jueves, 20 de septiembre de 2012

Alfredo Santa María Calderón: Padre y amigo ejemplar (in memoriam)


Por Freddy Ortiz Regis 

Para quienes tenemos la fe de que la muerte ha sido vencida y que solo nos puede pellizcar mas no destruir, hablar del fallecimiento de un familiar o de un amigo es algo que no nos abate ni nos llena de desesperanza.

Por eso, cuando hace algunas horas mi amigo Manuel A. Ledesma me comunicó el fallecimiento de don Alfredo Santa María Calderón (ASMC) no pude evitar estremecerme por la noticia, pero, así como cuando se entra por un túnel  y nos rodea la oscuridad y luego de unos minutos la luz nos estalla nuevamente en el parabrisas, el consuelo y la esperanza volvieron a mi corazón al recordar que don ASMC fue un hombre que vivió en este mundo una vida intensa, marcada por la solidaridad, el trabajo y el amor hacia los demás.

Ingeniero agrónomo de profesión, don ASMC se consagró al desarrollo de la agricultura en nuestro país, alcanzando éxitos notables en cuanto emprendimiento desplegaba sus conocimientos, alma y corazón. La irrigación CHAVIMOCHIC es quizá su logro más importante. Como político –diputado y senador de la república– fue un ejemplo de honestidad, decencia y transparencia en su servicio no sólo a quienes le confiaron sus votos sino también a todo el Perú, al que amó y concibió como una patria pujante, creadora y pícara.

Tuve el honor y el placer de conocerlo personalmente en los últimos años de su vida. Pasados los 85 años derrochaba vitalidad, fuerza y entrega por el progreso de nuestra patria. Por ello trabajamos en una serie de proyectos que iban desde dar  trazo y forma a su vibrante biografía hasta desarrollar estudios sobre la biodiversidad del río Marañón y el aprovechamiento estratégico de los biocombustibles en nuestro país, del que era un ferviente defensor.


Ing, Alfredo Santa María Calderón


De voz enérgica pero paternal, de mirada jovial y de un platicar jamás salpicado por el aburrimiento, don ASMC era una caja de sorpresas, de cuya mente salían anécdotas e historias marcadas por la integridad, la solidaridad y el agradecimiento. Siempre decía, cuando conversábamos sobre los problemas que enfrentan a los seres humanos, que la esencia de los conflictos estaba en una defectuosa comunicación. En efecto, como servidor en muchas instituciones tanto públicas como privadas, don ASMC tuvo que asumir el papel de mediador entre las partes en conflicto; por eso, para él, era vital descubrir qué es lo que la gente –internamente– quiere decir y no lo que externamente expresa.  Así lo manifestó en una oportunidad: “El mérito de este servidor [refiriéndose a él] consistió en acercarse a la comprensión de lo que la gente realmente quiere decir y no a lo que exteriormente expresa. Por razones que no alcanzo a explicar, la gente del pueblo no siempre es capaz de expresar con exactitud sus emociones y sentimientos. Los hombres y mujeres simples, los que conforman la gran masa de personas que disponen sólo de la energía de sus músculos para echar a andar el mundo, no tienen, paradójicamente, la cualidad de nosotros, los intelectuales, de expresar con agudeza y sin rodeos los deseos del corazón”.

De don ASCM se puede escribir mucho, y tengo fe que sus descendientes harán realidad la publicación de sus memorias. Pero se quedan en mi corazón su benevolencia, su trato amable y decente, su cariño que sobrepasó en años luz nuestra inicial relación de negocios. Sé el sinsabor que debe estar atravesando su hijo, Alejandro Santa María Silva, y también toda su familia por la partida de don ASMC. Yo también pasé ese trago amargo cuando en 1991 falleció mi señor padre, pero tuve la gracia de sentir el cariño y la solidaridad de mucha gente, entre ella de los Santa María Calderón.

Debido a que la muerte siempre nos sorprende no podré asistir a sus exequias en la ciudad de Lima por compromisos laborales anteladamente pactados; pero no me despido de don ASMC porque en el reino del amor, del cual él es un fiel súbdito, no existen despedidas, ni llanto, ni clamor, ni dolor…

¡Hasta pronto amigo Alfredo Santa María!


El autor en una sesión de trabajo con el Ing. Alfredo Santa María


Don Alfredo Santa María ha fallecido, hoy 20 de setiembre de 2012, a la edad de 93 años. Aquí una breve cronología de su vida y obra para el conocimiento de las presentes y futuras generaciones:



1919
De padres santiaguinos, el ingeniero agrónomo Alfredo Santa María Calderón nace el 28 de agosto de 1919, en la provincia de Santiago de Chuco, departamento de La Libertad. Es el quinto de doce hermanos: Marina (…), normalista; Bertha, abogada; Carlos (…), médico; Elsa I (…); Alfredo, ingeniero agrónomo; Piedad (…); Guillermo (…), abogado; Jorge (…), ingeniero; Alberto (…), ingeniero; Edith, socióloga; Elsa II (…); y Luis, abogado.
1926
Entre 1926 y 1931 recibió la educación primaria en el Seminario San Carlos y San Marcelo, de Trujillo.
1932
Entre 1932 y 1936 recibió la educación secundaria en el Colegio Nacional San Juan, de Trujillo.
1937
Entre 1937 y 1941 siguió estudios superiores en la Escuela Nacional de Agricultura, hoy Universidad Agraria La Molina.

1942
En el mes de marzo entra a laborar en la hacienda Cayaltí, empresa azucarera ubicada en el departamento de Lambayeque, ocupando inicialmente el cargo de segundo químico en la fábrica de azúcar.
Es ascendido a primer químico de la hacienda Cayaltí.
1943
Es nombrado superintendente de fábrica de la hacienda Cayaltí.
1944
Es nombrado administrador de campo en La otra banda, una sección de la hacienda Cayaltí.

1946
Es nombrado administrador general de la hacienda Yapatera, empresa azucarera ubicada en el distrito de Chulucanas, provincia de Morropón, departamento de Piura.
Es nombrado gerente general de la hacienda Yapatera.
Es elegido presidente de la comisión de arroz y caña de azúcar en la Liga Agrícola y Ganadera de Piura.
1947
Es elegido presidente de la junta de regantes del Alto Piura.
En la Liga Agrícola y Ganadera de Piura, es elegido presidente de la comisión de la irrigación del río Quiroz, que desvió el río Piura para mejorar el riego del Bajo Piura.
1949
En octubre es nombrado gerente general de la hacienda Buenos Aires, empresa ubicada en el distrito de Morropón, provincia de Morropón, departamento de Piura.

1957
En enero viene a residir a Trujillo.
Es nombrado secretario general de técnica del comité ejecutivo departamental del Partido Aprista Peruano.
Es elegido concejal de la municipalidad de Trujillo y, dentro de ella, coordinador de la célula municipal aprista.
En la municipalidad de Trujillo es nombrado inspector de alumbrado, agua potable y subsistencias.
A finales del año forma la cooperativa de cañicultores de Paiján.
1958
Como concejal de la municipalidad de Trujillo, conduce la creación de la urbanización cooperativa Torres Araujo.
1959
Es profesor de la Universidad Nacional de Trujillo en las cátedras de economía agrícola y reforma agraria por consenso.
Entre 1959 y 1963 ejerce el cargo de gerente de la hacienda Chiquitoy (provincia de Ascope), departamento de La Libertad.
1964
Es nombrado consultor de la hacienda Cartavio (provincia de Ascope), departamento de La Libertad.
1968
Consolida la cooperativa de cañicultores de Paiján.
1970
Es elegido presidente de los pequeños y medianos agricultores desposeídos por la reforma agraria.
1972
Es nombrado gerente de Andesa, Alcoholes del Norte S.A. (ubicada en la urbanización Torres Araujo), empresa dedicada a la producción de alcohol con los alambiques de Pucalá, Tumán, Casa Grande y Laredo.

1974
Va a residir en Venezuela, en donde en septiembre es nombrado gerente general de Melaport, empresa azucarera ubicada en el estado de Portuguesa.

1978
Regresa al Perú para ocupar la gerencia general de la cooperativa Paramonga, que ganó por concurso.
1981
Es elegido diputado del Congreso de la República, por el departamento de La Libertad.
1984
Título de la Universidad por eficiencia empresarial.
1985
Es elegido senador del Congreso de la República.
1988
Es elegido Profesor Honoris Causa de la Universidad Nacional Agraria La Molina.
2003
Es elegido presidente de la Asociación Peruana de Ingenieros Agrónomos, cargo que ejerce hasta el año 2005.

viernes, 30 de diciembre de 2011

¡Adiós 2011! ¡Bienvenido 2012!

Por Freddy Ortiz Regis


Adiós año 2011. Gracias por las alegrías, tristezas, desafíos y esperanzas que has producido en mi vida a lo largo de tus 365 días. A través de ellos me hecho más viejo y más sabio. Quiero pedir perdón a Dios y también a todos a quienes haya ofendido en alguna manera, pues andamos por la vida siempre produciendo estragos; pero también quiero agradecer a todas las personas que fueron instrumentos de Dios para hacerme llegar sus bendiciones. 


En el 2011, partieron a la eternidad familiares y amigos. Gracias a sus vidas aprendí muchas cosas, sobre todo acerca de lo fugaz de nuestra existencia, y de la necesidad de andar siempre con las maletas listas para emprender el viaje que nos llevará al encuentro con la Verdad.


En el 2011, aprendí cosas valiosas de la vida, unas por mi cuenta, y otras por la intervención de Dios, disciplinándome a fuerza de dolor y muchas lágrimas. Por eso mi anhelo para este 2012 es que no me falte su gracia para consolidar nuevas actitudes y aprendizajes aprehendidos al costo de un gran sacrificio.


En el 2011, conocí a nuevas personas, recuperé a viejos amigos y, también, perdí a algunos de ellos. Todo esto no hizo sino acrisolar en mí el valor de la amistad y el precio de conservarla. 


En el 2011, Dios me regaló la alegría y la responsabilidad de poner bajo mi techo al hijo de mi hijo; con esta conmovedora muestra de confianza pude comprender que la existencia es una carrera de postas, donde el custodio puede llegar a tener la forma del alma inocente de un niño que se abre a la vida. 


En el 2011, descubrí muchas cosas nuevas y puse en marcha el desmontaje de un sistema de creencias, hábitos y valores que me impedían avanzar firme en la senda de mi autorrealización.


¡Gran año el 2011! Mientras me rodean las voces de la inminencia del fin, para mí ha sido el año de un nuevo comienzo; un año en el que se ha consolidado mi fe en Cristo no sólo a través de una renovada confianza en su amor y verdad sino también por medio de milagrosas experiencias de la vida diaria.


