sábado, 16 de mayo de 2015

Kazajtán (Memorias)

Memorias de mi estancia en la república de Kazajtán con la brigada de trabajo de la universidad Drushba Naródav de Moscú.

Por Freddy Ortiz Regis                                                                   PDF download




Cuando llegué a Moscú lo primero que tuve que enfrentar fue la famosa “cuarentena”. Como los astronautas recién llegados a la Tierra tienen que pasar un período de aislamiento, así también el grupo de peruanos que en 1979 llegamos a la capital de la entonces URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), tuvimos que afrontar un período de encierro en el pabellón de los recién llegados.
Eso nadie me lo había dicho, así que para mí fue una sorpresa; aunque tal vez algunos de mis compatriotas que llegaban por el partido comunista ya sabían cómo era la cosa.
Era de noche y estaba muy cansado. Veintiséis horas de vuelo, desde Lima, más el cambio de horario (nueve horas de diferencia), habían hecho mella en mi organismo. Después de que se nos asignaron las habitaciones en donde íbamos a pasar la cuarentena (que implicaba no salir a la calle por dos semanas) pasamos a un gran comedor ampliamente iluminado y con muchas mesas pulcramente arregladas para la cena.
Era aproximadamente las 11 de la noche. Para llegar al comedor pasamos por un sala de estar en donde había un televisor de veinticuatro pulgadas transmitiendo, en un idioma aún completamente ininteligible para nosotros, las noticias de la hora. Muchos de los latinos al ver el televisor no pudimos dejar de sobrecogernos: ¡era la primera vez que veíamos una TV a color!
Mi primera noche en Moscú fue una noche llena de excitación. Todo mi ser me revelaba que había llegado a un mundo nuevo. Sentimientos encontrados se agitaban en mi corazón: estaba a millones de kilómetros de mi casa y al mismo tiempo mi alma estaba ansiosa por conocer muchas cosas nuevas e interesantes.
No recuerdo qué cenamos en nuestra primera noche moscovita… El tiempo ha hecho estragos en mi memoria; pero lo que no se borró de mi mente, y ha soportado el paso del tiempo, fue el postre: un preparado a base de leche que en Rusia es la estrella de la gastronomía y que ellos llaman kefir 


Delicioso kefir ruso

La palabra kefir proviene de un vocablo turco que tiene varios significados. Puede ser “placer” o “salud”. Pero lo cierto es que todos los estudiantes extranjeros que habíamos llegado esa noche a la universidad, rechazamos el famoso kefir. Los rusos y los estudiantes antiguos que nos atendían se reían de nuestra reacción ante el kefir. “Con el tiempo van a amar el kefir”, nos decían con un aire de conmiseración.
Y no se equivocaron. Entre las razones más poderosas que me harían retornar a Rusia ―además de visitar las ciudades de Alma Atá y San Petersburgo, y abrazar a algunos amigos que dejé― está el volver a paladear el incomparable sabor del kefir.


Parte I: El lago



Las dos semanas de la “cuarentena” pasaron lentas, muy lentas. Exámenes médicos y sesiones de preparación para la vida universitaria ocuparon la mayor parte de nuestro tiempo. Ver la televisión a color estuvo entre las cosas que nos aliviaron el tedio y el anhelo de libertad. Aunque no entendíamos aún el idioma ruso, nos deleitábamos en las hermosas imágenes en color que la TV moscovita transmitía ininterrumpidamente. Cuando terminó la cuarentena, lo primero que se nos vino a la mente, fue visitar la Plaza Roja y la urna de Lenin, que se encontraba en el centro de la plaza y a un costado de los muros del Kremlin.


Histórica Plaza Roja de Moscú



Lenin embalsamado


Pronto, el mes de setiembre terminaba y el otoño cedía el paso al invierno con sus primeras nevadas. Coincidentemente también comenzaron los estudios generales y de idioma ruso en la universidad. Los sucesos de mi primer año en la facultad de estudios generales de la Universidad Drushba Naródav (Universidad de la Amistad de los Pueblos) serán motivo de la redacción de otras memorias, en las que describiré ―hasta donde mi memoria me lo permita― los momentos más impactantes de las alegrías y tristezas que hicieron de este tiempo inicial en Moscú un etapa crucial de mi existencia.



Universidad Drushba Naródav de Moscú


Mientras tanto describiré en estas memorias mi viaje a la república de Kazajtán al inicio del verano y término del primer año de los estudios generales.
El invierno nos había golpeado duramente ese año. Como nunca la temperatura alcanzó niveles que llegaron a -25 °C. Había sido un año muy intenso, dominado por emociones y experiencias completamente nuevas. Entre ellas el aprendizaje del idioma ruso, el adaptarnos a un clima de estaciones extremas y lidiar con la nostalgia de la patria, la familia y los amigos.
Cuando terminó el invierno y el verano volvía a calentar la ciudad, yo estaba feliz porque había culminado satisfactoriamente el primer año de estudios generales y me había ganado el derecho de alistarme en una brigada para trabajar fuera de la ciudad de Moscú.
La paga no era mala. En dos meses de trabajo recibiría lo que el gobierno ruso me daba como estipendio en medio año. Había brigadas para trabajar en el norte de Rusia, en el Mar Negro, en la región de los Urales, en el mismo Moscú, y en Kazajtán. Elegí este último porque había cupo solo para tres latinos, y los tres éramos peruanos.
Mi madre me escribía cartas dándome todas las indicaciones para pasar los peligros y no cometer imprudencias. Ahora que ya no la tengo físicamente, cuánto daría por volver a leer esas cartas, pero conjuntamente con fotos y otros souvenirs que guardaba celosamente como amuletos de mi destino, me fueron robados durante mi trayectoria por Europa occidental, luego de abandonar Rusia.
Y el día llegó. A las diez de la mañana estaba puntual en el aeropuerto de Sheremétievo la brigada que se dirigía a Alma Atá, la ―en ese entonces― capital de la república de Kazajtán. El calor era abrumador, pero ahí estaba el grupo conformado por aproximadamente treinta y cinco personas, entre ellas estudiantes rusos, asiáticos, africanos y latinos. Había en el grupo solo dos mujeres de nacionalidad rusa. Los latinos eran tres peruanos: Walter, Oswaldo y yo. Walter era de Lima, Oswaldo del Cusco y, yo, de Trujillo.
De los rusos no conocía a ninguno de ellos. Los estudiantes rusos que habían llevado conmigo los estudios generales o compartido la habitación habíanse alistado en otras brigadas. De los asiáticos solo conocía a un nepalés con el que no me llevaba muy bien (era mi vecino de habitación y siempre andaba refunfuñando). Y de los africanos también solo conocía a uno, que había sido mi compañero de aula, de nombre O’Kocha. Este africano (procedente de Lesoto) era de un hermoso carácter. Siempre tenía una sonrisa en los labios. Alto -aprox. 1.80 m- y de buen parecer, hablaba el ruso con gran fluidez, mejor que nosotros los latinos. Después me enteré que su papá era el ministro de economía de su país.
De las aproximadamente treinta y cinco personas que componían la brigada de Kazajtán, algo así como diecisiete eran rusos. Ellos tenían los cargos de mando y sus edades fluctuaban entre los 18 y 22 años. Solo dos de ellos, el capitán y su lugarteniente, aparentaban tener unos cuarenta años. Todos ellos procedían del servicio militar y habían ganado su derecho a estudiar en la Drushba Naródav gracias a su disciplina, inteligencia e integración con los principios del marxismo-leninismo. Así que ya podrán imaginarse, mis queridos lectores, cómo habría de ser el carácter y el talante que estos jóvenes imprimirían a nuestra brigada de trabajo en las lejanas tierras kazajas.
Cuando subimos al avión (era la segunda vez que subía a un avión en mi vida) todos nos sentamos agrupados por nacionalidades. El avión distaba en mucho del que nos había llevado desde Lima hasta Moscú. Éste no tenía las dimensiones de un avión intercontinental y no era a reacción sino que funcionaba con motores de hélices, las que se podían ver rotar vertiginosamente solo asomándose por alguna de las ventanas.
Walter, Oswaldo y yo cruzamos miradas ansiosas y, de pronto, ya estábamos cruzando los cielos de la URSS rumbo a la república de Kazajtán. El viaje fue algo accidentado. Un avión de hélices no es lo mismo que uno a reacción. Fueron más de tres horas de un viaje cargado de sobresaltos pues la ruta que une Moscú con Alma Atá era una ruta caracterizada por la presencia de grandes zonas de turbulencias que hacían que la nave se sobresaltara de una manera que a todos nos mantenía en vilo; con excepción de los rusos que parecían disfrutar no solo de las bruscas subidas y bajadas de la nave sino también de nuestra mal disimulada angustia. O’Kocha, esta vez no reía sino que murmuraba algo entre sus labios que parecía más una plegaria.
Cuando llegamos al aeropuerto de Alma Atá nos esperaba un ómnibus que nos llevó hasta la estación del tren. Era casi las dos de la tarde cuando llegamos a la estación y almorzamos ahí muy rápidamente. A las tres de la tarde estábamos todos instalados en el tren. Era la segunda vez que viajaba en tren. La primera vez fue apenas terminando la secundaria cuando ―acompañado de mis amigos de la promoción― viajé al sur del Perú y recorrí en tren la dura y gélida ruta que une Arequipa con Puno, y a éste con el Cusco.
Cuando el tren comenzó a andar me invadió una profunda nostalgia, de aquellas que hacen la diferencia entre viajar en tren y en avión. El sonido profundo y aherrumbrado de las ruedas sobre los rieles y el desplazamiento inicial lento, casi acompasado con el ocultamiento del sol en el horizonte, hicieron que mi alma se sintiera, de pronto, dominada por un extraño sentimiento que era mezcla de congoja y bienaventuranza.
Y ahí estábamos los tres peruanos nuevamente juntos, compartiendo los asientos del tren y cada quien viviendo a su modo esta nueva aventura. Con ninguno de los dos me unía una estrecha amistad. Tampoco habíamos compartido aulas en los estudios generales. Walter era de Lima y había dejado la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería) para postular a una beca en Moscú. Era de aspecto trigueño y de extracción más bien humilde. Cuando hablaba parecía que daba órdenes y se esforzaba por aparentar una dureza que en el fondo no tenía. Oswaldo era del Cusco y después de los estudios generales había decidido estudiar física; apenas tenía 17 años y su rostro cetrino y afilado era el típico de un indígena adolescente. Siempre estaba sonriente y era dado a poner apodos y hacer bromas, algunas no siempre de buen gusto.
Durante el viaje ―que nos llevaría a una ciudad cercana al pueblo en donde íbamos a trabajar y en el cual estaba instalado nuestro cuartel general (láguerie, en ruso)―, los tres conversábamos acerca de nuestros orígenes ―tratando, cada uno, de expresar lo mejor de sí mismo―, de nuestros sueños, de las razones por las que decidimos venir a Rusia y qué era lo que esperábamos del futuro.
La noche había caído ya y el sueño no nos era propicio. Hacíamos tiempo caminando por los vagones, mirando a la gente que viajaba en el tren, todos de rasgos asiáticos y que hablaban en una lengua que no era el ruso sino el kazajo. La gente, conformada por hombres rudos, mujeres de aspecto sumiso y niños, también nos observaba, pero ninguno se atrevió a dirigirnos una sola palabra, a pesar de que también hablaban el ruso.
Cuando era aproximadamente las cuatro de la madrugada el tren se detuvo y estuvo así casi una hora. Los compañeros rusos de la brigada nos informaron que se había producido una falla, que no nos preocupáramos, y que llegaríamos bien a la ciudad cuyo nombre se me ha olvidado por completo.
En el ínterin de la falla del tren, bajamos de éste para respirar el freso aire de la noche. Frente a nuestro tren estaba la otra vía férrea de retorno. Nunca olvidaré que mientras estábamos ahí, mirando las estrellas y riéndonos de alguna ocurrencia de Oswaldo, de pronto vimos venir, por la vía de retorno, otro tren, con dirección a Alma Atá. Digo nunca lo olvidaré porque jamás había visto en mi vida un tren de tan descomunal longitud. No alcancé a terminar de contar el número de vagones, pero calculé que demoró en pasar delante de nosotros como unos diez minutos.
― ¡Ah burro tren! ―exclamamos los tres.
Cuando el tren terminó de pasar, en mi mente quedó bien claro que estábamos no en cualquier país sino en una potencia mundial capaz de transportar tan gigantesca producción.
 Pronto tuvimos que subir al tren y el aire fresco de la noche nos estimuló el sueño. Cuando despertamos el paisaje de la estepa se abría aún infinito ante nuestros ojos. Pero ya no faltaba mucho. En breve llegaríamos a la ciudad y de ahí hasta Raievka (que en ruso significa Paraíso), que era nuestro destino final.




Raievka



Estepa y bosques de Raievka


Casas de Raievka


Cuando llegamos a la ciudad abordamos un bus de regular tamaño. Nuevamente la estepa se abrió ante nosotros y el calor se hacía insoportable. Era como las dos de la tarde. En el trayecto, casi ya llegando a Raievka, divisamos un pequeño lago, y Walter, Oswaldo y yo cruzamos miradas cómplices.
Cuando llegamos a Raievka el bus cruzó el pequeño pueblo rural y se dirigió a un edificio de madera, de un solo piso, que era nuestro cuartel general y que se encontraba como a unos cien metros del pueblo: era el láguerie.
Algo que llamó mi atención fue que cuando cruzamos el pueblo, no vi a nadie. Y a no ser porque no se advertía descuido ni falta de limpieza, cualquiera hubiera juzgado que se trataba de un pueblo fantasma. Yo me imaginaba un comité de recepción esperándonos, pero cuando llegamos al láguerie, y descargamos nuestro equipaje, nadie del pueblo se apareció para darnos, al menos, la bienvenida.
El láguerie, como ya lo dije antes, era de madera. Estaba conformado por tres estructuras separadas apenas por algunos metros de distancia haciendo un área total aproximada de 600 m2. En la primera estaban las habitaciones que debían compartir cuatro estudiantes, como lo era en la universidad. La segunda estructura era un amplio comedor que contenía dos grandes mesas en forma de L con capacidad ―cada una― para aproximadamente 50 personas cómodamente sentadas; y también albergaba la cocina. Y la tercera estructura estaba conformada por dos duchas que recibían el agua que caía proveniente de un cilindro colocado a unos siete metros de altura; también estaban en esta estructura los lavatorios y retretes, sin puertas ni separaciones, de modo que quien tuviera algún sentido de la privacidad, en este lugar estaba destinado a olvidarse de él.
Después que nos instalamos en las habitaciones (los tres peruanos fuimos colocados en habitaciones distintas), el comandante, cuyo nombre era Dimitri, nos reunió a todos en el centro del láguerie para darnos la bienvenida a Raievka y, también, un asueto de una hora para organizar nuestras cosas y asearnos. Después de ese tiempo nos reuniríamos en el comedor para tomar un refrigerio. El sol no amainaba sus rayos, y caía sobre el centro del láguerie con una furia indomable. En el centro del láguerie había dos astas de aproximadamente unos veinte metros de altura, de metal, en las que no flameaba bandera alguna.
Después de romper filas, los brigadistas se juntaron cada quien con los de su nacionalidad para llevar a cabo la orden del comandante.
Cuando Walter, Oswaldo y yo nos juntamos otra vez, estábamos algo mortificados porque nos habían separado, pues teníamos la ilusión que compartiríamos la misma habitación. Y después de rumiar nuestra amargura, pusimos en marcha lo que ―en el bus que nos tría a Raievka― habíamos secretamente decidido hacer: ir al lago que habíamos visto a unos aproximadamente 500 metros del láguerie.
Salimos del láguerie con toda naturalidad pues nadie se había percatado de nosotros. Caminamos por aproximadamente unos veinte minutos por un sendero de tierra apisonada que estábamos seguros conducía hacia el lago. Y no nos habíamos equivocado: frente a nosotros estaba ese inmenso lago invitándonos a entrar en sus aguas. Sudorosos pero entusiasmados nos quitamos la ropa en menos de dos minutos y nos lanzamos a las aguas que de cristalinas no tenían nada.
Ahora, que han pasado todos estos años de los sucesos que narro en medio de sentimientos encontrados, caigo en la cuenta de que éramos como niños, incapaces de medir el riesgo y el peligro. Apenas habíamos llegado a ese lugar extraño y no sabíamos nada de ese lugar. ¿Qué si era un lago donde se depositaban residuos venenosos? ¿Qué si en ese lago había una fauna peligrosa para la población? En nada de esto pensamos. Nos arrojamos a sus aguas que tenían ―a pesar del calor reinante― una temperatura muy agradable, y retozamos como críos halándonos de las piernas y los brazos, chapoteando con el agua y zambulléndonos infinitamente en medio de risas y gritos de alegría. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sé. Nos olvidamos completamente del tiempo. Y no fue sino hasta cuando escuchamos el frenético claxon de un jeep que se dirigía hasta nosotros que reparamos que el tiempo existía y que, además, algo malo iba a sucedernos.
Salimos del lago y nos dirigimos hacia donde habíamos dejado nuestras ropas. Nos vestimos rápidamente pero el jeep, en el que había tres brigadistas rusos, ya había llegado hasta nosotros. De ahí bajó el lugarteniente, un hombre entrando ya en la edad madura, de ojos verdes y cabellos rubios que le caían sobre los hombros, y cuyo nombre era Misha. Su mirada no estaba dominada por la ira sino por la incredulidad. Yo lo observaba y adivinaba que no creía que esto estaba realmente sucediendo. Walter y Oswaldo, como yo, estábamos paralizados de temor.
― ¿Pero qué %$*#& hacen aquí? ― Nos espetó con su voz que no parecía de un hombre maduro sino la de un adolescente afónico.
Nosotros no sabíamos qué decir. Hubo un momento de silencio que pareció una eternidad. Y nuevamente el lugarteniente volvió a preguntar:
― ¿Por qué están aquí sin permiso? ¿Quién les ha autorizado venir aquí?
Walter y yo nos habíamos quedado mudos como peces, pero Oswaldo ―en un gesto que hasta ahora me causa admiración― sonrió nerviosamente, y abriendo su boca dijo:
― Es que el comandante ha dicho que podemos asearnos, y por eso hemos venido hasta el lago…
El rostro del lugarteniente , al escuchar las palabras de Oswaldo y ver su rostro de niño inocente que a la sazón había puesto, se relajó y, señalando hacia el jeep, nos pidió que nos acomodáramos en la parte trasera del vehículo.
Mi cabeza estallaba en pensamientos trágicos. ¿Qué nos podría pasar? Los tres peruanos nos mirábamos silenciosamente mientras el jeep avanzaba rápidamente hacia el láguerie. Mi mente no tenía otro pensamiento que el rostro ceñudo y agrio de Dimitri, el comandante. Éste era un hombre parco, y las pocas veces que le había oído hablar sus palabras se escuchaban amargadas y carentes de alguna pizca de alegría o entusiasmo. Parecía tener más de cincuenta años, pero no podía tener esa edad… Sus cabellos eran rubios, y al igual que Misha ―su lugarteniente― también le caían sobre los hombros. Eran el más alto de todos los que conformábamos la brigada universitaria. Sus ojos azules, cuando se posaban sobre los de otra persona, parecían anhelar penetrar hasta en lo más íntimo de las vidas. “¿Qué nos habría de decir, ahora, el comandante?”, era la pregunta que taladraba en mi mente.
No voy a reproducir el recibimiento que nos dio el comandante apenas llegamos al láguerie. Cuando nos vio llegar se acercó rápidamente hacia nosotros y nos invitó a pasar a su habitación. Ahí se desahogó de toda la tensión que había acumulado desde que salimos de Moscú y llegamos a Raievka. Después de cada invectiva que nos lanzaba se afilaba los bigotes rubios y largos que acrecentaban el aire de respeto y sapiencia que se desprendía de su rostro.
― ¡Que esto nunca más vuelva a repetirse! ― cerró su airada alocución. Si vuelven a actuar de la forma como a ustedes se les antoja, los devuelvo a Moscú acompañando un parte de su mal comportamiento. ¡Retírense y vayan a cenar!
Cabizbajos nos dirigimos hacia los servicios higiénicos, y luego fuimos al comedor. Cuando entramos se hizo un grave silencio y todos posaron sus miradas sobre nosotros.
― ¿Por qué mierda nos miran? ― susurró Walter en español, muy contrariado.
Yo no le respondí nada, pero Oswaldo ingresó al comedor con una sonrisa burlona en los labios.

