridad en que se había sumido la ciudad siendo, apenas, las cinco de la tarde.

Manolo estaba muy triste y nostálgico y comenzó a hablarme de su familia. Los pormenores de aquella charla se han desvanecido de mi memoria. Mas, lo que sí recuerdo con mucha nitidez es la historia del accidente que le dejó lisiado. Un chofer irresponsable había sido el causante de un terrible atropello que lo dejó postrado, inconsciente, por varios días en la cama de un hospital. Cuando despertó, descubrió que ya no iba a caminar como siempre lo había hecho, sumiéndose en una gran depresión que le hizo renunciar a sus deseos de vivir, de jugar y de estudiar.  Y así pasó su niñez y adolescencia, encerrado en su cuarto, mientras sus padres sufrían en silencio la permanente agonía en que se había convertido la vida de su hijo.

Un día, desde la soledad de su habitación, Manolo escuchó a su padre que hablaba con un amigo cuyo hijo había logrado una beca para estudiar en Rusia. La alegría y el orgullo que brotaban de las palabras de este hombre contrastaban con el silencio con el que su padre le escuchaba, como si fuese un mudo interlocutor. Este triste cuadro, en el que su padre solo tenía como respuesta el silencio, despertó en Manolo un sentimiento que había dejado de percibir desde hacía mucho tiempo: la autoestima. Por primera vez sintió que era uno con él; que el silencio de su padre, era también el suyo. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y una poderosa energía se apoderó de su alma, al punto de esperar el momento en que se retirara la visita para salir de su habitación y pedirle a su padre que le hablara de Rusia y de cómo podía llegar a ese misterioso y lejano país.

Su padre, gozoso, advirtió que esta era la oportunidad para hacer volver a la vida a su hijo, y no escatimó esfuerzo para poner a disposición de Manolo toda la información que él necesitaba. Lo primero que Manolo tenía que hacer era terminar la primaria y luego estudiar la secundaria. ¿Cómo habría de ir un chico de 18 años a la escuela primaria?, se preguntaron sus padres. Pero Manolo les dijo que él podía terminar, en casa, no solo la primaria sino también estudiar la secundaria.

En dos años –cuando cumplió los veinte y con la admiración de sus padres, docentes y amigos–Manolo había rendido con total suficiencia las pruebas de la educación no escolarizada, y se encontraba listo para postular a una beca para Rusia, la que –obviamente- ganó a través del servicio de intercambio cultural de la URSS con el Perú. Durante los meses que duró los trámites ante la embajada y los preparativos para el viaje, Manolo se había ensimismado en el estudio de la cultura soviética y –sobre todo– en el estudio de los grandes ajedrecistas rusos que eran los líderes mundiales indiscutibles. Su madre le compró un juego de ajedrez y su casa, de la noche a la mañana, se convirtió en la gozosa entrada y apesadumbrada salida de muchos jóvenes que, sin chance alguna, venían a jugar con Manolo.

Cuando Manolo terminó de contarme esta historia, la tempestad había amainado y las luces de la ciudad alumbraban como pequeñas esferas de arco iris la atmósfera humedecida que queda después de una tormenta. Yo no sabía si creer o no la historia que mi amigo me había confiado. Nunca había dado señales de fanfarronería, entonces «¿por qué, ahora, habría de hacerlo?», me dije para mis adentros.  Manolo me miraba fijamente y sabía que luchaba por vencer la incredulidad. Entonces, se me ocurrió algo: le pedí jugar una partida de ajedrez. Yo no era bueno en el ajedrez. En mi casa, el más adelantado en este juego era Raúl, el menor de mis hermanos. Por temporadas, sobre todo cuando estábamos en época del colegio, armábamos pequeños campeonatos en mi hogar mientras mi madre nos atendía amorosamente con algunas viandas y refrescos. Los campeonatos casi nunca terminaban con un ganador porque a medida que las posibilidades de algunos se iban recortando, entonces, se iban retirando para no sufrir la «humillación» de quedar entre los últimos. El ajedrez tenía para nosotros una increíble carga emocional y lo asociábamos –tonta e ignorantemente– al grado o nivel de inteligencia.

- ¡Hecho! –me respondió Manolo. Y mientras me dirigí hasta mi gaveta para sacar el tablero y las piezas del ajedrez, Manolo aprovechó para recostarse en mi cama.

Una vez que llegué hasta la mesa de mi habitación y coloqué el juego sobre ella, Manolo me pidió que armase el juego y que le reservara las piezas negras para él, lo que hice rápidamente.

- Ya está, Manolo –le dije, dándole a mis palabras el tono para invitarlo a sentarse a la mesa.

- Muy bien, Freddy –me respondió desde la comodidad de mi cama-. Comienza de una vez.

Yo sonreí y le dije:

- ¿Cómo voy a comenzar si no vienes a la mesa?

El guardó silencio por cortos segundos y me respondió:

- Solo léeme la posición de tu jugada. Yo jugaré desde aquí y te responderé de la misma manera –me dijo con esa pasmosa tranquilidad que le caracterizaba.

- Pero, no puede ser, Manolo –repliqué impacientemente-. ¿Cómo vas a jugar si no puedes ver el tablero?

- Hazlo –me contestó.

La partida apenas si duró más de quince minutos. Manolo me venció sin moverse de la cama. Aún no me reponía de la impresión cuando, de pronto, dio un salto y se acercó bruscamente hacia la mesa, y mirándome a los ojos, me dijo:

- ¿Quieres que te diga en donde fue tu error?