¡Bienvenido 2012! No sé qué es lo que me depara este nuevo año, pero sí estoy seguro que será uno de nuevas realizaciones. Tal vez mi partida sea parte de estas realizaciones, pues cuando se aprende a vivir uno está ya preparado para morir.


¡Feliz 2012 hermanos, pasajeros en el viaje por la vida!


viernes, 1 de julio de 2011

El valle de las pirámides y el mundo continuo (bitácora de viaje)

Por Freddy Ortiz Regis

Llegar hasta el Valle de las Pirámides es una experiencia nueva. El primer contacto no es extraño: una edificación de adobe pintada con colores poco agradables que no dice nada de lo que aguarda al visitante, la presencia del encargado de vender las entradas para el museo de sitio y el valle, uno que otro compartimiento en donde se exhiben las artesanías que salen de las manos de los lambayecanos de hoy, los SS.HH y el museo de sitio propiamente dicho... Sin embargo, el segundo contacto es impresionante. Surge ante la vista un hermoso, fresco y abigarrado bosque de algarrobos que los rayos del sol traspasan como saetas luminosas estrellándose en el polvo.




Pasando el bosque de algarrobos se abre el Valle de las Pirámides. Imponentes elevaciones de adobe se yerguen ante nuestros ojos haciéndonos saber, casi de inmediato y en un lenguaje que es mezcla de tiempo y memoria, que una monumental cultura de hombres, mujeres y niños existió en este espacio que la vista no logra abarcar en su plenitud.

¡Nunca había visto tantas pirámides del Perú Antiguo juntas! Caminar por las sendas que conducen a las pirámides es transitar por los caminos que conducen de la muerte a la vida. Porque para nuestros antiguos ancestros, el conjunto de las pirámides —que contiene además innumerables entierros de señores y vasallos—, no es más que el mundo mágico en donde la muerte se abre paso hacia la vida, y la vida se entremezcla con la muerte en una simbiosis fantástica de luz y sombra, de paz y miedo, de angustia y sosiego.

¡Qué terrible diferencia con nuestros cementerios de hoy donde nuestros muertos están bien muertos; depositados, abandonados en la fosa lúgubre y oscura del olvido y del silencio! En cambio, para los lambayeques, el Valle de las Pirámides, era el valle en donde los padres, los hermanos, los hijos y los amigos continuaban viviendo. Era el mundo en el cual vivían, comían, bebían y bailaban las almas de los que ya no estaban con las almas de los que aún estaban…

El Valle de las Pirámides era el valle del mundo continuo… En la cosmovisión de los lambayeques no se aceptaba la idea de perder a los nuestros. Cuando los nuestros dejaban de hablar, de caminar y de respirar, entonces el corazón se dirigía hacia el Valle de las pirámides. En este valle se hacía realidad el triunfo sobre la muerte, los universos se entremezclaban, los tiempos ya no tenían tiempos y la esperanza reinaba sempiterna.

En el Valle de las Pirámides los que se quedaban dormidos volvían a la senda de la risa, de la chicha y del amor. No había otro lugar en el mundo en donde los que se fueron podían seguir viendo salir el sol todos los días; donde podían seguir cantando y bailando a la luz de una fogata o a la luz de la luna.


En el Valle de las Pirámides todos podíamos seguir amando y guerreando permanentemente; la chicha nunca se terminaba y la carne de llama olía mejor con el humo del algarrobo, y nos hartábamos de ella en medio de las risas y las bromas de los burlones.

Cuando se sube hasta la cima de la pirámide más empinada el viento trae los cantos de las mujeres en las noches de luna llena. Y cuando la vista se desplaza por todo el valle, parece caer de nuestros párpados la tela que nos impedía ver a los lambayeques elaborando los adobes, cortando la leña, los niños jugando con los pututos, y las ollas humeantes invadiéndolo todo con el perfume de la vida.

Hay en los lambayeques una poderosa lección de esperanza: todas sus actividades estaban dominadas por el continuo del pasado y el presente. La línea recta que unía sus vidas comenzaba desde Naylamp y no terminaba nunca. Los muertos y los vivos eran una única comunidad de sueños pues todos compartían no sólo los placeres de la vida sino también los terrores de las noches sin luna, los años cuando los cielos se convertían en mares y las épocas en que el sol se acercaba tanto a la tierra que todo lo secaba y quemaba.

Los lambayeques nos enseñan que hemos sido creados para vivir y no para morir. Ellos son los pioneros del mundo continuo jamás concebido en cultura alguna. Por eso nunca pasó por su mente la idea de abandonar a los suyos porque seguían siendo los nuestros, conservando intactos sus deseos, sus esperanzas truncas y sus anhelos interminables.

domingo, 20 de febrero de 2011

Zaña de Lambayeque (bitácora de viaje)


Por Freddy Ortiz Regis




Visitar Zaña es una experiencia muy interesante. Se llega por combi o custer en un viaje que dura más o menos 45 minutos desde Chiclayo. En verano el calor es sofocante y bordea los 30 ºC, lo que provoca un terrible sopor entre los viajeros que tienen por destino las ciudades de Zaña y Cayaltí.

El pueblo de Zaña se ubica en la región Lambayeque, provincia de Chiclayo y distrito de Zaña, en un valle de llanuras del mismo nombre, un tanto retirado de la inmensa cordillera occidental de los Andes, en las coordenadas 6°55'15" latitud sur, 79° 34' 54" longitud oeste, a una altura de 46 msnm y a una distancia de 51 km de la capital de la región, Chiclayo; tiene un clima seco y variado, con marcada diferencia entre estaciones.

Este pueblo fue fundado por los españoles con el nombre de Villa Santiago de Miraflores de Zaña, por su estratégica ubicación, que servía de entrada hacia la sierra norte, vía Cajamarca, y además era un lugar intermedio entre dos valles significativos, que son el Jequetepeque y Lambayeque; dos caminos importantes cruzaban la zona, los que unían costa y sierra; además de su importancia geográfica como nexo y ubicación, el valle presentaba una riqueza natural atractiva por la fertilidad de la tierra.

Los españoles también se percataron de que sobre estas tierras los antiguos pobladores habían logrado construir un impresionante sistema de riego para ganar tierras de cultivo, así como logrado establecer su centro administrativo muy cerca, por lo que decidieron aprovechar estas facilidades adicionales y fundar la ciudad, desplazando a los pobladores hacia un cerro muy cercano llamado Cerro Corbacho y ellos ocuparon la parte baja a orillas del río, lo que al transcurrir el tiempo se demostraría fue un gran error. A principios de marzo del año 1720 fuertes lluvias, truenos y rayos aterrorizaron a los habitantes, quienes presas del pánico huyeron a lugares más altos en busca de refugio, pues el río amenazaba a salirse de su cauce, hasta que el 15 de marzo del mismo año el agua empezó a entrar en la ciudad, aproximadamente a las cinco de la mañana; a las seis ya corría en abundancia y a gran velocidad por la plaza pública y todas las calles, atravesando y derribando todas las viviendas que se encontraban a su paso, quedando en pie la iglesia parroquial y algunos conventos. Esto fue registrado por el escribano Antonio de Rivera, quien da fe de la destrucción en un acta firmada por él y otros personajes notables.

Zaña se encontraba poblado por indígenas de fisonomía Moche, pero al llegar los españoles se inicia la llegada de esclavos negros africanos para el trabajo agrícola y de servicio. También aportaron a los rasgos actuales los hacendados de la región, quienes desde la segunda mitad del siglo IX trasladaron en forma masiva trabajadores asiáticos para las labores en las haciendas. Surgió, así, después de muchas generaciones y fusiones, un poblador con características asiáticas, negras y moches, que en la actualidad son evidentes en los habitantes de Zaña.

Zaña era famoso por su opulencia, y su fama había cruzado fronteras y llegado a oídos de los piratas que infestaban las aguas del Pacífico, ávidos de riquezas. Es por esto que el 4 de marzo de 1686 el pirata británico Edward Davis, luego de desembarcar en el puerto de Cherrepe y cubrir las siete leguas que hay hasta Zaña, invade la ciudad, tomándola por sorpresa, arrasando y entregándola a sus hombres para que la saqueen y hagan de ella lo que les plazca.

Es anecdótico comentar que el pirata en su incursión tomó como rehén a una dama de alcurnia y procedencia adinerada, que era la bella Mencia, joven acaudalada de la época, a la que detuvo hasta que su familia se animara a pagar el rescate de 50.000 pesos, lo que fue pagado, pero fue punto de partida para que la joven se enamore del pirata y nunca más se la vea en el pueblo, comentándose que huyó con su captor perdidamente enamorada.

El diseño arquitectónico de los templos corresponde a artistas españoles y mano de obra inicial indígena, empleando después masivamente trabajadores esclavos de raza negra. En la fecha existe mucha polémica sobre el número de iglesias que había en Zaña colonial; unos dicen que eran 7 y otros que eran 14, pero se ha determinado que la confusión se da porque no se precisa la modificación en la demarcación territorial a través del tiempo, ya que es necesario diferenciar el pueblo y la provincia de Zaña. Los templos de la ciudad eran 7 y en toda la provincia 14; sobre todo teniendo en cuenta que en un tiempo Zaña fue cabeza principal de toda una provincia, que limitaba por el sur con la actual región La Libertad y por el norte con la actual región Piura.

En la época colonial los principales templos religiosos de la ciudad eran siete: la iglesia matriz, la iglesia del hospital San Juan de Dios, el convento de San Francisco, el convento de San Agustín, el convento de La Merced, la parroquia de Indios Santa Lucía y la capilla anexa a la casa donde murió Santo Toribio de Mogrovejo.



Convento de San Agustín
Esta es la obra de mayor valor arquitectónico, considerada como la joya arqueológica de la arquitectura goticista en el norte peruano, la que tiende al adorno y no a la lectura gótica; las bóvedas se apoyan sobre arcos cruzados, cumpliendo la regla romana adoptada por los artistas renacentistas, considerando que esta obra sería de fines del siglo XVI y en la actualidad se conservan algunas paredes y bóveda principal.





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Textos: Lambayeque.net
Fotos y vídeo: Freddy Ortiz Regis

martes, 14 de septiembre de 2010

CHAVIMOCHIC y el honor del pueblo liberteño (opinión)

Por Freddy Ortiz Regis

Hoy, 14 de setiembre, tuve la oportunidad de asistir a una reunión en la sede del gobierno regional de La Libertad. La agenda a tratar no era otra que definir cuál habría de ser la reacción de los liberteños frente a la posición del gobierno central de condicionar la culminación de la irrigación CHAVIMOCHIC a la subida de las tarifas del agua.