Parte II: Pável



Esa noche no pude dormir bien. Las palabras del comandante, airadas y llenas de reproche, resonaban una y otra vez en mi cabeza. Pero me calmaba a mí mismo reconociendo que ―después de todo― no se habían cumplido mis peores temores y, como dicen en mi país, la “habíamos sacado barata”.
Pero, desde ese día, los tres peruanitos, no dejaron de estar entre ceja y ceja del comandante.
Al día siguiente, Walter, Oswaldo y yo, previo al desayuno, nos buscamos. Como nunca antes sentí su presencia como algo familiar. Ahora sentíamos que éramos ―los tres― una familia en medio de esta comunidad de personas a las que solo nos unía un idioma aún extraño para nosotros: el ruso. Los sucesos del día anterior habían hecho nacer en nosotros un nuevo lazo de amistad que solo se interrumpiría algún tiempo después, cuando abandoné Rusia en mi ruta hacia el occidente libre.
Después del desayuno, el comandante Dimitri, se dirigió a nosotros. Mi corazón se sobresaltó porque pensé que iba a recordar los sucesos del día anterior. Pero no. El comandante habló de las razones por las que estábamos en Raievka y nos explicó que habíamos venido a trabajar para atender necesidades de la comunidad que requerían de intensa mano de obra.
Ese iba a ser el primer día de trabajo y, los tres peruanos, abrigamos la esperanza de permanecer juntos en el lugar a dónde nos habrían de enviar. Pero nos desilusionamos. El comandante nos dispersó en brigadas distintas. Walter integró el grupo que iba a trabajar en una granja de cerdos; Oswaldo a una fábrica de ladrillos; y yo, a una brigada que tenía por misión abrir zanjas para los cimientos de nuevas casas y centros comunitarios. Las brigadas eran rotativas y durante los dos meses que permaneceríamos en Raievka habríamos de prestar nuestros servicios en cada uno de los grupos de trabajo.
Un sentimiento, mezcla de tristeza y ansiedad, nos invadió cuando nos despedimos. Ellos se fueron en un bus, y mi brigada, conformada por seis rusos, tres africanos, un asiático y yo, solo caminamos en dirección de Raievka. Nos volveríamos a ver a la hora del almuerzo.
Cuando mi brigada llegó al lugar advertí que era un terreno de aproximadamente unos 700 metros cuadrados de área. Tenía las zonas en donde íbamos a excavar ya delimitadas. Había una camioneta estacionada desde la cual se nos proporcionaron los picos y palanas para comenzar a abrir las zanjas. Era la primera vez que tenía un pico y palana entre mis manos. Realmente eran instrumentos algo pesados y por un instante dudé de mi capacidad para hacer el trabajo. Pero me di valor y me dije a mí mismo que no iba a volver atrás y que daría todo lo mejor.
Era como las nueve de la mañana y el sol caía con fuerza ya sobre Raievka. La orden de comenzar a abrir las zanjas se había dado y todos a una levantábamos el pico y lo dejábamos descender con fuerza abriendo la tierra que cedía al impacto de los golpes decididos y acompasados de las herramientas. Una vez que la tierra cedía lo suficiente, usábamos la palana para retirarla a un costado de la zanja.
La gente del pueblo poco a poco comenzó a integrarse con nosotros. Al principio nos observaban, a un costado del área de trabajo, como cuando se mira a un circo que recién ha llegado. Lo que más les llamaba la atención eran nuestros compañeros africanos. Cualquiera creería que era la primera vez que veían a personas de color negro. Los niños fueron los primeros que se acercaron para tocarnos y pedirnos “rubashka”.
 Los estudiantes extranjeros de la brigada nos sentíamos intrigados por la insistencia de los niños para que les diéramos “rubashka”, que en ruso significa “camisa”. Cuando hacíamos un alto para refrescarnos con alguna bebida que la gente del pueblo nos llevaba y que llamaban “kampota”, los niños se nos acercaban y nos pedían obstinadamente: “rubashka”.
Hasta que uno de los estudiantes extranjeros ―un africano de nombre Mteto― no aguantó más y dirigiéndose hacia el jefe de la brigada, un ruso de nombre Vladimir, le preguntó en un tono de profunda inquietud:
― ¿Por qué nos piden camisas?
El jefe de brigada soltó una carcajada y le respondió:
― Noooo…. ¡Están pidiendo chicles!
En ruso los vocablos camisa y chicle son muy parecidos; solo los diferenciaba el énfasis en el fonema “sh”.
Todos nos reímos a una sola vez. Los niños también sonrieron porque se dieron cuenta que ahora por fin sabíamos lo que nos pedían. La fabricación de chicles en la URSS de esa época era una producción en extremo limitada y podría decir que hasta casi nula, como todo aquello que implicaba la industria ligera del país (la liógkaia pramuíchliennast). Por eso los niños aguardaban ansiosos la llegada de los extranjeros para disfrutar del excitante y dulcísimo sabor de los chicles.
Lamentablemente, ya teníamos en Rusia casi un año, y los pocos chicles que los estudiantes extranjeros traían en sus equipajes procedentes de sus países de origen, habíase ya consumido. Así que poco a poco dejamos de ser atractivos para los niños que se acostumbraron a vernos todos los días abriendo las zanjas y, además, no estábamos en la disposición de satisfacer aquello que tanto anhelaban.
Pero solo un niño no se alejó de nosotros, especialmente de mí. Su nombre era Pável, y tenía 6 años. Desde la primera vez que me alcanzó un vaso de leche que su abuela le dio para que me entregara, nos hicimos amigos entrañables. En los breves tiempos de descanso que teníamos, él se me acercaba con sus juguetes de madera. Me hablaba mezclando el ruso con el kazajo; pero nos entendíamos muy bien. Su abuelita se ponía muy contenta cuando le llevaba la corriente en sus juegos, y, tal vez, por ello me daba una doble ración de leche fresca. Una tarde, casi ya para retornar al láguerie, luego de una jornada más de trabajo, no pude resistir el irrefrenable deseo de cargarlo y abrazarlo; tal vez porque sería la última vez que nos veríamos. La rotación de las brigadas se adelantó en dos días y no pude despedirme de él ni de su abuelita.
Cuando terminó nuestra labor de abrir zanjas, no sólo habíamos terminado las que inicialmente fueron trazadas sino que también continuamos con la apertura de otras nuevas, en las calles, para ampliar el servicio del agua potable domiciliaria de Raievka. Mis manos habían resistido las peores ampollas que jamás tuve en mi cuerpo. Los músculos de mis brazos y de mis hombros habíase ensanchado y endurecido de tal modo que si ―de pronto― hubiera retornado al Perú, mis familiares y amigos habrían pensado que había pasado más el tiempo en un gimnasio que en la universidad.
Estos primeros veinte días en Raievka estuvieron llenos de emociones y experiencias nuevas no solo para mí sino también para mis otros amigos peruanos, Walter y Oswaldo. Cuando nos reuníamos a la hora del almuerzo era poco el tiempo que teníamos para contarnos las cosas que nos habían pasado en nuestros respectivos puestos de trabajo; pero en la noche, salíamos al patio central del láguerie, y ahí, bajo las titilantes estrellas del Asia central y la fresca brisa que venía del norte, nos poníamos a conversar de muchas cosas, entre ellas, de los grandes contrastes que tenía la URSS, del gran adelanto que mostraba, por un lado, en algunas áreas de su existencia como potencia mundial industrial y militar y, por otro, de los profundos atrasos que se constataba en su desarrollo social y cultural.
Una noche, en la madrugada, los gritos mezclados con sollozos de un africano en el patio del láguerie, nos hicieron despertar sobresaltados:
― Malditos rusos… ¿Para qué he venido a este país de mierda?.. Mejor me hubiera quedado en mi país…
Yo me asomé a la ventana y grande fue mi sorpresa al ver que era O´Kocha el que vociferaba y lloraba al mismo tiempo. No lo podía creer. Era una persona completamente diferente al que había conocido en la facultad de estudios generales y que solía extenderme su gran mano para agitar fuertemente la mía entre risas y palabras de aprecio.
¿Qué le estaba pasando?, me pregunté muy preocupado. Seguí mirándolo por la ventana y nadie pareció interesarse por él. Todos continuaban su sueño porque a las 6 en punto de la mañana ―al grito de ¡paidión!, ¡paidión! (“¡a levantarse!”, en ruso)― todos teníamos que saltar de la cama, arreglar la habitación y dirigirnos rumbo a los servicios higiénicos para iniciar una nueva jornada de agobiante trabajo.
La vida en la Unión Soviética de ese entonces no era fácil. A decir verdad, para el pueblo ruso y los pueblos que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, históricamente la vida nunca había sido fácil. Por siglos fueron sojuzgados por monarquías absolutistas de lo más despóticas y crueles. Estos pueblos soportaron las dos grandes guerras estoicamente pagando un precio muy alto de millones de vidas además de sufrimiento, carencias, angustias y humillaciones. Por ello, la llegada del socialismo representó para los soviéticos (los rusos y todos los pueblos no rusos asociados a ellos ya sea voluntariamente o por la fuerza) el inicio de una nueva etapa de prosperidad y grandeza nacional.
Este esfuerzo del socialismo marxista en la Unión Soviética (la URSS) había dado resultados a medias. El desarrollo se enfocó en el impulso de la industria pesada (la tiarriólaia pramuíchliennast) en detrimento de la industria ligera. La industria pesada atañía a la maquinaria industrial, equipos bélicos, maquinaria de transporte pesado (tractores, trenes, camiones, aviones), maquinaria de construcción y la industria aeroespacial; por su parte, la industria ligera era concebida como todo aquello que podía ser considerado “no esencial” o “prescindible”, aunque estuviera muy ligado a las satisfacciones personales y de desarrollo humano individual, como la industria de cosméticos, alimentos sofisticados (gaseosas, golosinas y, entre éstas, los añorados chicles de los niños kazajos), ropa, artículos electrónicos y de aseo personales, perfumería, relojería, etc. La política de economía planificada que llevaba Rusia y todos sus países satélites así había sido establecida. El plan era vender la imagen al mundo de una potencia mundial aunque en el interior de la Unión Soviética y sus países satélites la gente sufría por la escasez de productos que concernían a los goces y satisfacciones que son inherentes a la naturaleza humana.
Por ello, cuando todos los estudiantes de la Drushba Naródav llegamos a Moscú no pudimos evitar cierto desencanto pues, mientras, por un lado, admirábamos el desarrollo militar, aeroespacial y urbanístico de sus grandes ciudades, por el otro, también padecíamos ―como el resto de soviéticos― de la carencia de elementales artículos de uso personal. Adquirir papel higiénico era toda una Odisea, solo por poner un ejemplo.
Por ello procuraba entender el llanto de O’Kocha esa noche en el láguerie de Raievka. Todos los estudiantes extranjeros que habíamos llegado a estudiar a la universidad Drushba Naródav proveníamos de países capitalistas, en los cuales el desarrollo de la industria ligera estaba hiperdesarrollado. Y si en Moscú sufríamos carencias y limitaciones para acceder a productos elementales de naturaleza personal, ya podrá imaginarse el lector cómo era la situación en un pueblito desconocido del país más grande de la Tierra de ese entonces, situado a miles de miles de kilómetros de la gran capital soviética.
 Siempre recuerdo, como hechos ilustrativos de esto que acabo de narrar, cómo muchas veces, caminando por las calles de Moscú, la gente se me acercaba para solicitar comprarme el abrigo, el reloj y hasta las gafas que llevaba puestos, y que había traído de mi Trujillo querido. Para nosotros, que proveíamos de una cultura de abundancia (aunque no siempre teníamos acceso a todo por los grandes desniveles económicos que caracteriza al capitalismo), no nos era fácil adaptarnos al socialismo soviético. En nuestro fuero interno añorábamos las delicias y placeres del capitalismo y en secreto lo sufríamos y callábamos. Cuando queríamos disfrutar del placentero sabor de una Pepsi Cola teníamos que apuntarnos para asistir a las charlas de la Casa de las Américas (un centro cultural que quedaba en el centro de Moscú). Ahí nos sentábamos para escuchar ―sin tener por supuesto algún interés en la disertación― y esperar que repartieran las botellitas de la agradable bebida que hasta ahora no sé de dónde las sacaban ni cómo llegaban hasta ahí. Otra manera de poder tener acceso a los productos del capitalismo era ir a una tienda exclusiva para extranjeros ―cuyo nombre me he olvidado pero que estaba prohibida para los soviéticos― en la cual podíamos adquirir los productos que naturalmente se ofertaban en nuestros mercados capitalistas. Íbamos ahí no solo a comprar algunas cosas para nosotros sino, principalmente, a comprar productos que nuestros compañeros de estudios soviéticos nos encargaban les adquiriésemos. Por supuesto que ―como buenos capitalistas que en el fondo éramos― nosotros les cobrábamos una comisión por “el favor”, que ellos pagaban con el mayor de los gustos. Lo que más nos pedían los soviéticos les comprásemos eran anteojos de sol, bluejeans y discos de música rock de los famosos grupos de occidente.
Por ello mi experiencia ―y creo también la de mis compañeros extranjeros que formaron parte de la brigada de Kazajtán― en Raievka fue muy dura en lo que a satisfacción de muchas necesidades concernía. Siempre andábamos con sed. Cuando íbamos ―a sabiendas que no íbamos a encontrar nada― al bazar del pueblito, siempre encontrábamos los mismos insulsos productos de todos los días. La palabra novedad no se conocía en Raievka, aunque quizá la única novedad que temporalmente veían los raievkanos era, probablemente, nosotros…
Pero en medio de esta abulia había cosas que tenían un encanto especial, haciendo soportable nuestra estancia en este lugar llamado el Paraíso. Entre ellas estaba la gente de Raievka. Al principio, como lo mencioné antes, se mostraron poco amigables con nosotros pero, poco a poco, se fueron integrando y permitían que los niños se acercaran al láguerie y dialogasen con nosotros. Por supuesto no les podíamos dar chicles pero los domingos ―que era el único día que teníamos de descanso en la semana― les enseñábamos algunas de nuestras canciones que ellos repetían sin saber qué decía la letra. También les enseñamos algunos trucos con cartas y jugábamos al ajedrez.
La hora del almuerzo y la cena también eran momentos que encendían en nuestros corazones (y estómagos) la llama de la alegría y la renovación. Como lo dije al comenzar estas memorias, en la brigada se alistaron dos mujeres rusas, las que en compañía de otro joven ruso, eran los encargados de darnos puntualmente el desayuno, el almuerzo y la cena. No cocinaban mal y preparaban la gastronomía a la que ya nos habíamos familiarizado en el comedor de la Drushba Naródav. Es decir, el borsh (un exquisito caldo a base de remolacha y coles), las jatlietas (una especia de carne molida en forma de albóndigas), el asado de carne con puré, el sháslik (una especie de anticuchos de carne de cordero), el pollo al horno en salsa de setas, y otras delicias más que la memoria no me permite recordar. A propósito de este último potaje vienen a mis recuerdos un hecho que ahora me provoca risa, pero que en ese momento nadie se rió. Cierto día que habíamos llegado al láguerie cuando la luz del sol aún resplandecía en el cielo de Raievka, las chicas que estaban en la cocina, una de nombre Nadiershda (que en ruso significa Esperanza), nos llamó a los tres peruanos que conversábamos y reíamos amenamente en el comedor. Nos pidió que vayamos al bosque (que estaba -caminando- como a unos quince minutos del láguerie) y que traigamos hongos para la cena. Nos dio una canasta para que ahí depositemos las setas. Nos mostró una seta que cogió de la mesa de la cocina y nos dijo que ese era el aspecto de las que teníamos que traer…
Para los peruanos hablarnos de setas era equivalente a hablarles del loche a los rusos. Pero aceptamos el encargo y partimos los tres rumbo al bosque. Cuando llegamos no nos fue tan fácil ubicarlos. Estaban a la sombra de algunos árboles y los había de todo tamaño, forma y color. ¿Cómo era el ejemplo que nos había mostrado Nadiershda? Discutimos entre los tres y no nos pusimos de acuerdo. En lo único que sí estábamos de acuerdo era que las setas que teníamos a la vista eran más hermosas, vistosas y apetecibles. Así que acordamos extraer solamente aquellos ejemplares que más cautivaron nuestra visión.
Cuando llegamos, Nadiershda estaba impaciente. Nos habíamos demorado más de lo que ella pensaba nos iba a llevar ir y traer las setas para la cena. El sol estaba a punto de ocultarse ya y la noche comenzaba a desplegar su manto de oscuridad sobre el láguerie. Le entregamos la canasta con setas a medio llenar, y al ver el contenido dentro de ella, sus ojos se abrieron desmesuradamente y dio un grito que nos sorprendió. Las personas que estaban en la cocina, también esperándonos, se acercaron a ver el contenido de la canasta; no gritaron pero en sus rostros de dibujó un rictus mezcla de enojo y sorpresa. ¿Qué había pasado? Simplemente, que habíamos traído setas que eran altamente venenosas…