- ¿Qué? –solo atiné a decirle.

Sin dar crédito a lo que veía, Manolo organizó nuevamente el tablero de ajedrez y comenzó a reproducir la partida jugada por jugada hasta llegar al punto en que, según él, yo había cometido el error que me había costado el jaque mate.

Desde ese día, Manolo pasó a ocupar un lugar especial entre mis afectos. Y aunque estudiábamos en facultades distintas –él en la facultad de ingeniería mecánica, y yo en la de economía- siempre nos dábamos tiempo para permanecer juntos, salir a pasear, ir al teatro y comer las delicias que nos ofrecía el restaurante “La Habana” y la gastronomía rusa. Cuando extrañábamos el sabor de una Pepsi Cola nos íbamos a la Casa de las Américas y nos sentábamos a escuchar los discursos de los intelectuales a la sazón invitados, y nos retirábamos no bien habían servido las deliciosas bebidas que estaban vedadas para el común de la gente, y solo eran para los extranjeros que vivían o visitaban Moscú.

Con Manolo compartí mi afición por la lectura al punto que nos gastábamos buena parte de nuestra remesa mensual que nos ofrecía la universidad en comprar con fascinación los elegantes libros que editaba la editorial Progreso de Moscú. Así, cada mes, nuestra biblioteca se hacía más grande, aunque tuviéramos que recorrer todos los edificios de la ciudad universitaria juntando botellas para venderlas y poder sustentarnos hasta la próxima remesa.

Cuando llegó el tiempo de irme de Rusia porque mi alma ya no sintonizaba con la descomposición de un régimen político que pocos años después se derrumbaría para siempre, me fui sin despedirme de Manolo, a quien nunca le compartí mi decisión de viajar a Occidente y comenzar allá una nueva vida. Durante el trajinado viaje en tren que me llevaba a Alemania del Oeste, mi corazón crujía por el sentimiento que habría de haber expresado Manolo al comprobar que su amigo trujillano se había marchado sin darle el abrazo final que se deben los verdaderos amigos.

No he vuelto a saber más de Manolo. No sé si terminó la carrera en la universidad de Moscú a pesar de su portentosa inteligencia y de sus increíbles olvidos. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Habrá retornado a Lima o se habrá ido a otras tierras lejanas? ¿Habrá hecho una familia? ¿Qué suerte le deparó el destino? Cómo quisiera volver a verlo y tras una partida de ajedrez –que nunca le gané- invitarlo a cenar y recorrer en las alas de nuestra amistad los caminos que ya no más compartimos y pedirle perdón.



jueves, 16 de noviembre de 2017

Nuestra euforia mundialista


Por Freddy Ortiz Regis

La euforia por la probable clasificación de la selección de fútbol de mi país a un mundial ha despertado hermosos recuerdos de mi infancia y de mis años mozos, cuando alcanzamos la oportunidad de asistir a otros mundiales. El Perú ha participado en cuatro ediciones de la Copa del Mundo (1930, 1970, 1978 y 1982), siendo sus mejores resultados los cuartos de final alcanzados en 1970 (donde ganó el Premio al Juego Limpio).

De estas cuatro participaciones, me ha tocado vivirlas todas, menos la de 1930, pues aún no venía a este mundo. El mundial que más recuerdos me trae es el Mundial de México 70. Era apenas un crío que salía de la infancia para ingresar en la pubertad cargada de interrogantes, desafíos y temores. Clasificar a un mundial representó para mis tiernos años un ingrediente de alegría, felicidad y orgullo. Desde la pequeña caleta de Huanchaco, a donde llegué a vivir con mis padres y mis hermanos, procedentes de la fría y nublada capital, la clasificación del Perú al mundial de México, representó para mi generación un oasis en el desierto de la rutina y el monótono quehacer de todos los días.

Todo se pintó del color de la esperanza en la selección. La canción “Perú campeón” fue la pista musical de nuestras vidas. Nuestros héroes de siempre –Batman & Robin, Supermán y los míticos tripulantes del Enterprise­– tuvieron que aceptar ser reemplazados –momentáneamente­­– por Challe, Miflin, Cubillas, Perico Léon, Nicolás Fuentes y Chumpitaz. Hasta las figuritas que coleccionábamos en álbumes – de los más diversos y educativos– fueron trocadas por el álbum de la selección peruana. Allí nos arremolinábamos alrededor de las imágenes de nuestros nuevos ídolos. Ellos encarnaban al hombre peruano que debía brillar en el mundo entero. Y hasta la naturaleza no permaneció impasible ante el frenesí que embargaba a doce millones de peruanos: el día de la inauguración del Mundial de México 70, a las 3:30 de la tarde, cuando millones de peruanos estábamos frente a la pantalla de TV, la tierra tembló en el centro y norte de la costa de nuestro país como nunca antes, llevándose la vida de más de setenta mil de nuestros compatriotas.

Y a partir de ese aciago 31 de mayo de 1970 –el mismo día en que se inauguró el Mundial de México 70­– vivimos sentimientos encontrados: dolor por la magnitud de la tragedia y alegría por los triunfos que nuestra selección nos tenía preparados en el máximo torneo del fútbol mundial. Y así, mientras enterrábamos a nuestros muertos y nuestros corazones se alegraban por las hazañas de nuestro seleccionado, al final quedamos como la séptima potencia futbolística del mundo, a quien solo le pudo ganar Alemania y Brasil (el campeón).

