Por Freddy Ortiz Regis
Han transcurrido veintiún años desde que mi madre dejó
este mundo y, sin embargo, apenas he escrito sobre ella. Guardo la esperanza de
dedicarle un capítulo entero en mi autobiografía en ciernes, pero las
exigencias laborales y el tiempo que uno entrega a sus seres amados parecen
confabular contra el anhelo de completar mis memorias. En ellas pretendo
abrazar desde mi infancia en Lima y nuestro éxodo hacia el norte, hasta mi
estadía en Europa y mi retorno definitivo al Perú.
Pero, dado que uno no
tiene la vida comprada ni conocemos el momento en que Dios nos llama, he decido
—con ocasión del Día de la Madre y de su próximo cumpleaños— escribir sobre unos
hechos que ocurrieron cuando vivíamos en nuestra casita del jirón Zepita en el
centro histórico de Trujillo.
Una de las virtudes
que más adornaban a mi madre era su carácter caritativo. En la quinta del jirón
Zepita, adónde habíamos llegado procedentes de Huanchaco, vivían personas tan o
más pobres que nosotros. A nuestra derecha vivía una familia cuya vida era casi
inexpugnable. Eran tan reservados que, después de muchos años, apenas si
llegamos a conocer sus nombres.
Contrariamente, a
nuestra izquierda, vivían un hombre de unos treinta y tantos años, su mujer,
casi de la misma edad, y sus dos hijos. No recuerdo sus nombres, pero eran
varones: el mayor de unos once años y el segundo de unos ocho años. Cuando
llegamos a vivir al lado de ellos nos dimos cuenta de que, muchas veces, no
tenían ni para comer. Entonces, mi madre, se las ingeniaba para hacerles llegar
una que otra vianda, que los niños comían con fruición.
El papá de los niños
era un hombre de baja estatura, pero corpulento, y siempre se quejaba de que no
conseguía un empleo estable que le permitiera tener ingresos permanentes y
decentes para mantener a su esposa (una mujer enfermiza) y criar a sus dos
menores hijos.
Pero, un día, el papá
llegó contento a su casa con una cocina semiindustrial que —según él— le habían
regalado. Era de segunda mano, pero funcionaba. Y no pasó mucho tiempo para que
él y su mujer comenzaran a preparar cachangas, papas rellenas y picarones, que
vendían apostándose en las zonas más concurridas de la ciudad, justo cuando el
sol comenzaba a esconderse y el hambre daba sus primeros zarpazos entre los
transeúntes.
Mi mamá y mis
hermanos nos alegramos de que, por fin, nuestro vecino, comenzaba a mejorar su
situación económica. Más temprano que tarde, los niños comenzaron no solo a
vestirse mejor, sino también a engordar. La madre mejoró su semblante y se
convirtió en la mano derecha de su esposo en la venta de la comida callejera.
Así pasó el tiempo y el
vecino consideró que era mejor tener un local propio; dejar de vender sus
productos un día aquí, otro día allá. Justo, en esa época —en lo que ahora es
un parque al lado de la concha acústica de la ciudad— se levantó un pequeño
mercadito en el que se vendían abarrotes, frutas, pescado, carnes y todo cuanto
era necesario para llevar a la cocina de la gente del barrio de Mansiche, el
Barrio Obrero y sus jirones aledaños (entre ellos, el jirón Zepita).
Los organizadores de
dicho mercado incluyeron, además, espacios para restaurantes y picanterías,
oportunidad que nuestro vecino no dejó pasar. Así fue cómo, de la noche a la
mañana, vimos a nuestros vecinos que iban y venían llevando cosas hacia el
nuevo mercado: ollas, platos, bandejas y, obviamente, la enorme cocina que les
había servido para darse a conocer con sus potajes de media tarde.
Mi madre, mis
hermanos y yo comentábamos con gratitud a Dios el progreso de nuestros vecinos.
Todo indicaba que su calidad de vida seguiría mejorando. Los dos niños
empezaban a convertirse en adolescentes, y el apoyo que brindaban a sus padres
en el negocio de comida no solo les daba experiencia de trabajo, sino también
una oportunidad para madurar y mantenerse alejados de las malas compañías.
Sin embargo, esta
alegría y esperanza no duraron mucho tiempo… Una tarde, recuerdo que era como
las cinco, escuchamos el sonido de la sirena de una ambulancia. Siempre que
escucho este sonido, me invade una enorme tristeza porque pienso que algo grave
ha ocurrido o debe de estar pasando.
Y no me equivocaba. Minutos
después escuchamos gritos de los vecinos de la quinta. Los gritos iban,
también, mezclados de sollozos y llantos. Mi madre abrió la puerta y preguntó
al primero que pasaba qué es lo que estaba ocurriendo. “Hay un incendio en el
mercado de la concha acústica, doña. El restaurante del vecino se ha quemado”.