Setas comestibles


Setas venenosas


Setas venenosas


Setas venenosas


No pasó ni cinco minutos y el capitán, el lugarteniente y algunos jefes de brigada ya estaban al tanto de lo sucedido. Ya se imaginará querido lector nuestro desconcierto: ¿ahora el comandante pensaría que teníamos la intención de envenenarlos a todos? Pero, después de escuchar nuestras explicaciones y hacerles entender que lo que sabíamos sobre setas era tanto como ellos sobre física cuántica, todos los que habíanse enterado de lo sucedido dieron vuelta a la hoja y nos comprendieron con mucha amabilidad. Esa noche la cena fue pollo al horno con papas doradas y nada más…
Otra cosa que también nos hacía llevadera la vida en Raievka eran los banya rusos públicos. Ya los había disfrutado en Moscú, y en Raievka había uno al que íbamos todos los domingos en la tarde. La primera vez que asistí a uno de los mundialmente famosos banya rusos fue en Moscú, cuando el invierno arreciaba con toda su crudeza. Todos nos decían “tienen que ir a los baños pues si no van es como si no hubiesen estado nunca en Rusia”. Una de las primeras cosas que me impresionó de estos baños fue la desinhibición de todos los que ahí asistían (todos eran varones; aunque después me enteré que los había también para mujeres y, mixto, para familias). Había que desnudarse para pasar por unas duchas que conducían hasta el área de los baños, que eran cabinas de madera en donde había bancos también de madera para sentarse y una estufa de piedras. Una bocanada de aire ardiendo azota en la cara nada más abrir la puerta y eleva el ritmo cardíaco a mil por hora. La diferencia fundamental del banya ruso es que no es seco, sino de vapor, lo que lo sitúa en un punto intermedio entre la sauna finlandesa y el baño turco. Una vez dentro y desnudo, en medio de aproximadamente una docena de personas también desnudas, el procedimiento es sencillo: uno se sienta en el banco, aguanta lo que puede, y cuando ya no se resiste más se sale de la cabina y se refresca con agua helada de un cubo (este paso, en los baños públicos de mayor categoría como los moscovitas, se sustituía por un chapuzón en una piscina también de agua helada). Cuando era necesario el encargado del banya echaba un poco de agua sobre la estufa para generar más vapor, y vuelta a empezar.


Ciudadanos rusos disfrutando del banya

Hecho esto dos o tres veces (en tiempo unos tres cuartos de hora, si se ha hecho bien), llega el turno de la “paliza”. Y es que el elemento más característico de los banya rusos es un curioso “masaje” que uno mismo se da (si se ha optado por tomar el banya solo) o unos a otros (en el caso del banya público) con ramas de eucalipto que previamente se han mantenido en remojo para que estén algo más blandas. Tengo que reconocer que ―junto con el kefir y otras bondades que en su oportunidad narraré― el banya ruso ha sido una de las experiencias más satisfactorias y auténticas que he vivido durante mi vida en la ex Unión Soviética.


Típica cabina del banya ruso

Otra de las cosas nuevas que aprendí en esa nación fue a lidiar con el concepto de privacidad que me habían inculcado mis padres desde niño. Para mí era difícil por no decir imposible miccionar en la presencia de alguien. Cuando estaba en la escuela y en el colegio esperaba que casi no hubiera nadie en los servicios higiénicos para poder entrar y hacer, en total privacidad, mis necesidades personales. Por ello, cuando llegué al láguerie de Raievka y comprobé que los servicios higiénicos estaban conformados por una media docena de lavatorios y retretes sin ninguna separación que permitiera hacer las necesidades corporales en total privacidad, me dije para mis adentros: “Ya me fregué”. La primera semana me la pasé sin ―como se dice en mi país― poder “hacer del cuerpo”. A la siguiente semana ya no aguantaba más. Había estado a la expectativa que no hubiera nadie para poder entrar a los servicios, pero siempre algo fallaba y alguien ingresaba; hasta que el domingo en la tarde, me cercioré que la mayoría descansaba, y fui al excusado. Estaba solo y nunca me había sido tan feliz en ese estado. Me bajé los pantalones y direccioné mi trasero hacia uno de los retretes (a la sazón un hueco de madera casi a ras del suelo y que en mi país llamamos silos). Cuando me encontraba en lo mejor de la satisfacción de esta necesidad biológica entró un asiático, que me saludó cortésmente y se bajó inmediatamente los pantalones para ponerse en la misma posición que yo. No sabía qué hacer. Tuve el impulso de subirme los pantalones pero hay un momento en la satisfacción de esta necesidad en que no se puede dar marcha atrás. Miré al chinito (creo que era de Mongolia) y advertí que también me miraba y con una sonrisa de la más natural. Entonces me di por vencido. Bajé mi cabeza para mirar hacia el suelo mientras escuchaba cómo entraban, uno por uno, africanos y rusos, en medio de risas y cazurronadas. De ahí en adelante, me curé de esa paruresis que me afectaba desde pequeño y comencé a ver mi cuerpo, y su fisiología, como algo que compartíamos, de manera natural y deshinibida, todas las personas por la simple calidad de seres humanos.


Parte III: El baile



El mismo día que el comandante Dimitri anunció el cambio de actividades de todos los grupos también nos anunció que habíamos sido invitados por la comuna de Raievka al baile mensual que se realizaba en un ambiente construido para esa ocasión. Todos los miembros de las brigadas aplaudimos de alegría al escuchar esta noticia. ¡Un baile! ¡Y aquí en Raievka! No lo podíamos creer.
El baile iba a ser aún dentro de dos semanas y Dimitri pidió que, por nacionalidades, organizáramos una presentación artística, pues, previamente iba a haber una entrega de diplomas de parte de la comuna de Raievka, que se sentía agradecida por el trabajo desplegado por la brigada de la Drushba Naródav de Moscú. La entrega de diplomas iba a ser en el pequeño teatro del pueblo, adyacente al salón de baile.
Las brigadas se iban a mantener con los mismos componentes, así que nuestra esperanza de trabajar los tres peruanos juntos, se desvanecieron otra vez. La brigada de Walter fue designada para continuar las labores de apertura de zanjas; la brigada de Oswaldo fue designada a la granja de cerdos; y la mía, a la fábrica de ladrillos. Lo único que sí rotó fueron los jefes de brigada. Mi jefe, un ruso de nombre Vladimir, fue reemplazado por otro ruso de nombre Sasha.
Este Sasha era de contextura delgada, alto, rubio, ojos azules. Tenía siempre el pelo cortado casi al ras, como si aún continuara en el ejército. Aparentaba tener unos veintiún años y la risa era algo que se dibujaba en su rostro muy esporádicamente, ya que de ordinario siempre se le veía serio y meditabundo. Cuando coincidíamos en el almuerzo, en la cena o en las pichangas de fútbol o de vóley que a veces se organizaba en el láguerie, cruzábamos miradas pero nunca intercambiamos palabra alguna a pesar de que tenía la impresión que deseaba hablarme.
Desde el primer día que partimos rumbo a la fábrica de ladrillos, que era la actividad que nos habían asignado, Sasha dejó bien en claro que no iba a permitir ninguna indisciplina ni holgazanería en el trabajo. Hablaba como si estuviera siempre dando órdenes y sazonaba sus alocuciones con muchas adjetivaciones y palabras de grueso calibre. A diferencia de Vladimir, mi anterior jefe, que tenía un carácter afable y bondadoso, este Sasha se hacía notar por exponer un sobreliderazgo y un talante duro y poco amigable.
Cuando llegamos a la fábrica de ladrillos nos guió por las instalaciones y explicó, casi a gritos, qué función se hacía en cada una de ellas. La fábrica tenía cuatro ambientes: el primero era el área donde se recepcionaba la tierra que venía en volquetadas y se ingresaba a una tolva que dirigía el material hacia una faja transportadora; el segundo era el área donde se mezclaba la tierra que venía de la faja transportadora con el agua y se formaban los adobes; en el tercer ambiente se recepcionaba, desde una faja transportadora, los adobes ya formados y se les colocaba en pilas para que sequen; y el cuarto ambiente era el salón de máquinas desde el cual un operario (que no pertenecía a la brigada sino que era un poblador de Raievka) dirigía el sistema de fajas transportadoras así como el mezclado de la tierra con el agua. Los brigadistas solo fuimos asignados a la primera y tercera áreas.
La primera semana Sasha asignó a un ruso de nombre Serguei para trabajar conjuntamente con él en la primera sección; al resto de brigadistas nos asignó a la tercera sección, es decir al área donde se recepcionaba los adobes ya formados y se les colocaba en pilas para secado (una vez secos, los adobes eran llevados al honor para el cocido, pero éste quedaba en un lugar distante de la fábrica).
El trabajo en la sección tercera, donde yo me encontraba, no era tan riguroso como el que veníamos de hacer en las calles de Raievka. La apertura de zanjas representó ―inicialmente― una penosa labor para mi nula experiencia en trabajos de mano de obra. Al duro esfuerzo físico se sumaba la inclemencia del sol que caía sobre nuestras cabezas y espaldas de manera inmisericorde. Ahora, en cambio, me encontraba en un ambiente que nos protegía de los rayos solares, aunque el calor seguía siendo muy fuerte. Ahí teníamos que estar en el máximo grado de atención, pues los adobes venían por las fajas transportadoras de manera continua, sin detenerse, sin pausas, y a un ritmo siempre constante. Un retraso, un error de cualquiera de nosotros, provocaría un amontonamiento de adobes con el consiguiente desperdicio de tiempo y de material.
Y así era nuestra rutina de todos los días en la fábrica de ladrillos. Había que permanecer de pie y en estado de alerta máxima casi siete horas al día. Cuando llegaba al láguerie, en las horas del crepúsculo y al final de la jornada, lo único que deseaba era tirarme en la cama y que nadie me moviera.




Mientras tanto, la excitación por la presentación en el teatro de Raievka y el baile crecía a medida que se acercaba el día.
Walter, Oswaldo y yo estábamos también muy animados y, al mismo tiempo, preocupados porque no sabíamos qué íbamos a presentar en el teatro. Walter no sabía cantar ni recitar ni nada. Oswaldo sabía algunas canciones cusqueñas que a Walter y a mí no nos entusiasmaron mucho. Al final decidimos que cantaríamos el huayno Poco a poco, y yo acompañaría con la flauta dulce. Las últimas cuatro noches antes de la llegada del domingo, que era el día de la presentación y el baile, estuvimos ensayando en el patio del láguerie mientras sentíamos las miradas de todos nuestros compañeros brigadistas. Algunos niños de Raievka también se acercaban y nos escuchaban ―entre risas y muestras de alegría― ensayar el melodioso ritmo andino.
Y el día esperado llegó. Ese domingo en la mañana los tres peruanos lo dedicamos a dar los últimos toques a nuestra presentación de la noche. La misma excitación se sentía en los demás grupos de brigadistas que, por nacionalidades, también iban a presentarse en el teatro. Los rusos iban a cantar y bailar, y los asiáticos y los africanos, como nosotros, solo cantar.
La mañana se fue rápidamente y la orden era descansar para después del almuerzo ir al banya ruso. Luego, la comuna iba a ofrecernos una cena de gala a eso de las 6:00 p.m. en el comedor del láguerie para, posteriormente, dirigirnos todos al centro cultural de Raievka para la presentación, entrega de diplomas y el baile esperado. Hasta ahí todo estaba bien. Las cosas aparecían perfectamente planificadas, y no podíamos imaginar siquiera lo que ocurriría algunas horas después…
Después de almorzar, siendo aproximadamente las 3:00 p.m. partimos rumbo al banya ruso. Ahí estuvimos como una hora más o menos. Al salir del banya la sed nos consumía. Entonces Walter, Oswaldo y yo pedimos permiso para ir al almacén de Raievka, que era la única tienda del pueblo, a ver si encontrábamos kampota para beber. Cuando llegamos al almacén, no había nada para beber excepto vino. Ni una botella de kampota y menos de Baikal (una cola moscovita que infructuosamente intentaba imitar a la Coca Cola o a la Pepsi). Cuando la sed invade ―y más si sales de un banya ruso― ésta se hace insoportable, de modo que todo aquello que sea bebible se convierte, por una fuerza que brota desde lo más profundo de la necesidad, en irresistiblemente apetecible.
Salimos de la tienda con tres botellas de vino. Ahora nuestra preocupación era encontrar un sitio donde beberlas. Caminamos por las callecitas de Raievka llevando las botellas de vino en brazos y recibiendo el saludo de algunos pueblerinos que al cruzarse nos levantaban el brazo y regalaban una sonrisa. Hasta que de pronto vimos un lugarcito que parecía deshabitado. Era la última casita del lado oeste del pueblo y tras él se abría un campo abierto que llegaba, como a la distancia de unos 200 metros, hasta un bosque de imponentes cedros. Nos acercamos a ella y constatamos que en realidad se trataba de un almacén en el cual –no sabemos quién o quiénes― se guardaba herramientas agrícolas. También había en él viejas cabalgaduras y en las paredes había retazos viejos de periódicos en ruso que no intentamos averiguar qué decían.
Aguardamos en su interior como unos cinco minutos y al constatar que al menos en ese momento nadie podría aparecerse, procedimos a abrir la primera de las botellas que consumimos a pico de botella con el ansia de quien está a punto de perecer de sed en un desierto. El maravilloso líquido corría por nuestras gargantas llenando de placer y encanto cada célula de nuestro ser. Los tres reíamos y nos pasábamos la botella con frenesí, como si se tratara de un precioso trofeo que nos merecíamos desde hacía mucho tiempo. Cuando terminamos la primera botella no dudamos ni un segundo en abrir la segunda. Al término de la segunda botella la sed había amainado pero la tercera no podía quedarse sin abrir. Cuando terminamos la tercera botella de vino no solo se había calmado nuestra sed sino que también nuestro espíritu había recibido una dosis de alegría y sosiego.
Escondimos las tres botellas detrás de un cilindro viejo que había en un rincón del almacén y salimos de él, renovados, con dirección al láguerie.
Cuando llegamos, era ya casi las cinco de la tarde y nos preguntaron por qué habíamos tardado en retornar. Les respondimos que nos habíamos topado con algunos aldeanos y nos habían invitado kampota y un poco de vino. Los rusos se quedaron mirándonos por unos breves instantes pero ya no había tiempo para hacer indagaciones: las autoridades comunales ya estaban en el comedor y las mesas no solo estaban engalanadas de hermosos arreglos florales sino también servidas con apetitosos potajes.
Pero, yo me sentía muy mareado. Le dije a Walter y Oswaldo que tenía ganas de vomitar. Ellos me dijeron que “ni se me ocurra”, que “tenía que aguantar”.
Cuando entramos al comedor, los brigadistas nos sentamos por nacionalidades. Walter, Oswaldo y yo nos ubicamos casi en la esquina de las mesas al formar la letra L. A nuestra izquierda estaban los rusos y frente a nosotros un grupo de africanos. En la cabecera de la mesa, mucho más a nuestra izquierda, estaba el gobernador de Raievka. Esta alta autoridad era de contextura gruesa y alta, de rasgos achinados pero de color rosado. Era un cruce de kazajo y ruso. Aparentaba tener unos 55 años y siempre tenía una sonrisa en su rostro. Cuando se levantó, todos aplaudimos fervorosamente. Yo lo veía, pero a ratos, su imagen se me volvía borrosa. Yo lo escuchaba decir ―como si estuviera a decenas de metros de distancia― que “se sentía muy contento con nuestra presencia en Raievka”, que “celebraba el internacionalismo socialista como una de las más grandes conquistas de la revolución soviética”, que “Raievka siempre habría de vivir agradecida no solo con el partido y la universidad sino también con nosotros por el aporte que había significado nuestro trabajo en favor de la comunidad”… Y luego ya no pude escucharle más nada porque en mi cerebro sentí que el mundo comenzaba a girar de la manera más vertiginosamente posible. El vómito fue tan repentino y violento que no me dio tiempo para levantarme y salir despavoridamente del comedor. En vez de ello, me apoyé sobre la mesa y descargué sobre ella ―de la forma más desvergonzada― el contenido de mi estómago lleno de vino mezclado con los jugos gástricos.
Yo me sentía en shock. No me había desmayado pero sentía que estaba a punto de estarlo. Solo sentí que mis compañeros rusos que compartían conmigo la brigada en la fábrica de ladrillos, y entre ellos Sasha, me tomaron por los brazos y piernas y me sacaron del comedor mientras los comensales se levantaban y movían sus asientos para dejarlos pasar con su carga humanamente languideciente.
Recuerdo –cual si hubiera estado en un mundo de sombras― cómo mis compañeros me llevaron pendiendo de los brazos y piernas y exclamando todo tipo de maldiciones rusas por el largo corredor que unía el comedor con mi habitación. Cuando llegaron me colocaron en la cama y procedieron a desnudarme. Una vez desnudo tomaron las mantas que cubrían las camas de la habitación y comenzaron a sacudirlas delante de mí con frenesí para refrescarme y darme oxígeno, sí mucho oxígeno…
No recuerdo qué más pasó, pero me quedé profundamente dormido.




