lunes, 11 de abril de 2016

Leyendo los resultados del 10 de abril

Por Freddy Ortiz Regis


Mis primeras impresiones, luego del flash electoral, en medio de una fiebre de 39 que me consumía, fueron de profunda desazón y tristeza: Keiko Fujimori y PPK liderando más del 50% del voto electoral.

Por un momento me sentí tentado a pensar que, mi posición bastante crítica con este proceso eleccionario, no era sino una interpretación muy personal, en la que se mezclaban, por un lado, mi poca experiencia en la política, y por otro, mi candor en materia de fe en las personas. Incluso llegué a pensar que aquellos amigos que me han eliminado del Facebook por disentir con mi posición política a favor de Julio Guzmán (y no faltó alguien que me dijo que era un “huevón”), estaban en la razón.

Pero conforme van pasando las horas de la publicación de los primeros resultados y se va confirmando la tendencia inicial, y si a esto sumamos, que el inefable Kenji Fujimori es –hasta el momento– el más votado para el congreso, a nivel nacional, y que en nuestro departamento de La Libertad, cuna de grandes intelectuales, Richard Acuña, lidera la votación para el parlamento, entonces la sangre me vuelve al rostro y cualquier sentimiento de culpa y desazón conmigo mismo, desaparecen.

Son muchas las respuestas y explicaciones que hasta el momento se han formulado, tratando de comprender estos resultados. He aquí algunas de ellas: i) que, es cierto, el fujimorismo tiene un voto duro que no ha sido fácil de corroer, ii) que Mujica ha dicho que “los peruanos nos hemos acostumbrado a vivir en la corrupción”, iii) que los peruanos no queremos otra constitución y seguimos apostando por la derecha, iv) que los peruanos somos el cuarto país más ignorante del mundo, v) que en la contienda final no primaron quienes han hecho las mejores propuestas sino que primó la memoria social del país: ya hemos vivido la izquierda, y en la balanza de los resultados, con la derecha no nos ha ido bien pero sí mejor.

Personalmente, considero que no falta algo de razón a quienes de buena intención han esbozado alguna explicación a estos resultados. Pero, desde mi punto de vista, cualquier análisis que se realice sin reconocer que el estado peruano –por medio del JEE y el JNE– intervino abrupta y salvajemente en el proceso electoral para reacomodar un combo electoral al gusto delivery de los poderes tradicionales que gobiernan a nuestro país, es un análisis sesgado y sin mayor fundamento objetivo. Ya ha habido pronunciamientos de personajes representativos de los organismos internacionales en ese sentido, y solo falta que estos mismos organismos, emitan sus informes oficiales, a raíz de las denuncias interpuestas por los candidatos injustamente excluidos del proceso, los que sumados hacían casi el 40% del electorado nacional.

Esto ha determinado, pues, que los peruanos –­en un país ­donde es obligatorio acudir a votar so pena de recibir una cuantiosa pena pecuniaria y ser declarado un muerto civil para cualquier trámite en el ejercicio de la ciudadanía– no tengamos mayores opciones que movilizarnos a elegir entre lo que hay, como en un restaurante, en el que solo se puede pedir lo que está en el menú (un menú impuesto a lo bestia). La expulsión de Guzmán y Acuña de la lid electoral, que pasó de la sorpresa general inicial a la indignación de sus miles de partidarios y seguidores, fue un factor que desestabilizó drásticamente las estadísticas electorales que se manifestaban por medio de las encuestas.

Una de las primeras interrogantes que me hice cuando se concretó el fraude de los organismos electorales para favorecer a determinadas candidaturas, fue saber adónde migrarían los votos de Guzmán y Acuña. Recuerdo haber escrito en mi cuenta de Facebook que “era para mí un misterio”. Pero el misterio parece haberse resuelto: la mayor de parte de los votos morados se fueron para la única alternativa que quedaba y que significaba –al menos en la teoría y en el discurso– una oposición a las fuerzas dinosáuricas de la política: Verónica Mendoza.

Esto no es mi caso. Desde que advertí el fraude electoral, y lo denuncié en mi humilde muro de Facebook, no obstante las críticas e insultos, decidí viciar mi voto como el ejercicio más puro de mi derecho a no votar por alguien que se me ha impuesto o por alguien que no llenase mis expectativas políticas, y que me lo ofrece el artículo 365° de la Ley Orgánica de Elecciones: “El Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad total de las elecciones en los siguientes casos: 1. Cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos válidos; (…)”. Ha sido una posición casi solitaria, ingenua, ilusoria y hasta huevona como alguien me dijo; pero ha sido mi postura, tanto en esta primera vuelta, como lo será en la segunda.

