lunes, 4 de febrero de 2013

Las 7 leyes de la longevidad (filosofía/religión)

Por Freddy Ortiz Regis


Nuevamente mi amigo Manuel A. Ledesma motivándome a escribir. Esta vez doy respuesta a su valioso documental de RTV española que me ha hecho llegar a mi cuenta de Facebook, el que tengo el gusto de responder en los siguientes términos:

He descubierto en el documental 7 grandes condiciones -leyes diría yo- que coadyuvan a llegar a viejos. Estas son las siguientes:

1. Los ancianos son amados y respetados; son iconos de sus familias.
2. Hacen ejercicios físicos y cultivan amistades imperecederas.
3. Tienen una intensa vida social.
4. Disfrutan de una alimentación balanceada y baja en calorías; el pescado y los vegetales ocupan lugares preponderantes en su alimentación.
5. Cultivan sus propios alimentos. A diferencia de nosotros que estamos expuestos a los conservantes y pesticidas industriales.
6. Tienen un huerto que les permite mantenerse unidos física y espiritualmente con la naturaleza, y que les provee -todos los días- de "una razón para vivir".
7. Tienen una fe viva y ferviente en Dios, que les permite reposar y confiarse plenamente en los cuidados del gran Sustentador.

No estoy de acuerdo con la idea que se desliza en el documental de que la gastronomía occidental sea la causa de las enfermedades y de la reducción de nuestras expectativas de vida. Creo más bien que es el estilo de vida, la forma cómo nos relacionamos con el mundo lo que marca nuestros altos niveles de estrés y ansiedad, y consecuentemente, el debilitamiento de nuestro sistema inmunológico.

En nuestras sociedades capitalistas es en la noche donde tenemos el tiempo para reunirnos con la familia, y todo esto, alrededor de una abundante mesa suculenta en calorías. Por ello, es que la obesidad está, ahora, en la base de la mayoría de enfermedades graves de nuestro tiempo.

Tampoco estoy de acuerdo con lo que se dice en el documental que la esperanza de vida de los niños nacidos después del año 2000 se reducirá; digo esto porque la medicina hará progresos notables en los próximos años, y la aurora para la curación de muchas enfermedades ya se avisora, gracias al desarrollo del genoma humano, la medicina personalizada y la ampliación de la cobertura de salud, que será la tónica de los próximos 50 años. Con esto, se confirma, pues, que la esencia del problema está en el estilo de vida que nos ha impuesto la vida moderna: Tanto tienes, tanto vales.

Por ello, el documental confirma el mensaje que los cristianos adventistas venimos dando al mundo desde hace más de un siglo: La necesidad de vivir en conformidad con los preceptos sencillos y nobles de las enseñanzas de Jesús. Esto también se corrobora con el estilo de vida de los habitantes japoneses de Okinawa, quienes a pesar de no ser cristianos tienen un estilo de vida que ya quisiéramos muchos cristianos poner en práctica. Ellos han puesto a la sencillez, la austeridad y la sociabilidad, como los fundamentos de sus existencias, y ahí radica la clave de su sana y plena longevidad.

Creo, para finalizar, que desde que nacemos marcamos las condiciones que nos determinarán si llegaremos a ser centenarios. Mientras conservemos una actitud franca, jovial y optimista frente a la vida mantendremos intactas nuestras expectativas  de longevidad. Pero si, contrariamente, albergamos en nuestros corazones odio, frustración por no alcanzar lo que otros han alcanzado; cuando comenzamos a refunfuñar y amargarnos por cosas intrascendentes; o cuando comenzamos a creer que todo tiempo pasado fue mejor, y dejamos de rodearnos de los jóvenes y de darles la razón, entonces, y solo entonces, comenzará nuestra cuenta regresiva a la tumba.




Buen documental que pone de relieve grandes verdades sobre el cuidado de nuestra salud, la forma como nos debemos relacionar con nuestros semejantes y la crítica sobre el desenfrenado ritmo de vida que nos hemos impuesto negando los  preceptos de nuestra filosofía cristiana y basando nuestras existencias en una loca carrera por el éxito.

Hay, sin embargo, una apreciación -a mi juicio errada- que el documental deja entrever, dando la sensación de que la vejez es una meta de nuestras existencias. Yo personalmente creo que no es así; Jesús solamente vivió 33 años pero -como termina el evangelio de Juan-: "hay también muchas otras cosas que Él hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían".



Nota.- Hay un error en el documental cuando dice que "la iglesia adventista prohíbe a sus miembros  consumir determinados alimentos". Yo soy adventista y sólo me abstengo de comer los alimentos que Dios ha enseñado en Levítico no consumir. El fundamento de la iglesia adventista -como el de otras denominaciones cristianas- es Jesucristo, pues el reino de Dios no es cuestión de comidas ni de bebidas sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo; y porque, además, lo que contamina al hombre no es lo que entra en su vientre sino lo que sale de su corazón.

lunes, 8 de octubre de 2012

Mis bodas de plata con Jesús (memorias)


Por Freddy Ortiz Regis

Para quienes se han jurado amor por siempre, celebrar las bodas de plata es un hecho que marca un hito en el camino de una relación engarzada en la eternidad. Por lo general, este acontecimiento se celebra rememorando los pormenores que marcaron el inicio de esa relación así como los hechos relevantes que significaron pruebas, desafíos, derrotas y victorias.

Cuando conocí al señor Jesucristo yo venía de sufrir una gran decepción con las cosas que hasta ese entonces habían conformado las bases sobre las cuales se estructuraba el edificio de mi vida.

Europa
Había permanecido en Europa casi cuatro años.  Dos años y medio en Rusia y el resto del tiempo en la Europa occidental. Llegué allá como resultado de mi vocación por las ideas socialistas y marxistas, por lo que fui beneficiado con una beca de estudios para seguir la carrera de Economía en una universidad de Moscú.

Pero llegué a Rusia en una época en la que comenzaban a germinar profundas contradicciones con el sistema que había imperado en ese país por más de sesenta años. El sistema socialista no había logrado ofrecer al pueblo la igualdad soñada ni el bienestar económico que muchas naciones del occidente europeo gozaban sin ninguna restricción. Los jóvenes comenzaban a sentirse en un corsé en el cual no podían echar a volar las alas de su entusiasmo y de su imaginación. Las desigualdades entre quienes ostentaban el poder y el resto de la población, año a año se habían ido haciendo más profundas, y la población comenzaba a sentir –sin poder expresarlo abiertamente– que el precio de la utopía socialista era muy alto: sus más esenciales libertades.


Soldados en la Plaza Roja de Moscú

Cuando decidí abortar mis estudios en Moscú, y salir casi a salto de mata hacia la ciudad de Berlín Oeste, no pasó mucho tiempo para que el muro que dividía a Europa en dos partes se cayera por completo dando inicio a una nueva era en la historia de la humanidad. Y en mi alma también había comenzado a hacer grietas el muro de las convicciones que marcaron mi adolescencia y que habían dado sentido a mi existencia, pero que me separaban de Alguien que nunca dejó de esperarme…

Trabajando “a la negra” –como se dice a los extranjeros que no tienen permiso laboral– en algunas ciudades europeas y experimentando el mundo libre en toda su plenitud, mi alma comenzó a añorar el calor del hogar. Las noches insomnes pensando en mis padres y en mis hermanos, recordando los bellos momentos que compartíamos en casa con mis tíos y mis primos, estaban por llegar a su fin.

De regreso al hogar
Nunca olvidaré el rostro de mi madre cuando, finalmente, llegué a casa. Ella me abrió la puerta a las siete de la mañana y, por unos segundos, que ahora me parecen eternos, sus ojos se posaron en los míos como si estuviera viendo el mismo rostro de Dios. Nos abrazamos, lloramos. Mis hermanos y toda mi familia en pleno se sintió feliz con mi retorno, y nadie me reprochó no haber concluido los estudios en Moscú, pues en el fondo, quizás, nunca estuvieron de acuerdo que partiera hacia un mundo en el que, en nombre de la igualdad, se había roto con Aquel que, precisamente, nos había creado como seres libres e iguales.