Cuando desperté era como las ocho de la noche y aún permanecía desnudo. Era Sasha que me despertó para preguntarme cómo me sentía y si estaba en condiciones de ir tanto a la noche de talentos como al baile que se había programado también para ese día. Yo lo miré por unos segundos, tratando de descubrir, si en su rostro, había algún vestigio de ira o reproche contra mí. Había silencio en todo el láguerie y supuse que solo estábamos los dos y nadie más. Pero no; Sasha no estaba molesto y hasta me pareció que tenía compasión de mi estado.
― ¿Dónde están todos? –le pregunté.
― Están en el teatro –me respondió. Dimitri me ha dicho que como sea tienes que estar en la noche de talentos y presentar el número que has ensayado con tus amigos peruanos. Tienes que ir y Dimitri se olvidará de todo.
Yo me sentía muy aliviado. Me levanté rápidamente, me vestí y tomé mi flauta dulce.
Por el camino me disculpé con Sasha por mi comportamiento, y le di las gracias por la forma cómo sentí que me había cuidado cuando estaba a punto de desmayarme. Sasha solo atinó a sonreír y me dijo:
― No tienes por qué agradecerme….
Y añadió unas palabras en ruso que no reconocí pero que intuí serían algunas maldiciones, como era su costumbre.
En ese momento ni él ni yo podíamos imaginar cuán pronto habría de devolverle el favor por sus cuidados de ahora.
Después de caminar como unos diez minutos en medio de una lluvia moderada que de pronto comenzó a caer, llegamos al centro cultural de Raievka, en donde me salieron al encuentro Walter y Oswaldo. Cuando me saludaron pude advertir que no se encontraban bien. El efecto de tres botellas de vino al hilo y después de salir deshidratados de un banya ruso había comenzado a hacer su efecto también en ellos. Había mucha agitación en el ambiente y casi nadie parecía acordarse del escándalo que yo había protagonizado apenas algunas horas en el comedor del láguerie.



Cielo raievkano


Walter y Oswaldo me habían guardado asiento en el teatro y tras visualizar las presentaciones de los rusos, africanos y asiáticos, nos llegó el turno a nosotros. Cuando nos llamaron nos levantamos de nuestros asientos y en medio de los aplausos de todo el pueblo de Raievka (pues por la gran cantidad de gente que había presumo que se trataba de todo el pueblo) subimos las escalerillas que llevaban al proscenio.
Walter, Oswaldo y yo pronunciamos –uno por uno― el saludo que habíamos ensayado durante varias semanas (al día siguiente nuestros amigos rusos brigadistas nos comentaron que ni una sola palabra de nuestro saludo se había entendido...). Dicho esto comenzamos a interpretar el famoso huayno Poco a poco ante un público que nos escuchaba en silencio y al que casi no podíamos ver porque solo alumbraban las luces del proscenio y éstas caían potentes sobre nuestros rostros. Por lo que en ese momento no teníamos manera de ver la reacción de los raievkanos al escucharnos interpretar el Poco a poco.
Al final de nuestra presentación escuchamos un sonoro aplauso. Luego vino la entrega de diplomas y posteriormente pasamos al salón de baile, en donde había, en un rincón, un viejo equipo de sonido conformado por dos grandes columnas de parlantes y un fonógrafo.
Además del fonógrafo y sus parlantes el salón estaba engalanado de hermosas jovencitas kazajas que frisaban entre los 15 y 20 años. También había jóvenes varones raievkanos por las mismas edades. Los más viejos del pueblo estaban acompañados de sus esposas y ―como lo había constatado en Moscú en las pocas reuniones sociales a las que aún había tenido oportunidad de asistir en mi primer año en la facultad― todos estaban separados en grupos por sexo y edad.
Tiempo después descubriría que esa división solo era momentánea, hasta que el licor ―que se acostumbraba a consumir sin discreción en la URSS― comenzaba a hacer sus efectos, y entonces, todas las diferencias e inhibiciones se desbarataban.
Pero esa noche no iba a haber alcohol porque estaban presentes jóvenes casi adolescentes en la compañía de sus padres. Los únicos que estábamos alcoholizados y por ello Dimitri no dejaba de quitarnos el ojo de encima, éramos nosotros: Walter, Oswaldo y yo. Eran ya como las 9 y 30 de la noche y la lluvia había recrudecido tanto que se la escuchaba golpear las lunas y el techo del salón de unos 100 metros cuadrados, aproximadamente.
Cuando el fonógrafo comenzó a emitir sus primeros sonidos (yo dudaba que ese equipo pudiera funcionar) nadie salió a bailar. Después de dos piezas musicales salieron a bailar, entre ellas,  las mujeres más viejas. A la siguiente canción salieron a bailar las mismas mujeres pero con sus maridos. Y así venían canciones tras canción mientras la lluvia comenzaba a convertirse en una tormenta. El ruido de la lluvia golpeando violentamente el salón y el destello profundo de los relámpagos entrando por algunas de las ventanas llenaron el ambiente de una sensación electrizante que nos envalentonó a Walter, Oswaldo y a mí a sacar a las chicas que ―conversando alegremente entre ellas― ansiaban salir a bailar. Algunos de los brigadistas rusos salieron a bailar pero no bailaban con las chicas kazajas sino entre ellos; se les veía muy animados y comencé a pensar que también habían bebido. Los brigadistas africanos y asiáticos no salieron a bailar pero permanecían conversando animadamente. Pero algo llamó mi atención: Walter ya no estaba en el salón. Salí a buscarlo y no lo encontré por ninguna parte. Me preocupé y participé a Oswaldo la situación.
Decidimos salir a la calle a buscarlo, pero era imposible caminar siquiera una cuadra. La lluvia era en realidad una tormenta. Salir a buscar a Walter era una empresa muy arriesgada. Los relámpagos me asustaban pero Oswaldo me tranquilizó y me dijo que no se diferenciaban en nada de los que él había vivido en el Cusco. ¿Y ahora qué íbamos a hacer? No podíamos entrar al baile y divertirnos de lo más normal desconociendo el paradero de Walter. Teníamos que transmitir nuestra preocupación a los brigadistas rusos con los que mejor nos habíamos compenetrado. Y justo cuando íbamos a hacer esto, la luz eléctrica se fue en todo Raievka dejándola completamente a merced de la atronadora y enceguecedora luz de los relámpagos que se desparramaban como gigantescos racimos de uvas sobre el pueblo.


Relámpagos de Raievka

La fiesta se había acabado de una manera abrupta. Las chicas y todos los que ahí estaban reían y gritaban nerviosamente tratando de encontrar las salidas del local. Dimitri ordenó que todos los brigadistas deberíamos dirigirnos directamente al láguerie.
Nunca olvidaré esa noche porque nunca había visto llover de esa manera en mi vida. Criado en mi niñez en Lima (la ciudad en la que nunca llueve sino que cae una persistente y finísima llovizna en el invierno) y después en Trujillo (conocida como la Capital de la Primavera), yo veía la lluvia y los relámpagos como si fuesen la puesta en escena de una película de terror. El trecho que separaba el salón de baile del láguerie me pareció una eternidad. Oswaldo caminaba lentamente, y de rato en rato, se detenía para vomitar. Yo lo llevaba tomado de los hombros y procurábamos avanzar en medio del charco de lodo y barro en que se habían convertido las calles de Raievka. De pronto, cuando me pareció que el mayor de los relámpagos había descargado su furia, vi a Walter en el horizonte, que también era llevado de los hombros, casi a rastras, por un joven brigadista africano.
Cuando el resplandor de los rayos nos permitió divisar el láguerie, mi corazón se sintió más aliviado porque pensé que al fin iba a estar a salvo de ellos. Yo calculo que era más o menos la once de la noche. Entramos al láguerie y llevé a Oswaldo a su cama en donde se quedó apaciblemente dormido; luego esperé a que llegase Walter para ayudarlo a acomodarse también en su habitación. En la noche se escuchaban las voces de Dimitri y de los jefes de brigadas que gritaban ordenando entrar a las habitaciones y no detenernos en los servicios higiénicos. La tormenta no había amainado y desde mi cama veía cómo la luz de los relámpagos iluminaba mi habitación mientras todos reían y hacían bromas sobre las caídas que habíamos sufrido en el fango. Así, de a pocos, la habitación se fue quedando en silencio pues para todos los que me acompañaban una tormenta eléctrica no era novedad alguna, y el sueño los fue atrapando uno por uno; pero para mí, esa noche, había comprobado hasta dónde puede llegar el poder de la naturaleza y cuán vulnerables podemos ser frente a ella.


Parte IV: Sasha



Pronto los primeros rayos del sol se posaron sobre Raievka y los gritos de los brigadieres nos despertaron como todos los días. Yo sentía que me dolía mucho la cabeza pero tenía que levantarme. No podía darme el lujo de considerarme enfermo pues ello actualizaría el desmadre que habíamos protagonizado los peruanos el día anterior. Pero no iba a ser fácil que olvidaran lo ocurrido. O’Kocha lo primero que hizo al verme entrar a los servicios para asearme fue tomarme por la espalda, y levantándome, comenzó a gritar a todo pulmón y repetidamente: “¡Freddy borracho!” “¡Freddy borracho!” “¡Freddy borracho!” Los jóvenes brigadistas de todas las nacionalidades no dejaban de reírse mientras yo solamente quería zafarme de los brazos de O’Kocha.
Cuando finalmente entré al comedor para desayunar y luego partir hacia las faenas de trabajo, vi que el mantel sobre el cual había vomitado la tarde anterior había sido cambiado por otro de diferente textura y color. Yo me sentía muy avergonzado pero nadie me daba tregua. Walter y Oswaldo también eran objeto de las bromas. Buscaba a Dimitri y no lo encontraba en ninguna parte. Me enteré que había viajado a Alma Atá a hacer unas gestiones relacionadas con la brigada de trabajo de la Drushba Narodav. Respiré aliviado y me dije a mí mismo: “La página ha sido volteada”.
 Después de desayunar, las brigadas nos dirigimos a nuestros puestos de trabajo. El dolor de cabeza, con el desayuno, había amainado y me sentía más confortado y dispuesto para un día más de dura labor. Ya apenas quedaban veinte días para terminar nuestra presencia en Raievka y volver a Moscú, ciudad en la que ya había descubierto algunos lugares hermosos y agradables en los cuales solía pasar mi tiempo libre y digerir la nostalgia que me asaltaba de cuando en cuando.
Cuando llegamos a la fábrica de ladrillos, Sasha, después de la formación y las instrucciones que siempre y repetitivamente nos daba, dijo que a partir de ahora yo le iba a acompañar en su puesto de trabajo. Como ya lo dije antes, Sasha, el jefe de la brigada, estaba en el puesto cuya función era recibir las volquetadas de tierra que llegaban a la fábrica y que era la materia prima de los adobes. En ese lugar trabajaban dos operarios: uno arriba, en contacto directo con el camión que vaciaba la tierra sobre una tolva que a su vez llevaba el material hacia una faja transportadora, la cual a su vez llevaba la tierra hacia la sección de elaboración de los adobes, y el otro operario, que era Sasha, permanecía abajo, controlando que las fajas transportadoras llevasen todo el material y nada se desperdiciara. Tanto el operario de arriba como el de abajo tenían como herramienta de trabajo la palana que servía para controlar el flujo de tierra tanto en la tolva como en la misma faja transportadora.
 Los camiones llegaban con una frecuencia promedio de media hora, y en ese lapso los dos operarios que trabajaban en esa sección aprovechaban para beber agua, refrescarse y conversar.
Cuando escuché que Sasha anunció que yo le acompañaría, me estremecí. Trabajar con el jefe de brigada era un honor que hasta ahora solo lo había tenido un connacional suyo. Y ahora él lo relevaba y me nombraba a mí en esa función. “¿Por qué?”, me pregunté preocupadamente. Yo no era de contextura fuerte; era el más bajo y delgado del grupo; a esto se sumaban las acciones de indisciplina que habíamos protagonizado los latinos apenas llegando a Raievka. Pero al mismo tiempo reparé que los tres peruanos ―los peruanski como los rusos y extranjeros nos llamaban― nunca habíamos tenido una llamada de atención por negligencia o torpeza en el trabajo, como sí había ocurrido con mucha frecuencia entre los africanos, y en menor grado, entre los asiáticos. Así que –pensé― esa era la razón por la cual Sasha me otorgaba el privilegio de trabajar a su lado.
Así, mientras caminábamos hacia nuestro puesto de trabajo, Sasha me dio una palmada en el hombro y me dijo:
― Tú te llamas Freddy… ¿Y qué significa Freddy? –me preguntó. Nunca he escuchado ese nombre.
Una de las cosas que aprendí de un profesor cuando estudiaba la media era que “nunca debíamos quedarnos callados” ante una situación dada. “Quedarse callados o responder evasivamente revela falta de personalidad y de creatividad”, nos decía nuestro profesor. Y en honor a la verdad, yo no sabía qué significaba mi nombre. Sabía que mi madre me lo había puesto a instancia de una de sus hermanas. Mas qué significaba Freddy, en verdad no lo sabía; pero tenía que responderle algo razonable.
― Freddy es el diminutivo de Álfred (Альфред, en ruso).
― Ah no lo sabía –me respondió sonriente.
Se quedó pensativo, mientras yo celebraba en mis adentros haberle dado una respuesta que parecía haber aceptado. Muchos años más tarde comprobaría que ―sin saberlo― mi respuesta había sido la apropiada, y que mi nombre es ―efectivamente― el diminutivo de Alfredo, es de origen germano y significa resplandeciente, célebre por su nobleza o completamente responsable.
Pero volvió a la carga:
― Mmmmmm pero Freddy es un nombre difícil de pronunciar. De ahora en adelante te voy a llamar Fedia.
Yo sonreí pensando que “Sasha”, en mi país, es nombre para perros; pero la idea no me parecía descabellada. Nunca me había gustado cómo me llamaban, y ahora, alguien me proponía un nuevo nombre.
― Está bien, Sasha –le respondí. No hay problema, puedes llamarme Fedia.
Sasha sonrió como un niño, y la persona dura, tosca y hasta cierto punto desagradable que él se esforzaba por representar había cedido el paso a un chico jovial, bromista y hasta paternal. Volvió a darme una palmada en el hombro y, cuando llegamos a nuestro puesto de trabajo, comenzó a instruirme con mucha paciencia sobre la forma cómo debía recibir la tierra que traían los camiones.
Ahora que escribo estas memorias reparo en que las condiciones de trabajo que teníamos en Raievka eran, por decir lo menos, casi primitivas. Ahora que conozco los conceptos modernos de la seguridad y salud en el trabajo y comparo con el ambiente laboral en que trabajábamos los jóvenes brigadistas, advierto que prácticamente no existían normas de seguridad, y si las había, éstas eran letra muerta.
― Debes tener mucho cuidado ―me dijo Sasha cuando terminó de explicarme y se veía en el horizonte que se acercaba un camión.
Él inmediatamente bajó y se colocó al pie de la tolva que recibía la tierra para esperar que ésta baje y, con la palana, impedir que el material se desbordase. Cuando llegó el camión con su carga de tierra, la depositó violentamente sobre la tolva, mientras yo, con la palana, luchaba también para que no se desbordara y cayera todo el material en el centro del recipiente de hierro. Un resbalón de mi parte y mi cuerpo caería conjuntamente con la tierra, y alguno de mis miembros sería absorbido por la faja transportadora que estaba conformada por un gran cilindro de hierro de más o menos un metro de diámetro y una gran faja hecha de un material muy resistente que se desplazaba a la velocidad del cilindro.
Eso era todo lo que teníamos que hacer. La operación duraba entre diez y quince minutos y los camiones iban y venían cada treinta o cuarenta minutos. En ese lapso yo aprovechaba para bajar y protegerme del inclemente sol, refrescarme, y conversar con Sasha que siempre tenía un tema de conversación diferente y original.
 Vienen a mi memoria algunas conversaciones que tenía con él. Su mayor preocupación era saber cómo era el occidente. Sasha había sido criado en una cultura que no conocía el capital ni los negocios. Todos estaban subordinados al estado, y éste era quien planificaba el destino y la calidad de vida de sus ciudadanos. Nunca le habían inculcado precepto religioso alguno por lo que su vida y los principios que la regían se fundamentaban en el amor a la patria, al partido y a la vida.
A la verdad ambos éramos de la misma edad, pero por las diferencias raciales que había entre ambos, él se imaginaba que yo era mucho menor. Cuando me hacía preguntas yo no tenía la sabiduría ni la experiencia para responderle a la altura de la profundidad de sus inquietudes. En realidad los dos éramos casi adolecentes que luchábamos por encontrar un resquicio de la verdad. Él vivía en un país dominado por la dictadura del estado y yo provenía de otro dominado por la dictadura del capital. Yo estaba en su país con la esperanza de asimilarme a su cultura, mas él veía en mí una puerta hacia un mundo que intuía desconocido pero excitante.
Por eso siempre vivo con el remordimiento de que nunca fui sincero con él; pues en mi necesidad por encontrar en su cultura la respuesta a la crisis de mi cultura respondía a sus inquietudes con el sesgo de mi propio interés existencial, distorsionando la realidad del mundo occidental-capitalista, con el fin de reforzar en él el reconocimiento y la admiración por su propio mundo. ¡Con qué candidez nos autoengañamos los seres humanos!
Un día, en una de nuestras pláticas, me preguntó si yo había servido en el ejército. Su pregunta me hizo reflexionar. Por un momento pensé que Sasha comenzaba a ejercitar su rol de informante del partido. Yo venía de una cultura en la que se nos había inculcado que la URSS quería dominar a todo el mundo y su red de espionaje lo había abarcado todo. Comencé a recelar de sus preguntas, pero tenía que darle una respuesta inmediata. Nunca había servido en el ejército. Si le respondía que no, el concepto que se estaba formando de mí se iría por los suelos. Para los rusos ―y en especial para los jóvenes que conformaban la brigada― servir en el ejército era la muestra más exaltada del honor y la madurez personal. Así que volví a mentirle:
― Ah claro que sí, Sasha; ¿cómo crees que no voy a haber servido en el ejército? –le respondí con la mayor naturalidad.
Su rostro se iluminó y luego comenzó con una batería de preguntas sobre tipos de armamentos, marcas de tanques, alcances de objetivos, a las que yo respondía con marcas de automóviles y electrodomésticos, o recordando escenas de algunas películas de guerra que había visto en el cine. Cuando las interrogantes eran demasiado embarazosas, fingía no entender algunas palabras de su pregunta.
Un día, cansado de que él siempre hacía las preguntas y creaba los temas de conversación, tomé la iniciativa y le pregunté sobre su familia, su ciudad y su mundo. Su rostro se ensombreció cuando habló de su padre. Me contó que era un hombre alcohólico que golpeaba a su madre y que se había ido de la casa cuando él era un málchik (un púber). Me contó que su madre trabajaba en una fábrica de conservas de pescado de la ciudad en la que habían nacido: Vladivostok. Me dijo que él era el segundo de cuatro hermanos: dos varones y una mujer.
Cuando le pregunté por qué estaba en una universidad de Moscú me dijo que se lo había ganado por haber tenido un comportamiento destacado en el ejército. Me contó que sus planes eran ser ingeniero para luego asimilarse en el ejército nuevamente pues ―según él― “el ejército soviético es el fundamento sobre el cual existe la URSS y todo el poderío que ella representa”.
Y así transcurrían los días en la fábrica de ladrillos. Cada día nos sentíamos más amigos y hasta me hizo prometerle que cuando retornara al Perú le escribiría y haría todo lo posible para volver a encontrarnos, pero en mi país. Cuando estábamos en el láguerie me invitaba a su habitación para jugar los nuevos juegos de naipes que yo le había enseñado y que nunca había conocido. No le gustaba perder; por eso cuando yo comenzaba a ganar y no darle tregua, tiraba los naipes por los aires en medio de maldiciones rusas, y volviendo a relucir esa personalidad hosca y dura que se había construido para los demás…