Siendo un poco más de las cuatro de la tarde autoridades regionales, empresarios agroexportadores, integrantes de la junta de usuarios, técnicos y asesores en general, dieron inicio, bajo la dirección del presidente regional, Víctor León Álvarez, a una histórica sesión en la que habría de sentarse los principios sobre los cuales se orientará la posición de los liberteños frente a lo que personalmente considero es una agresión al clamor legítimo de La Libertad de ver culminada una de sus obras más importantes del período republicano: la irrigación CHAVIMOCHIC.

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Las primeras intervenciones de la reunión fueron de carácter técnico. Las cifras propuestas por el gobierno central hicieron titubear a los asistentes que no se ponían de acuerdo en su composición, lo que determinó que el presidente regional propusiera la formación de una comisión técnica que, en un plazo razonable, emitiera una contrapropuesta consensuada de las nuevas tarifas del agua.

Como se sabe, la tercera etapa de la irrigación CHAVIMOCHIC es la incorporación de 30,859 has entre Santa y Moche y, en una segunda fase, el mejoramiento 50,047 has de Chicama e incorporación de 19,41 has entre Moche y Urricape. Las obras principales consisten en: i) Mejoramiento Bocatoma 412msnm, ii) Presa Palo Redondo (1ª Etapa 72m altura), iii) Sifón Invertido Virú Segunda Línea, y, iv) Obras y Acciones Complementarias (Automatización, Explotación Aguas Subterráneas, Remodelación Riego y Drenaje Virú, Extensión y Capacitación para mejoramiento Eficiencias de Riego en Valles Chao, Virú y Moche).

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Pero, volviendo a la reunión que es materia de este artículo, más allá de la composición de las nuevas tarifas del agua —que el gobierno central condiciona para hacer realidad esta tercera etapa de CHAVIMOCHIC—, quiero detenerme en las intervenciones de los agricultores, de los empresarios agroexportadores y del Ing. Alfredo Santa María Calderón[1].

Los agricultores sostienen que el Estado tiene una deuda con La Libertad; deuda que consiste en la culminación de CHAVIMOCHIC al 100%, que comprende Palo Rendondo. Y así fue como los agricultores apostaron para comprometerse en el sueño que representó esta obra de irrigación para el futuro y el destino de La Libertad. Los agricultores hicieron un llamado a la ciudadanía en general “a unirse y exigir que el gobierno central cumpla con este propósito de completar la obra en su totalidad”.

La intervención de los agroexportadores no fue menos dramática. Sostuvieron que la tercera etapa de CHAVIMOCHIC no es una nueva obra sino la continuación de la primera y segunda etapas, y por lo mismo, la continuación de un compromiso que el Estado asumió con La Libertad. Ellos remitieron a los contratos que se firmaron y en los que se establecieron tarifas del agua a largo plazo, que garantizaban estabilidad a veinte y hasta a treinta años. Por eso consideran que el incremento arbitrario de las tarifas del agua lo único que lograría sería desestabilizar todos los componentes macroecómicos de la economía de la zona quitándole viabilidad a la producción. El llamado de los agroexportadores es porque La Libertad se una a fin de evitar que se alteren las reglas de juego que han posibilitado que CHAVIMOCHIC genere el empleo y la riqueza que hasta ahora ha producido para La Libertad y para el Estado. Los agroexportadores finalizaron su intervención haciendo un llamado a las autoridades a no enfocarse solamente en la parte económica de la obra sino en cumplir con un compromiso histórico que asumieron con La Libertad. “En otros países el gobierno subsidia a su agricultura, en cambio, en La Libertad, el gobierno nos sube las tarifas del agua, dejándonos en el abandono en un mundo de competencia global, que, además, está sumido en una crisis económica, y en donde no es posible subir más el precio de nuestros productos. Cuando se hizo CHAVIMOCHIC ésta se concibió como una obra de promoción y desarrollo, es decir, una obra que iba más allá de sus costos e índices económicos por el efecto multiplicador en la economía y en la sociedad liberteñas”, sentenciaron.

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Finalmente, la intervención del Ing. Alfredo Santa María Calderón, puso las cartas sobre la mesa dotando de espíritu y sentido al clamor, de todos los asistentes, de culminar la tercera etapa de CHAVIMOCHIC sin romper las reglas de juego y sin quebrantar una deuda del Estado con La Libertad. “Señores —dijo— las tarifas que se cobra por el agua no son jamás para financiar una irrigación. Si ese fuese el criterio predominante, entonces ¡ninguna obra de irrigación sería posible!”. “Recuerdo —añadió— cómo en la época del gobierno militar el CAEM[2] publicó un estudio que concluía que una hectárea de irrigación en la costa costaba de 80 mil a 100 mil soles, mientras que en la alta selva solamente mil soles la hectárea. Con argumentos de ese tipo, ¿cómo se podía entonces defender la necesidad de realizar CHAVIMOCHIC? En esa época no se entendía —y como parece no entenderse ahora— que la economía moderna no se rige por criterios macroeconómicos tan limitados sino por el efecto multiplicador que una obra pública genera en todas las dimensiones económicas, laborales y sociales de su jurisdicción geopolítica. La agricultura es la actividad que mayor efecto multiplicador económico tiene en la sociedad, y basta con los productos que producen los agricultores para que se pague cualquier obra de irrigación. Las tierras no desaparecen; al contrario siempre aumentan su valor”.

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Alfredo Santa María, recordó que esa forma retrógrada de pensar fue la que encontró cuando se propuso electrificar Trujillo. “ ‘¡Cómo se le ocurre Ing. Santa María traer la electricidad de Chimbote a Trujillo!’ —me decían— argumentando que la población no estaba en condiciones de pagar una tarifa tan elevada de consumo energético. Felizmente este criterio no primó y la electricidad llegó a Trujillo convirtiéndola en un polo industrial del país (…)”.” Señores —continuó— las tarifas que se cobra por el agua no sirven para financiar la obra sino para cubrir su mantenimiento. En una economía con Tratado de Libre Comercio debemos estar en igualdad de condiciones todos los socios que comercializamos nuestros productos, pero los agricultores peruanos no estamos en igualdad de condiciones con los agricultores de los países que subsidian a su agricultura”.

Finalmente, Santa María, concluyó su intervención declarando que “todo Estado tiene soldados que se preparan para la guerra, pero los soldados que se preparan para luchar por la paz son los agricultores, y no sólo por la paz sino también por la democracia. Como todo soldado que se prepara para defender al país de un invasor enemigo, el Estado no se mide para proveerlo de lo mejor, de las mejores armas, de los mejores equipos, ¿o acaso el soldado tiene que pagar por el fusil o el tanque que utiliza?; del mismo modo debería suceder con los agricultores, que deben ser equipados con lo mejor porque sus enemigos son el hambre y la miseria“.

Fue una reunión muy aleccionadora. Sentí que se estaba debatiendo el futuro de La Libertad como potencia agrícola y agroindustrial. Percibí en todos el deseo de que se respeten los derechos del departamento que abrió el sendero de la libertad del yugo opresor español y fue el primero en anunciar su independencia. Ojalá que el gobierno cumpla con el compromiso inicial de terminar CHAVIMOCHIC al cien por ciento porque es una política de Estado, sin condicionamientos, sin resentimientos políticos, sin demagogia electorera.

[1] Alfredo Santa María Calderón es uno de los pioneros de la concepción, formulación y ejecución de la irrigación CHAVIMOCHIC. Con más de 90 años de edad ha dedicado gran parte de su vida a hacer realidad esta obra tanto en su accionar profesional como ingeniero agrónomo egresado de La Molina como en su vida política como ex senador de la república.

[2] Centro de Altos Estudios Militares.

sábado, 19 de junio de 2010

“Pedú”: De nombres, sobrenombres y apodos… (memorias)

Por Freddy Ortiz Regis


Hermosa playa de Huanchaco en donde viví los años felices de mi infancia

Navegando en YouTube escuché uno de los valses más hermosos de la música peruana, Lima de novia; y el escucharlo me ha traído recuerdos de mi infancia, motivándome a escribir estas memorias que comparto con mucho cariño y nostalgia:




En los años de mi niñez mis padres decidieron vivir —procedentes de Lima— en el norte del Perú. Éramos papá, mamá, mis dos hermanos y yo.

El lugar elegido fue Huanchaco, una caleta de pescadores a solo 15 minutos de Trujillo, famosa en esa época por su clima. Era tan famosa, que hasta se había construido un sanatorio para los enfermos de asma, al que se había dado en llamar La Climática.

Mis padres nos matricularon a mi hermano y a mí en el único colegio de varones que había, que llevaba el nombre del mártir de la independencia —y pescador también como los pobladores de la caleta— “José Olaya”.

Eran los años en que aún pervivía el aterrorizador aforismo de que “la letra con sangre entra”, y para mi mala suerte, los profesores que allí se habían juntado lo aplicaban a pie juntillas. Yo entré a segundo año de primaria, y con apenas siete años, estaba rodeado de compañeros que en su mayoría frisaban los quince o dieciséis años. Eran hijos directos de los chimúes, toscos, lentos para las letras y los números, bulliciosos, pero, sobre todo, burlones y muy hábiles para la sorna y poner apodos.

Cuando llegaba el lunes el estómago se me revolvía pensando en la semana que me esperaba. Me había tocado un “maestro” al que mis compañeros huanchaqueros —que así les decían[1])— habían apodado Pachacútec, en alusión al carácter despiadado y violento del noveno inca del antiguo imperio incaico.
Al finalizar la semana dábamos gracias a Dios porque por fin podíamos descansar de los maltratos a los que nos sometía Pachacútec en el aula; maltratos que se hacían aún más crueles los días que llegaba al salón de clases bajo los efectos de la cerveza o de alguna bebida espirituosa.

Pero felizmente, la vida escolar en el José Olaya no era tan dramática como para no poder resistirla. A los sufrimientos que nos infligía Pachacútec, se contraponía —como un bálsamo o una luz en la oscuridad— la algarabía, el bullicio y la alegría de mis compañeros huanchaqueros, para quienes el carácter irascible de nuestro ocasional maestro no era suficiente como para apagar en ellos la chispa de su talante desenfadado, libre y, hasta cierto punto, desprejuiciado.

Hasta donde Dios me ha dado vida, y puedo escribir estos recuerdos, no he encontrado en el mundo a nadie como mis compañeros huanchaqueros para poner apodos. Los primeros en recibir la destreza —y también la crueldad, pues algunos apodos eran crueles— fueron los maestros de la escuela. Como ya lo dije, a nuestro maestro le pusieron “Pachacútec”; a una maestra le pusieron “La Pollo” en alusión a sus enormes y fríos ojos claros, idénticos a los de un pollo maltón; a otra profesora le pusieron “La Monina” en alusión a su rostro monino, alargado y desencajado.