Algún día publicaré mis experiencias en Rusia, de la universidad, de cuando trabajé en Kazajstán (al norte de China), de  los amigos que hice de toda lengua y nación, de las peripecias que pasamos para aplacarnos el hambre cuando la plata se nos acababa comprando libros o asistiendo al teatro, etc., etc. Ahora, quiero centrarme en la forma cómo conocí a Jesús.

Después de haber pasado todos esos años en Europa, ahora de regreso en mi país, mi alma comenzó a debatirse en un profundo vacío existencial. Es cierto que sentía el calor y la alegría de estar rodeado de mis padres y de mis hermanos, pero mi corazón y mi mente anhelaban la verdad. Mi alma estaba herida porque sentía que había crecido creyendo por mucho tiempo en algo que se había desmoronado por la fuerza arrolladora del tiempo y de las ansias de libertad.

Ya desde que estaba en Europa, el amor por la lectura –que en el colegio me lo había implantado, a fuerza de llanto y dolor, mi maestro Nelson Vásquez–, se había fortalecido mucho más. Los fines de semana prefería quedarme en mi cuarto de la universidad leyendo todo lo que podía en una irrefrenable carrera por disfrutar de los mundos, los sueños y las entelequias que salían de los libros y novelas, y que me transportaban a vivir experiencias que me hacían sentir héroe y villano, amo y vasallo, rico y pobre, todo al mismo tiempo. Solo cuando mis amigos me decían que iríamos a pasear por los parques de Moscú y de paso comer el sabroso y jugoso Shashlik (una especie de anticuchos de carne de cordero marinada), entonces cerraba los libros, saltaba de la cama y me iba con ellos a pasear, reír, comer y hacer diabluras.


Shashlik ruso

El encuentro con la Verdad
Pero, ahora, en mi país, mi alma sufría mucho porque oleadas de nostalgia por todo lo vivido en Europa me asaltaban, envolviéndome en una terrible tristeza que ni las lecturas en la tranquilidad y el amor de mi hogar podían aplacar. Hasta que mi vista se dirigió hacia un libro que siempre había ocupado un lugar decorativo en el estante de los libros de mi casa: la Biblia.

Extendí mi brazo y la tomé. La hojeé por breves minutos mientras en mi mente comenzaban a surgir las imágenes que ilustraban la obra de Dante Aligheri referidas al infierno. Esta obra que nunca había leído pero cuyas imágenes se aparecían en mis sueños de niño, había marcado mi actitud hacia la Biblia, asumiéndola como un libro plagado de maldiciones, amenazas y tormentos. A esto se sumó la educación religiosa que recibí en mi niñez, en donde se me inculcó el carácter de un Dios implacable y extremadamente puro que contrastaba con mi impureza. Por ello no era de sorprender que mi joven corazón hubiese sido conquistado por las ideas de los agnósticos, quienes despotricando de una fe fundamentada en la religiosidad y la represión, proclamaban la muerte de ese Dios para dar –según ellos– apertura al mundo de la libertad y la realización del hombre como verdadero amo y señor del universo.


Ilustración de una sección del Infierno de Dante Aligheri

Recuerdo como si fuera ayer, la tarde en que tomé la Biblia, y luchando contra los prejuicios que me había formado de ella desde mi niñez, tomé la decisión de leerla, no desde el principio, sino a partir del Nuevo Testamento (los evangelios y las cartas de los apóstoles). Terminé su lectura cuando ya la noche había llegado y la madrugada se extendía sobre la ciudad envolviéndola en su oscuro manto de silencio. Por ello, las palabras del apóstol Juan, cerrando el Apocalipsis con un conmovedor “¡Sí, ven Señor Jesús!”, retumbaron en el silencio de la noche abriendo un surco en mi mente y en mi corazón. Movido por una fuerza sobrehumana, que sobrepasaba toda la lógica que había regido mi vida desde siempre, me arrodillé al pie de mi cama y, con los ojos inundados por las lágrimas, que eran una mezcla de vergüenza, amargura y felicidad, reconocí que había encontrado la Verdad que siempre había buscado desde los años más tempranos de mi existencia. ¡La verdad no era una cosa, ni una idea, ni nada por el estilo; la verdad era una persona, la persona de Jesús! (Juan 14:6).

Desde allí todo es historia ya… Cuando los rayos fulgurantes del sol me despertaron por la mañana sabía que ahora se levantaba una persona nueva. Desde ese día comenzó una inagotable búsqueda por conocer más de Jesucristo y de gozarlo con otros que también le conocían.  Pensé que volver a los brazos de la iglesia en que mis padres me bautizaron era lo más aconsejable; pero no encontré en ella la luz ni el carácter del Cristo que me había deslumbrado en los evangelios. Y aunque gané nuevos amigos, que ahora son parte de mi muy reducido grupo de personas por quienes guardo una especial devoción, en la iglesia católica solo percibí una vocación por Dios fundamentada en las tradiciones, los ritos y las particulares interpretaciones de los papas y santos de la iglesia acerca de la verdad.

La Cruzada para Cristo
Por ello, no pasó mucho tiempo para que comenzara a frecuentar los círculos de los cristianos evangélicos. Los años que pasé entre ellos fue un tiempo muy especial. Aprendí que Dios tiene formas insospechadas para guiar a las personas hacia Él. Pero también descubrí que hay muchos lobos disfrazados de ovejas tratando de devorar los corazones sinceros y dispuestos a caer –por su fe en Dios– en todo tipo de trampas y seducciones. También en mi paso por estos hermanos cristianos gané nuevos amigos, que aún conservo, y en cuyas vidas simples, de abnegación, pobreza y alegría, encuentro siempre inspiración para seguir adelante en la vida cristiana.

Durante el tiempo que adoré a Dios en la compañía de los hermanos evangélicos me bauticé en la iglesia bautista, pues llegué a ser parte de una organización paraeclesiástica denominada “Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo”, más conocida simplemente como “la Cruzada”. En esta organización se asentaron en mi mente los fundamentos de un estudio metodológico y claro de las Escrituras. Fundada para presentar a Cristo entre los círculos de la universidad, quienes pertenecíamos a la Cruzada, nos esmeramos en un estudio sincero y práctico de la palabra de Dios. Y ahora que escribo estas líneas vienen a mi mente los rostros de Luis Silencio,  Juanita, Rosy, Javier, Maya, Jhony, María Elena Porturas, y muchos otros más, cuyos nombres la memoria me traiciona, pero que los veo en mi recuerdo con sus risas fragantes y plenos de una felicidad que solo Cristo podía otorgar. Algunos de ellos han fallecido y me están esperando para reencontrarnos en un dichoso abrazo cuando suene la trompeta final. Las experiencias vividas con los hermanos de la Cruzada serán irrepetibles, sobre todo cuando presentábamos la película “Jesús de Nazareth” a miles de personas a lo largo y ancho del país. No nos importaba el frío o el calor pues nuestra mayor recompensa era ver los rostros de las personas iluminadas por los rayos del amor de Cristo que emanaban de la película, y que por esos años, proyectábamos en un cinematógrafo en rollos de celuloide, y que cuidábamos como a las niñas de nuestros ojos de las inclemencias del clima, del transporte o de los amigos de lo ajeno.

Escena de la película "Jesús de Nazareth"

Una luz mayor
Pero Dios tenía una luz mayor reservada para mí. Desde aquella madrugada en que caí arrodillado a los pies de mi Salvador había comenzado para mí la historia de una experiencia nueva con Dios en mi vida, dirigiendo mis pasos y señalándome el orden y la prioridad de las cosas en la vida y en el universo. Aunque había aprendido mucho y tenido experiencias que enriquecieron mi forma de aprehender la realidad y amar a mis semejantes, yo tenía aún en mi corazón muchas inquietudes y preguntas sin respuestas.