Hoy han transcurrido 47 años del Mundial de México 70, y 35 años de la última vez que participamos en un mundial. Ya no somos los niños que gritamos los goles de nuestros héroes futbolistas; pero nuevamente percibimos la misma ola, la misma euforia, el mismo clamor que nos embargó cuando nuestra selección nos regaló la alegría de ir a un mundial.

Durante estos últimos años hemos sufrido –no por nosotros sino por nuestros hijos y nietos– cada eliminatoria de nuestro seleccionado. Por ello, ahora, que los vemos cantando las nuevas canciones, coleccionando los nuevos álbumes, vistiéndose con la camiseta roja y blanca de sus nuevos héroes y compartiendo en las redes sociales su esperanza e ilusión por llegar –¡ahora sí!– al Mundial de Rusia 2018, no podemos evitar el dejar caer una lágrima por el recuerdo de los años gloriosos de nuestro fútbol en donde deporte y esperanza, fútbol y pasión, significaban lo mismo.








sábado, 4 de noviembre de 2017

Entre lo diabólico y lo sagrado


Por Freddy Ortiz Regis

- Tío Freddy, ¿Halloween es del diablo, di?

Yo me quedé mirando a mi pequeño y guardé profundo silencio. “Dios -me dije para mis adentros-, ya está en edad de sufrir por estas banalidades”.

En apenas segundos mi vida pasó –a la velocidad de la luz- discurriendo por mi mente los años en que mi alma se debatía en asuntos como el que ahora me planteaba mi adorado niño. Sentí pena por mí, y sentí pena por él. ¿Por qué su infancia habría de ensombrecerse en la dilucidación de estos asuntos? ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que la realidad es mucho más compleja que la simple dicotomía a la que pretende reducírsela? Pero tenía que darle una respuesta; una respuesta que –sin ofrecerle la solución al problema- significara un punto de partida que la vida se encargaría de negársela o confirmársela.

- Escúchame, Juan Andrés –le dije. En primer lugar, ¿por qué dices que Halloween es del diablo?

- Pues, porque se disfrazan de brujas, de demonios y de muchas cosas feas que son del diablo –me respondió con completa seguridad.

- Hijo –le repliqué-, no son las cosas o los hechos los que determinan que algo sea del diablo. Si hay algo diabólico en este mundo es la maldad que brota de los corazones y de las mentes de las personas. Disfrazarse y pasar un momento de alegría con artilugios que expresan manifestaciones de la cultura universal no es diabólico. Son las intenciones las que determinan el carácter diabólico o sagrado de algo.

- No tío, Freddy –respondió el niño-. Halloween es del diablo, y yo soy de Jesús, y por ello no celebro Halloween.

Terminamos de almorzar y salimos de casa al paradero del bus rumbo al colegio en donde cursa el segundo grado de primaria. No era fácil sembrar en su mente una idea que le sirviera de fundamento para que –individualmente y con la ayuda de Dios- pudiera llegar a conclusiones personales sobre este tema. Bajamos por el ascensor al primer piso y salimos del edificio en dirección al paradero.

En el camino algo se me ocurrió:

- Escúchame, Juan Andrés. Te voy a hacer una pregunta. ¿Un cuchillo es diabólico o sagrado?

Mi pregunta tuvo como respuesta el silencio. Entonces, volví a la carga y le dije:

- Juan Andrés, te voy a demostrar que son las intenciones lo que importa. Si un asesino toma el cuchillo y con él mata a una persona, ¿quién es el diabólico?, ¿el cuchillo o el asesino? ¡Respóndeme!

El niño quedó pensativo unos segundos y, con total seguridad, dijo:

- El asesino, pues.

- ¡Exacto, Juan Andrés! Entonces, las cosas (en este caso el cuchillo) no sin ni diabólicas ni sagradas. Es la intención de quien lo emplea lo que determina si es diabólico o sagrado, pues, con ese mismo cuchillo, un cocinero puede prepararte tu plato que más te gusta. Lo diabólico, hijo, es lo que está en el corazón de las personas y que se exterioriza ocasionando daño a los demás.

El bus llegó al paradero y subimos ocupando dos asientos en la parte posterior de la unidad. Eran exactamente las 12:30 del mediodía y solo teníamos treinta minutos para llegar a tiempo a nuestro destino. Las pistas de la ciudad –en ruinas por las lluvias y las inundaciones que este verano nos trajo la corriente de El Niño- lejos de ser una vía para el fluido transitar de los vehículos, habíanse convertido en odiosos cuellos de botella que aprovechaban los conductores de los buses para detenerse, avanzar de a pocos, y hacer tiempo para que suban más y más pasajeros a sus unidades.

De esto se percató un hombre que iba sentado a mi lado, pero en la otra columna de asientos. Y, elevando la voz, le espetó al chofer:

- Oye, huevón, ¡avanza, pues!

El chofer de la unidad lo miró por el espejo retrovisor y, montando en cólera, le respondió:

- ¡Si estas apurado toma un taxi, pues, huevón!

- ¡Calla, concha de tu madre! –gritó el pasajero al chofer-. ¡Tú estás en nuestros dominios, así que agacha la cabeza nomás y haz bien tu trabajo, huevón!

Juan Andrés se asustó. En casa nunca hablamos con ese lenguaje, y escuchar por primera vez a estas personas tratarse de ese modo, hizo que entrara casi en pánico.

- Tranquilo, hijito –le dije, colocando mi brazo izquierdo sobre su hombro, tratando de infundirle seguridad.

