miércoles, 9 de mayo de 2018

Manolo (memorias)



Por Freddy Ortiz Regis

La clasificación de mi país al Mundial de Rusia ha despertado nuevamente recuerdos de mi vida en ese hermoso país sobre el cual alguien dijo -no sin cierta razón- que es como mi segunda patria…

Hoy voy a rememorar a una persona muy especial en mi paso como estudiante de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú. Escribir nos brinda la oportunidad de plasmar en el mundo exterior aquello que no puede ser retenido en el alma y busca escapar para hacer su vida propia, o tal vez, reencarnar en la experiencia de los demás.

Una de las primeras cosas que un peruano hace cuando está en un país extranjero es buscar a otros compatriotas con quienes seguir compartiendo la patria. En el caso de los jóvenes que llegamos a Moscú, allá en los albores de la década de los 80, el deseo de entablar relaciones amicales genuinas cobró una especial significación para nuestras vidas: la primera, porque la universidad nos reunió por conglomerados estudiantiles, separados de las chicas; la segunda, porque el idioma y las costumbres eran lo que más nos unían; y la tercera, porque las chicas, por una tonta obsesión que nunca llegué a comprender, desviaron sus atenciones y preferencias por los rusos: altos, blancos y de ojos azules.

Esta actitud de las peruanas nos desconcertó inicialmente, pero no les íbamos a rogar. Tarde o temprano volverían en sí. Mientras tanto, teníamos muchas cosas en qué distraernos: la nueva lengua, que era todo un desafío; la nueva comida, que pugnaba por hacerse un espacio en nuestro exigente paladar; y, sobre todo, la ciudad y su gente, que eran para nosotros como los escenarios de cuentos de hadas que de un momento a otro habíanse convertido en realidad.

Contábamos las horas para que terminasen las clases o llegase el fin de semana para salir, en grupo de amigos, a recorrer la hermosa ciudad de Moscú con sus amplias avenidas, sus históricas plazas adornadas de coloridos jardines y transparentes fuentes de aguas, y sus elegantes edificios, entre los que destacaban el Parque de la Ciencia y la Tecnología (VDNKH), la Colina de los Gorriones, el río Moscoba, la calle Arbat, el teatro Bolshoi,  la Plaza Roja, en donde estaban la sede del gobierno ruso (el Kremlin) y la tumba de ese personaje que había ocupado un lugar especial en nuestros jóvenes corazones por su lucha por la libertad y el engrandecimiento de un país sumido en la pobreza y la explotación de los zares: Vladimir Ilich Ulianov (Lenin).

Sin embargo, lo que más nos cautivó fue el metro de Moscú (en ruso: Московский метрополитен), también conocido como el «palacio subterráneo». Fue inaugurado en 1935. Es el primero del mundo por densidad de pasajeros. En el año 2011 transportó a 2388,8 millones de pasajeros y el día pico fue el 22 de noviembre de 2011 en el cual transportó a 9,27 millones de personas. Tiene 212 estaciones y una longitud de tendido subterráneo de más de 350 kilómetros (tercero en el mundo después de Londres y Nueva York) con 14 líneas.

Todas estas maravillas las compartíamos un pequeño grupo de peruanos que habíamos tenido la feliz oportunidad de ser becados para estudiar en la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Moscú, un centro superior de estudios conformado por estudiantes de todos los países –en esa época– llamados tercermundistas. Unos llegaban por su filiación al Partido Comunista y otros –como yo- por un régimen de extensión cultural desplegado por la Casa de la Amistad de la URSS (como en ese entonces se le llamaba a Rusia) con todos los países con los que esta potencia mantenía relaciones diplomáticas.