Estas interrogantes se manifestaban en fallas en mi condición espiritual que ponían a prueba mi fidelidad a Dios y a sus principios, me llenaban de angustia y ensombrecían mi relación con Dios y con mis semejantes. Tratando de encontrar nuevas respuestas dediqué buena parte de mi tiempo y recursos a estudiar las doctrinas de otras religiones –cristianas y no cristianas– con la esperanza de encontrar respuestas no sólo convincentes sino verdaderas.

Estando en una de esas crisis existenciales, tratando de encontrar respuestas a los problemas de la vida, de la muerte, al por qué de tantas religiones en el mundo, y a un sinfín de interrogantes, llegó a visitarme a mi casa un amigo mío que retornaba al Perú después de algunos años viviendo y trabajando en Bolivia como colportor de las publicaciones de la iglesia adventista del séptimo día. Colportor es una palabra que no figura en el diccionario pero es como se denomina a las personas que dedican su vida a difundir la Biblia y las publicaciones cristianas ya sea a través de las ventas o la donación sistemática.

Este amigo, cuyo nombre es Juan Carlos Vásquez, me dijo, cuando le compartí las inquietudes que sobresaltaban mi relación con Dios: “Te voy a traer algunos libros que son parte de mi ministerio para que los leas”. Yo le agradecí su atención. Y no pasó una semana cuando volvió a tocar mi puerta cargado de varios libros que dejó sobre mi mesa.

– Aquí están, como te los prometí. Léelos con paz y tranquilidad y luego me das tu opinión.

Y se marchó tan rápido como llegó.

Yo tomé los libros que me dejó y recuerdo claramente los nombres de esas publicaciones: El Deseado de todas las gentes, El conflicto de los siglos y Mensajes selectos (tomos I, II y III). Todos esos libros tenían como autor a la escritora adventista del siglo XIX, Ellen G. White.

Cuando terminé la lectura de todos estos libros, llamé a mi amigo Juan Carlos y le dije:

–        Yo quiero conocer la iglesia adventista y reunir con las personas que profesan esta fe.

–        Por supuesto que sí, Freddy – me dijo.

Escritora norteamericana Elena G. de White

El sábado siguiente, Juan Carlos me llevó a visitar la IA7D de la urbanización Las Quintanas (Trujillo) y participé en el culto de adoración con los fieles adventistas. Allí mismo se anunció que la iglesia, entre semana, estaba ofreciendo cursos sobre el estudio de los libros de Daniel y el Apocalipsis. Me ofrecieron participar gratuitamente de esos cursos, y yo accedí gustosamente.

Cuando terminó el estudio de los cursos, los hermanos adventistas que los habían dictado, hicieron un llamado para entregar la vida a Cristo a través del bautismo. Yo dudé en hacerlo pues ya me había bautizado algunos años atrás. Cuando le compartí a un hermano de esta iglesia que yo ya había sido bautizado en la iglesia bautista, él me respondió con firmeza que tenía que volver a bautizarme.

Esto me causó un poco de desazón y lo asumí como una muestra de intolerancia por parte de la iglesia adventista de no reconocer mi bautizo en otra iglesia. Durante algunos meses estuve pensando sobre este impase hasta que volví a plantearlo a un anciano de la iglesia, quien al percibir mi turbación me dijo estas palabras que nunca olvidaré:

–        Hijo, no te angusties por esto… Si por Jesús tuviera que bautizarme cien veces, con gusto me bautizaría cien veces y más, por amor a quien no sólo nos ha dado el ejemplo del bautismo sino también su vida para que seamos salvos por su sangre…

En las aguas del bautismo
Fue así como un 8 de octubre de hace ya veinticinco años me entregué a Jesús en las aguas del bautismo.

Desde esa fecha hasta la actualidad en que escribo estas líneas no sólo he encontrado respuestas a los grandes enigmas de la vida sino también un nuevo sentido de mi relación con Dios. No es que ya no tenga inquietudes ni interrogantes acerca de Dios y de su creación, es solo que ahora el Espíritu de Dios me capacita constantemente para encontrar las respuestas a la luz de cómo Cristo hubiera reaccionado frente a tal o cual situación que nos presenta la vida.

Bautizo de Jesús en el río Jordán

En la IA7D –como en todas las iglesias del mundo– existen personas que se aferran a las tradiciones, a los ritos, a los prejuicios y a las formas externas porque es más fácil llevar una religión fundamentada en las apariencias. Pero también he conocido personas para quienes la opinión de Dios pesa más que la opinión de los hombres, estén éstos dentro o fuera de la iglesia.

Durante estos veinticinco años con Cristo, he sabido hacer frente a situaciones extremas de la vida. He aprendido que para ser rico hay que ser pobre. Que para desear la vida hay que estar al borde de perderla. Que para poder amar hay que sentirse plenamente amado. Que para  hacer el bien hay que vencer todos los obstáculos que te pone no solo el enemigo de las almas sino también sus instrumentos humanos.

Durante estos veinticinco años con Cristo, he aprendido que nuestra relación con Dios es sencilla, personal. La clave es abrir la puerta a Jesús para que Él nos ayuda a desarrollar el Cristo al que todos estamos llamados a ser. He aprendido a ser tolerante con mis hermanos cristianos de diferentes confesiones porque estoy convencido que Jesús dio su vida por las personas y no por las instituciones eclesiásticas. El fundamento del cambio reside en nosotros y en el grado de sujeción al poder del Padre. Cristo nos enseño que cosas mayores haremos en este mundo si permanecemos unidos a la vid que es el amor de Dios. Y como dijo el pastor Tankiso Letseli (primer presidente negro de un colegio adventista en Sudáfrica): “No esperemos que el ambiente nos dicte qué hacer, porque seremos superados por los eventos. Seamos líderes de la transformación. El mundo está cambiando. Creo que la educación tiene que prepararnos para ser agentes de cambio, en lugar de responder meramente a este. Todos deberían tener la posibilidad de aprender y de ver en nosotros modelos dignos de imitar”. (En: Revista Adventist World, Nov. 2011, pág. 19). ¡Los que verdaderamente somos de Cristo, somos líderes y agentes del cambio! 

En estos momentos que termino de escribir estas memorias de mi relación con Jesús, acabo de leer una nota en la web, y que la transcribo porque no solo es representativa de la apertura que como cristianos debemos tener hacia los demás sino también del infinito anhelo de la iglesia de hoy de abrirse hacia nuevos horizontes del inagotable amor de Dios:

"Quisiera que en mi iglesia existiera un cartel que diga:

¡BIENVENIDOS!

En este lugar nos equivocamos, pero seguimos amándonos.
No te preocupes cómo vienes vestido, serás recibido sólo por ser humano.
Si no te gusta nuestra música, trae la tuya, aquí procuramos conocernos y respetarnos.

Si piensas distinto, no te preocupes, aquí no nos afligimos
de que alguien piense diferente, sólo queremos que pienses.

Aquí queremos abrazarte, aunque no tengamos brazos.
Sonreírte aunque no tengamos dientes.
Caminar a tu lado aunque nos falten piernas.

Deseamos que te sientas acogido, porque aquí recibimos
a todos los que tienen culpa, nos especializamos en llevar hacia
la gracia que limpia y sana.

Aquí todos somos reales, nadie finge ser lo que no es,
amamos y reímos, lloramos y sentimos, pero somos hermanos.

Si nos equivocamos pedimos perdón y seguimos adelante.

Es mi iglesia, somos una familia, queremos que seas
parte de ella, Jesús es nuestro amigo, él nos guía,
nosotros, sólo intentamos vivir como él vivió,
sin discriminaciones de ningún tipo” (MAN).