Fue un día jueves. Ya faltaba apenas cinco días para dejar la fábrica de ladrillos y rotar a la última de las faenas programadas en Raievka: la granja de cerdos. Ese día amaneció nublado como si el clima estuviera anunciándonos algo malo y muy triste. Después de desayunar nos transportamos hasta la fábrica de ladrillos.
Como siempre, después de las faenas con los camiones que traían la materia prima para la fábrica, nos sentábamos a platicar y tomar refrescos. Yo estaba interesado en saber cómo era la labor en la granja de cerdos, pues él ya había pasado por eso. Pero justo cuando Sasha iba a comenzar a hablar se escuchó en la distancia el motor de un camión que se acercaba trayendo su carga de tierra. Cortamos la plática y subí para recibir al camión como ya era mi costumbre. Cuando hubo vaciado toda su carga, la unidad emprendió el camino de retorno, dejándome a mí y a Sasha en las labores de direccionar la materia prima hacia la faja transportadora.
Estando así en esas faenas escuché que Sasha gritaba. Sus gritos eran desgarradores y no podía entender qué era lo que decía pues la distancia y el ruido de los motores me lo impedía. Bajé la pendiente que me separaba del lugar donde Sasha laboraba a toda la velocidad que mi cuerpo me lo podía permitir. Cuando llegué a donde estaba mi compañero lo vi tendido sobre la tierra y con su mano derecha atascada entre la faja y el cilindro que patinaba con toda la fuerza que los motores le imprimían para seguir su inefable recorrido. Mis ojos no podían dar crédito a la escena. El cuerpo de Sasha convulsionaba por el dolor que le causaba toda la potencia del cilindro presionando su mano y parte del antebrazo. Inmediatamente me abalancé sobre su antebrazo derecho en un estúpido intento de sacar su brazo aprisionado entre la faja y el cilindro. Sasha lloraba y de sus labios solo salía una sola palabra: “Madre”, “madre”, “madre”…
Entonces al darme cuenta que yo no podía hacer nada por él, rodeé su cabeza con mis brazos y le dije que iba por ayuda. El seguía llorando y clamando por su madre. Me separé de él y corrí como un loco hacia la sala de máquinas. Cuando llegué el sonido dentro de ella era ensordecedor. Encontré al operario, un kazajo de edad madura que se entretenía llenando un crucigrama y sentando en la parte superior del tablero de las máquinas. Le grité en ruso que apagara los motores, pero el hombre solo me miraba como si le estuviese hablando en un idioma que nunca había escuchado. Yo me desesperé y comencé a hablarle –inconscientemente― en español. Pero era inútil, el hombre solo me miraba como un imbécil. Entonces salté hasta el asiento en que se encontraba cómodamente sentado y con ambas manos comencé ―desquiciadamente― a presionar botones y bajar switches, en un desesperado intento de hacerle entender que debía apagar los motores.
Al parecer entendió lo que quería decirle, y apagó los motores. Yo me apeé del tablero y dirigiéndome a la puerta le grité casi al borde las lágrimas que el brigadier se había accidentado. Mientras el maquinista corría en dirección de Sasha ―que ya no gritaba ni decía nada―, yo me dirigí hacia la sala de recepción de los adobes y avisé a todos los compañeros ―que habían detenido su trabajo por la paralización de la faja transportadora― que Sasha había sufrido un accidente.
Cuando llegamos todos hasta donde estaba Sasha lo encontramos sin sentido. El maquinista luchaba con una navaja por cortar en dos la faja transportadora, pero era una tarea muy difícil. Mientras, la sangre de Sasha iba tiñendo la faja y caía en gruesas gotas sobre la tierra. Hasta que cedió la faja y retiramos la mano de Sasha que presentaba un aspecto aterrador. Parecía la hoja de un árbol empapada en sangre. El maquinista aferró a su motocicleta un pequeño vagón en el cual depositamos el cuerpo inerte de Sasha.
Cuando el maquinista desapareció en el horizonte, una profunda tristeza se apoderó de mí mientras amargas lágrimas rodaban por mis mejillas, pues sentía que no había sido lo suficientemente rápido para pedir ayuda y rescatar a tiempo a mi amigo que ahora ―pensaba― agonizaba en la flor de su vida.
El accidente de Sasha precipitó los cronogramas establecidos, y Dimitri, que aún se encontraba en Alma Atá, ordenó que el retorno a Moscú se adelantara. También estableció que la rotación se haga inmediatamente, de modo que al día siguiente de los sucesos con Sasha ya no volvimos a la fábrica de ladrillos sino fuimos asignados a la última etapa de nuestra misión en Raievka: la granja de cerdos.
Lo ocurrido con Sasha era la comidilla de la brigada universitaria, pero nadie sabía dar razón de su estado ni adónde había sido conducido. Mientras el bus nos conducía hacia nuestro nuevo lugar de trabajo yo iba pensando en las cosas que habían pasado la tarde anterior. Aún me resultaba difícil asimilar lo ocurrido y, sobre todo, que Sasha ya no estaba entre nosotros y, quién sabe, qué podía pasarle. El nuevo jefe de nuestra brigada era ahora Oleg, un ruso que había sido parte de nuestro grupo desde cuando trabajábamos abriendo zanjas. Este Oleg era un muchacho medio taciturno, usaba unas gafas con unos cristales tan gruesos que sus ojos apenas si podían visualizarse. No tenía don de mando, pero si algo habíamos aprendido en la brigada de trabajo y en tan poco tiempo era respetar a quienes detentaban autoridad. Las pocas veces que hablaba lo hacía arrastrando las palabras e imprimiéndoles a ellas un musicalidad que parecía estar siempre dándonos consejos. Cuando veía algo que no le gustaba nos lo hacía ver añadiendo a sus palabras una larga sonrisa al tiempo que nosotros nos esforzábamos por encontrar sus ojos en el fondo de las gafas.
El primer día en la granja de cerdos fue insoportable. El trabajo consistía en la limpieza de decenas de corrales en los que se había criado cerdos. La orden era dejarlos limpios a fin de que luego de un tiempo volviesen a ser habitados por los paquidermos. La limpieza de las granjas se hacía con palanas, presionando con fuerza y levantando lentamente las gruesas costras de excremento que se habían ido acumulado quién sabe por cuánto tiempo. Al levantar las costras emanaba un gas increíblemente pestilente que provocaba casi inmediatamente la náusea.
Pero lo peor estaba aún por venir. La distancia entre las granjas y el láguerie era considerable y por medida de ahorro no podíamos ir hasta éste para almorzar y luego retornar en la tarde. Cerca de las granjas había una pequeña comunidad y desde ahí se dispuso traernos los alimentos. Por tanto, esta granja pestilente e inmunda iba a ser casi nuestro hogar los últimos días en Raievka. En ella habríamos ―además de laborar― tomar nuestros alimentos del mediodía y hacer la pequeña siesta, que también era un ancestral atributo de los rusos y kazajos.
Pero al tercer día, almorzar y hacer la siesta en medio de esta pestilencia, pasó a ser una cosa normal. Hay en la naturaleza humana un programa de respaldo que se activa en las situaciones más difíciles para hacernos posible la lucha por la supervivencia. Es esta nueva actitud hacia la adversidad la que nos ayuda a entender cómo muchos hombres, mujeres y niños sobrevivieron a las cárceles, guetos y campos de exterminio de todas las épocas e ideologías. Es como si en las circunstancias más terribles de nuestras existencias tomara el control el homo sapiens más elemental, que vive en nuestro interior, para ayudarnos a enfrentar la adversidad con la fuerza y la naturalidad de los albores de la vida. Algún día ―espero nunca ocurra― la tecnología que la humanidad ha creado sufrirá un inesperado colapso, pero solo esta fuerza que se nos ha implantado en la estructura vital de nuestros genes será la que nos ayudará a sobrevivir y renacer.
Y en Raievka ―apenas un pequeño punto en la inmensidad de una de las naciones más poderosas y extensas de nuestro planeta― la vida todavía se vivía en una escala embrionaria. La puesta del Sol era aún un espectáculo al perderse en el lado opuesto de la estepa de donde había salido. Una romántica lluvia podía convertirse, de un momento a otro, en una perfecta tormenta. El silencio era el telón de fondo de las mañanas, las tardes y las noches. El viento podía correr por la estepa, los bosques y el pueblo arrastrando su cola musical e inspirando a sus habitantes a evocar recuerdos y épocas. Los hombres, las mujeres y los niños aún se saludaban y hacían lo mismo con los forasteros. En Raievka cada día parecía igual; solo las personas se renovaban por el impulso irrefrenable de la esperanza y la imaginación.



Epílogo



Después de lo acontecido con Sasha mi estado de ánimo había decaído mucho. En las noches las pesadillas me asaltaban y el lamento de Sasha atrapado por la faja transportadora me hacía despertar acongojado. El trabajo en la granja de cerdos parecía ser la coronación de mi desdicha, y Walter y Oswaldo se habían dado cuenta de ello. A pesar de que me ayudaron en la labor de averiguar qué había sido de Sasha, tampoco tuvieron éxito y la incertidumbre era la única respuesta que teníamos sobre su situación.
Los días pasaron lentos pero llegó la hora de partir de Raievka y retornar a Moscú. El último día Dimitri dio una orden que a los tres peruanos nos sorprendió. Ordenó que los peruanski izaran la bandera de la URSS en el asta del láguerie. Esta era una acción que había sido un privilegio dominical exclusivo de los rusos, hasta el último día en que se nos dio este privilegio a nosotros. Walter, Oswaldo y yo teníamos mucha paz interior cuando nos despedimos de la gente que acudió para vernos subir al bus que nos llevaría a la estación del tren. Durante el viaje de retorno ―tanto en el tren como en el avión que finalmente nos llevó hasta Moscú― casi no hablamos entre nosotros porque nuestras mentes estaban ocupadas en los recuerdos, en las experiencias y en las vidas que entraron en contacto con nosotros en Raievka.
Han transcurrido tantos años desde nuestro viaje a Kazajtán. El tiempo ha cambiado muchas cosas. Ahora Kazajtán ya no es más una república de la URSS porque ésta simplemente desapareció en el torrente de la historia. Ahora es una nación independiente que ha reconstruido sus sueños y su destino, aquilatando lo mejor de las culturas rusa, asiática y del medio oriente. Su capital ya no es Alma Atá sino Astaná; pero Alma Atá (Almaty como la llaman los kazajos) sigue siendo la ciudad más importante y emprendedora de ese bello país.
Cuando llegamos a Moscú nos quedaban apenas quince días de las vacaciones de verano. El otoño comenzaba a pintar sus primeros colores. Reinsertarnos nuevamente en la vida de una ciudad grande y cosmopolita como Moscú fue un nuevo desafío. Una noche, entre sueños, escuché que gritaban, y me levanté sonámbulamente hacia el exterior de la residencia estudiantil, despertándome abruptamente por la lluvia que caía sobre mi cabeza. Había creído que aún estaba en el láguerie, y los gritos que había escuchado ―a la sazón el vocinglerío de los estudiantes africanos llegando de madrugada a sus habitaciones― los había confundido con aquellos que diariamente nos llamaban a levantarnos para ir a trabajar.
Poco a poco me fui reponiendo de Raievka. Un día, cuando ya había comenzado mis estudios de carrera en la universidad, se acerca Oleg para darme una gran noticia: Sasha había salido del hospital y había retornado a la universidad. Me dijo: “Lo puedes encontrar en el comedor a la hora del almuerzo”. Cuando llegué al comedor y le vi, corrí hacia él y Sasha no pudo contener las lágrimas. Nos abrazamos y me dijo: “Spasiba, Fedia; spasiba!”, que en ruso significa: “¡Gracias, Fedia; gracias!”.
Dialogamos brevemente y me contó que no pudieron salvarle la mano. De ahí lo volví a ver en dos o tres oportunidades más, saludándonos muy cordialmente. Luego no lo volví a ver ya más porque poco después yo abandonaría la URSS rumbo a Alemania Occidental, en la búsqueda de reinventar mi vida y mis creencias. Tampoco supe más de Walter y Oswaldo sino hasta hace poco que reconocí a Oswaldo en un programa de televisión limeño en el que lo entrevistaban en su calidad de congresista de la república. Oswaldo llegó a ser, además de político, un reputado físico espacial; mas de Walter no llegué a saber nada hasta ahora.
Cuando dejé Rusa, entre mi equipaje, llevaba mi cámara fotográfica profesional con un equipo completo de revelado que compré con parte de lo que me pagaron por mi trabajo en Raievka, y del que me había enamorado en un escaparate de una tienda apenas llegado a Moscú. Con el resto del dinero compré libros que luego regalé porque no podía llevármelos a Occidente.



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martes, 23 de diciembre de 2014

Compuleg (Memorias)


Por Freddy Ortiz Regis


“Si una persona es perseverante, aunque sea dura de entendimiento, se hará inteligente; y aunque sea débil se transformará en fuerte” ―Leonardo Da Vinci.


Qué es Compuleg

Compuleg es un software de gestión de información legal (legislación, jurisprudencia y doctrina). En la actualidad es dueña de los derechos la empresa Gaceta Jurídica/Gaceta Consultores que tiene su sede en la ciudad de Lima. Esta organización adquirió los derechos de la Empresa Editora Normas Legales de Trujillo en el año 2006.





Su página web define el producto y el servicio en los siguientes términos:

“COMPULEG, un software jurídico y principal producto que contiene una gran base de datos que almacena información jurídica de importancia para los profesionales de nuestro país: Legislación, Jurisprudencia, Doctrina, Plenos jurisdiccionales, TUPAS y Tratados Internacionales de los que el Perú es parte.

“La base de datos de legislación data desde 1902 y a partir de 1979 a la actualidad a texto completo. La amplitud de la información permite consultar miles de Leyes, Decretos Legislativos, Decretos Supremos, Resoluciones Ministeriales, Ordenanzas, etc. que regulan las diversas actividades de nuestro país. El contenido de la información de COMPULEG se presenta actualizada, concordada y con inclusión de Fe de Erratas en sus textos.

“Incluye variada Jurisprudencia en todas las materias del Derecho, incluyéndose datos importantes como Sumilla (razón de ser de la Resolución), Procedencia, Referencias Legales (sustento legal de la resolución).

“Asimismo, interesantes artículos de reconocidos juristas nacionales y extranjeros han sido e incorporados en la sección de Doctrina.”


Compuleg es, sin duda, el más completo programa de acceso a información legal que existe en nuestro país. Su costo ―en la versión 6.1― bordea los 80,000 nuevos soles (aprox. 27,500 dólares americanos) y son usuarios de este sistema las principales organizaciones públicas y privadas del país.