Con los años que han transcurrido he luchado por lograr recordar los nombres o sobrenombres de estos muchachos peruanos que conformábamos el grupo. Nombraré solo a quienes han logrado sobrevivir al deterioro de mis recuerdos y pasaré por alto a otros –a pesar de tenerlos aún en mi mente y en mi corazón: Rafael (que era un joven provinciano que vivía en Lima y había dejado la Universidad Nacional de Ingeniería, UNI, para estudiar en Moscú); Juaneco (que era un joven de tez trigueña, bajito y menudito); «Cheko» (un joven fornido, de ojos saltones, como si estuviera siempre asustado); Javier (a quien le llamábamos «Estimado», blanco, bien parecido y de un carácter muy jovial); «Barbis» (no recuerdo su nombre, era de la UNI, hacía gala de mucha cultura y refinamiento; su apodo lo debía a la prominente y espesa barba negra que hacía contraste con su rostro blanco y bien parecido); Oswaldo (un joven que venía del Cusco y que llegó a ser congresista, de carácter burlón, con tendencia a la risa fácil; nunca pude entender cómo es que llegó a terminar física nuclear); David (un pequeño pícaro que también era de la UNI, había nacido y vivido en Comas; él se encargaba de hacernos recordar lo palomillas y desadaptados que podíamos ser); Alberto (que venía de Trujillo, como yo, de rostro adusto, a veces depresivo, lo que le valía para que, cuando mostraba su lado gracioso, nadie pudiera resistirse a celebrarlo con la mejor de las ganas); y, Manolo (un joven que tendría, en ese tiempo, unos 25 años) y de quien me ocuparé en las líneas que siguen a continuación.

Manolo era un joven muy noble e inteligente, dos virtudes que raramente conviven en un cuerpo humano. Su mirada no era la de un joven veinteañero sino la de un ser de mucha más edad; de alguien que veía los hechos y las personas con infinita tranquilidad y seguridad. Casi nunca se enojaba, y cuando algo desaprobaba, le bastaba con mover la cabeza y hacer una mueca que simulaba una sonrisa cargada de pena y conmiseración. Su hablar siempre era limpio; y si alguna vez pronunciaba alguna palabra licenciosa, lo hacía porque era necesaria y jamás por costumbre o afectación.

Manolo era de buen parecer, pero su rostro reflejaba una serenidad que no podía esconder una profunda tristeza que –poco a poco– fui descubriendo con el paso del tiempo y el fortalecimiento de nuestra amistad. Manolo tenía, pues, muchas virtudes, pero tres cosas le marcaban de una manera muy particular: era olvidadizo en grado sumo, no era pulcro en el vestir y era cojo.

Nos conocimos después de haber terminado la «cuarentena», un período de adaptación y profilaxis que teníamos que pasar los recién llegados a Moscú en las instalaciones de la universidad, y en el cual teníamos prohibidos salir a la calle y nos pasábamos la mayor parte del tiempo yendo y viniendo de exámenes médicos, viendo TV, leyendo o conversando. Congeniamos a primera vista. De ahí en adelante estuvimos muy unidos y nos acompañábamos casi a todo lugar. Cuando salíamos a recorrer Moscú siempre me quedaba rezagado, esperándolo para que no pierda el paso con el resto del grupo. Y cuando retornábamos a la universidad, después de nuestros paseos por la ciudad, había que regalarle una gorra o una bufanda porque las había dejado olvidadas en la banca de un parque o en el asiento de algún bus o restaurante.  Una vez, olvidó en la mesa de una cafetería su cámara fotográfica. Cuando reaccionó, tuvimos que echar a correr por las calles y avenidas de Moscú, hasta llegar a la cafetería y encontrarnos con la grata sorpresa de que la cámara había sido guardada por el personal administrativo, a la espera de que aparezca su verdadero dueño.

- ¡Manolo! ¡Manolo! –exclamábamos todos, al unísono, mientras él sonreía avergonzado.

Una tarde que tuvimos que dejar la universidad y retornar rápidamente a nuestro albergue por una espantosa tormenta que obligó a la suspensión de las clases, Manolo me fue a visitar como de costumbre a mi habitación. Ambos estábamos muy asustados porque en la costa peruana –de la cual proveníamos él y yo- esto nunca ocurría. Los truenos retumbaban como explosiones mientras, los relámpagos, rasgaban eléctricamente la insondable oscuridad en que se había sumido la ciudad siendo, apenas, las cinco de la tarde.