Han sido veinticinco años de caminar en su fúlgida luz y no sé cuántos años más Dios me permita seguir en este mundo. Pero una cosa sí sé: Que debo despojarme del lastre que me estorba, en especial del pecado que me asedia, para correr con perseverancia la carrera que tengo por delante (Hebreos 12:1).





¡Ven Señor Jesús!

jueves, 20 de septiembre de 2012

Alfredo Santa María Calderón: Padre y amigo ejemplar (in memoriam)


Por Freddy Ortiz Regis 

Para quienes tenemos la fe de que la muerte ha sido vencida y que solo nos puede pellizcar mas no destruir, hablar del fallecimiento de un familiar o de un amigo es algo que no nos abate ni nos llena de desesperanza.

Por eso, cuando hace algunas horas mi amigo Manuel A. Ledesma me comunicó el fallecimiento de don Alfredo Santa María Calderón (ASMC) no pude evitar estremecerme por la noticia, pero, así como cuando se entra por un túnel  y nos rodea la oscuridad y luego de unos minutos la luz nos estalla nuevamente en el parabrisas, el consuelo y la esperanza volvieron a mi corazón al recordar que don ASMC fue un hombre que vivió en este mundo una vida intensa, marcada por la solidaridad, el trabajo y el amor hacia los demás.

Ingeniero agrónomo de profesión, don ASMC se consagró al desarrollo de la agricultura en nuestro país, alcanzando éxitos notables en cuanto emprendimiento desplegaba sus conocimientos, alma y corazón. La irrigación CHAVIMOCHIC es quizá su logro más importante. Como político –diputado y senador de la república– fue un ejemplo de honestidad, decencia y transparencia en su servicio no sólo a quienes le confiaron sus votos sino también a todo el Perú, al que amó y concibió como una patria pujante, creadora y pícara.

Tuve el honor y el placer de conocerlo personalmente en los últimos años de su vida. Pasados los 85 años derrochaba vitalidad, fuerza y entrega por el progreso de nuestra patria. Por ello trabajamos en una serie de proyectos que iban desde dar  trazo y forma a su vibrante biografía hasta desarrollar estudios sobre la biodiversidad del río Marañón y el aprovechamiento estratégico de los biocombustibles en nuestro país, del que era un ferviente defensor.


Ing, Alfredo Santa María Calderón


De voz enérgica pero paternal, de mirada jovial y de un platicar jamás salpicado por el aburrimiento, don ASMC era una caja de sorpresas, de cuya mente salían anécdotas e historias marcadas por la integridad, la solidaridad y el agradecimiento. Siempre decía, cuando conversábamos sobre los problemas que enfrentan a los seres humanos, que la esencia de los conflictos estaba en una defectuosa comunicación. En efecto, como servidor en muchas instituciones tanto públicas como privadas, don ASMC tuvo que asumir el papel de mediador entre las partes en conflicto; por eso, para él, era vital descubrir qué es lo que la gente –internamente– quiere decir y no lo que externamente expresa.  Así lo manifestó en una oportunidad: “El mérito de este servidor [refiriéndose a él] consistió en acercarse a la comprensión de lo que la gente realmente quiere decir y no a lo que exteriormente expresa. Por razones que no alcanzo a explicar, la gente del pueblo no siempre es capaz de expresar con exactitud sus emociones y sentimientos. Los hombres y mujeres simples, los que conforman la gran masa de personas que disponen sólo de la energía de sus músculos para echar a andar el mundo, no tienen, paradójicamente, la cualidad de nosotros, los intelectuales, de expresar con agudeza y sin rodeos los deseos del corazón”.

De don ASCM se puede escribir mucho, y tengo fe que sus descendientes harán realidad la publicación de sus memorias. Pero se quedan en mi corazón su benevolencia, su trato amable y decente, su cariño que sobrepasó en años luz nuestra inicial relación de negocios. Sé el sinsabor que debe estar atravesando su hijo, Alejandro Santa María Silva, y también toda su familia por la partida de don ASMC. Yo también pasé ese trago amargo cuando en 1991 falleció mi señor padre, pero tuve la gracia de sentir el cariño y la solidaridad de mucha gente, entre ella de los Santa María Calderón.

Debido a que la muerte siempre nos sorprende no podré asistir a sus exequias en la ciudad de Lima por compromisos laborales anteladamente pactados; pero no me despido de don ASMC porque en el reino del amor, del cual él es un fiel súbdito, no existen despedidas, ni llanto, ni clamor, ni dolor…

¡Hasta pronto amigo Alfredo Santa María!


El autor en una sesión de trabajo con el Ing. Alfredo Santa María


Don Alfredo Santa María ha fallecido, hoy 20 de setiembre de 2012, a la edad de 93 años. Aquí una breve cronología de su vida y obra para el conocimiento de las presentes y futuras generaciones:



1919
De padres santiaguinos, el ingeniero agrónomo Alfredo Santa María Calderón nace el 28 de agosto de 1919, en la provincia de Santiago de Chuco, departamento de La Libertad. Es el quinto de doce hermanos: Marina (…), normalista; Bertha, abogada; Carlos (…), médico; Elsa I (…); Alfredo, ingeniero agrónomo; Piedad (…); Guillermo (…), abogado; Jorge (…), ingeniero; Alberto (…), ingeniero; Edith, socióloga; Elsa II (…); y Luis, abogado.
1926
Entre 1926 y 1931 recibió la educación primaria en el Seminario San Carlos y San Marcelo, de Trujillo.
1932
Entre 1932 y 1936 recibió la educación secundaria en el Colegio Nacional San Juan, de Trujillo.
1937
Entre 1937 y 1941 siguió estudios superiores en la Escuela Nacional de Agricultura, hoy Universidad Agraria La Molina.

1942
En el mes de marzo entra a laborar en la hacienda Cayaltí, empresa azucarera ubicada en el departamento de Lambayeque, ocupando inicialmente el cargo de segundo químico en la fábrica de azúcar.
Es ascendido a primer químico de la hacienda Cayaltí.
1943
Es nombrado superintendente de fábrica de la hacienda Cayaltí.
1944
Es nombrado administrador de campo en La otra banda, una sección de la hacienda Cayaltí.

1946
Es nombrado administrador general de la hacienda Yapatera, empresa azucarera ubicada en el distrito de Chulucanas, provincia de Morropón, departamento de Piura.
Es nombrado gerente general de la hacienda Yapatera.
Es elegido presidente de la comisión de arroz y caña de azúcar en la Liga Agrícola y Ganadera de Piura.
1947
Es elegido presidente de la junta de regantes del Alto Piura.
En la Liga Agrícola y Ganadera de Piura, es elegido presidente de la comisión de la irrigación del río Quiroz, que desvió el río Piura para mejorar el riego del Bajo Piura.
1949
En octubre es nombrado gerente general de la hacienda Buenos Aires, empresa ubicada en el distrito de Morropón, provincia de Morropón, departamento de Piura.

1957
En enero viene a residir a Trujillo.
Es nombrado secretario general de técnica del comité ejecutivo departamental del Partido Aprista Peruano.
Es elegido concejal de la municipalidad de Trujillo y, dentro de ella, coordinador de la célula municipal aprista.
En la municipalidad de Trujillo es nombrado inspector de alumbrado, agua potable y subsistencias.
A finales del año forma la cooperativa de cañicultores de Paiján.
1958
Como concejal de la municipalidad de Trujillo, conduce la creación de la urbanización cooperativa Torres Araujo.
1959
Es profesor de la Universidad Nacional de Trujillo en las cátedras de economía agrícola y reforma agraria por consenso.
Entre 1959 y 1963 ejerce el cargo de gerente de la hacienda Chiquitoy (provincia de Ascope), departamento de La Libertad.
1964
Es nombrado consultor de la hacienda Cartavio (provincia de Ascope), departamento de La Libertad.
1968
Consolida la cooperativa de cañicultores de Paiján.
1970
Es elegido presidente de los pequeños y medianos agricultores desposeídos por la reforma agraria.
1972
Es nombrado gerente de Andesa, Alcoholes del Norte S.A. (ubicada en la urbanización Torres Araujo), empresa dedicada a la producción de alcohol con los alambiques de Pucalá, Tumán, Casa Grande y Laredo.