La historia de los orígenes de Compuleg

Viene a mi memoria, así como el deseo de escribir este artículo, un conjunto de vivencias que considero necesario compartir a fin de que no queden en el anonimato y sirvan, al mismo tiempo, como un ejemplo de la vida diaria: De cómo a pesar de las limitaciones que como personas, grupo o comunidad podamos tener, es posible, dando lo mejor de nosotros mismos, concretar proyectos y crear valor, que mejorará no solo nuestras vidas sino también las de los demás.

Cuando retorné al Perú a comienzos de la década de los 80s ―desilusionado de mis sueños de forjarme una carrera profesional y un porvenir en Rusia, por razones que algún día compartiré, pero que se sustentan mucho en la entereza de mis principios― se inició en mí un período caracterizado por una constante y ardiente búsqueda por encontrar una respuesta a mi “fracaso” en el extranjero. No solo mis padres sino también mis familiares y amigos habían puesto su confianza en mí, y retornar de Europa, sin haber alcanzado la meta que me había propuesto en el extranjero, hacía que mi alma se debatiera en una crisis existencial de la que nadie podía liberarme.

Mi único refugio fueron los libros. Me pasaba casi todo el día encerrado en mi habitación leyendo libros de historia, filosofía y literatura. Mis padres sufrían calladamente porque su hijo no daba señales de interactuar con el “mundo exterior” y, menos aún, de retomar el sendero de una carrera profesional.

Pero mi desilusión no solo era con lo que había creído sino también con el sistema educacional: El método académico ―al que consideraba desde adolescente como obsoleto y martirizante― se erigía ante mí como un dictador al que no estaba dispuesto jamás a arrodillarme.

Por esos años, mi hermano Carlos, consiguió un puesto como locutor en una radio local. Conjuntamente con sus estudios de medicina se agenciaba de recursos económicos trabajando como discjokey y animador de espectáculos públicos. Cierto día se acercó a mí, y sacándome del ensueño de mis lecturas me dijo:

― Hermano, ¿no quisieras trabajar en radio Star?

 Yo lo escuché y quedé mirando como si sus palabras vinieran de alguno de los mundos en que me encontraba.

― ¿Cómo así, hermano? ―le respondí.

― Mira, en radio Star necesitan un director para el radionoticiero ―me dijo.

Trabajar en una radio... Nunca había sido una persona con facilidad de palabra oral. A diferencia de otros que con un micrófono se les abría el mundo, yo me sentía más cómodo y desinhibido teniendo frente a mí una máquina de escribir.

― ¿Y qué es lo que tengo que hacer? ―respondí a mi hermano, que esperaba impaciente mi respuesta.

― Tienes que dirigir y coordinar la redacción de las noticias y el editorial ―me dijo.

Yo volví a sumirme en mis pensamientos. Si lo que decía mi hermano era correcto, entonces tenía que escribir más que hablar. Esta era mi oportunidad.

― ¡Sí! ―le respondí.

Lo que me pasó como director del radionoticiero Star 1540 será motivo de otro artículo pero, por ahora, adelanto que en poco tiempo logramos ―gracias a la colaboración y el trabajo en equipo de profesionales a carta cabal― posicionarnos en el primer lugar de la sintonía en el género del radioperiodismo trujillano.

Pero evoco este acontecimiento en mi vida porque fue de suma importancia en mi desarrollo personal. La dirección de un radionoticiero me permitió trabajar en equipo, generarme confianza propia y, sobre todo, demostrarme a mí mismo y a los demás que una atmósfera de libertad es esencial para el despliegue de las mejores capacidades y cualidades de las personas.

Después de trabajar en radio Star ingresé ―para la alegría de mis padres y de mis hermanos― a la facultad de derecho y ciencias políticas de la Universidad Nacional de Trujillo. Pero no pasó ni dos años para que ese sentimiento contestatario contra el sistema académico terminara por sacarme de los claustros universitarios y recayera en una profunda depresión que me devolvió nuevamente a los libros y a una vida casi monacal.

― Se acabó, papá ―le dije ―, no volveré a estudiar nunca más en la universidad. Prefiero trabajar.

Fue en ese período de mi vida que mis lecturas me llevaron a la Biblia y acepté a Jesús como mi Señor y Salvador personal. Y también fue en ese período en que la Empresa Editora Normas Legales convocó a un corrector de ediciones.

Recuerdo muy claramente la mañana en que con el recorte del aviso en el periódico me presenté ante el jefe de ediciones Franco Chico Colugna. Cuando lo vi lo recordé inmediatamente: No hacía muy poco ambos habíamos sido ganadores de los juegos florales de la facultad de medicina de la Universidad Nacional de Trujillo. Así que nuestro encuentro no pudo ser más grato. Después de leer mi curriculum vitae y platicar sobre nuestra común vocación por la literatura nos despedimos con el compromiso de su parte de mantenerme informado de los resultados de la convocatoria.

No recuerdo cuántos días pasaron, pero Franco Chico me hizo llegar una comunicación informándome que había sido seleccionado para ocupar la vacante de corrector de ediciones.

Yo estaba muy contento y a la vez muy nervioso. Mi familia me felicitó y mi papá ―algo reticente― también me abrazó y me deseó lo mejor.

Cuando entré a la editorial Normas Legales no me imaginaba lo que esta empresa habría de significar en mi vida y cómo me impactaría hasta la actualidad. Me presentaron a mis compañeros de trabajo entre los cuales estaba Manuel Antonio Ledesma a quien también ya conocía por haber frecuentado ―en los albores de mi descubrimiento de Cristo― el círculo de la comunidad universitaria católica (CUC). También me presentaron al gerente que, por esa época, era Alejandro Santa María, sobrino del socio mayoritario de la empresa, don Luis Santa María Calderón.

Mi labor consistía en revisar y corregir los borradores de las normas legales que los digitadores almacenaban en máquinas de escribir eléctricas. La fuente era el diario oficial El Peruano y mi misión era asegurar la intangibilidad de las normas legales y fallos jurisprudenciales que diariamente constituían el universo legal del país. A mi lado trabajaba Silvana Mantilla quien me leía en voz alta los originales del diario oficial mientras yo ―lapicero en mano― iba detectando y anotando marginalmente los errores de tipeo que eventual y naturalmente los digitadores cometían durante el proceso de la transcripción de las normas y la jurisprudencia.

Como podrá comprenderse mi trabajo se convirtió prontamente en algo monótono y rutinario para mí, por lo que comencé a sentirme inconforme con él. Así, a fin de superar la monotonía, decidí dar un valor agregado a la redacción de las normas corrigiendo gruesos errores gramaticales que la administración pública cometía en su redacción. A veces me extralimitaba y mis jefes me llamaban la atención pues la intangibilidad de las normas estaba por encima de cualquier cosa a fin de no correr riesgos y asumir responsabilidades extracontractuales que podrían ser negativas para la empresa. Lo entendí y llegamos a un punto de equilibrio.

Y así pasaron algunos años haciendo el mismo trabajo. Corría el año 1989 y asumió la gerencia de la empresa Orlando PoncePolanco. Al año siguiente, el nuevo gerente decidió dar un paso trascendental en la vida de la editorial: La informatización de todos los niveles de la organización.

Gerente Orlando Ponce Polanco acompañado de parte del
personal femenino de Normas Legales SAC

Cuando se comunicó esta decisión gerencial una sensación de agitación e incertidumbre se apoderó de todos. Hasta ahora habíamos visto las computadoras en algunos bancos y en las películas; y el solo hecho de que estos misteriosos artefactos llegarían a nuestro centro de trabajo era de por sí un acontecimiento que nos provocaba una gran ansiedad.

Y el día llegó. En la puerta de la empresa se estacionó un gran camión del cual comenzaron a bajar, en grandes cajas cuadradas y de cartón, las maravillosas computadoras. Todos nos mirábamos sin poder disimular nuestra aprehensión.

Pasaron algunos días y las flamantes computadoras seguían en sus cajas. Poco a poco se fue descongestionando algunos ambientes de la editorial y finalmente se decidió un lugar en donde ponerlas para capacitar –por turnos- al personal de las diferentes áreas.

Yo no podía aguantar más. Una mañana, en un paréntesis de mi labor como corrector, me deslicé hasta el área en que se encontraban las computadoras; abrí la puerta que no estaba con seguro, y entré.

Ahí estaban esas maravillas, una a continuación de otra, encendidas y deslumbrantes como inteligencias extrahumanas listas para interactuar con nosotros. No podía explicármelo, pero entre ellas y yo se produjo inmediatamente un amor a primera vista. Me acerqué lentamente hacia una de ellas envuelto en el refinado sonido que emitían sus componentes internos. No había nadie y mis ojos se posaron en el brillante símbolo de su sistema operativo ―“C:\DOS>”― que parpadeaba sobre una pantalla monocromática. Luego mis manos se posaron sobre el teclado que me parecía extraído de un capítulo de la serie Viaje a las estrellas. No lo podía creer. ¡Estaban delante de mí y muy pronto interactuaría con ellas!



Histórica PC que llevó la informática a las empresas y a los hogares


Parpadeante símbolo del sistema operativo DOS que daba "vida" a las PC 

De pronto el mundo de ensueño en el que me encontraba absorto se desplomó. Sentí a mis espaldas la puerta abrirse y una voz parca y relativamente irritada que me dijo:

― Señor Ortiz, ¿esta es su área de trabajo?

Yo me volví y era ―nada más y nada menos― que el señor gerente.

― Perdón ―le contesté sin poder ocultar mi sorpresa y vergüenza.

Pasé por su lado ―rojo como un tomate― y salí del área de computadoras para dirigirme al área de corrección de ediciones. Tomé mi lapicero y me enterré en la revisión de los borradores mientras mi compañera de trabajo me leía sin parar los originales de El Peruano. Pero mi mente se había quedado en la sala de computadoras y nunca más ―hasta el día en que estoy escribiendo estas líneas― me separé de ellas.

El período de capacitación merece un capítulo aparte pues son muchas las anécdotas que puedo compartir sobre las primeras impresiones de mis compañeros de trabajo con la computadora. Al final de la capacitación todos nos sentíamos que habíamos madurado mucho y que un nuevo mundo y un nuevo intercambio con la realidad se abría delante de nosotros. Por esa época, en los albores de la PC (Personal Computer) había que dominar el sistema operativo DOS (Disk Operating System) y estructurar cada una de las instrucciones que se le daba a la computadora. Conceptos como hardware y software pasaron a formar parte del ambiente de trabajo así como de la comprensión del mundo que avanzaba hacia el final del siglo XX.

El sistema de ediciones sufrió cambios revolucionarios no solo en la concepción de diseño y procesamiento de las labores cotidianas sino también en la forma de interactuar entre compañeros con un nuevo intermediario: el ordenador.

Se dejaron de lado las composers que eran las máquinas eléctricas que imprimían lo que se digitaba sobre largas sábanas de papel para pasar a la digitación de las normas legales y su grabación en diskets, los que luego eran copiados y entregados al área de corrección y corregidos directamente en la pantalla del ordenador sin necesidad de imprimirse y corregirse manualmente manualmente.


Histórica composer que antecedió a la llegada de la PC en la edición de textos


Los discos flexibles (diskets): Las nuevas unidades de memoria de las PC

Con la aplicación de la nueva tecnología informática el tiempo de corrección se redujo considerablemente y me quedaba tiempo libre. Ese tiempo lo dedicaba a explorar y conocer al máximo el procesador de textos que el jefe de producción JesúsSantos Fernández había elegido para la editorial Normas Legales: el Microsoft Word.

Cada día que pasaba aprendiéndolo y compartiendo con mis compañeros de trabajo me compenetraba más y más con la lógica informática y las infinitas posibilidades que se abrían para el tratamiento y la edición de textos. La PC era la llave que nos comunicaba con el micromundo de la electrónica. Con la PC unimos nuestro macrocosmos con el microcosmos. Nuestros pensamientos ya no solo estaban en nuestros cerebros y en el papel; también estaban en el micromundo del átomo y del electrón; en el byte y en el bit.

Cuando llegaba a casa y miraba mi vieja máquina de escribir Royal me sentía un habitante de otro mundo que miraba con aire de superioridad las cosas y los objetos que habían marcado el sendero de la antigüedad. “Algún día tendré mi propia computadora, en mi casa”, me decía mientras mi mirada se paseaba por el techo de mi habitación esperando que el sueño me abrazara.


Mi vieja máquina de escribir Royal, en la que jugaba a ser escritor

Poco a poco comencé a dejar de lado mi vieja máquina de escribir y aprovechaba los espacios libres que me daba mi labor en la editorial para escribir y deleitarme en el Word y en las placenteras posibilidades de corrección, re-redacción, reproducción y edición que ofrecía este fantástico programa. Hasta que llegó el día en que escribir en la vieja máquina Royal se convirtió en una tarea penosa pues era tanta mi integración con el Word que me había incapacitado para seguir golpeando sus viejas y obsoletas teclas.

Una de las características que más me impresionó del Word fue su velocidad de procesamiento. Bastaba pulsar una combinación de teclas para activar una ventana de búsqueda y encontrar lo que uno deseara en el documento en milésimas de segundo. ¿Y si esta velocidad se empleara para hacer una base de datos de la legislación que la editorial publicaba que permitiera su ubicación en la página de la revista de forma inmediata?, comencé a inquirirme.


Hermosa pantalla de bienvenida del Word, maravilloso procesador de textos


Entonces empecé a elaborar una tabla con varias columnas conteniendo el número de registro, el número de la norma, una breve sumilla (resumen) del dispositivo legal, y el número de la página en que se encontraba en la revista. Al final me quedé con una tabla que tenía cien registros y comencé a ensayar búsquedas cuyos resultados aparecían inmediatamente.

Yo estaba superemocionado y no esperé mucho tiempo para solicitar una entrevista con el gerente.

Una tarde el gerente Ponce Polanco me llamó a su oficina y me pidió que le explicara en qué consistía mi descubrimiento. Le expliqué que con el Word podíamos hacer una base de datos y encontrar la norma legal que deseáramos en apenas milisegundos.

Después de hacerle la demostración pude ver en su rostro dos sentimientos encontrados: uno, que la demostración no lo había convencido mucho, y dos, que se había entreabierto una puerta hacia un mundo nuevo y prometedor.

― Hay que afinar esto, Freddy ―me dijo, en el sentido de alguien que no obstante carecer de la profundidad del conocimiento que yo tenía del Word sí podía proyectarse en la dirección correcta.

Yo salí de la gerencia algo descorazonado.

No pasó mucho tiempo para darme cuenta que Word no era la herramienta apropiada para gestionar una base de datos. Era como si hubiera estado tratando de comer spaghetti con cuchara en vez de tenedor. El descubrimiento fue casi fortuito. Una noche, caminando por las calles de Trujillo, entré a una librería. Me dirigí a la zona de libros de computación e informática y comencé a hojear varios de ellos hasta que me topé con uno que se titulaba Introducción a las bases de datos con dBase III Plus (1). Me bastó leer la introducción del libro para saber que lo ¡había encontrado!

Salí de la librería con el libro envuelto y llegué a mi casa lleno de felicidad pues sabía que había encontrado la herramienta que necesitaba para gestionar una base de datos. Al día siguiente, después del trabajo, salí a buscar el programa a fin de instalarlo en la PC que me habían asignado en el área de corrección.

Después de instalar el software comencé a leer el libro paralelamente con la gestión del programa. Descubrí que dBase III Plus podía interactuar con Word, lo que significaba que el procesador de textos podía ser usado para digitar los registros de la base de datos separando los campos solamente por comas (,) y, posteriormente, ser absorbidos por una base de datos en formato dBase.

Una vez alimentada la base de datos se procedía a activar el programa dBase III Plus y se podía gestionar aquélla obteniendo los resultados más complejos y acabados que se podía uno imaginar. Además, dBase III Plus poseía un lenguaje de programación que nos permitía programar un sistema de entrada, gestión y reportes, o bien por separado o todos juntos en un menú cuyo diseño era posible también realizar con el programa.

¡Nada qué ver con Word! Me sentí avergonzado por tratar de impresionar a la gerencia con una base de datos gestionada con un procesador de textos…

El primer paso que di fue crear la estructura de la base de datos haciendo uso de las características específicas para los diferentes campos que la componen (Carácter, Numérico, Fecha, Lógico y Memo). Una vez creada la estructura se agregó el contenido desde un formato de texto en Word previamente digitado (más tarde se prescindió del Word al programar una interfase exclusivamente de ingreso de información desde dBase III Plus).


Potente software de gestión de bases de datos que permitió
el desarrollo de las primeras versiones de Compuleg

La primera base de datos comprendió mil registros que fueron extraídos de la información que se tipeaba en el área de digitación. La segunda fase consistió en programar el sistema de gestión de la información con reportes especializados que permitiera al usuario acceder a una norma desde diferentes opciones de búsqueda:

  • Búsqueda numérica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros de búsqueda los elementos de datos que conforman el código alfanumérico de la norma; p. ej.: DS 025-90-EF.
  • Búsqueda analítica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros de búsqueda las voces o ideas que se encuentran legisladas en las normas; p.ej. precios, impuesto general a las ventas, carreteras, estados financieros, pasaporte, etc. Contenía la posibilidad de buscar en dos niveles -por ejemplo precios: construcción- permitiéndonos restringir el radio de acción de la búsqueda.
  • Búsqueda temática. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros los grandes temas de la legislación implícitos en cada uno de los dispositivos emitidos por los órganos competentes; p. ej.: regionalización, energía y minas, tributación, banca y seguros, etc.
  • Búsqueda cronológica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros las fechas de promulgación y/o publicación. Esta subopción era oportuna cuando se desconocía el código del dipositivo, pero se conoce con exacta o alguna aproximación la fecha de promulgación y/o publicación.
  • Búsqueda registral. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros el código alfanumérico de la norma. Esta subopción recorría todas las bases de datos. Asimismo permitía -si el usuario conoce el número de registro del dispositivo en determinada base de datos- dirigirse directamente a una norma con sólo ingresar un número (de registro).