Manolo estaba muy triste y nostálgico y comenzó a hablarme de su familia. Los pormenores de aquella charla se han desvanecido de mi memoria. Mas, lo que sí recuerdo con mucha nitidez es la historia del accidente que le dejó lisiado. Un chofer irresponsable había sido el causante de un terrible atropello que lo dejó postrado, inconsciente, por varios días en la cama de un hospital. Cuando despertó, descubrió que ya no iba a caminar como siempre lo había hecho, sumiéndose en una gran depresión que le hizo renunciar a sus deseos de vivir, de jugar y de estudiar.  Y así pasó su niñez y adolescencia, encerrado en su cuarto, mientras sus padres sufrían en silencio la permanente agonía en que se había convertido la vida de su hijo.

Un día, desde la soledad de su habitación, Manolo escuchó a su padre que hablaba con un amigo cuyo hijo había logrado una beca para estudiar en Rusia. La alegría y el orgullo que brotaban de las palabras de este hombre contrastaban con el silencio con el que su padre le escuchaba, como si fuese un mudo interlocutor. Este triste cuadro, en el que su padre solo tenía como respuesta el silencio, despertó en Manolo un sentimiento que había dejado de percibir desde hacía mucho tiempo: la autoestima. Por primera vez sintió que era uno con él; que el silencio de su padre, era también el suyo. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y una poderosa energía se apoderó de su alma, al punto de esperar el momento en que se retirara la visita para salir de su habitación y pedirle a su padre que le hablara de Rusia y de cómo podía llegar a ese misterioso y lejano país.

Su padre, gozoso, advirtió que esta era la oportunidad para hacer volver a la vida a su hijo, y no escatimó esfuerzo para poner a disposición de Manolo toda la información que él necesitaba. Lo primero que Manolo tenía que hacer era terminar la primaria y luego estudiar la secundaria. ¿Cómo habría de ir un chico de 18 años a la escuela primaria?, se preguntaron sus padres. Pero Manolo les dijo que él podía terminar, en casa, no solo la primaria sino también estudiar la secundaria.

En dos años –cuando cumplió los veinte y con la admiración de sus padres, docentes y amigos–Manolo había rendido con total suficiencia las pruebas de la educación no escolarizada, y se encontraba listo para postular a una beca para Rusia, la que –obviamente- ganó a través del servicio de intercambio cultural de la URSS con el Perú. Durante los meses que duró los trámites ante la embajada y los preparativos para el viaje, Manolo se había ensimismado en el estudio de la cultura soviética y –sobre todo– en el estudio de los grandes ajedrecistas rusos que eran los líderes mundiales indiscutibles. Su madre le compró un juego de ajedrez y su casa, de la noche a la mañana, se convirtió en la gozosa entrada y apesadumbrada salida de muchos jóvenes que, sin chance alguna, venían a jugar con Manolo.

Cuando Manolo terminó de contarme esta historia, la tempestad había amainado y las luces de la ciudad alumbraban como pequeñas esferas de arco iris la atmósfera humedecida que queda después de una tormenta. Yo no sabía si creer o no la historia que mi amigo me había confiado. Nunca había dado señales de fanfarronería, entonces «¿por qué, ahora, habría de hacerlo?», me dije para mis adentros.  Manolo me miraba fijamente y sabía que luchaba por vencer la incredulidad. Entonces, se me ocurrió algo: le pedí jugar una partida de ajedrez. Yo no era bueno en el ajedrez. En mi casa, el más adelantado en este juego era Raúl, el menor de mis hermanos. Por temporadas, sobre todo cuando estábamos en época del colegio, armábamos pequeños campeonatos en mi hogar mientras mi madre nos atendía amorosamente con algunas viandas y refrescos. Los campeonatos casi nunca terminaban con un ganador porque a medida que las posibilidades de algunos se iban recortando, entonces, se iban retirando para no sufrir la «humillación» de quedar entre los últimos. El ajedrez tenía para nosotros una increíble carga emocional y lo asociábamos –tonta e ignorantemente– al grado o nivel de inteligencia.