1974
Va a residir en Venezuela, en donde en septiembre es nombrado gerente general de Melaport, empresa azucarera ubicada en el estado de Portuguesa.

1978
Regresa al Perú para ocupar la gerencia general de la cooperativa Paramonga, que ganó por concurso.
1981
Es elegido diputado del Congreso de la República, por el departamento de La Libertad.
1984
Título de la Universidad por eficiencia empresarial.
1985
Es elegido senador del Congreso de la República.
1988
Es elegido Profesor Honoris Causa de la Universidad Nacional Agraria La Molina.
2003
Es elegido presidente de la Asociación Peruana de Ingenieros Agrónomos, cargo que ejerce hasta el año 2005.

viernes, 30 de diciembre de 2011

¡Adiós 2011! ¡Bienvenido 2012!

Por Freddy Ortiz Regis


Adiós año 2011. Gracias por las alegrías, tristezas, desafíos y esperanzas que has producido en mi vida a lo largo de tus 365 días. A través de ellos me hecho más viejo y más sabio. Quiero pedir perdón a Dios y también a todos a quienes haya ofendido en alguna manera, pues andamos por la vida siempre produciendo estragos; pero también quiero agradecer a todas las personas que fueron instrumentos de Dios para hacerme llegar sus bendiciones. 


En el 2011, partieron a la eternidad familiares y amigos. Gracias a sus vidas aprendí muchas cosas, sobre todo acerca de lo fugaz de nuestra existencia, y de la necesidad de andar siempre con las maletas listas para emprender el viaje que nos llevará al encuentro con la Verdad.


En el 2011, aprendí cosas valiosas de la vida, unas por mi cuenta, y otras por la intervención de Dios, disciplinándome a fuerza de dolor y muchas lágrimas. Por eso mi anhelo para este 2012 es que no me falte su gracia para consolidar nuevas actitudes y aprendizajes aprehendidos al costo de un gran sacrificio.


En el 2011, conocí a nuevas personas, recuperé a viejos amigos y, también, perdí a algunos de ellos. Todo esto no hizo sino acrisolar en mí el valor de la amistad y el precio de conservarla. 


En el 2011, Dios me regaló la alegría y la responsabilidad de poner bajo mi techo al hijo de mi hijo; con esta conmovedora muestra de confianza pude comprender que la existencia es una carrera de postas, donde el custodio puede llegar a tener la forma del alma inocente de un niño que se abre a la vida. 


En el 2011, descubrí muchas cosas nuevas y puse en marcha el desmontaje de un sistema de creencias, hábitos y valores que me impedían avanzar firme en la senda de mi autorrealización.


¡Gran año el 2011! Mientras me rodean las voces de la inminencia del fin, para mí ha sido el año de un nuevo comienzo; un año en el que se ha consolidado mi fe en Cristo no sólo a través de una renovada confianza en su amor y verdad sino también por medio de milagrosas experiencias de la vida diaria.


¡Bienvenido 2012! No sé qué es lo que me depara este nuevo año, pero sí estoy seguro que será uno de nuevas realizaciones. Tal vez mi partida sea parte de estas realizaciones, pues cuando se aprende a vivir uno está ya preparado para morir.


¡Feliz 2012 hermanos, pasajeros en el viaje por la vida!


viernes, 1 de julio de 2011

El valle de las pirámides y el mundo continuo (bitácora de viaje)

Por Freddy Ortiz Regis

Llegar hasta el Valle de las Pirámides es una experiencia nueva. El primer contacto no es extraño: una edificación de adobe pintada con colores poco agradables que no dice nada de lo que aguarda al visitante, la presencia del encargado de vender las entradas para el museo de sitio y el valle, uno que otro compartimiento en donde se exhiben las artesanías que salen de las manos de los lambayecanos de hoy, los SS.HH y el museo de sitio propiamente dicho... Sin embargo, el segundo contacto es impresionante. Surge ante la vista un hermoso, fresco y abigarrado bosque de algarrobos que los rayos del sol traspasan como saetas luminosas estrellándose en el polvo.




Pasando el bosque de algarrobos se abre el Valle de las Pirámides. Imponentes elevaciones de adobe se yerguen ante nuestros ojos haciéndonos saber, casi de inmediato y en un lenguaje que es mezcla de tiempo y memoria, que una monumental cultura de hombres, mujeres y niños existió en este espacio que la vista no logra abarcar en su plenitud.

¡Nunca había visto tantas pirámides del Perú Antiguo juntas! Caminar por las sendas que conducen a las pirámides es transitar por los caminos que conducen de la muerte a la vida. Porque para nuestros antiguos ancestros, el conjunto de las pirámides —que contiene además innumerables entierros de señores y vasallos—, no es más que el mundo mágico en donde la muerte se abre paso hacia la vida, y la vida se entremezcla con la muerte en una simbiosis fantástica de luz y sombra, de paz y miedo, de angustia y sosiego.

¡Qué terrible diferencia con nuestros cementerios de hoy donde nuestros muertos están bien muertos; depositados, abandonados en la fosa lúgubre y oscura del olvido y del silencio! En cambio, para los lambayeques, el Valle de las Pirámides, era el valle en donde los padres, los hermanos, los hijos y los amigos continuaban viviendo. Era el mundo en el cual vivían, comían, bebían y bailaban las almas de los que ya no estaban con las almas de los que aún estaban…

El Valle de las Pirámides era el valle del mundo continuo… En la cosmovisión de los lambayeques no se aceptaba la idea de perder a los nuestros. Cuando los nuestros dejaban de hablar, de caminar y de respirar, entonces el corazón se dirigía hacia el Valle de las pirámides. En este valle se hacía realidad el triunfo sobre la muerte, los universos se entremezclaban, los tiempos ya no tenían tiempos y la esperanza reinaba sempiterna.

En el Valle de las Pirámides los que se quedaban dormidos volvían a la senda de la risa, de la chicha y del amor. No había otro lugar en el mundo en donde los que se fueron podían seguir viendo salir el sol todos los días; donde podían seguir cantando y bailando a la luz de una fogata o a la luz de la luna.


En el Valle de las Pirámides todos podíamos seguir amando y guerreando permanentemente; la chicha nunca se terminaba y la carne de llama olía mejor con el humo del algarrobo, y nos hartábamos de ella en medio de las risas y las bromas de los burlones.

Cuando se sube hasta la cima de la pirámide más empinada el viento trae los cantos de las mujeres en las noches de luna llena. Y cuando la vista se desplaza por todo el valle, parece caer de nuestros párpados la tela que nos impedía ver a los lambayeques elaborando los adobes, cortando la leña, los niños jugando con los pututos, y las ollas humeantes invadiéndolo todo con el perfume de la vida.

Hay en los lambayeques una poderosa lección de esperanza: todas sus actividades estaban dominadas por el continuo del pasado y el presente. La línea recta que unía sus vidas comenzaba desde Naylamp y no terminaba nunca. Los muertos y los vivos eran una única comunidad de sueños pues todos compartían no sólo los placeres de la vida sino también los terrores de las noches sin luna, los años cuando los cielos se convertían en mares y las épocas en que el sol se acercaba tanto a la tierra que todo lo secaba y quemaba.