En ese momento –interrumpiendo la pelea que estaba a punto de entrar en una segunda fase entre chofer y pasajero- subió al bus un hombre, alto, de aproximadamente unos cuarenta años y de facciones rudas pero deterioradas por algún vicio. Vestía descuidadamente y llevaba una gorra raída y sucia. No se sentó sino que asegurándose a uno de los pasamanos del bus comenzó a hablar:

- Señores pasajeros disculpen que interrumpa su viaje pero estoy pasando por momentos muy angustiosos. No he subido a venderles nada porque no soy un vendedor ni tengo el dinero para comprar algo y salir a vender. Lo que quiero es que me ayuden porque me han asaltado y estoy sin dinero para retornar a Lima, la ciudad de donde soy. Siempre he querido conocer a mi padre que vive en esta ciudad de Trujillo y cuando por fin supe de su paradero no dudé en comprar un pasaje y venir a esta ciudad para conocerlo. Pero, para mi infortunio, me quedé dormido en el viaje y la persona que iba a mi lado se aprovechó para robarme todo mi dinero. Cuando yo me desperté, llegando a Trujillo, este pasajero ya había bajado, y me quedé solo con lo que me ven puesto. Llevo ya varios días en esta ciudad subiendo a las unidades y pidiendo me ayuden para comprar mi pasaje y retornar a Lima, pues no he podido encontrar a mi padre.

Yo, confieso, que aborrezco la mendicidad en personas que están en aptitud de trabajar. Pero en el caso de este hombre me conmovió su ingenuidad para desarrollar una historia tan burda y grotesca a la vez. “No creo que nadie le dé un céntimo”, me dije para mis adentros, agradeciéndole que al subir hubiera apagado la chispa de una pelea que estaba a punto de convertirse en un gran fuego. Pero me equivoqué; cuando comenzó a pasar su gorra desde los primeros asientos, fueron pocos los que no depositaron alguna moneda en la raída prenda de vestir. Cuando llegó al asiento del pasajero que estaba a mi lado, el que había iniciado la discusión con el chofer, en lugar de recibir una moneda, recibió una mirada de rabia y desprecio. El hombre continuó su recorrido hasta llegar a los últimos asientos. Luego se volvió en dirección a la puerta del chofer, y al pasar nuevamente por el lado del iracundo pasajero, dijo:

- ¡Cómo hay personas que están llenas de maldad y solamente dan el odio que hay en su corazón!

- ¡Sal de aquí, imbécil! –respondió el pasajero-. Yo trabajo, en cambio tú eres un zángano que no sirve para nada. Allá los huevones que creen tu historia…

El hombre se volvió y encaminó sus pasos hacia el asiento del pasajero con el rostro dominado por la ira.

El resto de pasajeros, en su mayoría mujeres y niños, comenzaron a gemir de miedo, pues todo hacía presagiar que se iba a producir una horrible pelea en el interior de la unidad. Dada nuestra proximidad con los iracundos personajes, yo estreché lo más que pude a Juan Andrés, mientras permanecía alerta y tensaba mis músculos para entrar en acción si la situación lo requería.

Pero, gracias a Dios, no pasó lo peor. Los tipos se gritaban, el uno al otro, frases que son irreproducibles, pero la sangre –como dice el viejo dicho- nunca llegó al río. Creo que cada quien esperaba que uno dé el primer golpe para empezar la pelea; pero eso nunca ocurrió. En una parada del bus, el hombre se bajó de la unidad y sus últimas palabras fueron dirigidas al pasajero:

- ¡Perro que ladra no muerde!

Poco a poco la calma volvió a los pasajeros, y sin darnos cuenta, ya habíamos llegado a nuestro destino. Bajamos de la unidad y pude ver los ojos húmedos de mi Juan Andrés. Lo tomé de la mano y comenzamos a caminar en dirección a su colegio, en la segunda cuadra del jirón Pizarro. Caminamos en silencio hasta llegar a una esquina y parar en la luz roja del semáforo.

- Ahora entiendo qué es lo diabólico, tío Freddy.

- Sí, mi hijito hermoso, lo sé -le dije-. ¿Te has fijado que no necesitamos disfrazarnos para hacer el mal?




lunes, 30 de octubre de 2017

Pena de muerte & política basura


Por Freddy Ortiz Regis

Hace unos días todos nos hemos sentido terriblemente impactados por la información propalada en los medios de que un padre había ultrajado sexualmente a su pequeña hija de solo dos meses de edad en la ciudad de Sullana.

Y tal como sucede con los buitres, que se alimentan de la carroña, los políticos populistas –respaldados por cierta prensa, también carroñera- comenzaron a frotarse las manos, diciendo: “Esta es nuestra oportunidad”. Y ahí tenemos, rodando ya por los medios, la intención del partido fujimorista de proponer un “proyecto de ley sobre la pena de muerte para violadores de menores de edad”.

Quienes tenemos una formación jurídica sabemos que la pena de muerte no tiene (por ahora) ningún futuro en nuestro ordenamiento constitucional por razones de derecho interno y externo. También sabemos, por los estudios que se ha realizado desde hace muchos años (y que se contraponen con los de reciente data), que la pena de muerte no es disuasiva para personas que sufren de desequilibrios de la personalidad y son incapaces de comprender el valor de la vida humana; lo que equivale a razonar que si no son capaces de valorar a otros, menos pueden valorar su propia vida y trascendencia.