Pero, ¿de dónde venía esa vocación de los huanchaqueros para poner apodos? Huanchaco es un pueblo pescador ancestral, cuyas tradiciones provienen del pueblo Moche o Muchik, que tiene una larga continuidad en la zona norte de los Andes centrales. Los cronistas, informan que en el “Valle del Chimo” donde se fundó la ciudad de Trujillo, a dos leguas de esta ciudad dista un puerto o arrecife, que luego tomó el nombre de Guanchaco. Los huanchaqueros son pues descendientes directos de los chimúes, y esto se comprueba con los apellidos que aún perviven en Huanchaco pertenecientes a las familias más ancestrales de este lugar. Así tenemos a los Huamanchumo y a los Piminchumo.

En las culturas más antiguas, sean éstas americanas o de otra latitud, el nombre debía ser la expresión que revelara lo más trascedente de la persona que era nombrada. No existían reglas que limitaran o regularan el deber y el derecho de tener un nombre. Y así tenemos que en las culturas más antiguas de la humanidad podía haber personas que eran llamadas “Siempre sonriente”, “Cabeza de toro” o “Águila veloz”. Pero conforme la humanidad fue civilizándose el nombre fue también evolucionando, hasta llegar a lo que es hoy en día: un cliché o una etiqueta sin mayor significado o trascendencia directa con la persona nombrada. Y, así, todos nos llamamos María, Sonia, Matías, Pedro, Manuel o, como mi nombre —Freddy— que me lo pusieron a instancias de una tía muy cercana, que quiso recordar a un enamorado norteamericano que la había flechado y, para desgracia mía, tenía ese nombre…

En cambio, los huanchaqueros, y en especial mis compañeros de aula del viejo colegio José Olaya, no habían olvidado que a las personas se les debe llamar por las características más íntimas que emanan de su ser biológico o espiritual. Por eso vienen a mi mente los sobrenombres —motes, chapas o apodos— que mis condiscípulos se ponían entre ellos: “Zancudo” en alusión al pelo erizado y apelusado, semejante al de un insecto, de uno de mis compañeros; “Perro triste”, en alusión al rostro sanbernardino que tenía otro de mis amigos; “Chispita”, en alusión a su carácter jocoso, risueño e inquieto; “Venao”, en alusión a las piernas torcidas de uno de ellos, semejantes a los cuernos de un venado; “Tocho”, en alusión a su tamaño pequeño; “Cagón”, por no controlar sus esfínteres; y la lista es tan larga como virtudes y/o defectos tenían los pobladores de Huanchaco. En realidad eran muy pocas las personas que eran llamadas por su nombre de pila. Todos, o casi todos, eran llamados por su apodo y —salvo contadas excepciones en que nombrar a alguien por su apodo tenía consecuencias nefastas—, nadie se sentía incómodo, y más bien, cuando alguien era llamado por su nombre de pila, no reaccionaba.

Eran, pues, muchos los apodos que mis compañeros huanchaqueros se ponían entre ellos, y ponían a los demás. A mí también me pusieron un apodo: “Pedú”. El mote nació cuando con ocasión de la celebración de una fiesta del calendario escolar, me escogieron para que cante una canción. Yo, que apenas había llegado de mi Lima natal, no pude ocultar mi alegría y decidí cantar el famoso vals peruano Lima de novia. Cuando llegó el día esperado, y subí al proscenio a cantar, mi alegría se trastocó en un nerviosismo creciente, pues cada vez que pronunciaba la palabra “Perú” (que en la canción se repite innumerables veces) la audiencia estallaba en una sonora carcajada.

Desde ese día, el nombre que mis padres me pusieron pasó a un segundo plano. Un frenillo que tenía en la lengua y me impedía pronunciar con soltura el fonema de la “r” fue el decisivo para que mis condiscípulos me bautizaran como “Pedú”. Y hasta ahora, cuando visitó mi Huanchaco querido, mis excompañeros de la primaria, me saludan con un abrazo o una palmada en el hombro, y me dicen: —¿Cómo estás Pedú? ¡A los tiempos que vienes por acá!..

El profesor nicaragüense Pedro Alfonso Morales, al escribir sobre el apodo en un sitio web de su país, dice lo siguiente:

“Cuentan, a manera de chiste, que en cierta ocasión, venía un productor esteliano a ofrecer sus productos a la ciudad de León. En la entrada de esta ciudad, se rompió una de las llantas de su camión y se quedó anclado a la orilla de la carretera. Cuando buscó donde reparar la llanta, le dieron un nombre: Cara de palo. El productor se rió del nombre, pero tuvo que buscarlo por necesidad. Cuando llegó al taller, preguntó: ¿Se encuentra el señor rostro de madera? Todos se rieron de la ocurrencia, pero ninguno apareció. El ejemplo, ilustra una realidad que llevamos en nuestra personalidad. 

“Ciertamente, el apodo, palabra que viene del latín appositum, aditamento, epíteto; de apponere, aplicar, añadir, es el nombre que suele aplicarse a determinadas personas, tomándolo de sus defectos, virtudes o de alguna otra circunstancia. Llamado también, alias, remoquete, mote o sinónimo, se constituye en un rasgo de la personalidad del individuo y en un elemento de su identidad. Algunas personas a quienes se les llama por su verdadero nombre, no responden porque no se sienten identificados. Otros, como El cuervo, uno de mis alumnos, hacía mofa de su propio mote, diciéndose ¡cuec, cuec!, onomatopeya del ave que le gritaban sus compañeros.

“El uso del apodo es tan antiguo que su origen debe buscarse entre los primeros pobladores. El nombre propio de cada individuo, es a la vez, un verdadero apodo, puesto que es un epíteto de sus defectos o virtudes externas e internas. Todas las naciones, las épocas, las culturas y las literaturas, han usado el apodo para designar castas y linajes de las personas. Pensemos en Adán, por ejemplo, cuyo nombre en hebreo, significa varón o hijo de la tierra”.

Y esto es cierto. En el libro de Éxodo 3: 13-22, Moisés es el primero que pregunta el nombre de Dios. No pregunta cómo lo debe llamar, sino ¿cómo te llamas?, ¿cuál es tu esencia? Y Dios le responde: “Soy el Eterno”. Revelando que el nombre expresa la verdadera esencia del carácter, la trascendencia y la dimensión no solo de Dios sino también de todos los hijos de los hombres. Ahora, ¿cuál es tu nombre?






[1] Gentilicio inapropiado pues la terminación “ero” es para designar oficios (como hojalatero, zapatero, etc.); lo correcto sería “huanchaquense” o “huanchaqueño”.

sábado, 17 de abril de 2010

San Juan: “He tratado de seguir como si nunca nos hubiéramos conocido”. (memorias)

Por Freddy Ortiz Regis




Cuando mi hijo llegó a la edad de ingresar a la secundaria, se alucinó por estudiar en el colegio que yo había estudiado.

—Tengo que estudiar en el San Juan —me decía vehemente. Pero fue matriculado en otro colegio. De “menor categoría” según él, y allí transcurrió los cinco años de la media, dejándome sentir —cada vez que tenía la oportunidad— su frustración por no haber sido matriculado en el “San Juan de mis amores”.

Nunca se resignó a no ser sanjuanista… No pocas veces lo sorprendí cantando a voz baja en algún lugar de la casa la marcha sanjuanista, hasta que se cansó de hacerlo en secreto, y comenzó a entonarlo a voz batiente para que todos sepamos en la familia que a pesar que estudiaba en otro colegio, él era sanjuanista…

Cierto día advertí que había traído a la casa un par de palos de tambor. Frisaba los quince años y no había rincón de la casa en donde no lo podíamos encontrar rompiendo los aires con los palillos, ensayando los malabares típicos de los tamborileros de las grandes bandas, que en mi ciudad pugnan por ser las mejores.

Yo me sorprendí porque hasta donde sabía, el colegio en que él estudiaba no tenía banda. “¿Y por qué ensaya con tanta vehemencia los malabares de los tamborileros?” me preguntaba todos los días, inquieto. Hasta que no pude soportar más y le pregunté…

— Es que voy a tocar en la banda del San Juan, papá —me respondió con una sonrisa que iluminaba su rostro aún infantil.

—¡Pero si tú no estudias en el San Juan! —repliqué.

—Sí, pero voy a tocar en la banda —me respondió orondo.

Conociéndolo como lo conocía, no dudé que su pasión por ser sanjuanista lo había llevado al extremo de solicitar algo que era impensable: Ser miembro de la banda de un colegio del cual no se es alumno. Me aparté de él con un nudo en la garganta, cargando el peso de un sentimiento de culpabilidad por no haber realizado su sueño de estudiar en el San Juan, y sufriendo muy por dentro de mi corazón el dolor que habría de sufrir mi muchachito cuando la banda —como era natural— habría de cerrarle las puertas por ser su anhelo un imposible jurídico.

Los días pasaron, y los palillos que rasgaban los aires de nuestra casa ya no se veían revolotear por las alturas. Mi chiquillo se había vuelto taciturno, y yo sabía que mi premonición se había cumplido. Pero la luz no demoró en retornar a nuestro hogar, pues ahora mi muchachito había sido elegido miembro de la escolta de su colegio. Sí, ¡de su propio colegio!

Y así fue como tuvimos que desacostumbrarnos de ver los palillos rasgando los aires de la casa para tener que acostumbrarnos, ahora, a verlo marchar de un lado a otro por todos los pasillos de la casa. Yo estaba feliz porque pensé que por fin mi muchachito había encontrado algo que lo identificara con su colegio, haciéndolo pasar horas de horas en ensayos, y llegando a casa más tarde de lo normal, con los zapatos cada vez más desgastados y el rostro completamente sudoroso.

Sin embargo, mi alegría no duraría mucho, pues un día que lo felicité por dar todo su esfuerzo a la escolta de su colegio, me respondió:

—Gracias papá, pero nunca seremos como la escolta del San Juan…

oOo

De estos acontecimientos un tanto tristes han pasado ya algunos años. Mi muchachito ahora está en la universidad, trabaja en una empresa muy importante, y hasta es papá de un hermoso bebé de nueves meses. Pero su corazón sanjuanista sigue latiendo en lo más profundo de su ser.

En contraste, yo, desde que salí del San Juan nunca más he retornado a mi colegio. Ni de visita ni en los encuentros que anualmente se realizan con ocasión de las fiestas patronales de la institución sanjuanista.