Los lambayeques nos enseñan que hemos sido creados para vivir y no para morir. Ellos son los pioneros del mundo continuo jamás concebido en cultura alguna. Por eso nunca pasó por su mente la idea de abandonar a los suyos porque seguían siendo los nuestros, conservando intactos sus deseos, sus esperanzas truncas y sus anhelos interminables.

domingo, 20 de febrero de 2011

Zaña de Lambayeque (bitácora de viaje)


Por Freddy Ortiz Regis




Visitar Zaña es una experiencia muy interesante. Se llega por combi o custer en un viaje que dura más o menos 45 minutos desde Chiclayo. En verano el calor es sofocante y bordea los 30 ºC, lo que provoca un terrible sopor entre los viajeros que tienen por destino las ciudades de Zaña y Cayaltí.

El pueblo de Zaña se ubica en la región Lambayeque, provincia de Chiclayo y distrito de Zaña, en un valle de llanuras del mismo nombre, un tanto retirado de la inmensa cordillera occidental de los Andes, en las coordenadas 6°55'15" latitud sur, 79° 34' 54" longitud oeste, a una altura de 46 msnm y a una distancia de 51 km de la capital de la región, Chiclayo; tiene un clima seco y variado, con marcada diferencia entre estaciones.

Este pueblo fue fundado por los españoles con el nombre de Villa Santiago de Miraflores de Zaña, por su estratégica ubicación, que servía de entrada hacia la sierra norte, vía Cajamarca, y además era un lugar intermedio entre dos valles significativos, que son el Jequetepeque y Lambayeque; dos caminos importantes cruzaban la zona, los que unían costa y sierra; además de su importancia geográfica como nexo y ubicación, el valle presentaba una riqueza natural atractiva por la fertilidad de la tierra.

Los españoles también se percataron de que sobre estas tierras los antiguos pobladores habían logrado construir un impresionante sistema de riego para ganar tierras de cultivo, así como logrado establecer su centro administrativo muy cerca, por lo que decidieron aprovechar estas facilidades adicionales y fundar la ciudad, desplazando a los pobladores hacia un cerro muy cercano llamado Cerro Corbacho y ellos ocuparon la parte baja a orillas del río, lo que al transcurrir el tiempo se demostraría fue un gran error. A principios de marzo del año 1720 fuertes lluvias, truenos y rayos aterrorizaron a los habitantes, quienes presas del pánico huyeron a lugares más altos en busca de refugio, pues el río amenazaba a salirse de su cauce, hasta que el 15 de marzo del mismo año el agua empezó a entrar en la ciudad, aproximadamente a las cinco de la mañana; a las seis ya corría en abundancia y a gran velocidad por la plaza pública y todas las calles, atravesando y derribando todas las viviendas que se encontraban a su paso, quedando en pie la iglesia parroquial y algunos conventos. Esto fue registrado por el escribano Antonio de Rivera, quien da fe de la destrucción en un acta firmada por él y otros personajes notables.

Zaña se encontraba poblado por indígenas de fisonomía Moche, pero al llegar los españoles se inicia la llegada de esclavos negros africanos para el trabajo agrícola y de servicio. También aportaron a los rasgos actuales los hacendados de la región, quienes desde la segunda mitad del siglo IX trasladaron en forma masiva trabajadores asiáticos para las labores en las haciendas. Surgió, así, después de muchas generaciones y fusiones, un poblador con características asiáticas, negras y moches, que en la actualidad son evidentes en los habitantes de Zaña.

Zaña era famoso por su opulencia, y su fama había cruzado fronteras y llegado a oídos de los piratas que infestaban las aguas del Pacífico, ávidos de riquezas. Es por esto que el 4 de marzo de 1686 el pirata británico Edward Davis, luego de desembarcar en el puerto de Cherrepe y cubrir las siete leguas que hay hasta Zaña, invade la ciudad, tomándola por sorpresa, arrasando y entregándola a sus hombres para que la saqueen y hagan de ella lo que les plazca.

Es anecdótico comentar que el pirata en su incursión tomó como rehén a una dama de alcurnia y procedencia adinerada, que era la bella Mencia, joven acaudalada de la época, a la que detuvo hasta que su familia se animara a pagar el rescate de 50.000 pesos, lo que fue pagado, pero fue punto de partida para que la joven se enamore del pirata y nunca más se la vea en el pueblo, comentándose que huyó con su captor perdidamente enamorada.

El diseño arquitectónico de los templos corresponde a artistas españoles y mano de obra inicial indígena, empleando después masivamente trabajadores esclavos de raza negra. En la fecha existe mucha polémica sobre el número de iglesias que había en Zaña colonial; unos dicen que eran 7 y otros que eran 14, pero se ha determinado que la confusión se da porque no se precisa la modificación en la demarcación territorial a través del tiempo, ya que es necesario diferenciar el pueblo y la provincia de Zaña. Los templos de la ciudad eran 7 y en toda la provincia 14; sobre todo teniendo en cuenta que en un tiempo Zaña fue cabeza principal de toda una provincia, que limitaba por el sur con la actual región La Libertad y por el norte con la actual región Piura.

En la época colonial los principales templos religiosos de la ciudad eran siete: la iglesia matriz, la iglesia del hospital San Juan de Dios, el convento de San Francisco, el convento de San Agustín, el convento de La Merced, la parroquia de Indios Santa Lucía y la capilla anexa a la casa donde murió Santo Toribio de Mogrovejo.



Convento de San Agustín
Esta es la obra de mayor valor arquitectónico, considerada como la joya arqueológica de la arquitectura goticista en el norte peruano, la que tiende al adorno y no a la lectura gótica; las bóvedas se apoyan sobre arcos cruzados, cumpliendo la regla romana adoptada por los artistas renacentistas, considerando que esta obra sería de fines del siglo XVI y en la actualidad se conservan algunas paredes y bóveda principal.





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Textos: Lambayeque.net
Fotos y vídeo: Freddy Ortiz Regis

martes, 14 de septiembre de 2010

CHAVIMOCHIC y el honor del pueblo liberteño (opinión)

Por Freddy Ortiz Regis

Hoy, 14 de setiembre, tuve la oportunidad de asistir a una reunión en la sede del gobierno regional de La Libertad. La agenda a tratar no era otra que definir cuál habría de ser la reacción de los liberteños frente a la posición del gobierno central de condicionar la culminación de la irrigación CHAVIMOCHIC a la subida de las tarifas del agua.

Siendo un poco más de las cuatro de la tarde autoridades regionales, empresarios agroexportadores, integrantes de la junta de usuarios, técnicos y asesores en general, dieron inicio, bajo la dirección del presidente regional, Víctor León Álvarez, a una histórica sesión en la que habría de sentarse los principios sobre los cuales se orientará la posición de los liberteños frente a lo que personalmente considero es una agresión al clamor legítimo de La Libertad de ver culminada una de sus obras más importantes del período republicano: la irrigación CHAVIMOCHIC.

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Las primeras intervenciones de la reunión fueron de carácter técnico. Las cifras propuestas por el gobierno central hicieron titubear a los asistentes que no se ponían de acuerdo en su composición, lo que determinó que el presidente regional propusiera la formación de una comisión técnica que, en un plazo razonable, emitiera una contrapropuesta consensuada de las nuevas tarifas del agua.

Como se sabe, la tercera etapa de la irrigación CHAVIMOCHIC es la incorporación de 30,859 has entre Santa y Moche y, en una segunda fase, el mejoramiento 50,047 has de Chicama e incorporación de 19,41 has entre Moche y Urricape. Las obras principales consisten en: i) Mejoramiento Bocatoma 412msnm, ii) Presa Palo Redondo (1ª Etapa 72m altura), iii) Sifón Invertido Virú Segunda Línea, y, iv) Obras y Acciones Complementarias (Automatización, Explotación Aguas Subterráneas, Remodelación Riego y Drenaje Virú, Extensión y Capacitación para mejoramiento Eficiencias de Riego en Valles Chao, Virú y Moche).