- ¡Hecho! –me respondió Manolo. Y mientras me dirigí hasta mi gaveta para sacar el tablero y las piezas del ajedrez, Manolo aprovechó para recostarse en mi cama.

Una vez que llegué hasta la mesa de mi habitación y coloqué el juego sobre ella, Manolo me pidió que armase el juego y que le reservara las piezas negras para él, lo que hice rápidamente.

- Ya está, Manolo –le dije, dándole a mis palabras el tono para invitarlo a sentarse a la mesa.

- Muy bien, Freddy –me respondió desde la comodidad de mi cama-. Comienza de una vez.

Yo sonreí y le dije:

- ¿Cómo voy a comenzar si no vienes a la mesa?

El guardó silencio por cortos segundos y me respondió:

- Solo léeme la posición de tu jugada. Yo jugaré desde aquí y te responderé de la misma manera –me dijo con esa pasmosa tranquilidad que le caracterizaba.

- Pero, no puede ser, Manolo –repliqué impacientemente-. ¿Cómo vas a jugar si no puedes ver el tablero?

- Hazlo –me contestó.

La partida apenas si duró más de quince minutos. Manolo me venció sin moverse de la cama. Aún no me reponía de la impresión cuando, de pronto, dio un salto y se acercó bruscamente hacia la mesa, y mirándome a los ojos, me dijo:

- ¿Quieres que te diga en donde fue tu error?

- ¿Qué? –solo atiné a decirle.

Sin dar crédito a lo que veía, Manolo organizó nuevamente el tablero de ajedrez y comenzó a reproducir la partida jugada por jugada hasta llegar al punto en que, según él, yo había cometido el error que me había costado el jaque mate.

Desde ese día, Manolo pasó a ocupar un lugar especial entre mis afectos. Y aunque estudiábamos en facultades distintas –él en la facultad de ingeniería mecánica, y yo en la de economía- siempre nos dábamos tiempo para permanecer juntos, salir a pasear, ir al teatro y comer las delicias que nos ofrecía el restaurante “La Habana” y la gastronomía rusa. Cuando extrañábamos el sabor de una Pepsi Cola nos íbamos a la Casa de las Américas y nos sentábamos a escuchar los discursos de los intelectuales a la sazón invitados, y nos retirábamos no bien habían servido las deliciosas bebidas que estaban vedadas para el común de la gente, y solo eran para los extranjeros que vivían o visitaban Moscú.

Con Manolo compartí mi afición por la lectura al punto que nos gastábamos buena parte de nuestra remesa mensual que nos ofrecía la universidad en comprar con fascinación los elegantes libros que editaba la editorial Progreso de Moscú. Así, cada mes, nuestra biblioteca se hacía más grande, aunque tuviéramos que recorrer todos los edificios de la ciudad universitaria juntando botellas para venderlas y poder sustentarnos hasta la próxima remesa.

Cuando llegó el tiempo de irme de Rusia porque mi alma ya no sintonizaba con la descomposición de un régimen político que pocos años después se derrumbaría para siempre, me fui sin despedirme de Manolo, a quien nunca le compartí mi decisión de viajar a Occidente y comenzar allá una nueva vida. Durante el trajinado viaje en tren que me llevaba a Alemania del Oeste, mi corazón crujía por el sentimiento que habría de haber expresado Manolo al comprobar que su amigo trujillano se había marchado sin darle el abrazo final que se deben los verdaderos amigos.

No he vuelto a saber más de Manolo. No sé si terminó la carrera en la universidad de Moscú a pesar de su portentosa inteligencia y de sus increíbles olvidos. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Habrá retornado a Lima o se habrá ido a otras tierras lejanas? ¿Habrá hecho una familia? ¿Qué suerte le deparó el destino? Cómo quisiera volver a verlo y tras una partida de ajedrez –que nunca le gané- invitarlo a cenar y recorrer en las alas de nuestra amistad los caminos que ya no más compartimos y pedirle perdón.



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