A estos inconvenientes se suma que nuestro sistema de justicia no está en condiciones de procesar, con todas las garantías de un debido proceso penal, a las personas acusadas de un delito que pudiera desembocar en la aplicación de la pena capital. Tenemos un poder judicial con serias carencias logísticas y de formación, que no constituye una garantía de aplicación de los principios que inspiran a un estado democrático y de derecho, por lo que bastaría que tomase el poder un partido dictatorial para que sus enemigos políticos sean procesados por delitos cuyas sanciones sean la pena de muerte.  

Otro aspecto que abona a la oposición a la pena de muerte en nuestro país, además de los ya mencionados, es el impacto cultural que la pena de muerte produce en nuestra sociedad. Quitar, mediante una sentencia, la vida a una persona –por más canalla que ésta sea y por más abominable que sea el acto delictuoso- implica una renuncia de la sociedad a la posibilidad de reeducación e inserción de los marginados al sistema social. Otro impacto que se produce por la aplicación de la pena de muerte es el efecto de victimización sobre el delincuente. ¿Qué quiere decir esto? Que, gracias a los medios (los mismos que antes gritaban su crucifixión), la persona que ha sido condenada a muerte comienza a ser tratada como una víctima de la sociedad; pasa de ser el malo, al bueno de la película; se le hace todo tipo de entrevistas, reportajes sobre su vida, se generan (o inventan) leyendas sobre su personalidad y hasta comienza a ponerse en duda su culpabilidad; todo con el afán de incrementar las ventas y los niveles de audiencia.

Hace dos años, en uno de mis viajes a la ciudad de Cajamarca, tuve la oportunidad de visitar el cementerio de esta hermosa y vieja ciudad, en la cual se encontraron los mundos europeo e incaico. Entre los muchos nichos, tumbas y mausoleos, llamó mi atención uno en especial: era el mausoleo de un cajamarquino llamado Udilberto Vásquez Bautista, que fue fusilado en la década de los sesentas acusado de violar y asesinar a una menor de edad, y que en la actualidad es venerado religiosamente por la población. La historia del ahora llamado “Santo Violador” no la voy a contar en este espacio, y solo la traigo a colación para ilustrar cómo la pena de muerte –al menos en nuestro país- puede tomar características impensadas y hasta contraproducentes para el desarrollo de la personalidad de nuestros niños y adolescentes. 

Interior de la tumba de Udilberto Vásquez Bautista en el cementerio
general de Cajamarca.

Finalmente, cada vez que se produzca la violación de algún menor de edad, la política basura –al igual que la TV basura- aprovechará para treparse al carro de una opinión pública proclive a la venganza y a sancionar con la pena más grave lo que se le ha hecho creer que es el delito más grave. Con propuestas como la planteada por el fujimorismo, lo que se pretende es desviar la atención de la sociedad de delitos mucho más graves –como lo es la corrupción- hacia delitos que si bien son abominables por la naturaleza inocente de sus pequeñas víctimas, comparativamente son mucho menores (estadísticamente hablando) en proporción con los índices de corrupción que campean en nuestro país. ¿Alguna vez escucharemos a los políticos pedir la pena de muerte por eldelito de corrupción como sí ocurre, por ejemplo, en la China? Obviamente que nunca, a sabiendas de que la corrupción es la madre de todos los delitos, aquí y en la China. Así que si hay un hashtag que promocionar no es el de #PerúPaísDeVioladores sino el de #PerúPaísDeCorruptos

Antes de cerrar estas reflexiones acabo de leer en La República lo siguiente: “Tras los exámenes médicos realizados a la recién nacida, el Departamento de Medicina legal del Ministerio Público de Sullana determinó que la bebé, de iniciales D.Y.H.P., tiene infección vaginal por falta de higiene y descartó una violación sexual.

Saquen ustedes, amigos lectores, sus propias conclusiones y respondan a la siguiente pregunta: ¿Estamos preparados para condenar a muerte a alguien con una prensa amarillista, un sistema de justicia propenso a la presión política y mediática, y una opinión pública altamente manipulable?




jueves, 6 de julio de 2017

A mi maestro, don Segundo Morales Llerena, con cariño (*)



Por Freddy Ortiz Regis


Estar enfermo es, al mismo tiempo, una oportunidad para pensar, reflexionar, recordar. Para volcar la mirada del alma hacia nosotros mismos. Anoche, mientras me debatía en una crisis bronquial de las que suelo padecer apenas el invierno se asoma, retrocedí en mis pensamientos hacia los ya lejanos años de mi infancia.

Surgían en mi mente las imágenes de mis aventuras con mis amigos en las temporadas de verano, en Huanchaco, y también, las imágenes de mis años en la escuelita. Y con una especial aprehensión pasó al primer plano de mis recuerdos mi añorado profesor, don Segundo Morales Llerena.

¿Qué habrá sido de su vida?, me dije, retrocediendo, con las alas de la imaginación, en el tiempo. Debe de ser ya un anciano. ¿Estará vivo? ¿Estará muerto? Y como compelido por un poderoso impulso, estiré mi mano hacia el celular, con la esperanza que internet me daría la respuesta. No han sido pocas las oportunidades que Google me ha permitido encontrar personas que alguna vez fueron parte de mi vida y que no sabía nada de ellos. Estaba seguro que algo encontraría de mi recordado profesor del cuarto y quinto de primaria. Algún registro de algún concurso público, alguna referencia en las redes sociales, alguna mención en una actividad académica, algo debía de haber.