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Pero, volviendo a la reunión que es materia de este artículo, más allá de la composición de las nuevas tarifas del agua —que el gobierno central condiciona para hacer realidad esta tercera etapa de CHAVIMOCHIC—, quiero detenerme en las intervenciones de los agricultores, de los empresarios agroexportadores y del Ing. Alfredo Santa María Calderón[1].

Los agricultores sostienen que el Estado tiene una deuda con La Libertad; deuda que consiste en la culminación de CHAVIMOCHIC al 100%, que comprende Palo Rendondo. Y así fue como los agricultores apostaron para comprometerse en el sueño que representó esta obra de irrigación para el futuro y el destino de La Libertad. Los agricultores hicieron un llamado a la ciudadanía en general “a unirse y exigir que el gobierno central cumpla con este propósito de completar la obra en su totalidad”.

La intervención de los agroexportadores no fue menos dramática. Sostuvieron que la tercera etapa de CHAVIMOCHIC no es una nueva obra sino la continuación de la primera y segunda etapas, y por lo mismo, la continuación de un compromiso que el Estado asumió con La Libertad. Ellos remitieron a los contratos que se firmaron y en los que se establecieron tarifas del agua a largo plazo, que garantizaban estabilidad a veinte y hasta a treinta años. Por eso consideran que el incremento arbitrario de las tarifas del agua lo único que lograría sería desestabilizar todos los componentes macroecómicos de la economía de la zona quitándole viabilidad a la producción. El llamado de los agroexportadores es porque La Libertad se una a fin de evitar que se alteren las reglas de juego que han posibilitado que CHAVIMOCHIC genere el empleo y la riqueza que hasta ahora ha producido para La Libertad y para el Estado. Los agroexportadores finalizaron su intervención haciendo un llamado a las autoridades a no enfocarse solamente en la parte económica de la obra sino en cumplir con un compromiso histórico que asumieron con La Libertad. “En otros países el gobierno subsidia a su agricultura, en cambio, en La Libertad, el gobierno nos sube las tarifas del agua, dejándonos en el abandono en un mundo de competencia global, que, además, está sumido en una crisis económica, y en donde no es posible subir más el precio de nuestros productos. Cuando se hizo CHAVIMOCHIC ésta se concibió como una obra de promoción y desarrollo, es decir, una obra que iba más allá de sus costos e índices económicos por el efecto multiplicador en la economía y en la sociedad liberteñas”, sentenciaron.

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Finalmente, la intervención del Ing. Alfredo Santa María Calderón, puso las cartas sobre la mesa dotando de espíritu y sentido al clamor, de todos los asistentes, de culminar la tercera etapa de CHAVIMOCHIC sin romper las reglas de juego y sin quebrantar una deuda del Estado con La Libertad. “Señores —dijo— las tarifas que se cobra por el agua no son jamás para financiar una irrigación. Si ese fuese el criterio predominante, entonces ¡ninguna obra de irrigación sería posible!”. “Recuerdo —añadió— cómo en la época del gobierno militar el CAEM[2] publicó un estudio que concluía que una hectárea de irrigación en la costa costaba de 80 mil a 100 mil soles, mientras que en la alta selva solamente mil soles la hectárea. Con argumentos de ese tipo, ¿cómo se podía entonces defender la necesidad de realizar CHAVIMOCHIC? En esa época no se entendía —y como parece no entenderse ahora— que la economía moderna no se rige por criterios macroeconómicos tan limitados sino por el efecto multiplicador que una obra pública genera en todas las dimensiones económicas, laborales y sociales de su jurisdicción geopolítica. La agricultura es la actividad que mayor efecto multiplicador económico tiene en la sociedad, y basta con los productos que producen los agricultores para que se pague cualquier obra de irrigación. Las tierras no desaparecen; al contrario siempre aumentan su valor”.

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Alfredo Santa María, recordó que esa forma retrógrada de pensar fue la que encontró cuando se propuso electrificar Trujillo. “ ‘¡Cómo se le ocurre Ing. Santa María traer la electricidad de Chimbote a Trujillo!’ —me decían— argumentando que la población no estaba en condiciones de pagar una tarifa tan elevada de consumo energético. Felizmente este criterio no primó y la electricidad llegó a Trujillo convirtiéndola en un polo industrial del país (…)”.” Señores —continuó— las tarifas que se cobra por el agua no sirven para financiar la obra sino para cubrir su mantenimiento. En una economía con Tratado de Libre Comercio debemos estar en igualdad de condiciones todos los socios que comercializamos nuestros productos, pero los agricultores peruanos no estamos en igualdad de condiciones con los agricultores de los países que subsidian a su agricultura”.

Finalmente, Santa María, concluyó su intervención declarando que “todo Estado tiene soldados que se preparan para la guerra, pero los soldados que se preparan para luchar por la paz son los agricultores, y no sólo por la paz sino también por la democracia. Como todo soldado que se prepara para defender al país de un invasor enemigo, el Estado no se mide para proveerlo de lo mejor, de las mejores armas, de los mejores equipos, ¿o acaso el soldado tiene que pagar por el fusil o el tanque que utiliza?; del mismo modo debería suceder con los agricultores, que deben ser equipados con lo mejor porque sus enemigos son el hambre y la miseria“.

Fue una reunión muy aleccionadora. Sentí que se estaba debatiendo el futuro de La Libertad como potencia agrícola y agroindustrial. Percibí en todos el deseo de que se respeten los derechos del departamento que abrió el sendero de la libertad del yugo opresor español y fue el primero en anunciar su independencia. Ojalá que el gobierno cumpla con el compromiso inicial de terminar CHAVIMOCHIC al cien por ciento porque es una política de Estado, sin condicionamientos, sin resentimientos políticos, sin demagogia electorera.

[1] Alfredo Santa María Calderón es uno de los pioneros de la concepción, formulación y ejecución de la irrigación CHAVIMOCHIC. Con más de 90 años de edad ha dedicado gran parte de su vida a hacer realidad esta obra tanto en su accionar profesional como ingeniero agrónomo egresado de La Molina como en su vida política como ex senador de la república.

[2] Centro de Altos Estudios Militares.

sábado, 19 de junio de 2010

“Pedú”: De nombres, sobrenombres y apodos… (memorias)

Por Freddy Ortiz Regis


Hermosa playa de Huanchaco en donde viví los años felices de mi infancia

Navegando en YouTube escuché uno de los valses más hermosos de la música peruana, Lima de novia; y el escucharlo me ha traído recuerdos de mi infancia, motivándome a escribir estas memorias que comparto con mucho cariño y nostalgia:




En los años de mi niñez mis padres decidieron vivir —procedentes de Lima— en el norte del Perú. Éramos papá, mamá, mis dos hermanos y yo.

El lugar elegido fue Huanchaco, una caleta de pescadores a solo 15 minutos de Trujillo, famosa en esa época por su clima. Era tan famosa, que hasta se había construido un sanatorio para los enfermos de asma, al que se había dado en llamar La Climática.

Mis padres nos matricularon a mi hermano y a mí en el único colegio de varones que había, que llevaba el nombre del mártir de la independencia —y pescador también como los pobladores de la caleta— “José Olaya”.

Eran los años en que aún pervivía el aterrorizador aforismo de que “la letra con sangre entra”, y para mi mala suerte, los profesores que allí se habían juntado lo aplicaban a pie juntillas. Yo entré a segundo año de primaria, y con apenas siete años, estaba rodeado de compañeros que en su mayoría frisaban los quince o dieciséis años. Eran hijos directos de los chimúes, toscos, lentos para las letras y los números, bulliciosos, pero, sobre todo, burlones y muy hábiles para la sorna y poner apodos.

Cuando llegaba el lunes el estómago se me revolvía pensando en la semana que me esperaba. Me había tocado un “maestro” al que mis compañeros huanchaqueros —que así les decían[1])— habían apodado Pachacútec, en alusión al carácter despiadado y violento del noveno inca del antiguo imperio incaico.
Al finalizar la semana dábamos gracias a Dios porque por fin podíamos descansar de los maltratos a los que nos sometía Pachacútec en el aula; maltratos que se hacían aún más crueles los días que llegaba al salón de clases bajo los efectos de la cerveza o de alguna bebida espirituosa.