Mi madre no lo podría
creer. El único vecino de la quinta que tenía su restaurante en aquel mercado era
nuestro vecino de la izquierda. Rápidamente, mi madre, nos pasó la voz y juntos
salimos corriendo en dirección al mercado, ubicado a solo unas pocas cuadras de
dónde vivíamos.
Cuando llegamos, el
panorama era dantesco. La policía había acordonado toda el área del mercado y
no era posible acercarse al lugar del siniestro. Todos coincidían, en medio de
profundo dolor, que nuestro vecino había llevado la peor parte. “Por salvar al
menor de sus hijos, ingresó semidesnudo al restaurante en medio de las llamas.
Logró rescatarlo, pero él ha quedado muy quemadito”, decían.
Tres días después del
incendio, nuestro vecino falleció en la cama de un hospital. Su organismo no
pudo soportar las profundas quemaduras que había sufrido en gran parte de su
cuerpo. Mi madre, cuando alguien fallecía, siempre elevaba una plegaria
diciendo: “Gracias, Señor, porque ahora su sufrimiento ha terminado”.
Pero el sufrimiento
quedaba entre sus deudos. La esposa del vecino y sus dos hijos no solo habían
perdido al jefe del hogar, sino que también habían perdido todo lo que tenían
en el negocio de la comida: muebles, vajilla, utensilios y, lo más valioso: la
cocina, que había explotado y ocasionado el incendio.
Fue así como nuestros
vecinos de la izquierda, lenta pero progresivamente, fueron regresando a la
pobreza inicial, y aún peor, porque ya no tenían al padre que siempre se las
ingeniaba por traer algo al hogar.
Una mañana, conmovida por sus llantos, mi madre se
dispuso a prepararles el desayuno. En las prisas y la angustia, no calculó un
movimiento y el asa de la sartén se incrustó en su ojo izquierdo. Mis hermanos y yo nos conmocionamos ante
esta terrible escena. Inmediatamente le extrajimos con mucho cuidado el utensilio
y la llevamos rápidamente al hospital.
En el camino ella no
se quejaba; solo tenía palabras de consuelo para nosotros. Dos horas después,
mi madre salió del hospital como si nada le hubiera pasado. Nosotros no dábamos
crédito a lo que veíamos. Hacía poco su ojo estaba semivolteado y sangrando, y
ahora estaba completamente restaurado. La abrazamos y lágrimas rodaban por mis
mejillas: ¡Dios nuevamente nos había protegido! Este acontecimiento, trajo a mi
memoria un hecho que ocurrió cuando vivíamos en Lima. Algún día también
escribiré algunas líneas sobre la forma cómo Dios salvó a mi hermano el menor
tras caerse de la cama en nuestra casita de la calle Virrey Toledo.
En cuanto a los familiares de nuestro vecino fallecido
en el siniestro, terminaron siendo desahuciados debido a un litigio perdido
contra los nuevos propietarios. Al crecer, los chicos dejaron de estudiar y
empezaron a frecuentar a jóvenes sin ocupación alguna.
Antes de que nuestros
vecinos de la izquierda fueran desalojados por los nuevos dueños, sufrimos el
robo de algunas pertenencias de nuestra casa. Recuerdo que fue en Navidad, y
toda mi familia habíamos ido a visitar al segundo de mis hermanos que reside en
la ciudad de Chiclayo. Al retornar después de la festividad, encontramos la
puerta de nuestra casa semiabierta. Al encender las luces nos dimos con la
horrible sensación de que algunos enseres de nuestro hogar no estaban: dos
televisores y un radio portátil.
Pasaron los años y no
se llegó a saber quiénes fueron los ladrones hasta que, por testimonio de otro
vecino de la quinta, que no pudo seguir callando, nos refirió que los ladrones habían
sido los hijos de la familia a quien mi madre siempre ayudó en los momentos que
más lo necesitaron. Nunca le revelamos a mi madre esta cruel verdad, y ella se
fue a la tumba sin conocer la ingratitud de sus vecinos a quienes ella siempre
amó y hasta puso en riesgo su vida por servirles.
Desde que nuestros
vecinos de la izquierda fueron desalojados no volvimos a saber más de ellos. Se
decía que la señora falleció de una penosa enfermedad y que el menor de sus hijos
se había ido con un circo mexicano que había llegado a la ciudad.
Hoy, en el Día de la Madre, he traído a la memoria estos hechos y los plasmo en estas líneas porque nuestra madre, Emperatriz, nos evangelizó con su propia vida. Cuando en el alba de mi edad adulta llegué a conocer la Palabra de Dios, siempre encontré en la vida de mi madre coincidencias que me hicieron entender que existe una teología de los hechos, fáctica, que no se enseña con elocuencia o liturgia, sino con obras de fe. La vida de mi madre demostró que no hay mejor sermón que el ejemplo de una vida transformada por el amor (Lucas 6.32-34).