En milésimas de segundo el buscador me dio los resultados. No había nada. Con excepción del primer registro de los resultados de la consulta: Era la publicación en El Peruano (el diario de los avisos legales y judiciales de mi país) de un edicto redactado en los siguientes términos: “ANTE ESTE OFICIO NOTARIAL, SITO EN ORBEGOSO 377, LUIS FERNANDO MORALES GUEVARA SOLICITA LA SUCESION INTESTADA DE SEGUNDO DAMIAN MORALES LLERENA FALLECIDO EL 22.06.2015 A FIN DE DECLARARSE HEREDERO EN CALIDAD DE HIJO DEL CAUSANTE. LINA AMAYO MARTINEZ, NOTARIO DE TRUJILLO.-“

Una profunda pena invadió mi corazón. Mi querido profesor hacía dos semanas que había fallecido. Mientras trataba de contener las lágrimas que se agolpaban, y mis bronquios experimentaban una agitación que me recortaba la respiración, mi memoria comenzó a retroceder en el tiempo hasta aquella mañana en que el profesor Morales (como me referiré a él de ahora en adelante) llegó a la escuelita de Huanchaco, por esa época, ubicada en el local de madera que ahora ocupa la biblioteca municipal.

Yo llevaba ya estudiando en la escuelita tres años. Había llegado con mi familia de Lima y nos instalamos en casa de mi tía Elvira, hermana de mi madre, un caserón que quedaba a media cuadra de la plaza de armas. Los primeros años me costó mucho adaptarme a la nueva cultura de una caleta de pescadores. Parte de esas vivencias las he plasmado en mis memorias que llevan por título: “Pedú: De nombres, sobrenombresy apodos…” y que se puede leer en este blog.

Cuando el profesor Morales fue presentado lo primero que me impactó fue su porte, carisma y elegancia. Era alto, muy bien parecido, de unos treinta años más o menos. Cuando me llamaron a leer el periódico sentí su mirada que me seguía desde la fila hasta el banco de la plazoleta en la cual me paraba para leer las noticias más importantes del diario “La Industria”. El consejo de profesores había tomado la decisión de que yo leería las noticias el primer día de clases de la semana; por ello me pasaba el domingo en la tarde seleccionando las noticias que (a mis diez años) yo consideraba eran las más importantes. Leía con mucha solvencia, pues desde los 5 años, Chabelita, la hija única de una vecina amiga de madre, en Lima, se había tomado la paciencia y el cariño de enseñarme a leer.

Después de haber leído las noticias y haber cantado el Himno Nacional, los niños (niños es un decir, pues el 90% de los alumnos eran prácticamente adolescentes), ingresamos a nuestras respectivas aulas según el grado al que pertenecíamos. Yo cursaba el cuarto año y nuestro salón daba al Jr. Libertad.

El área del colegio era pequeña y en ella se aglomeraban los seis años de la educación primaria: transición, primero, segundo, tercer, cuarto y quinto año. Había que hacer un especial esfuerzo para filtrar las voces de los otros maestros que –la mayoría de ellos– gritaban cuando dictaban sus clases. Vienen a mi mente los nombres de la profesora Rosa García (que era una paz de Dios), el profesor León (cuyo nombre no recuerdo pero que a nosotros nos parecía el personaje de alguna película policial), la profesora Ponce de León (a cuyos encendidos ojos verdes temía, pues, mi mamá, siempre me había dicho que las personas con ojos verdes eran malas), el profesor Paredes (que era colorado, con una prominente barriga, burlón y manolarga) y el profesor Flores (que era el director, de rostro amable, de unos cuarenta años, silencioso y sonriente, y el único que llegaba en automóvil, uno pequeñito de color verde).

El profesor Morales había llegado a la escuela como reemplazo del profesor Octavio Hinostroza. Sobre la personalidad violenta de este docente también me he referido en mis memorias arriba citadas. Los alumnos lo apodaron Pachacútec por ser despiadado tanto en los tipos de castigos que nos imponía como por la saña con que los aplicaba. Por ello, cuando presentaron al profesor Morales y nos comunicaron que Pachacútec ya no enseñaría más en la escuela, nuestros corazones latían de ansiedad por saber quién y cómo sería el nuevo profesor. Acaso, ¿sería tan o más implacable y castigador como el que nos había tocado los primeros años de la primaria?

Nuestras dudas comenzaron a despejarse apenas el profesor Morales ingresó al aula, y colocándose delante de nosotros, comenzó a compartirnos sus primeras impresiones. El tiempo transcurrido no me permite recordar qué fue lo que dijo. Pero, lo que sí recuerdo es que el tono y el timbre de su voz, impresionaron nuestras mentes y corazones de una forma como nunca antes lo habíamos percibido entre los muros de un aula de clase. A diferencia de todos los maestros –con excepción del director y la profesora Rosa García– que gritaban y amenazaban en sus clases, el profesor Morales, nos hablaba como si el mar, la arena, el viento, el tiempo y todos los elementos que eran parte de nuestro pequeño mundo cercano al mar se hubieran reunido en una sola persona para transmitirnos sus secretos.

Las clases del profesor Morales para mí eran mágicas. Atrás había quedado el tiempo de terror y miedo de don Octavio. Ahora podíamos hablar y reír. Ahora se podía preguntar y cuestionar. El trueno había dado paso al delicioso rumor del mar en sus orillas. La oscuridad se había marchado para dejar entrar la luz de la palabra del profesor Morales. Con su voz dulce pero varonil nos llevaba a mundos que nuestra imaginación se encargaba de recrear y poblar. Pero no solamente salían de su voz paisajes, horizontes y escenarios, también, salían de su alma, virtudes, valores y sentimientos que penetraban nuestros corazones y nos convertían en héroes, en gigantes capaces de enfrentarlo todo.