Pero felizmente, la vida escolar en el José Olaya no era tan dramática como para no poder resistirla. A los sufrimientos que nos infligía Pachacútec, se contraponía —como un bálsamo o una luz en la oscuridad— la algarabía, el bullicio y la alegría de mis compañeros huanchaqueros, para quienes el carácter irascible de nuestro ocasional maestro no era suficiente como para apagar en ellos la chispa de su talante desenfadado, libre y, hasta cierto punto, desprejuiciado.

Hasta donde Dios me ha dado vida, y puedo escribir estos recuerdos, no he encontrado en el mundo a nadie como mis compañeros huanchaqueros para poner apodos. Los primeros en recibir la destreza —y también la crueldad, pues algunos apodos eran crueles— fueron los maestros de la escuela. Como ya lo dije, a nuestro maestro le pusieron “Pachacútec”; a una maestra le pusieron “La Pollo” en alusión a sus enormes y fríos ojos claros, idénticos a los de un pollo maltón; a otra profesora le pusieron “La Monina” en alusión a su rostro monino, alargado y desencajado.

Pero, ¿de dónde venía esa vocación de los huanchaqueros para poner apodos? Huanchaco es un pueblo pescador ancestral, cuyas tradiciones provienen del pueblo Moche o Muchik, que tiene una larga continuidad en la zona norte de los Andes centrales. Los cronistas, informan que en el “Valle del Chimo” donde se fundó la ciudad de Trujillo, a dos leguas de esta ciudad dista un puerto o arrecife, que luego tomó el nombre de Guanchaco. Los huanchaqueros son pues descendientes directos de los chimúes, y esto se comprueba con los apellidos que aún perviven en Huanchaco pertenecientes a las familias más ancestrales de este lugar. Así tenemos a los Huamanchumo y a los Piminchumo.

En las culturas más antiguas, sean éstas americanas o de otra latitud, el nombre debía ser la expresión que revelara lo más trascedente de la persona que era nombrada. No existían reglas que limitaran o regularan el deber y el derecho de tener un nombre. Y así tenemos que en las culturas más antiguas de la humanidad podía haber personas que eran llamadas “Siempre sonriente”, “Cabeza de toro” o “Águila veloz”. Pero conforme la humanidad fue civilizándose el nombre fue también evolucionando, hasta llegar a lo que es hoy en día: un cliché o una etiqueta sin mayor significado o trascendencia directa con la persona nombrada. Y, así, todos nos llamamos María, Sonia, Matías, Pedro, Manuel o, como mi nombre —Freddy— que me lo pusieron a instancias de una tía muy cercana, que quiso recordar a un enamorado norteamericano que la había flechado y, para desgracia mía, tenía ese nombre…

En cambio, los huanchaqueros, y en especial mis compañeros de aula del viejo colegio José Olaya, no habían olvidado que a las personas se les debe llamar por las características más íntimas que emanan de su ser biológico o espiritual. Por eso vienen a mi mente los sobrenombres —motes, chapas o apodos— que mis condiscípulos se ponían entre ellos: “Zancudo” en alusión al pelo erizado y apelusado, semejante al de un insecto, de uno de mis compañeros; “Perro triste”, en alusión al rostro sanbernardino que tenía otro de mis amigos; “Chispita”, en alusión a su carácter jocoso, risueño e inquieto; “Venao”, en alusión a las piernas torcidas de uno de ellos, semejantes a los cuernos de un venado; “Tocho”, en alusión a su tamaño pequeño; “Cagón”, por no controlar sus esfínteres; y la lista es tan larga como virtudes y/o defectos tenían los pobladores de Huanchaco. En realidad eran muy pocas las personas que eran llamadas por su nombre de pila. Todos, o casi todos, eran llamados por su apodo y —salvo contadas excepciones en que nombrar a alguien por su apodo tenía consecuencias nefastas—, nadie se sentía incómodo, y más bien, cuando alguien era llamado por su nombre de pila, no reaccionaba.

Eran, pues, muchos los apodos que mis compañeros huanchaqueros se ponían entre ellos, y ponían a los demás. A mí también me pusieron un apodo: “Pedú”. El mote nació cuando con ocasión de la celebración de una fiesta del calendario escolar, me escogieron para que cante una canción. Yo, que apenas había llegado de mi Lima natal, no pude ocultar mi alegría y decidí cantar el famoso vals peruano Lima de novia. Cuando llegó el día esperado, y subí al proscenio a cantar, mi alegría se trastocó en un nerviosismo creciente, pues cada vez que pronunciaba la palabra “Perú” (que en la canción se repite innumerables veces) la audiencia estallaba en una sonora carcajada.

Desde ese día, el nombre que mis padres me pusieron pasó a un segundo plano. Un frenillo que tenía en la lengua y me impedía pronunciar con soltura el fonema de la “r” fue el decisivo para que mis condiscípulos me bautizaran como “Pedú”. Y hasta ahora, cuando visitó mi Huanchaco querido, mis excompañeros de la primaria, me saludan con un abrazo o una palmada en el hombro, y me dicen: —¿Cómo estás Pedú? ¡A los tiempos que vienes por acá!..

El profesor nicaragüense Pedro Alfonso Morales, al escribir sobre el apodo en un sitio web de su país, dice lo siguiente:

“Cuentan, a manera de chiste, que en cierta ocasión, venía un productor esteliano a ofrecer sus productos a la ciudad de León. En la entrada de esta ciudad, se rompió una de las llantas de su camión y se quedó anclado a la orilla de la carretera. Cuando buscó donde reparar la llanta, le dieron un nombre: Cara de palo. El productor se rió del nombre, pero tuvo que buscarlo por necesidad. Cuando llegó al taller, preguntó: ¿Se encuentra el señor rostro de madera? Todos se rieron de la ocurrencia, pero ninguno apareció. El ejemplo, ilustra una realidad que llevamos en nuestra personalidad. 

“Ciertamente, el apodo, palabra que viene del latín appositum, aditamento, epíteto; de apponere, aplicar, añadir, es el nombre que suele aplicarse a determinadas personas, tomándolo de sus defectos, virtudes o de alguna otra circunstancia. Llamado también, alias, remoquete, mote o sinónimo, se constituye en un rasgo de la personalidad del individuo y en un elemento de su identidad. Algunas personas a quienes se les llama por su verdadero nombre, no responden porque no se sienten identificados. Otros, como El cuervo, uno de mis alumnos, hacía mofa de su propio mote, diciéndose ¡cuec, cuec!, onomatopeya del ave que le gritaban sus compañeros.

“El uso del apodo es tan antiguo que su origen debe buscarse entre los primeros pobladores. El nombre propio de cada individuo, es a la vez, un verdadero apodo, puesto que es un epíteto de sus defectos o virtudes externas e internas. Todas las naciones, las épocas, las culturas y las literaturas, han usado el apodo para designar castas y linajes de las personas. Pensemos en Adán, por ejemplo, cuyo nombre en hebreo, significa varón o hijo de la tierra”.

Y esto es cierto. En el libro de Éxodo 3: 13-22, Moisés es el primero que pregunta el nombre de Dios. No pregunta cómo lo debe llamar, sino ¿cómo te llamas?, ¿cuál es tu esencia? Y Dios le responde: “Soy el Eterno”. Revelando que el nombre expresa la verdadera esencia del carácter, la trascendencia y la dimensión no solo de Dios sino también de todos los hijos de los hombres. Ahora, ¿cuál es tu nombre?






[1] Gentilicio inapropiado pues la terminación “ero” es para designar oficios (como hojalatero, zapatero, etc.); lo correcto sería “huanchaquense” o “huanchaqueño”.