Todos los años mis excompañeros de la secundaria se reúnen en la casona de la calle Independencia, escuchan las clases de los viejos maestros y luego salen a marchar por las calles como en los años en que éramos adolescentes. Cantan la marcha sanjuanista y entonan ese silbido que a mi hijo lo volvía loco. Rememoran con nostalgia todos los jocosos momentos que pasamos en sus aulas, y por “Dios y la patria” vuelven a jurar “ser grandes”. Luego todo termina con almuerzos de camaradería, fotos y un abrazo que perdurará hasta el próximo año en que vuelven a encontrarse para repetir el mismo ritual.

Cada vez que llega el 24 de junio —día central de las festividades sanjuanistas— yo permanezco en mi casa, enfrascado en alguna labor de mi trabajo, o haciendo algo diferente, pero entretenido. Sin embargo, hay alguien que está en “mi representación” en medio de la algarabía y la nostalgia que caracterizan a estos encuentros: mi muchachito. Cuando todo termina, él retorna a la casa y me recrimina duramente mi indiferencia. Un día, sin poder disimular su enojo, me enrostró: “Allí tienes la cristina amarilla, allí tienes la chompa canaria, ¿por qué no te reúnes con los sanjuanistas?, ¿por qué eres así?”

No le contesté porque no es sino hasta ahora, que escribo estas líneas, que tengo una respuesta más o menos aproximada… ¿Será que albergo un sentimiento de culpabilidad por no cumplir el sueño de mi hijo, y que me impide gozar de mi sanjuanismo? ¿Será porque nunca me he sentido identificado con nada ni con nadie? ¿Será porque para mí la vida es un presente infinito, y rememorar todo tiempo pasado es comenzar a prepararse para dejar de existir? ¿Será porque el claustro escolar siempre representó para mí eso: un claustro que cortaba mis alas y me impedía volar hacia lo desconocido?

Alguna de estas interrogantes/explicaciones ha de ser la respuesta. Tal vez un día mi muchachito me vea colocarme la cristina amarilla y la chompa canaria; y el día que eso suceda no tendré ninguna explicación. Pero, mientras tanto, permanecerán allí, guardadas en una gaveta de mi ropero, siendo vistas, furtivamente, muy de vez en cuando, por ese corazón sanjuanista que siempre fue más canario que el mío.

sábado, 27 de febrero de 2010

Carta a Peter Joseph, autor del documental Zeitgeist (religión/filosofía)

zeitgeist
Por Freddy Ortiz Regis
Estimado Peter Joseph:
Acabo de ver, por primera vez, tu documental Zeitgeist. Las primeras reacciones que me producen son fundamentalmente dos: agradecimiento por ayudarme a consolidar aún más mi fe en Cristo, y, complacencia porque tus descubrimientos en torno a la relación que existe entre la economía, la política y el poder son verdades a gritos que los adventistas conocemos desde hace más de un siglo.
Sólo tengo dos críticas que hacerte: la primera, la forma poco respetuosa con la que pretendes demostrar que Jesucristo nunca ha existido, y la segunda, tu poco o casi nulo conocimiento del contenido espiritual de la Biblia.
Después de ver la primera parte de tu documental, muy lejos de tambalear mi fe, me he sentido plenamente confirmado en la forma tan maravillosa como Dios ha venido interviniendo en la historia. No es –como groseramente lo sostienes- que la historia de la vida de Cristo sea una copia de cosmovisiones religiosas de las culturas antiguas; es todo lo contrario: el prototipo de Jesús está presente no sólo en la creación –a la que tú te refieres en términos astrológicos- sino también en la cultura de la humanidad como el sello más claro y explícito del plan de Salvación proveído por Dios para los hombres.
No es pues el cristianismo una religión que surge espontáneamente. Cristo es en la historia el cumplimiento de todos los prototipos y profecías que desde el principio apuntaban a su nacimiento en Belén hace dos mil años, y no sólo en la religión judía sino también en los sistemas religiosos de las principales civilizaciones humanas.
Pero tu poco o casi nulo respeto por la figura de Cristo tiene su explicación en la falta de claridad para distinguir la presencia histórica, espiritual y salvífica de Jesús, por un lado, de la revelación, el uso y la trascendencia que por más de veinte siglos le han prodigado quienes dicen llamarse sus seguidores, por otro lado. Bien dijo en una oportunidad Gandhi –refiriéndose al cristianismo- que si él hubiera conocido a un cristiano, entonces necesariamente habría sido también un seguidor de Jesús.
Esta falta de claridad para distinguir entre la obra de Cristo y las obras de quienes dicen llamarse cristianos es lo que lo que te lleva a destilar tu frustración, sorna e incredulidad hacia Dios. Estoy convencido que si hubieras tenido en cuenta las palabras de Gandhi cuando dijo: “Estoy totalmente convencido de que la Europa actual no realiza el Espíritu de Dios o el cristianismo, sino el espíritu de Satanás. Y Satanás tiene el mayor éxito cuando aparece con el nombre de Dios en los labios. En la actualidad Europa es únicamente cristiana de nombre. En realidad adora a Mammon, el dios dinero”; entonces habrías tenido un mejor elemento de juicio para comprender que la religión católica no ha sido, no es, ni lo será nunca, el portavoz de la fe y de las enseñanzas del Dios-hombre: Jesucristo. Como atinadamente escribiera César Hildebrant “lo que sí sabemos es que la usurpación que ha padecido Dios por parte de sus muy terrenales plenipotenciarios demuestra, precisamente, la mágica impostura de las religiones”.
La segunda y tercera partes de tu documental revelan características del gobierno de los Estados Unidos de América que en realidad ya han sido revelados por Dios mucho antes de que ocurrieran. Estas características del poder norteamericano han sido desarrolladas desde el siglo XIX por la escritora cristiana Elena G. de White en la obra El conflicto de los siglos. Todo el capítulo 26 de esta obra -titulado Los Estados Unidos en la profecía- está dedicado a denunciar el papel de Norteamérica en el histórico escenario de la lucha entre el bien y el mal. Así, con mucha precisión, la escritora cristiana dice: “Pero la bestia que tenía cuernos como un cordero ‘hablaba como dragón. Y ejerce toda la autoridad de la primera bestia en su presencia. Y hace que la tierra y los que en ella habitan, adoren a la bestia primera, cuya herida mortal fue sanada... diciendo a los que habitan sobre la tierra, que hagan una imagen de la bestia que recibió el golpe de espada, y sin embargo vivió.’” (Apocalipsis 13: 11-14)
Más recientemente, recomendamos la lectura de la obra de Clifford Goldstein titulada El día del dragón, en la que asombrosa y casi milimétricamente revela el desenvolvimiento de Estados Unidos en los tiempos del fin, su rol en la consolidación de un gobierno mundial y el progresivo recorte de los derechos ciudadanos a favor de un sistema dictatorial y anticrístico.
En líneas generales, pues, el documental de Peter Joseph tiene la característica central de mezclar la verdad con el error. La verdad respecto del papel de Estados Unidos en las profecías de Apocalipsis, y el error –craso error- de negar la existencia de Cristo debido a su falta de claridad para distinguir entre el Cristo-real y el Cristo-institucional, secuestrado, durante siglos, por la religión dominante en nuestra civilización occidental.
Finalmente, quiero terminar este comentario recurriendo a las palabras del profeta Isaías (53:2-5), quien al referirse a Jesús (siete siglos antes de su nacimiento) lo describió con las siguientes palabras: “No hay parecer en él, ni hermosura: verlo hemos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados”. Cómo no tuviste en cuenta -estimado Peter Joseph- esta descripción para comprender por qué el Cristo no ha sido registrado en las crónicas de los ilustres de su época.
Cristo no vino, mi querido Peter Joseph, para ser glorificado por los hombres sino para reconciliarnos con Dios por medio del Espíritu Santo, a fin de que vivamos vidas auténticas, desprejuiciadas; sustentadas no en ritos ni en formas externas sino en una secreta consagración del alma a la verdad y la justicia.
Quienes deseen tener la oportunidad de ver el documental, materia de mi comentario, pueden hacer clic aquí.

lunes, 4 de mayo de 2009

E-book: Adopción y derecho a la identidad (derecho)





Por Freddy Ortiz Regis
Abogado





El drama de muchos jóvenes —que han sido adoptados cuando muy niños— por conocer a sus padres biológicos asume cada día mayores proporciones y una mayor preocupación por parte de la sociedad.

De todas partes del mundo —y también en nuestro país[1]— se escuchan las noticias de jóvenes que, después de enfrentarse al shock de conocer que no son los hijos naturales de quienes creían ser sus padres, inician una búsqueda angustiosa para obtener información acerca de sus verdaderos padres biológicos, del ambiente en que nacieron, de las circunstancias que los llevaron a ser adoptados, y de muchas otras cosas más asociadas a sus orígenes; información que les fue negada por parte no sólo del Estado que es quien sanciona jurídicamente la adopción sino también por parte de quienes los adoptaron haciendo el rol de “padres sustitutos” en un contexto de ocultamiento de la verdad; verdad a la que tiene derecho toda persona desde que nace tanto por su propia dignidad como por su inherente condición de ser humano. [2]

¿Dónde encontrar las raíces de este grave y conmovedor problema? La respuesta cae por sí misma: naturalmente que en la forma cómo está concebida y regulada legalmente la institución de la adopción[3] en nuestro ordenamiento jurídico. No es posible encontrarlo en otro lugar.

En nuestro ordenamiento jurídico el art. 22º del Código Civil establece que “el adoptado lleva los apellidos del adoptante o adoptantes”. La redacción de este artículo —como lo desarrollaremos más adelante a lo largo de la presente investigación— es el resultado de la concepción francesa de la adopción (de 1939), fundamentada en una necesidad (una necesidad de esa época) de borrar todo rastro de la familia de origen del adoptado (art. 377º del C.C.)[4]. Así, al colocarse los apellidos de los padres adoptivos sobre el menor, se fortalecía la ficción de que el niño adoptado pertenecía de pleno derecho a la familia de los adoptantes, al que se hacía pasar como “hijo natural”. Y así, ese niño crecía en la ficción de que era el “hijo” de sus “padres”, en medio de la maledicencia de mucha gente que sólo esperaba la oportunidad de “decirle la verdad”; oportunidad que, por cierto, siempre llegaba ocasionando a la persona adoptada una crisis de identidad que la afectaría por el resto de su vida.