Los primeros meses con el profesor Morales me llevaron al convencimiento de que la escuela podía servir para algo. Mis dudas sobre la vida y el mundo desde la perspectiva de un pequeño de diez años se las hacía llegar tanto en la clase como fuera de ella. El profesor Morales comenzó a darse cuenta que éramos apenas un grupo de chicos que recién había despertado y comenzado a explorar los ignotos caminos de la vida.

Hasta antes de su llegada yo era un niño que asistía a la escuela porque el entorno de los adultos que me rodeaba así lo exigía. Yo, por mi parte, prefería caminar por la orilla de la playa, pasarme horas en el muelle mirando el mar y soñando con lo que habría allende su inmensidad, antes que ir a la escuela a enfrentar las amenazas y los castigos del profesor Hinostroza. Vivía entre la espada y la pared, y ello afectó el desarrollo de mi personalidad infantil en muchos sentidos. De esto se dio cuenta el profesor Morales. Con mucho cariño y paciencia comenzó a desbrozar el cascarón que me envolvía para dar salida a un niño soñador, inteligente y sensible.

Un día, en casa, mientras hurgaba entre los diarios que llegaban de la capital con un día de atraso, me encontré con un suplemento que llamó poderosamente mi atención. Era un mapa de la Luna. Estaba impreso en blanco y negro y medía, aproximadamente, 2.00 m por 1.50 m. Me pasé horas observándolo y soñando cómo sería llegar a pisar ese cuerpo celeste que en las noches de Luna llena hacía que el mar destellara fulgores de plata. Ahí estaban pulcramente señalados el Mar de las Lluvias, el Mar de la Tranquilidad, el Mar de la Fecundidad, los cráteres Langrenus, Byrgius y Grimaldi, entre otros accidentes lunares que excitaban mi fantasía e imaginación. Lo doblé con mucha pulcritud y al día siguiente lo llevé a clase y se lo di al profesor Morales. El profesor Morales recibió el documento con extrañeza y, sin retirar su mirada de mí, comenzó a desdoblarlo en medio de la expectación de todos mis compañeros de aula. Cuando lo desplegó, todos quedaron mirando el mapa como si –aunque, en efecto, lo era– fuera algo de otro mundo. Después de algunos segundos, el profesor Morales salió del trance y, tras felicitarme y agradecerme efusivamente por el regalo, trató de explicar qué era lo que tenía entre sus manos, señalando y nombrando algunos de los cráteres y mares que ahí se nombraban en gruesas letras de imprenta. Hecho esto, lo dobló siguiendo las huellas de mi doblez, y lo depositó suavemente sobre su pupitre. Yo estaba nervioso y me quedé por mucho tiempo mirando el mapa que reposaba sobre el pupitre de mi maestro. La clase ya había comenzado y me costaba concentrarme pensando qué habría de hacer mi profesor con el mapa de la Luna; por un momento, me arrepentí de haberlo llevado a la escuela.

Pasaron los días y yo seguía preocupado por el destino de mi mapa lunar y no me atrevía a preguntarle a mi profesor qué había hecho con él. Pero un lunes, que entramos al salón después de cantar los himnos, leer las noticias y hacer los rezos, vi que colgaba, de una de las paredes del aula, un cuadro con marco de madera y cubierta de vidrio. ¡Era mi mapa de la Luna!

Tengo muchas anécdotas que contar de mi profesor Morales –como nuestro viaje de promoción a Cajamarca o el concurso de jardines que con tanta esperanza él promovió pero que tuvo un fatal desenlace-, mas será en otra oportunidad que la vida me dé para rendir honores a esta persona que me devolvió la fe en la enseñanza pública y sembró en mi mente la semilla de una educación fundamentada en la libertad.



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(*) Estas memorias fueron escritas en la víspera del Día del Maestro del año 2016.


Mamá y nuestro paseo a Salaverry



Por Freddy Ortiz Regis

Hoy me levanté con el corazón lleno de alegría. Había tenido un encuentro que aguardaba desde hace mucho. Desde que murió mi madre, son pocas las veces que la he vuelto a ver. La última vez ocurrió cuando me encontraba al borde de la muerte y ella se me apareció distante, casi inaccesible, con el rostro endurecido por no sé qué sentimiento.

Pero anoche, cuando caminaba por el pasaje de San Augustín, y volteé por Bolívar en dirección a la calle Orbegoso, me encontré con mi madre casi unos metros después de haber pasado la juguería que lleva el mismo nombre del pasaje. Mis ojos se iluminaron al verla. Ella estaba muy anciana, pero sus facciones estaban intactas, irradiando su alegría de siempre. Vestía de blanco plateado, como una novia anciana que se va al altar. Caminaba sola, hablando sola.

Me paré enfrente de ella y la saludé: ¡Mamá! -le dije.

Ella se detuvo, y con la misma inerte mirada con la que me miró cuando llegué de Europa y me le aparecí sin avisarle que iba a retornar, exclamó:

- ¡¿Freddy?¡

- ¡Sí mamá, yo soy! -le respondí. Y sin demorar un segundo más, la estreché entre mis brazos llenando sus mejillas de encendidos besos.



