sábado, 16 de noviembre de 2013

La trilogía de la unidad

Por Freddy Ortiz Regis

" (…) para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste." - Juan 17:21

Una de las cosas que el pecado hizo entre los hombres fue separarnos de Dios, y también entre nosotros.

La unidad solo es posible a través del Salvador. Solo unidos a Jesús alcanzamos la unidad que existe entre Éste y Dios. Una de las mayores evidencias de que estamos unidos a Cristo es la unidad que existe entre nosotros. En el reino de Dios la unidad fluye de su amor que implica una obediencia voluntaria y feliz a sus principios.

Esto no lo quiso reconocer uno de los seres creados más exaltados, como lo fue Luzbel quien se rebeló abiertamente contra Dios y no tuvo ya más cabida en el cielo. En los términos del reino de los hombres se dirá que Dios no fue “democrático” con alguien que manifestó una “disidencia” con el orden y los principios del Creador. Pero no es así.

La democracia es legítima para el reino de los hombres porque no hay un solo hombre que sea depositario de la verdad, por tanto, el sistema democrático ―a través de la contradicción y la libertad de ideas― nos ayuda a avanzar en la senda de lo correcto. Todos los hombres nos apartamos de Dios y no hay en nosotros la verdad. Por tanto, ser disidente en el reino de los hombres no solo es válido sino también necesario. En cambio, en el reino de Dios, ser disidente –como lo fue Luzbel (ahora Satanás, el Diablo)― es colocarse en el bando del error, la mentira y el dolor.

Dios no quiere que seamos disidentes con los principios que rigen su reino de amor y justicia. Para restaurar esa unidad Dios se encarnó en la persona de Jesucristo para que con su vida en nuestro mundo, que incluye su muerte en la cruz y su posterior resurrección, comprendamos el alcance y la dimensión de esa unidad que existió entre Cristo y el Padre.

La unidad de Dios, y de éste con nosotros es una unidad universal. Es una unidad que nos une no solo con nuestro Creador y con nosotros mismos sino también con todo lo creado en el universo. Esta maravillosa unión se nos refleja, como un símbolo, en la unidad de la santa cena cuando, todos juntos, compartimos el cuerpo y la sangre de Cristo [DIOS] expuestos en el pan y el vino [EL COSMOS] que se hacen uno con nuestra naturaleza [LA HUMANIDAD].

Esta unidad también está en la CRUZ, como está escrito en 1 Pedro 2:24: Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo [DIOS] sobre el madero [EL COSMOS], para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia, y por cuya herida fuisteis sanados [LA HUMANIDAD]".

Ya se acerca el día en que esta unidad ―Dios, la humanidad y el cosmos― sea restaurada cosmológica y espiritualmente por la eternidad, pero, mientras tanto, apropiémonos de esa unidad en cada uno de nuestros corazones ¡hoy!