Después de este paréntesis, y volviendo al reacomodo del fraude, quienes lo urdieron no tenían en mente que los votos de Guzmán se irían a la izquierda. El plan era que los votos de Guzmán y Acuña se endosen a la derecha (no importaba a quién). Pero no contaron con que, entre los seguidores de Guzmán, los había de corazón y convicción, por una nueva forma de hacer política (nótese cómo muchas frases del discurso de Guzmán se incorporaron al de Mendoza).

El voto, pues, de millones de peruanos del domingo 10, ha sido un voto que no se puede interpretar sin considerar el escenario antidemocrático en el que se ha desarrollado: los peruanos no estamos contentos con el gobierno de la derecha; los peruanos no estamos entre los más ignorantes del mundo (como nos quieren hacer creer) pues somos de las culturas más antiguas y sabias de la Tierra; los peruanos no nos hemos acostumbrado a vivir con la corrupción, todo lo contrario, hemos crecido y desarrollado mercados a pesar de la corrupción. Y si el fujimorismo aún tiene algún arraigo en un amplio sector de nuestro amado país, es porque los gobiernos sucesivos (el de García, Toledo y Ollanta) han sido tan incompetentes en los ámbitos de la seguridad y de la gestión estatal, que millones de nuestros compatriotas esperan que la hija del dictador reedite esa eficiencia que constituyó –sin temor a equivocarme– las áreas más favorables del gobierno de Alberto Fujimori más allá de su bien ganado prestigio como dictador y corrupto. Y si a esto sumamos los errores de la “justicia” peruana liberando e indemnizando a terroristas convictos y confesos, mientras el “paladín de la lucha antiterrorista” (como desatinadamente aún lo reconocen los seguidores de Fujimori) está preso, entonces, caemos en la cuenta que el reforzamiento del mito fujimorista no solo ha sido abonado por sus partidarios y simpatizantes sino también por sus propios oponentes.

Finalmente, quiero terminar esta primera lectura de los resultados, felicitando a mis compatriotas por seguir creyendo en el sufragio como la manera más civilizada del ejercicio del cambio de poder en democracia. En política, como en la religión, en el derecho, y en todas las disciplinas de la actividad y el pensamiento humanos, hay muchas interpretaciones sobre un mismo fenómeno; al final de cuentas, solo tenemos percepciones personales acerca de la realidad. Dios, en su infinita bondad, nos ha dotado de inteligencia para saber aceptarnos y convivir a pesar de nuestras diferentes cosmovisiones. En la diversidad y en la heterogeneidad está la belleza de la vida.

Pero en la lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal no hay ambigüedades. O estamos de parte de quienes anhelan vivir en una patria con justicia, libertad y dignidad, o estamos de parte de quienes –por una prebenda, por un puesto en la administración de justicia, por un contrato bajo la manga, o porque a río revuelto ganancia de pescadores–  hacemos la vista gorda a la injusticia y a la corrupción, hipotecando por un efímero bienestar el futuro de nuestra patria como nación y como herencia a nuestros hijos.

Conclusiones: i) el pueblo peruano ya no vota por propuestas; vota por experiencias vividas, de ahí la responsabilidad de quienes lleguen al poder de hacer un buen gobierno para perdurar en la memoria colectiva; ii) una vez más los peruanos somos obligados a votar por el mal menor en un marco electoral antidemocrático; iii) el obligarnos a votar permite que los sectores menos informados y, por lo mismo, menos conscientes del desarrollo político del país, sean quienes inclinen la balanza en favor de quienes mejor aprovechan esa ignorancia.

Dios quiera que nunca más se vuelva a repetir este escenario de exclusión de candidatos por parte de una burocracia electoral –que como en los negocios– es un obstáculo para la libre creación y generación de oportunidades.  Miles de peruanos democráticos aún no salimos del shock que ha significado la criticada actuación de los organismos electorales en este proceso del 2016. Por eso, volveré a votar viciado el 5 de junio, aunque me vuelvan a decir que soy un huevón.  




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Nota: Al cierre de este artículo, la OEA acaba de publicar su primer informe preliminar, reconociendo la necesidad de una profunda reforma electoral en nuestro país. Leer el informe en http://goo.gl/OoUIG8.