Los resultados de las búsquedas (reportes) generaban salidas (outputs) que podían imprimirse o grabarse en archivos digitales.

Cuando presenté la “nueva” versión de mi proyecto a la gerencia, otro fue el resultado. En el rostro de Orlando Ponce se dibujaba una amplia sonrisa. Después de felicitarme por el logro alcanzado me preguntó cómo se llamaría el sistema, a lo que respondí:

― ¡Compuleg! (2)

A la semana siguiente la gerencia convocó al directorio de la editorial así como a personal clave de la empresa entre los que se encontraban Manuel A. Ledesma (el nuevo jefe de ediciones), Jesús Santos Fernández (jefe de producción) y otros jefes de las diferentes áreas de la organización.

Terminada mi exposición, la decisión estaba tomada. La empresa ahora tenía un nuevo producto al que había que explotar y maximizar.

Después de la informatización de la empresa, Compuleg, representó la segunda ola revolucionaria en el desarrollo y crecimiento de Normas Legales S.A.C. El servicio inicial que el nuevo producto brindó fue optimizar la edición ordinaria de la revista Normas Legales así como sus ediciones extraordinarias.

Compuleg permitió generar los más variados índices de las revistas en solo segundos y apoyar la edición de publicaciones extraordinarias (vivienda, banca y seguros, comunicaciones, etc.) en tiempos récord. Además ayudó a consolidar la fidelidad de los clientes (fidelización) gracias a la inserción ―intratexto en los dispositivos legales― de referencias a las ediciones anteriores de Normas Legales (tomo y número de página). De esta manera, los usuarios de la revista, cuando se encontraban con la concordancia legal de una norma con otra podían encontrar su ubicación inmediatamente en la colección histórica de la revista.

Yo dejé mi labor como corrector de textos y pasé a dedicarme ―con el apoyo de Manuel A. Ledesma― en la gestión y el soporte de Compuleg a las ediciones ordinarias y extraordinarias de la revista Normas Legales. Me sentía muy orgulloso de los logros obtenidos en el seno de la empresa y sentía el aprecio no solo de la gerencia sino también de mis compañeros de trabajo. Nunca pedí nada más que mi remuneración normal a pesar del desarrollo proporcionado a la organización y los valores agregados que se insertaron en sus productos. Tampoco pedí derechos de autor ni nada por el estilo. Y aunque el directorio nunca fue efusivo en reconocerme méritos y/o reconocimientos, yo me sentía conforme conmigo mismo, pues para mí la mejor contraprestación que podía recibir consistía en el conocimiento informático y la experiencia que autodidactamente había logrado aquilatar. Una vez más los libros habían sido mis mejores aliados y la empresa ―no un claustro universitario― había sido mi alma mater.


Compuleg, la nueva generación

Para que Compuleg en su versión dBase III Plus pueda ser comercialmente viable, tenía que independizarse del software de gestión, es decir de dBase III Plus. Los potenciales clientes no deberían ser obligados a instalar dBase III Plus en sus PCs; Compuleg debería correr en sus ordenadores de manera independiente, sin necesidad de un programa de gestión.

La respuesta a esta necesidad la ofrecía un nuevo programa denominado Clipper. Clipper trabajaba en modo compilador puro generando un código objeto binario; el paquete proveía también un enlazador (RTLINK o DLINK) que con el módulo objeto y las bibliotecas de preenlace generaba un módulo ejecutable directo. Esto último le otorgaba a las aplicaciones Clipper una velocidad que otros manejadores de bases de datos no poseían, y, la única desventaja, era la necesidad de recompilar y enlazar nuevamente cada vez que se corregía algún error en el código fuente.



Clipper, software de gestión de base de datos que permitió
la independización de Compuleg de dBase III Plus

Vemos, pues, que lo más importante de Clipper era su capacidad para generar un archivo ejecutable (.EXE) que otorgaba independencia total a Compuleg.

Normas Legales creó una nueva división en la empresa denominada con el nombre del nuevo producto. Se contrató nuevo personal tanto para la alimentación de las bases de datos como para la nueva programación, ahora en Clipper. Vienen a mi memoria los nombres de tres brillantes y talentosos expertos en programación que se sumaron al proyecto de preparar una versión comercial ―el Compuleg 2.0: John Anhuaman, Enrique Dioses  y Juan Santos Fernández, hermano de nuestro jefe de producción.

En el ínterin de la producción de la versión 2.0 de Compuleg, la empresa, en coordinación con el CESEN (Centro de Estudios Socioeconómicos del Norte), con el auspicio de la Universidad Nacional de Trujillo y la empresa Graña y Montero, organizó un seminario titulado Informática Jurídica con el propósito de presentar el Compuleg a la comunidad jurídica. Entre los expositores estaba ―además del jefe de ediciones Manuel A. Ledesma y yo― el connotado maestro y jurista nacional Fernando deTrazegnies Granda. La presentación se realizó en el Colegio de Abogados de La Libertad y las exposiciones fueron las siguientes: Manuel A. Ledesma expuso el tema Aplicación de la informática para abogados y empresas, Fernando de Trazegnies expuso el tema La computadora y el derecho, y yo expuse el tema Compuleg:Descripción de un programa de gestión legislativa piloto.


Dossier del Seminario de Informática Jurídica en donde
se presentó el Compuleg a la comunidad trujillana y nacional

Después de esta presentación siguieron muchas más en provincias y en la capital de la república. Un equipo conformado por Manuel A. Ledesma, Enrique Dioses y yo presentamos el Compuleg 2.0 en las mejores universidades del país recibiendo una gran acogida. Nunca olvidaré nuestra presentación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que se caracterizó por una afluencia casi multitudinaria y un desbordante interés de sus jóvenes estudiantes que rebasó todas nuestras expectativas.

Pero las empresas ―como la vida misma― también tienen sus períodos de crecimiento, auge y decadencia (3). Corría el año 1991 y, en pleno auge del nuevo proyecto, el directorio de Normas Legales S.A.C. puso una nueva gerencia que implantó en la organización formas y estilos que ―en mi humilde opinión― eran incompatibles con los nuevos tiempos empresariales.

De la atmósfera de camaradería, respeto y apoyo que caracterizó mi relación con la gerencia se pasó a una de indiferencia, verticalidad y desprecio. Acostumbrado a moverme en espacios de libertad y tolerancia como único caldo de cultivo de la creatividad y la innovación, consideré como una necesidad vital presentar mi renuncia a la editorial.

La renuncia fue inmediatamente aceptada por la nueva gerencia, pero se me propuso continuar aún ligado al proyecto de la versión comercial de Compuleg vía contrato de locación de servicios. Aunque hasta ahora desconozco la razón por la cual la gerencia no cortó definitivamente toda vinculación con mi persona, lo cierto es que a la primera oportunidad que tuvo desconoció nuestro contrato y lo dio por terminado basándose en razones totalmente ajenas a la naturaleza de la locación de servicios.

Fue así como en 1992, después de cinco años de brindar mis servicios en la editorial Normas Legales, terminó mi aventura en dicha empresa. Fueron cinco años de intenso aprendizaje material y espiritual que me permitió no solo demostrarme a mí mismo mis capacidades de crecimiento y servicio sino también dar un testimonio del amor y el poder de Dios en mi vida.

Lo que pasó después en mi vida será materia de nuevas memorias. El campo de la vida empresarial independiente ―o sea no subordinado a terceros― se abrió para mí y ahora estaba premunido de nuevas armas y conocimientos. Espero Dios me dé vida para compartir todas mis memorias (bueno, no todo, porque hay cosas que no es posible ni necesario compartirlas) sobre mis experiencias en el ámbito empresarial y profesional, pues retorné a la universidad y completé mis estudios de derecho.

¿Qué pasó con Compuleg y con la editora Normas Legales en los años siguientes a mi salida? Pues se cosechó lo que se  sembró. Compuleg continuó desarrollándose hasta convertirse en una versión muy avanzada (la versión 6.1) que añadió ―al servicio de gestión de legislación― jurisprudencia y doctrina en el entorno Windows. Nuevos retos fueron alcanzados bajo el liderazgo de nuevos colaboradores que fueron convocados para hacer de Compuleg el software informático-jurídico más importante del país.

Sin embargo, el empuje y dinamismo que representó Compuleg en la vida de Normas Legales S.A.C. no fue suficiente para que esta organización sobreviva frente a los competidores que aparecieron en el mercado de las publicaciones jurídicas. Por ello, en el año 2006 la editora Normas Legales S.A.C. dejó de existir y fue absorbida por la empresa Gaceta Jurídica. Así llegó a su fin la vida de una organización que desde 1941 hasta los primeros días de diciembre de 2006 permaneció como la empresa líder en el mercado de la difusión normativa en el Perú.



Epílogo

He escrito estas memorias sobre mi paso por la editora Normas Legales y la creación de Compuleg con la única intención de que mi experiencia sirva para muchos jóvenes que no se sienten conformes con su situación presente.  Los jóvenes tienen la fuerza, el impulso y la audacia para salir adelante solos y no depender de las migajas que el mundo de los adultos les pueda ofrecer. Dios ha creado un universo multiforme y multivariante para que sus criaturas puedan alcanzar la felicidad a través de múltiples caminos y plataformas. La lucha es, por tanto, contra las fuerzas que pretenden encasillar la vida en estereotipos y condicionamientos existenciales. Los jóvenes no tienen que pagar derecho de piso; ellos crean el piso de las sociedades emergentes. 

Mi experiencia en Normas Legales es una demostración de hasta dónde los jóvenes pueden llegar si son perseverantes y no se dan por vencidos. A pesar de las limitaciones que los condicionamientos sociales pretenden imponer, es posible alcanzar el éxito creyendo en uno mismo y confiando en Dios como amigo y socio de la vida.

La clave del éxito no está en los bienes materiales que se puedan acumular sino en la riqueza espiritual que deja el servicio a los demás. Hay que seguir adelante y madurar la idea que Dios ha puesto en nuestros corazones como una semilla que está llamada a dar fruto. En ese proceso de maduración de una idea-fuerza encontraremos aliados y enemigos.

Las prosperidad de las grandes sociedades que hoy conforman el llamado primer mundo no ha estado solo en la acumulación de riquezas (muchas de ellas obtenidas a fuerza de la rapiña) sino también en la formación y consolidación de una clase dirigencial enfocada en valores supremos como el trabajo, la disciplina, la recreación y la gratitud. Estos valores luego se han desplegado hacia todos los miembros de la sociedad conformando comunidades sustentadas en principios sólidos de solidaridad y emprendimiento.

Cuando hay amor hacia lo que uno cree, y a este amor se agrega la bendición de Dios, entonces hasta lo poco que somos o tenemos se convierte en un valor todopoderoso. Miremos a Moisés cómo con un palo hizo frente a faraón y al ejército más poderoso de su época. También se cuenta de Walt Disney, fundador de Disney Company, que se encontraba tan falto de medios en sus comienzos que, en sus primeras películas, doblaba con su propia voz en falsete al ratón Mickey.

Otro enemigo que hay que vencer en la lucha por la vida es el temor. He conocido a muchas personas que no dan un paso o dicen una palabra si no miden el efecto que sus actos pueden tener en las personas de quienes dependen o temen. Esas personas nunca podrán desarrollar sus propias potencialidades porque han renunciado tanto a ser ellas mismas como a su derecho a hacer realidad sus sueños.

En mi paso por Normas Legales tuve que enfrentarme muchas veces no solo con la dirigencia sino también con algunos compañeros de trabajo para hacer prevalecer mis puntos de vista o denunciar un comportamiento que consideraba reñido con los principios de veracidad y justicia. Nunca tuve miedo de ser despedido porque amaba lo que hacía y confiaba en Aquel que era mi sustento. Gracias a Dios más fueron quienes me apoyaron que quienes me combatieron. Por ello puedo decir, a estas alturas de mi vida, que he comprobado en el campo de la experiencia lo que Jesús dijo en Juan 4:18: “El amor echa fuera el miedo”.

También hay otro valor que es imprescindible tener en cuenta en nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, en el ámbito de una organización. Me refiero a la lealtad. “La lealtad es un corresponder, una obligación que se tiene con los demás. Es un compromiso a defender lo que creemos y en quien creemos. La lealtad es un valor, pues quien es traidor se queda solo. Cuando somos leales, logramos llevar la amistad y cualquier otra relación a su etapa más profunda. Todos podemos tener un amigo superficial, o trabajar en un lugar simplemente porque nos pagan. Sin embargo, la lealtad implica un compromiso que va más hondo: es el estar con un amigo en las buenas y en las malas, es el trabajar no solo porque nos pagan, sino porque tenemos un compromiso más profundo con la empresa en donde trabajamos, y con la sociedad misma”. (4)

La lealtad envuelve la discreción y la confidencialidad. Durante mi paso por Normas Legales no solo hice de corrector de ediciones sino también de programador, traductor, consejero y consultor. En cada una de esas funciones llegue a conocer información que hasta ahora conservo solo en mi mente y en mi corazón porque jamás divulgué o compartí con los demás.

Por ello, jóvenes del s. XXI, que tomarán la posta de nuestras acciones, a ustedes les digo: Perserverancia, Fe, Amor y Lealtad son las mejores armas para salir adelante en la vida y formarnos un carácter que nos capacite para la eternidad. En la vida encontrarán personas que han sido forjadas en la escuela de la ingratitud de modo que no pueden expresar nunca sentimientos de agradecimiento, reconocimiento y/o estímulo hacia quienes les sirven. Pero no se acobarden, recuerden que para un espíritu noble no hay indiferencia que amilane, descortesía que desaliente o ingratitud que desanime. Lo mejor que podemos hacer por esa clase de personas es hacer realidad nuestros sueños por medio del servicio tanto a ellos como a los demás. Nunca olviden que deben dar aquello que ustedes ansían alcanzar con todas tus fuerzas: Si quieren amor, den amor; si quieren respeto, brinden respeto; si ansían que los acepten, acepten a los demás; si desean el éxito, permitan que otros alcancen el éxito.

Es posible ―si Dios no determina otra cosa― que nunca más vuelva a referirme a Compuleg y a Normas Legales. Por ello no quiero terminar estas líneas sin expresar mi reconocimiento y agradecimiento a mis compañeros de trabajo que compartieron conmigo durante mi paso por esta gran empresa. Quiero mencionar ―además de los que ya me he referido a lo largo de estas memorias― a Elizabeth Capristán, Frecia Figueroa, Bertha Sabogal, Janet Condé, José Cedeño, Zully Sevillano, Wilton López, Pedro Donaires, Olenka Izquieta, Irma Rivertte, Natividad Otiniano, Jaime Guzmán, Virna Waters, Rosario Ganoza, Leyter Yong, Manuel Sabogal, Franklyn Voyssest, Marigil Santa María y muchos otros más que no alcanzo a mencionar pero que llevo en mi mente y en mi corazón por los excelentes momentos vividos tanto en el centro de trabajo como en la vida allende los muros laborales. Quiero agradecerles por sus palabras de aprecio y gestos de amistad incondicional, por el apoyo recibido en momentos de dolor, por los gratos momentos celebrando las cosas buenas de la vida y, sobre todo, por su calidad de personas, ciudadanos ejemplares y bondadosas almas de Dios.  

A pesar de ya no trabajar juntos y  haber sido dispersados en la vida, hoy la tecnología nos permite estar unidos por Facebook y seguir compartiendo los avatares que aún tenemos que sobrellevar hasta el día en que tengamos que partir al encuentro con la Verdad.



Video del I Reencuentro de Extrabajadores de Normas
Legales realizado en Trujillo en agosto del 2012



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(1) dBASE es un programa de manejo de base de datos para el Sistema Operativo Windows. dBASE fue creado a finales de los 70 para un Sistema Operativo de micro computación que ya no se utiliza o no está disponible, fue creado por Wayne Ratcliff y liberado bajo el nombre Ashton-Tate, una compañía americana de software que eventualmente se convirtió en Borland. y era una de las primeras aplicaciones de su tipo, aún se utiliza ampliamente para crear base de datos y por muchos años ha sido el programa de manejo de base de datos más popular y más usado del mercado. El programa dBASE usa el formato de archivo DBF el cual ha sido adoptado por una gran cantidad de programas de manejo de base de datos, incluyendo aquellos influenciados por ―y creados como resultado de― el software de dBASE.

dBASE ya prácticamente no se utiliza pero ha dejado un legado en todo el mercado. Desde sus inicios en los setentas y ochentas, hasta la actualidad, dBASE aún es ampliamente respetado y continua influenciando otros programas de manejo de base de datos como Visual FoxPro, el cual también fue creado por Microsoft.

(2) COMputación + LEGislación.

(3) Sostiene Adizes que “la estabilidad es la primera de las etapas de envejecimiento en el ciclo de vida organizativo. La compañía aún es fuerte pero comienza a perder su flexibilidad. Supone el fin del crecimiento y el inicio de la decadencia. Desde el punto de vista organizativo, vive una actitud típica: ‘si no está roto, no lo arregles’. La compañía comienza a perder su espíritu de creatividad, innovación y propensión al cambio que la llevaron hasta su plenitud”. Adizes, Ichak (1994). Ciclos de vida de la organización. Madrid: Ediciones Díaz de Santos S.A. pág. 67.