No ponemos en duda que el legislador de esa época tenía las mejores intenciones y se inspiraba en un concepto de adopción enfocado en los intereses de los adoptantes. Sin embargo en esa época no se conocía nada sobre dos nuevos derechos: el Derecho a la Identidad y el Derecho a la Verdad, ambos concebidos hoy por hoy como derechos humanos inalienables de la persona humana, y que permiten asimilar en la actualidad a la adopción como una institución capaz de modernizarse por medio de un enfoque en los derechos humanos del adoptado.

Asimismo tampoco existían en esa época instrumentos internacionales como los que tenemos en la actualidad como la Declaración Universal de los Derechos del Niño o la Convención Iberoamericana de Derechos de los Jóvenes en donde se consagra el derecho de los menores y de los jóvenes a conocer quiénes son sus verdaderos padres biológicos, a conocer su identidad de origen, etc.

Este derecho —el derecho a la identidad[5] y su contrastación con el art. 22º del Código Civil peruano— será abordado en el contexto de la presente investigación sobre la base de su desarrollo alcanzado tanto en el derecho nacional como en el derecho comparado[6], con las limitaciones propias del caso por tratarse de una investigación que no alcanza el nivel de tesis sino de tesina. Sin embargo, esto no es obstáculo para que en el legítimo ejercicio de nuestro derecho de investigación y opinión académicas expongamos la necesidad de una adecuación de las normas que regulan la adopción en nuestro país, dejando abierto el derecho para que quienes disientan de nuestra posición lo expresen a través de los canales que consideren apropiados sin ser coercitivos.



(...)

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[1] Ver en Anexo Nº 4: Estadísticas de la adopción en el Perú.
[2] El “Derecho a la Verdad”, que no es un derecho lírico sino más bien un derecho anterior y per se de la persona digna, persigue el conocimiento objetivo y cierto de los hechos, de tal forma que queden satisfechos el interés personal y el interés público, lográndose una situación de conformidad, tranquilidad y paz que es necesaria para el bienestar personal y el de la comunidad. El “Derecho a la Verdad” es un derecho constitucional y un derecho humano, un bien jurídico que por estar inseparablemente unido a la condición humana, por integrar su núcleo jurídico primario, constituye el fundamento de toda comunidad política, en cuanto le sirve de principio y de razón primordial. Es, dicho de otra forma, el derecho inherente a la persona humana, el derecho que todo ser humano lleva como atributo jurídico innato, que existe con anterioridad al surgimiento de las normas positivas y que se caracteriza por su calidad de inalienable, en cuanto no admite enajenación, cesión ni transferencia de su contenido imprescindible. SÁNCHEZ HUARCAYA, Luisa Flora (2006): Derecho a la verdad. En: Jurídica. Nº 90. Lima. 18/04/2006. p. 5.
[3] La adopción —regulada por el Código Civil— es una institución que eleva al más alto rango jurídico las relaciones fraternales entre los seres humanos. La adopción es una institución noble, generosa y altruista que es el resultado de muchos siglos de evolución. Por ello no es propósito de la presente investigación denostarla ni atacarla; nada más alejado de nuestro propósito.
Sin embargo, como toda institución del derecho —incluyendo el Derecho mismo— la adopción no puede estar anclada en la historia sino que, nutriéndose de la experiencia y el desarrollo que se produce en la Historia, también está sometida a los cambios y evolución a la que se someten todas las cosas de la vida. Y muchos de esos cambios son producidos por la aparición de nuevos conceptos, nuevas teorías, nuevas leyes, que determinan que las instituciones al ser contrastadas revelen una clamorosa necesidad de cambio, adecuación y modernización.
[4] Para efectos metodológicos, en el presente trabajo dejamos constancia que abordamos la problemática de la adopción de menores de edad que al momento de ser adoptados no han llegado al grado de discernimiento capaz de mantenerlos informados en el sentido que las personas que cuidarán de ellos y ejercerán la patria potestad sobre ellos no son sus padres biológicos; es decir que no son conscientes de la adopción. En tal sentido, se descarta de la presente investigación el caso de la adopción de menores de edad que sí son conscientes de la adopción así como la adopción de mayores de edad.
[5] Nuestro tribunal casatorio en una sentencia expedida en 1999 ha establecido que “el signo que distingue a las personas en sus relaciones sociales es el nombre civil, que está compuesto por el nombre individual o de pila y por el apellido o nombre de familia, nombre que va unido a la personalidad de todo individuo como designación permanente de ésta; consiguientemente toda persona tiene derecho a un nombre, el que es consagrado entre otras normas por la contenida en el art. 21º del Código sustantivo”. Asimismo añade: “Que el derecho al nombre, que es parte del derecho a la identidad, implica el derecho que tenemos de poder conocer nuestro origen y quiénes son nuestro progenitores (…)”. PODER JUDICIAL. Sentencia en Casación. CAS. Nº 750-97-JUNIN, SCSS. En: CAJAS BUSTAMANTE, William (2002): Código Civil con jurisprudencia. Editorial Rodhas. Lima. p. 34.
[6] En este sentido la jurisprudencia y la doctrina argentina ha desarrollado conceptos valiosos que también son considerados en la presente investigación.

domingo, 10 de agosto de 2008

Memorias de una peritonitis diverticular (memorias)


Por Freddy Ortiz Regis


“Supongo que hacerse mayor es asumir que no eres inmortal, que no lo sabes todo y que, más bien, la magnitud de tu desconocimiento es absoluta”.— Imma Turbau (España)


El 30 de mayo de 2008 fui operado de peritonitis en el Hospital Belén de Trujillo (PERÚ). Desde ese día hasta el momento que superé la etapa más crítica de mi enfermedad, he vivido los momentos más fronterizos de mi vida con la muerte.

Afrontar una intervención quirúrgica en un hospital público de mi país, y salir vivo, es parte de la cruz que tenemos que cargar todos los que pertenecemos a la clase menos favorecida económicamente. Enfatizo lo de económico porque personalmente me siento muy favorecido en otras áreas de la vida.

Ingresé por emergencia a eso de las 8:30 a.m. A las 9:30 a.m. ya los médicos tenían un diagnóstico del terrible dolor que me aquejaba en el lado izquierdo del vientre: perforación de divertículos ubicados en el colon sigmoides, y como era lógico suponer, el contenido de esta sección del intestino grueso se estaba vaciando por el resto de mi sistema digestivo originando un proceso infeccioso.


No obstante la gravedad del cuadro que me aquejaba, ingresé al quirófano a las 6:30 p.m. A estas alturas, por el tiempo dejado transcurrir, las posibilidades que saliera con vida habíanse recortardo de una manera dramática…

¿Qué es la diverticulosis?

En realidad ignoro por qué razón este síndrome lleva ese nombre si no tiene nada de divertido. La diverticulosis es una condición donde se forman pequeñas bolsitas (divertículos) en las paredes del intestino. No está comprobado pero se cree que la principal causa es una dieta baja en fibra. Se tuvo las primeras noticias de este síndrome en Estados Unidos, en los primeros años del siglo pasado, cuando, al mismo tiempo, los alimentos procesados fueron incluidos en la dieta de los americanos. Muchos alimentos procesados contienen harina procesada baja en fibra, y a diferencia de la harina integral, no contienen ningún salvado de trigo.


La fibra es la parte de frutas, verduras y granos que el cuerpo no puede digerir. Alguna fibra se disuelve fácilmente en el agua (la fibra soluble) y asume una suave —como jalea— textura en los intestinos, mientras que otra pasa casi inalterada a través de los intestinos (la fibra insoluble). Ambos tipos de fibra determinan que las heces sean suaves y fáciles de transitar por el tubo intestinal. La fibra también previene el estreñimiento.


Una dieta rica en fibra dietética, especialmente la insoluble, puede ayudar a prevenir la inflamación y hasta aliviar esta condición tan dolorosa. Cuando se reduce el estreñimiento y las evacuaciones dolorosas, se reduce la presión en el colon. Cuando las bolsitas atrapan pedazos de residuos éstas se inflaman o infectan causando mucho dolor. A esta condición se llama diverticulitis.


Fui diagnosticado de diverticulosis hace aproximadamente cuatro años. El galeno que me dio la noticia no me informó (no sé si por ignorancia o negligencia) de la necesidad de intervenir preventivamente a través de la cirugía. Simplemente, me indicó que la diverticulosis podría mantenerla a raya siguiendo un régimen estricto basado en ingesta de fibra. Sin embargo —después del sufrimiento que he pasado tras una intervención quirúrgica que debió haberse realizado preventivamente y en mejores condiciones— quisiera aconsejar, a quienes padecen de la diverticulosis, no esperen que los divertículos se perforen ocasionando un cuadro de peritonitis, sino que acudan a su médico y soliciten orientación acerca de una cirugía preventiva que les ayude superar este síndrome.


La lucha por la vida

Cuando salí del quirófano eran ya las 10:30 de la noche. Cuando abrí mis ojos, las luces provenientes del techo, del largo corredor que separa la sala de operaciones del área de hospitalización, me informaban que estaba vivo… Que ese natural pero profundo temor —que deben de experimentarlo todos los que entran a un quirófano— de no volver a abrir los ojos, había sido infundado… Que aún seguía entre los vivos, a quienes veía moverse entre los pasillos imbuidos de una terrible fuerza que se llama amor…


Porque desde ese momento —y este es el propósito de estas memorias que escribo agradecido— mi vida comenzó a experimentar la dimensión del amor en los actos y en los esfuerzos sacrificados de muchas personas a quienes nunca terminaré de pagar.


Mi hermano Lucho, el mayor de todos mis hermanos, hizo el papel de mi ángel guardián. El hizo hasta lo imposible para reunir el financiamiento y hacer frente a los gastos de la operación quirúrgica. Nuestros pocos ahorros eran insignificantes ante la magnitud de una intervención como la que tenía que enfrentar. Pronto se reunieron mis primas Zully y Elvira, y mi sobrina Lilette. Ellas aportaron su cuota de apoyo material y espiritual. Mi hermano Carlos viajó inmediatamente desde la ciudad de Chiclayo, dejando a un lado sus responsabilidades laborales. Su rostro amoroso y preocupado fue el que con más nitidez vislumbré en el preciso momento en que muchas manos y brazos me depositaban suavemente sobre una cama en el área de hospitalización. No recuerdo qué vino después pero sentía que un cinturón de amor me rodeaba, y esto traía paz y esperanza a mi dolor…


Al día siguiente me ví en una habitación acompañado de cinco pacientes más. A mi derecha se encontraba un hombre que tosía con mucha frecuencia. Pero el que más me impresionó en esa sala fue un hombre que se encontraba frente a mi cama. No sé qué enfermedad padecía pero tiritaba diciendo “ay, taitito, ay taitito”, al tiempo que castañeaba los dientes, llenando de frío no sólo la habitación sino también mi frágil estado de ánimo. También muchas personas lo rodeaban, y yo sentí mucha pena porque parecía que el calor de ese amor no era suficiente para calmar su sufrimiento… Al rato llegaron unas enfermeras y traían una lámpara para colocarla a su lado, intentando paliar el frío que le atormentaba.