Anoche me fui a la cama padeciendo esa dispepsia que de cuando en cuando me asalta y me envinagra la vida. En la madrugada, el frío, despertó esa alergia bronquial que no me abandona desde niño. Me levanté y, siguiendo el consejo de un familiar, calenté un vaso con agua, que bebí acompañado de un antihistamínico. Luego volví a la cama, y Dios me aguardaba este encuentro con mi madre.

El sueño con ella continuó. Caminamos juntos, de retorno, por la calle Orbegoso y cruzamos la Plaza de Armas, caminando luego por Diego de Almagro hasta llegar al jirón Zepita, a la casa de la cual la vimos partir. Entramos a la casa y ésta tenía el mismo aspecto del apartamento en el que ahora vivo con mi familia. Ella me sirvió algo y le pregunté qué sabía de mi hermano Lucho.

- Lucho vive conmigo, hijito -me respondió con completa naturalidad.

- ¿Lucho está aquí, mamá? -le pregunté asombrado.

- Sí, hijo, Lucho está en el tercer piso.

De pronto vi bajar a mi hermano Lucho por las escaleras, y corrí hacia él, y luego nos abrazamos los tres en una comunión de perpetua felicidad...



"Mira lo que son los sueños", es el pensamiento que he tenido en mi mente a lo largo de este hermoso día.  El día anterior habíamos planeado ir de paseo. No sabíamos a dónde, pero íbamos a salir a pasear César, mis adorados Juan Andrés y Dulce María, y yo. Hacía buen tiempo que no salíamos a pasear; pero habíamos decido hacer de este domingo un día de paseo. Sin embargo, en la madrugada, temí que el ansiado paseo no se iba a realizar, pues sospechaba que no iba a amanecer bien.

Sin embargo, amanecí con el cuerpo y el espíritu profundamente bendecidos. El encuentro con mi madre me devolvió esa lozanía que te da las fuerzas para emprender las acciones más nobles y las travesías más exóticas.

Después de desayunar, nos reunimos en el centro de Trujillo. De ahí tomamos el bus que nos conduce a Salaverry, el primer puerto del departamento de La Libertad. Pensábamos llegar primero a la Plaza de Armas del distrito y ahí intentar visitar, si la Capitanía lo permitía, el muelle del puerto. Pero hubo cambio de planes. No visitábamos Salaverry desde hacía mucho tiempo, y los niños se prendaron de un parque de juegos que no habíamos visto nunca antes en este hermoso distrito.

Los pormenores de esta visita están documentados en el video que a continuación se presenta.




Y mientras los niños y César jugaban y se divertían, yo iba, al tiempo que filmaba esos hermosos momentos de su felicidad, pensando en el rol que tienen los sueños en nuestras vidas.

Y he llegado a la conclusión que no debería llamárseles "sueños" porque -contrariando la  definición de la RAE (1)- éstos no son fantasías ni sucesos irreales sino experiencias objetivas que ocurren en nuestra conciencia y que influyen, de manera poderosa, en el devenir de nuestra existencia.

En efecto, si tenemos en cuenta la esperanza de vida actual y siguiendo lo aconsejable, que es dormir unas 8 horas diarias, eso implica que nos pasamos durmiendo de 20 a 25 años. Es decir, la tercera parte de nuestras vidas. Por lo tanto, no es justo decir que la tercera parte de nuestra vida, la vivimos en un mundo de fantasía. La fantasía no ocupa un tiempo ni un lugar en el espacio ni tampoco puede crear la realidad. El tiempo que pasamos durmiendo tiene el mismo valor que el que pasamos en vigilia. Si no tuviéramos este tiempo, nuestro cerebro, nuestra conciencia, no podría hacer nada. Durante el tiempo en que dormimos, el cerebro entra en una fase de establecer -en miles de millones de interconexiones- las condiciones para que podamos enfrentar el día de vigilia con el bagaje de sentimientos, recuerdos, sensaciones, desafíos y proyecciones para salir victoriosos en la lucha por la existencia.

Prívese del sueño a alguien, y se le privará de vivir. Un estudio de 2001 en el Instituto Médico de Chicago sugirió que la privación del sueño puede estar relacionada con enfermedades graves, tales como enfermedades del corazón y enfermedades mentales incluyendo psicosis y desorden bipolar. (2) La conexión entre la privación del sueño y la psicosis fue luego documentada en 2007 a través de un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard y la Universidad de California en Berkeley. El estudio reveló, usando exploraciones MRI, que la privación del sueño causa que el cerebro llegue a ser incapaz de poner un evento emocional en la perspectiva apropiada e incapaz de dar una respuesta controlada y proporcionada al evento. (3)

Finalmente, para quienes creemos en Dios por la fe, el sueño es la oportunidad que él tiene para hacernos llegar sus ondas celestiales; y para quienes no tienen esta fe, el sueño es el tiempo en que la naturaleza de nuestros cuerpos se renueva en el infinito ciclo de la muerte y el renacimiento.

Anoche abracé y besé a mi madre, y ahora, me siento completamente restablecido física y espiritualmente. No fue una fantasía; fue un hecho real de mi mundo sueño-vigilia.




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(1)  3. m. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes. 4. m. Sucesos o imágenes que se representan en la fantasía de alguien mientras duerme. 5. m. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.
(2) "Effects of Sleep Deprivation". http://www.easynight.org/
(3) Yoo, Seung-Schik; Gujar, Ninad; Hu, Peter; Jolesz, Ferenc; Walker, Matthew (2007).

Crédito de la fotografía: Dreamy sunset de Simon Downham (https://goo.gl/wB14xQ).