sábado, 1 de abril de 2017

El trasplante



Finalmente, llegó el día esperado. Frank no podía ocultar su profundo nerviosismo. Los médicos le habían aconsejado que debía dejar de lado toda inquietud y ansiedad para mantenerse calmado y relajado. “Pero, ¿cómo voy a estar tranquilo –pensaba Frank– si está a punto de hacerse realidad el sueño de mi vida?”.

La operación debía iniciar en dos horas. Alrededor suyo estaban sus padres, sus hermanos, primos y amigos. En sus rostros trataba de encontrar la luz de la esperanza.  De vez en cuando ingresaba uno que otro personal médico para leer los instrumentos que tenía conectados al cuerpo. Y en los rostros de éstos también buscaba una pisca de ilusión. Pero nada. Todos le observaban como quien mira un ser raro, tal vez alguien venido del espacio exterior, y sobre el que hay que guardar las distancias. Esto impactó profundamente en Frank, por lo que decidió no volver a interrogar más los rostros de nadie.

Entonces, comenzó a retroceder en el tiempo, a los años en que sentado sobre su silla de ruedas contemplaba, desde la ventana de su habitación, cómo los niños jugaban, yendo y viniendo de un lado a otro, en medio de gritos de júbilo y alegría. Mientras, él, solo podía gozar poniéndose en el lugar de ellos o imaginándose las maravillosas sensaciones que debían de producir trepar, patear una pelota, abrazarse con un amigo o, simplemente, revolcarse en la tierra y en el polvo.

Pero no iba a llorar, al menos hoy. Bajó la mirada y empezó a recorrer lentamente todo su cuerpo, desde las puntas de los pies hasta donde podía abarcar su vista. Era la última vez que veía ese cuerpo sin movimiento que le había acompañado desde que vino al mundo. Treinta años no eran nada, pensó, para todo el tiempo que le quedaría tratando de recuperar la vida que le fue negada. Pero, ¿cómo sería el cuerpo que le iban a trasplantar?, se preguntó. Hasta donde Frank sabía era el cuerpo de un hombre de menor edad que él. Había quedado irremediablemente vegetativo por un terrible impacto en la cabeza y, ahora, la suya habría de reemplazarse en aquel organismo inmóvil.

Lo último que Frank vio, antes de ser anestesiado, fue la luz proveniente de las lámparas del quirófano. Después de quedar inconsciente, el personal de enfermeros, ingresó a la sala el cuerpo de la persona que iba a recibir la cabeza de Frank, y lo colocaron a su diestra. Los médicos y enfermeros que conformaban el equipo solo cruzaban las palabras necesarias mientras se preparaban para dar inicio a la intervención. De pronto, se hizo el silencio y la quietud. Las miradas de todos estaban puestas en el doctor Canavaro, el jefe del equipo, quien, con voz serena pero firme, dio la orden de iniciar la operación. Acto seguido, empezaron a cercenar, al mismo tiempo, ambas cabezas. La separación terminó con una precisión inmejorable. La cabeza del cuerpo donante fue colocada en una bandeja de acero quirúrgico, mientras, la cabeza de Frank, comenzó a ser implantada en el nuevo cuerpo, iniciándose por la conexión de la espina dorsal y el resto de terminaciones nerviosas. Esta era la parte más grave de la intervención. El rostro del doctor Canavaro revelaba en toda su magnitud la tensión y los sentimientos que rodeaban esta hazaña. Si todo salía bien, pensó, miles de personas podrían tener una nueva oportunidad para seguir viviendo con dignidad, y él, reemplazaría con la gloria los insultos y burlas que había recibido de un sector de la comunidad científica desde que anunció al mundo la posibilidad de trasplantar un cuerpo. Siempre se resistió a que denominaran a su empresa médica como un trasplante de cabeza. “La cabeza no es lo que se trasplanta –insistía–; es el cuerpo. El órgano que tiene conciencia es siempre el receptor, y el órgano inconsciente siempre es el donante, pero ambos deben tener vida”. Sin embargo, esto era algo que no podían –o no querían– entender los medios (para éstos, la idea de trasplantar una cabeza vendía más que trasplantar un cuerpo) que, a la sazón, acampaban en las afueras de la clínica esperando, impacientes, la conferencia de prensa que el doctor Canavaro se había comprometido a dar.

Después de treinta y seis horas de iniciada la operación, el Dr. Canavaro y su equipo, anunciaron a los cientos de periodistas –que ojerosos esperaban su declaración– que el trasplante de cuerpo había sido un éxito desde el punto de vista quirúrgico. “El paciente estará cuatro meses en un coma inducido, luego del cual sabremos, a ciencia cierta, si también podemos hablar de un éxito en cuanto a los resultados esperados”, dijo, disculpándose por no ofrecer más declaraciones para retirarse a descansar.

Pasados los cuatro meses, Frank despertó. A su alrededor estaban el doctor Canavaro y decenas de médicos que lo observaban, con expectación. El doctor Canavaro, colocó su mano sobre el hombro de su paciente y, con palabras muy suaves y cariñosas, le preguntó cómo se sentía. Frank no respondió palabra alguna. Sus ojos se movían de un lado a otro, casi frenéticamente. De pronto, Frank comenzó a convulsionar e, inmediatamente, el doctor Canavaro ordenó que volvieran a inducirlo al coma.

Una semana después, Frank volvió a despertar. Esta vez estaban en la habitación, además del doctor Canavaro y los médicos del equipo, los familiares de Frank y, también, los padres del donante, quien era un joven de veintidós años, natural de China. Cuando el doctor Canavaro le habló, Frank, esbozó una sonrisa, pero su mirada estaba dirigida hacia los padres del donante que permanecían en un rincón de la habitación, tristes y acongojados. Y, ante la admiración de todos los allí presentes, Frank empezó a hablar en una lengua que era ininteligible para todos, menos para los padres del donante que, impulsados por una fuerza irrefrenable, se abalanzaron sobre el cuerpo de Frank para abrazarlo y cubrirlo de besos mientras reían, sollozaban y le hablaban en su idioma nativo.

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