Cuando aquel hombre dejó de tiritar entonces se quedó dormido, y yo comencé a reparar en mí. Estaba solo. No había nadie a mi lado y comencé a sentir un leve dolor en la superficie de mi vientre. Cuando levante la manta que me cubría, mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. En el centro de mi vientre, a la altura del ombligo, había una tremenda gasa de aproximadamente quince centímetros, y a la izquierda, una bolsa plástica, con una abertura circular por donde ingresaba un terminal de mi intestino. “Dios mío, ¿qué me ha pasado?”, pensé nervioso. Y mientras contemplaba ese escenario de guerra, mi hermano Lucho interrumpió mis pensamientos colocando su mano sobre mi hombro derecho. “Te han realizado una colostomía”, dijo, tratando de esconderme el dolor por que el había pasado en las horas previas, luchando por mí contra la muerte.


¿Qué es una colostomía?

La colostomía es un procedimiento quirúrgico en el que se saca el extremo del intestino grueso a través de la pared abdominal y las heces que se movilizan a través de dicho intestino se vacían en una bolsa adherida al abdomen. Este procedimiento usualmente se realiza después de una resección intestinal o lesiones y puede ser temporal o permanente.


El procedimiento se lleva a cabo bajo anestesia general (con el paciente inconsciente y sin dolor) y se puede realizar en forma invasiva, con cirugía abierta o en forma laparoscópica (varias incisiones pequeñas). El tipo de aproximación utilizada depende de qué otro procedimiento sea necesario realizar. En general, se hace una incisión en el abdomen y se practica la resección o reparación intestinal en la medida de lo necesario.


Para la colostomía, se pasa el extremo del colon sano a través de la pared abdominal y se suturan los extremos a la piel de dicha pared. Luego, se coloca una bolsa de drenaje adhesiva, llamada dispositivo de estoma, alrededor de la abertura para permitir el drenaje de las heces.

La salud de mi país
“Pero no te preocupes, es temporal…”, me dijo mi hermano Lucho tratando de calmarme. “Después de algunos meses te van a realizar otra operación para restaurarte, y volverás a ser normal otra vez…”. Yo no podía creer por lo que estaba atravesando. Apenas ayer, en la noche, había estado con mi mejor amigo en el teatro Municipal, en un homenaje a los Veteranos de la Guerra con Ecuador, luego nos devoramos una bolsa de yucas chinas con gaseosas, y ahora… ¡estaba postrado en la cama de un hospital con el vientre casi expuesto al aire libre!


No podía llorar. Soy una persona que le cuesta mucho llorar. Sólo recuerdo haber llorado francamente en tres oportunidades. La primera, cuando me dieron la noticia de la muerte de mi padre en circunstancias que me encontraba laborando en una editorial jurídica; la segunda, cuando besé la frente de mi madre muerta; y la tercera, cuando mi hijo ingresó a la universidad.

Conversé con mi hermano por algún tiempo y luego me quedé dormido para despertar aquejado de un terrible dolor en la cintura. Una artrosis lumbar, que me diagnosticaron también algunos años atrás, había comenzado a hacer de las suyas. El dolor era casi insoportable y mis quejidos alertaron al personal de turno. Pronto me inyectaron y el dolor comenzó a desaparecer dejando en su lugar un gratificante sosiego.


Ese mismo día me trasladaron a otra sala. De la cama 21 pasé a ocupar la cama 6 del área de cirugía de varones. Cuando me colocaron en mi nueva cama, el dolor de la cintura volvió casi con la misma intensidad de antes. Este dolor me acompañó por una semana más hasta que los analgésicos que me inyectaban diariamente hicieron que la artrosis sea controlada, para dar paso a una neumonía intrahospitalaria…


En mi país, los establecimientos públicos de salud atraviesan una severa crisis. Junto con el sistema educativo público, es el área que menos atención tiene de parte del sector gubernamental. Salud y educación sólo son materia de atención cuando se produce una campaña electoral cada cinco años. Luego, se realizan reformas que no están inspiradas en una solución integral del problema sino en presentar paliativos que justifiquen los jugosos sueldos de los burócratas en el poder.


En el hospital Belén, donde estuve internado, lo único rescatable es la vocación de las personas que laboran en ese nosocomio. Realmente, estas personas trabajan en condiciones dignas de un Premio Nóbel de la Paz. Cuando veo en los medios de comunicación alguna queja airada de parte de alguien afectado, pero dirigida contra los galenos, enfermeras o personal técnico que trabaja en los centros de salud de mi país, no puedo menos que indignarme por la injusticia que se comete contra ellos, pues por las condiciones en que laboran, las protestas deben ser reorientadas contra quienes están en el deber de revolucionar el sistema de salud pública del Perú.


La luz enceguecedora
Adquirir una neumonía intrahospitalaria es en mi país es uno de los primeros temores que tienen los médicos sobre sus pacientes hospitalizados. Las malas condiciones higiénicas y de salubridad que existen en los centros de salud públicos permiten que el ambiente de sus diversas áreas y salas sea un caldo de cultivo de todo tipo de gérmenes resistentes a los antibióticos de última generación, de modo que, una persona que ingresa afectada de una dolencia diferente, pueda hasta perder la vida por una neumonía intrahospitalaria.


La neumonía es una dolencia no sólo mortal en sus efectos sino insufrible en su padecimiento. El anhelo por llenar inútilmente los pulmones de aire es desesperado. Es una dolencia que afecta también el sistema nervioso pues produce una terrible depresión en las personas que lo padecen. Cuando mi prima Zully y mi sobrina Lilette se turnaban en las tardes para acompañarme, no podían disimular entre ellas su desencanto por el estado en que la neumonía me había postrado. Mis músculos se habían contraído, mi rostro se había desencajado y mis ojos despedían esa lánguida mirada, típica de los pacientes neumónicos que luchan por arrancarle a la vida un poco más de oxígeno.


Fue en estas circunstancias en que me sentí completamente solo. Allí entendí al hombre que gritando “ay taitito, ay taitito” se quejaba en medio del amor de tanta gente que le amaban. Hay un momento —en la crisis de una grave enfermedad— en que no hay nadie más en el universo que tú. Es un momento en que hasta el sentimiento de la existencia de Dios es puesto a prueba… Es el instante en que Jesús, clamando a gran voz y colgando del madero, dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.


He pensado mucho en estos días acerca de la naturaleza de ese extraño y desagradable sentimiento de soledad. Creo que es una fase que nos inicia en el desligamiento del mundo en que vivimos para pasar a una etapa de la crisis final, en que el organismo comienza a prepararse para el encuentro con una nueva dimensión: la dimensión de la eternidad. La sensación de soledad es catastrófica. El abandono es total. Miras a tu alrededor y ya no encuentras sentido ni en los rostros de las personas que te aman. El tiempo transcurre más lentamente. La fiebre te sumerge en una desmotivación fatal, mientras tu cerebro, en la penumbra de un estado que no se sabe si es sueño o vigilia, imagina cosas, siluetas, vértigo, y una luz más intensa que el sol…

Testimonios de personas que han tenido experiencias al borde de la muerte relatan de manera casi constante que al final de este pasadizo se percibe una luz hermosa e intensísima, que no impide observar cuanto les rodea; “una luz que parece inundarlo todo y desprende una formidable radiación de amor”. Después se aproximan a una suerte de frontera —simbolizada por un río, una puerta, una niebla gris...— entre esta vida y un estado sucesivo. No quieren volver atrás y “desean entrar en esa luz esplendorosa…”, “una luz intensa y de gran belleza, a veces cegadora”.


En otoño de 1975 apareció un librito titulado Vida Después de la Vida. Su autor, Raymond Moody Jr., había sido profesor de filosofía y en ese momento estudiaba cuarto curso de medicina. Sin grandes pretensiones, la mayor parte del libro está dedicado a los testimonios de personas que tuvieron experiencias cercanas a la muerte (ECM). En el libro aparece la secuencia de hechos, supuestamente previos a la entrada en el más allá, que luego se haría famosa: una sensación imposible de describir, escuchar el anuncio de la propia muerte, un sentimiento de paz y quietud, un ruido, entrar en un túnel oscuro, la salida del cuerpo, el encuentro, generalmente con familiares fallecidos; el ser luminoso, la revisión de vida, la frontera y el regreso. Según Moody, estos pasos —o la mayor parte de ellos— los atraviesan todas aquellas personas que han estado a punto de morir.


En 1977, Kenneth Ring, un psicólogo de la Universidad de Connecticut, decidió comprobar los resultados de Moody, que en el libro no mencionaba cómo seleccionó los testimonios ni el porcentaje de gente que cumplía la secuencia completa o, por lo menos, lo que Ring llamaba la Experiencia Central: el sentimiento de paz, la salida del cuerpo, la entrada en la oscuridad, la visión de la luz y la llegada a ella. Su investigación mostró que si bien un 60% de los que sufrían una ECM tenían la sensación de paz, solo un 10% experimentaba la entrada en la luz. Moody aseguraba que casi todas las personas que han estado cerca de la muerte han vivido una ECM; los estudios realizados desde entonces demuestran que únicamente entre un 22% y un 48% sufren alguno de los pasos y alrededor del 10% una ECM completa.


En uno de esos estados retrocedí a los años de mi infancia en Huanchaco, cuando vivía con mis tíos, mi mamá, primos y hermanos en una de las casas más grandes del pueblo. La casa tenía un portón de madera muy grande que se abría de un ala para pasar al patio, en donde se destacaban dos pilares de madera, que nosotros utilizábamos como “arco de fútbol”. Pero justo a la entrada, apenas cruzando el gran portón, a la mano izquierda, había un pequeño cuartito de apenas tres por cuatro metros que se empleaba como depósito. El cuartito tenía una única ventana, sin lunas, que daba al patio, y en mi niñez, tenía que colocar algunos ladrillos para observar a través del ella su interior oscuro y desordenado conteniendo muchas cosas que sólo usaban los adultos.