Nota: Quiero agradecer a mis excompañeros ENLSA Jesús Santos Fernández y Franklyn Voyssest por su colaboración con material para la redacción de estas memorias.









domingo, 9 de noviembre de 2014

El muro de Berlín, a 25 años de su caída (memorias)



Por Freddy Ortiz Regis

Cuando bajé del tren, lo primero que hice, fue preguntar a uno de los guardias rusos que acompañaban en los vagones dónde podía tomar un taxi que me llevara al centro de Berlín occidental. El guardia, que se encontraba absorto con el paisaje nocturno de la ciudad de Berlín desde la altura de la explanada, me respondió:

― No lo sé… Nunca he entrado a la ciudad…

Le di la mano, le agradecí por su compañía y comencé a caminar hasta encontrar unas escaleras que me llevaron directamente a la sala de revisión aduanera. Mi corazón latía a mil por hora. Había tenido un viaje cargado de sobresaltos, desde Moscú hasta Berlín oeste, en el que casi perdí el tren en Polonia y tuve que lidiar con los guardias de ese país que se habían propuesto –a toda costa- encontrarme los dólares que con toda seguridad traía desde Moscú.

Sacar dólares de la Unión Soviética (que así se llamaba por esos años Rusia y sus repúblicas socialistas) era un delito que era penado con sanciones muy severas. Por ello, antes de tomar el tren en Moscú que me llevaría a Berlín, compré un radio a transistor. Lo abrí por la parte trasera y metí en él cuatrocientos dólares americanos. Cuando el tren llegó a Varsovia subió un tropel de guardias polacos con perros y, uno por uno, entraban a los cuartos de los pasajeros revisando desde las paredes y resquicios de los vagones hasta la ropa interior que llevábamos puesta los pasajeros.

― ¿Dónde están los dólares? ―me preguntó uno de los guardias después de meter su mano por mi entrepierna y revisar cada pulgada de mi habitación.

No sé de dónde me salió serenidad y sangre fía para no ponerme nervioso.

― No llevo dólares, señor ―le respondí tajantemente.

― Y ¿cómo te vas Berlín sin dinero? ―me preguntó.

― Me voy a Berlín sin dinero porque no es legal sacar dólares de la Unión Soviética y porque mis amigos allá me esperan ―le respondí.

El guardia me miró fijamente y luego desvió su atención hacia la mesita en donde estaba mi radio  a transistor transmitiendo la programación de radio Moscú. Mi corazón comenzó a latir fuertemente. Luego miró a su compañero, que sostenía a un perro pastor alemán, y le dijo: “¡Vámonos!”.

En esa época aún no creía en Dios pues había dejado de creer en él en los albores de mi adolescencia, cuando impregnado de la propaganda socialista me había convencido que la justicia en el mundo no podría provenir de un Dios al que no veía sino de la acción revolucionaria de los pueblos en su lucha por la libertad y la justicia.

Por eso, cuando los guardias abandonaron mi habitación del vagón del tren, no tenía a quién agradecer sino solo exhalé un profundo suspiro de alivio.

Pero ahora estaba en Berlín porque me había desilusionado del sistema socialista, en el que lejos de encontrar la justicia y la libertad, había constatado todo lo contrario: Que la justicia tenía un color―el color del Partido― y que la libertad solo existía para las élites gobernantes quienes tenían el patrimonio de decidir quién era libre y quién no.

De las peripecias y sobresaltos que pasé para lograr una visa de salida de Rusia será motivo de escribir otro artículo; pero por ahora continuaré relatando mi paso por el Muro de Berlín. La carga emocional tan grande que tuve que soportar para salir de Rusia, mi paso por el este europeo y la experiencia tenida con los guardias polacos, me habían predispuesto desfavorablemente al momento de enfrentar la revisión aduanera en la estación de Berlín occidental.

Pero mi sorpresa sería muy grande pues yo me imaginaba hacer frente a otro grupo de guardias armados y con perros. Pero la persona que me recibió era un joven alemán, con el pelo hasta los hombros, que mascaba chicle y escuchaba su walkman con los audífonos colocados a todo volumen.

― Buenas noches ―me dijo en inglés.

― Buenas noches ―le respondí.

― Abra su maleta por favor ― me dijo sin quitarse los audífonos y sin dejar de moverse al son de la música.

Yo abrí mi maleta. El joven metió la mano y revolvió mis cosas ligeramente, y con una sonrisa me dijo:

―Está bien. Bienvenido a Berlín.

Salí de la estación del tren con la única maleta que traía. Era como las once de la noche y la ciudad vivía su vida nocturna. Lo primero que llamó mi atención fue el sistema de transporte. Todo era un lujo: los autos particulares eran de último modelo, los taxis eran de la marca Mercedes Benz al igual que los buses del servicio urbano que lucían maravillosamente iluminados con sus dos pisos llenos de personas cómodamente sentadas.

Yo me acerqué a un paradero de taxis pensando cuánto me costaría el servicio. Me atendió una dama, me ayudó a poner mi equipaje en la maletera y en un perfecto inglés me pidió la dirección a donde me llevaría. Yo le di la dirección y partimos inmediatamente recorriendo la ciudad que me cautivó más y más a medida que avanzábamos por sus calles y avenidas.

Cuando llegamos, la dama detuvo el taxi en la entrada de un edificio multifamiliar de unos diez pisos más  o menos. Yo le pregunté cuánto le debía, y ella me dijo que era cuatro marcos. “¿Marcos?”, pensé. ¡Recién me daba cuenta que estaba en Alemania, que se usaba otra moneda,  y que no tenía marcos… sino dólares!

Yo me puse nervioso y la dama del taxi me preguntó si pasaba algo. Yo le respondí que en mi equipaje traía el dinero. Bajamos. Abrió la maletera y me entregó mi equipaje. Yo saqué el radio a transistor (mientras ella me miraba con sus hermosos ojos azules veinteañeros) y procedí a sacar los cuatrocientos dólares en billetes de cien…

La dama del taxi sonrió y me preguntó si no tenía marcos. Yo le respondí que acababa de llegar a Berlín procedente de Moscú y eso era todo lo que tenía.

Ella sonrió y me dijo:

―No se preocupe. Para otra vez será.

Me dio la mano y se dirigió al taxi para perderse en la luminosa noche berlinesa, mientras un sentimiento, mezcla de culpa y vergüenza, me dominaba irremediablemente.

Pero esto no era sino el comienzo de una serie de aventuras y experiencias que tendría en el llamado ―por esa época― “mundo libre”. 

Cuando toqué la puerta del compatriota que me habían recomendado me daría hospedaje (pues no lo conocía personalmente), me llevé otra sorpresa: El muchacho estaba durmiendo con una amiguita y no podía recibirme en ese momento.

Y ahora, ¿dónde pasaría la noche?, fue lo primero que pensé. Era un recién llegado a una ciudad que no conocía, tenía cuatrocientos dólares en el bolsillo, y me tenían que durar hasta que encontrara trabajo. Esa noche, el desván del edificio fue mi posada hasta el día siguiente en que mi compatriota me abrió sus puertas. Teddy Huancaruna era su nombre y llegamos a ser buenos amigos.


Una de las pocas fotografías que sobrevivieron de mi estadía en Berlín oeste

Esta es la breve historia de cómo llegué a Berlín occidental cuando aún existía el muro que dividía a la capital de la antigua Alemania en dos: Una parte en la Alemania comunista , y la otra, como un enclave del capitalismo y del mundo libre, en el seno de una sociedad que se autoproclamaba socialista.

Han transcurrido 25 años de aquel inolvidable día en que el muro fue derribado por el irrefrenable peso de la historia que se inclina siempre en dirección de la libertad y la justicia. Con el muro cayeron después los regímenes autoritarios que eran sus bases y sus cimientos, dando inicio a una nueva era en la historia del pensamiento humano.

Cuando el muro cayó yo había retornado a mi país y en mi corazón también fueron derribados los muros que me separaban del conocimiento de Dios y de la verdad. Mi ateísmo adolescente fue sustituido por la fe en Cristo como el único Señor y Salvador no solo de mi vida sino del mundo entero.

El tiempo me ha enseñado que los proyectos humanos solo son consecuentes con la libertad y la justicia si están fundamentados en la obediencia a los preceptos divinos y no en los egoístas intereses humanos. Y no cabe duda que la caída del muro de Berlín estaba entre los proyectos de Dios para la humanidad, pues, a partir de ahí millones de corazones de la Europa del este se abrieron al conocimiento de Jesús y de las profecías que anuncian su segunda venida. 

viernes, 31 de octubre de 2014

Chiclayo, una ciudad puesta a prueba (memorias)

 Por Freddy Ortiz Regis

La primera visita
Visité por primera vez la ciudad de Chiclayo en la década de los ’80. Fui acompañado de mi madre, quien también era la primera vez que viajaba a esa ciudad. Ambos estábamos algo ansiosos, y ella -sobre todo- muy orgullosa: Su hijo querido iba a recibir el premio por haber ocupado el segundo puesto del I Concurso Regional de Obras de Teatro, organizado por el Instituto Nacional de Cultura de esa ciudad. El concurso convocó a escritores de todos los departamentos de la zona norte del país.

Cuando llegamos a Chiclayo, luego de un recorrido de un poco más de tres horas, lo primero que llamó nuestra atención fue el abrazador calor que invadía sus calles luminosas, llenas de personas que caminaban con un semblante que irradiaba alegría y laboriosidad. Sus avenidas anchas y vibrantes contrastaban con sus callecitas angostas y empedradas, dándole a la ciudad el sello inconfundible de una metrópoli que sin renunciar a su historia se proyectaba hacia el futuro con paso firme y seguro.

En las primeras horas de la noche nos reunimos en el hermoso local del Instituto Nacional de Cultura que se había engalanado para recibir a los ganadores, entre los cuales, se encontraba el destacado Carlos Cieza Urrelo, quien habría de ser conocido por su infatigable labor teatral en Trujillo a través de su grupo Teseo y Minotauro. Terminada la ceremonia de premiación, mi madre y yo, nos fuimos a cenar a un céntrico restaurante, y posteriormente, abordamos el bus que nos llevó de retorno a nuestro querido Trujillo.


Bello edificio del Instituto Nacional de Cultura de Chiclayo

Nuestra primera experiencia con Chiclayo había sido muy especial y aún no imaginábamos el impacto que esta hermosa ciudad habría de tener en la vida de mi familia.

El éxodo de mis hermanos
En la década de los noventa mis hermanos menores –Carlos y Raúl– culminaron exitosamente sus estudios de medicina en la Universidad Nacional de Trujillo. El primero de ellos fue enviado a hacer su servicio rural médico a Úcupe, un distrito que está a casi una hora de viaje de la ciudad de Chiclayo; y el segundo, fue enviado a hacer el mismo servicio a la ciudad de Cutervo, en el departamento de Cajamarca, que estaba, por esa época, a casi diez horas de distancia al norte de Trujillo, en los andes peruanos. Y cuando terminaron de realizar el servicio rural ambos lograron cubrir plazas vacantes en hospitales de Chiclayo dando inicio –conjuntamente con sus esposas e hijos– a un nuevo capítulo de sus vidas bajo el inclemente sol y los ancestrales vientos de esta ciudad que les abrió las puertas con los brazos extendidos. Y es así como comienza una nueva etapa en la vida de mi familia: Mi mamá y yo en Trujillo (papá ya había fallecido), y mis otros dos hermanos, en la ciudad de Chiclayo. Posteriormente se uniría a la familia de Trujillo mi hermano Lucho (el mayor de todos), quien despidiéndose para siempre de Lima, ciudad en la que prácticamente se había criado, decidió establecer sus cuarteles de invierno en Trujillo.

De ahí en adelante los viajes e intercambios entre las familias de mis hermanos en Chiclayo, y nosotros en Trujillo, se hizo tan rico y frecuente que prácticamente adoptamos a Chiclayo y a Trujillo como el espacio vital de nuestras vidas.

El ocaso de una esperanza
Viajar a Chiclayo -ya sea en la compañía de mi madre o de mi hijo Juan Pablo- para visitar a nuestros hermanos, era una oportunidad para premiarnos y hacer grata nuestra existencia. Ellos y sus familias siempre nos esperaban ansiosos y se complacían en prodigarnos de grandes atenciones y mucho amor.

Por esos hermosos años –década de los 90– Chiclayo seguía creciendo y cada día que pasaba se construían obras que hacían de ella una ciudad más atractiva al turismo. Obras como el Paseo de las Musas, la remodelación y  embellecimiento de parques, plazas y monumentos antiguos así como el descubrimiento y exposición de la magnificencia del señor de Sipán, contribuyeron a hacer de Chiclayo una ciudad de encanto y punto de encuentro para partir hacia otros lugares de Lambayeque como Puerto Eten, Monsefú, Ferreñafe, Túcume, Saña, Pimentel, Santa Rosa, etc.  

Paseo de las Musas

Plaza Mayor de Chiclayo

Centro comercial de Chiclayo

Avenida Balta de Chiclayo
Estos bellos paisajes así como la histórica pujanza de Chiclayo fueron los  escenarios en los cuales vimos crecer a nuestros hermosos sobrinos Carla y Vanesa (hijas de mi hermano Carlos) y a Raúl, Diana, Julio y Fabricio (hijos de mi hermano  Raúl). Mis hermanos y sus esposas, seguros de haber elegido a esta ciudad como la mejor para la crianza de sus hijos, adquirieron no solamente sus viviendas sino también las tumbas que lo habrían de recibir cuando la vida cesara y se iniciara la sagrada espera de la resurrección.


Mis hermosos sobrinos Carla, Vanesa y Raúl en la plenitud de su niñez chiclayana

Pero algo sucedió que significó un freno en el crecimiento de Chiclayo. En la primera década del siglo XXI, a contrapelo de lo que todos suponíamos representaría la llegada de un nuevo siglo, comenzó a enquistarse en el gobierno de esta ciudad el germen de la corrupción.  De la noche a la mañana, como si una terrible maldición hubiera caído, los gobiernos corruptos que llegaron al poder comenzaron a destruir la ciudad con “obras” que nunca terminaban de concluirse. Las otrora hermosas avenidas y románticas callecitas pasaron a convertirse en escenarios de guerra, como si un bombardeo hubiera azotado la ciudad convirtiéndola en un paisaje inhóspito y ruin.

Transitar por sus calles y avenidas tornóse en un desafío a todo lo que pudiera representar el concepto de una ciudad digna y prometedora. Quienes asaltaron el poder tejieron una red de influencias y subordinaciones de modo que las protestas y quejas de los chiclayanos cayeran en el saco roto de la indiferencia, el menosprecio y la injusticia. Qué lejanos habían quedado los días en que caminar por Chiclayo era una fiesta que alegraba la vida por el solo hecho de hacerlo. Aún resuenan en mi mente las risas de mis sobrinos dando de comer a las palomas de la plaza Elías Aguirre  o jugando en el parque adyacente al Paseo de las Musas. Cuántos momentos de alegría hemos disfrutado con mi madre, Juan Pablo, y mis sobrinos, haciendo compras en sus siempre surtidas tiendas y bazares que no solo ofrecían artículos que nunca encontraríamos en Trujillo sino también a los mejores precios, que era lo que a mi madre volvía loca.

Vista 1 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Vista 2 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Vista 3 de las obras inconclusas de la corrupción del gobierno de Beto Torres

Pero todas esas hermosas experiencias quedaron en el pasado porque mi madre murió en el 2005, mis sobrinos y mi hijo crecieron, y la universidad llegó a ser el nuevo escenario de sus vidas, y la ciudad, la otrora Capital de la Amistad, languideció como se marchita una flor en medio del desierto. De todo eso ahora solo quedan los recuerdos en nuestro corazón y las hermosas fotografías que ocasionalmente nos tomamos y que guardamos como invaluable tesoro de nuestras existencias.

La esperanza es lo último que se pierde
Pero como decían nuestros abuelos “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. El poder corrupto que se apoderó del gobierno de Chiclayo y la destruyó como ciudad para robar y saquearla impunemente, cayó. A apenas horas de volver a entronizarse en el poder por tercera vez el peso de la justicia cayó sobre la banda de ladrones y, uno a uno, desde la cabeza hasta los pies, fueron puestos tras las rejas, y ahora esperan un juicio del que ya se han declarado culpables.

En poder de los saqueadores de Chiclayo se ha encontrado costosas joyas, lujosas propiedades inmuebles y mucho dinero en efectivo. Para mantenerse en el poder compraron las conciencias de las autoridades civiles, administrativas y judiciales no solo de Chiclayo sino también de la Capital. Aún falta mucho por aclararse y conocerse y esperamos que la justicia no se venda, nuevamente, al mejor postor.

El nuevo gobierno local tiene un enorme desafío por delante. Las heridas de Chiclayo no solo son materiales sino también espirituales, y no será fácil para los chiclayanos alcanzar el equilibrio y la ecuanimidad que se requiere para ejercer un buen gobierno. Los tentáculos de la corrupción montada por un movimiento regional que irónicamente lleva el nombre de “Manos Limpias” son aún muy largos y muy fuertes, y la sociedad chiclayana tendrá que apelar a lo mejor de sus hijos para derrotarla en todos los frente de la vida política, cultural, moral, social y económica de esta ciudad. Su glorioso pasado mochica es la mejor reserva moral que tienen ahora los chiclayanos para reconstruir no solo su ciudad sino también su futuro.


Corrupto alcalde de Chiclayo que por una década saqueó y destruyó la ciudad de Chiclayo

Irónico afiche de campaña del alcalde corrupto que intentaba reelegirse por segunda vez

Dramática escena del alcalde ladrón en su hora de enfrentar la justicia

Mis sobrinos que no han nacido en Chiclayo ―Carla (futura abogada), Vanesa (futura licenciada en turismo y administración hotelera) y Raúl (futuro ingeniero de sistemas)― y también los que han nacido en ella ―Diana, Julio y Fabricio― tienen delante de ellos el reto de contribuir ―con sus valores, conocimientos y amor por la tierra que los vio crecer― al renacimiento de Chiclayo.  Dios les ayude a consolidar una nueva generación de ciudadanos que deslinden con el egoísmo y la corrupción. La salvación de Chiclayo y del Perú entero está en la renovación mental y espiritual de su mejor capital: Sus hijos.