En ese estado de sopor ví a mi tío Manuel —apenas fallecido dos meses antes de mi hospitalización— que me llamaba para entregarme un caja de esténciles. En esa época mi tío era el dueño de esa casa grande y se ganaba la vida tipeando tesis de grado. Como no existía la fotocopiadora, mi tío picaba esos esténciles de seda en una máquina de escribir y luego reproducía el contenido empleando un aparato llamado mimeógrafo. Yo lo veía trabajar hasta altas horas de la noche, y me dormía con el sonido de la máquina de escribir que se escuchaba taladrante en el vasto silencio de la madrugada. Esas imágenes de mi tío Manuel, y su pasión por todo lo que tenía que ver con las palabras, las letras y la redacción, quedaron grabadas en mi niñez marcándome para siempre. Cuando era adolescente, comencé a ayudarle en la corrección de los esténciles y también en la impresión de las tesis y libros en el mimeógrafo, ganándome mis primeros soles de la vida.


En mi visión, mi tío Manuel, me entregaba una caja de esténciles, la que dejó en la ventana del cuartito-almacén. Yo coloqué un ladrillo sobre otro para subirme a la ventana y cumplir con el encargo de mi tío. Una vez en la ventana, y con los esténciles listos para ser corregidos, algo llamó mi atención hacia el interior oscuro del cuartito. Era un pequeño hueco, del tamaño de una moneda de a sol, que se abría en el centro del piso. Del interior de ese pequeño hueco salía una luz tan intensa que me enceguecía… La luz crecía hacia el interior del cuartito y era tan fuerte que me obligó a retirarme bajando prestamente de la ventana.


Una segunda experiencia —y la última— consistió en la visión de una puerta de gran tamaño que estaba cerrada, pero de cuyos bordes, especialmente del borde inferior, comenzaba a penetrar la misma luz intensa y enceguecedora. La luz era tan penetrante que mis ojos no podían resistirla, por lo que tuve que levantar mi mano izquierda para cubrirme de los haces brillantes que ingresaban por la parte inferior de esa gran puerta. Cuando desperté, mi mano izquierda la tenía levantada, como tratando de proteger mi vista de algo que me perturbaba…


Otras visiones recurrentes consistían en encontrarme con mi madre (fallecida en enero de 2005), pero no podía acercármele porque ella simplemente me ignoraba. No existía la luz brillante y enceguecedora. Sólo estaba una fría e inexplicable indiferencia de mi madre hacia mi persona, y una horrible angustia e impotencia por no poder llegar a captar la atención de ese ser que encarnó en mi vida la bondad, la abnegación y el amor.


¿Cómo interpretar estas experiencias? Pues la pugna por su interpretación mantiene ocupados mayormente a los esotéricos que a los científicos. Y como dice Miguel Ángel Sabadell “las ECM no son objetivo prioritario de investigación y se han realizado pocos estudios serios. La influencia de la cultura, el papel jugado por el tipo de proceso que lleva a ese estado –el túnel se ve más con un ataque cardiaco–, los efectos secundarios de los medicamentos... apuntan a un proceso del cerebro moribundo. Quizá sean un estado mental de quien nada puede hacer por aumentar su probabilidad de sobrevivir a una crisis, una forma de acallar el sistema nervioso y conservar la energía. Seguramente, la explicación no resida en un único fenómeno, sino en la suma de varios: fisiológicos, bioquímicos, psicológicos... El tiempo lo dirá”.


En lo que a mí concierne, la interpretación que les doy es que no era mi hora de abandonar este mundo. Mi rechazo de la luz, y la actitud de mi madre hacia mi persona, los interpreto como claras señales de que mi tiempo de partir aún no había llegado, y que la vida aún me reserva los desafíos, las luchas y las vicisitudes propias de una existencia marcada por una encarnizada lucha entre el bien y el mal.


¡Viva la vida!

Cuando salí de ese estado —que no sabría calificar como ECM, aunque los médicos y familiares me han confesado ahora que mis probabilidades de sobrevivir eran escasas— el mundo comenzó a parecerme realmente bello… ¡incluso el hospital Belén!


De allí en adelante mis sueños se trastocaron por otros más gratificantes. Como llevaba semanas sin probar alimento alguno, mis visiones consistían en frutas jugosas y vistosas que se presentaban a mis ojos como dones provenientes del Cielo. Se apoderó de mí, casi como una obsesión, el deseo de beberme un vaso de jugo de papaya. “Cuando salga del hospital”, decía emocionado a mis familiares y amigos, “lo primero que haré será tomarme ¡un jugo de papaya!”.


Hasta a mis ocasionales “torturadores” (como así los llamaba cariñosamente) comencé a ver con buenos ojos. Todas las mañanas se turnaban los internos de las facultades de medicina de mi ciudad para limpiar una herida en mi vientre de 16 cm de largo por 2 cm de ancho, que los cirujanos habían dejado abierta para que cierre naturalmente. Esta sesión de limpieza inicialmente me hacía dar de gritos, angustiando no sólo a mis familiares sino también a mis ocasionales compañeros de sala. Pero ahora, una nueva fuerza, un nuevo impulso, se había apoderado de mi corazón, dándome la fe y la esperanza para salir adelante y vivir el tiempo que aún me quede por vivir, soportando estoicamente el sufrimiento que entraña sobrellevar un proceso de recuperación total de la salud.


Sin embargo, la señal más elemental, de que me encontraba en el mundo de los vivos, la percibí cuando solicité mis estados financieros. No sólo estaba en bancarrota sino que mis perspectivas de trabajar y generarme nuevos ingresos eran todavía remotas. Tenía obligaciones no sólo con el hospital Belén sino también con mis tarjetas de crédito. ¿De dónde sacaría dinero para enfrentar estos compromisos? Si la única perspectiva que tenía ante mí era el reposo para hacer frente a una nueva intervención quirúrgica ¿cómo obtendría los recursos para cumplir con mis acreedores? Debo confesar que el temor y una desagradable sensación de inseguridad, nunca antes experimentados, se apoderaron de mí obligándome a echar mano de algo que hasta el momento había permanecido latente: mi fe.


El Espíritu de Dios revivió en mi mente un pasaje que me impresionó mucho en la época que decidí poner mi vida en las manos de Cristo. Era un texto de los escritos de Helen Gold de White dirigidos a los miembros de la iglesia. El texto decía más o menos lo siguiente: “Si la iglesia tiene alguna necesidad, entonces pídase a la iglesia”. La consagrada escritora cristiana no concebía que la iglesia deba atender a una necesidad empleando los métodos de financiamiento propios de las instituciones mundanas. Yo apliqué esta exhortación a mi vida y al estado por el que estaba atravesando. Dios puso en mi corazón los nombres de muchos de mis hermanos de la iglesia, amigos y familiares. Oré intensamente por ellos y con la ayuda de mi hijo Juan Pablo, escribí sendos e-mails informándoles de mi estado, de la forma cómo el Señor me había sacado de un trance espantoso, y solicitándoles su apoyo económico en calidad de préstamo. ¡La mayoría de ellos contestaron positivamente concediéndome créditos no reembolsables! Incluso Dios movió los corazones de mis primos a quienes sólo había visto de muy niños antes de emigrar con sus padres a los Estados Unidos de América. Mis ex compañeros de la universidad y ahora colegas de profesión —incluso uno que trabaja en el lejano Japón— también se aunaron a esta cruzada de amor en mi favor. Los hermanos y hermanas de mi iglesia local no sólo me visitaron para elevar sus oraciones sino que acompañaron a esa invaluable asistencia espiritual valioso apoyo económico. Y si todo esto no fuera suficiente, el Señor me acompañó no solamente en los trámites ante el Seguro Integral de Salud (SIS), que cubrió el cien por cien de mi tratamiento en el Hospital Belén, sino también en la reprogramación de mis pagos con mis acreedores de las entidades financieras, las que se mostraron —con la excepción de una que no diré su razón social— providencialmente flexibles y colaboradoras.


Epílogo

Cuando abandoné el hospital lo hice experimentando una mezcla de dolor, nostalgia y agradecimiento. Dolor por los recuerdos del sufrimiento experimentado; nostalgia por las personas que aún permanecían luchando por sus vidas; y agradecimiento por el trabajo altamente profesional y entregado del personal médico, técnico y administrativo de este nosocomio, que pese a las graves carencias y desmotivaciones de todo orden, hacen su trabajo con vocación, sacrificio y solidaridad.


Hoy me encuentro en un proceso de franca recuperación de mi salud, prolegómeno de una nueva intervención quirúrgica a la que seré sometido, Dios mediante, la primera quincena de setiembre de 2008. He llegado a este punto de recuperación gracias al amor activo de muchas personas que han demostrado —con sus oraciones unos, y con su apoyo material otros— comprender con eficacia que la obra de Dios en la tierra sólo es posible a través de almas que —independientemente de su credo o visión sobre la vida— están dispuestas a ser empleadas como canales de bendición.


Esta gran experiencia me ha ayudado sobremanera a ampliar mis horizontes sobre la vida y la muerte. Me ha demostrado lo vulnerable y débil que soy como ser humano frente a procesos existenciales ante los cuales no tengo ninguna posibilidad de control. Me ha ayudado a abrir mi mente y mi espíritu hacia una concepción menos maniqueísta de la existencia y más integral de la vida en todas sus dimensiones posibles. Me ha demostrado que la realidad y la irrealidad constituyen un todo por el que transitamos —como los salmones que pasan de los ríos a los océanos y de los océanos a los ríos— alegres o sufrientes en nuestro viaje hacia la verdad. Me ha permitido experimentar en carne propia una cuota del sufrimiento de mis hermanos postrados por diversas enfermedades en mi país y en el mundo entero.


Las cicatrices que han marcado mi cuerpo —y que permanecerán hasta el día que cierre temporalmente los ojos para volver a abrirlos nuevamente en la eternidad— serán las señales que me hagan recordar que tengo una deuda de humildad y de amor con todo el género humano. A todas las personas que me han ayudado, en especial a mis hermanos Lucho, Carlos y Raúl; a mi hijo Juan Pablo; a mis primas Zully y Elvira; a mi sobrina Lilette; a mis primos Ana María, Raúl, Jimmy, Lilia e Ítala; a mis tíos Walter, Consuelo y Udeth; a mi amiga Rina; y a mis amigos, ex compañeros de trabajo, de estudios en la universidad, de la iglesia, a ellos, les agradezco infinitamente sus muestras de amor y solidaridad hacia mi persona. A estos últimos no quiero nombrarlos para que Dios “que ve en lo secreto sepa recompensarlos en público”. (Mateo 6:3,4).


No sé cuál será el desenlace de la próxima intervención quirúrgica que me habrán de realizar en el mes de setiembre, pero sea cual sea el resultado, me presentaré enriquecido no solamente por esta grandiosa experiencia de fe que he vivido desde el 30 de mayo hasta el momento que escribo estas memorias, sino también por la firme convicción de que “en nada seré avergonzado, y, antes bien, con toda confianza, como siempre, también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero, porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia”. (Filipenses 1:21,21).