sábado, 9 de mayo de 2026

Mi madre y los vecinos de la izquierda (memorias)

Por Freddy Ortiz Regis

Mamá, sirviendo la comida

Mi amada madre, Emperatriz, sirviendo la comida

Han transcurrido veintiún años desde que mi madre dejó este mundo y, sin embargo, apenas he escrito sobre ella. Guardo la esperanza de dedicarle un capítulo entero en mi autobiografía en ciernes, pero las exigencias laborales y el tiempo que uno entrega a sus seres amados parecen confabular contra el anhelo de completar mis memorias. En ellas pretendo abrazar desde mi infancia en Lima y nuestro éxodo hacia el norte, hasta mi estadía en Europa y mi retorno definitivo al Perú.

Pero, dado que uno no tiene la vida comprada ni conocemos el momento en que Dios nos llama, he decido —con ocasión del Día de la Madre y de su próximo cumpleaños— escribir sobre unos hechos que ocurrieron cuando vivíamos en nuestra casita del jirón Zepita en el centro histórico de Trujillo.

Una de las virtudes que más adornaban a mi madre era su carácter caritativo. En la quinta del jirón Zepita, adónde habíamos llegado procedentes de Huanchaco, vivían personas tan o más pobres que nosotros. A nuestra derecha vivía una familia cuya vida era casi inexpugnable. Eran tan reservados que, después de muchos años, apenas si llegamos a conocer sus nombres.

Contrariamente, a nuestra izquierda, vivían un hombre de unos treinta y tantos años, su mujer, casi de la misma edad, y sus dos hijos. No recuerdo sus nombres, pero eran varones: el mayor de unos once años y el segundo de unos ocho años. Cuando llegamos a vivir al lado de ellos nos dimos cuenta de que, muchas veces, no tenían ni para comer. Entonces, mi madre, se las ingeniaba para hacerles llegar una que otra vianda, que los niños comían con fruición.

El papá de los niños era un hombre de baja estatura, pero corpulento, y siempre se quejaba de que no conseguía un empleo estable que le permitiera tener ingresos permanentes y decentes para mantener a su esposa (una mujer enfermiza) y criar a sus dos menores hijos.

Pero, un día, el papá llegó contento a su casa con una cocina semiindustrial que —según él— le habían regalado. Era de segunda mano, pero funcionaba. Y no pasó mucho tiempo para que él y su mujer comenzaran a preparar cachangas, papas rellenas y picarones, que vendían apostándose en las zonas más concurridas de la ciudad, justo cuando el sol comenzaba a esconderse y el hambre daba sus primeros zarpazos entre los transeúntes.

Mi mamá y mis hermanos nos alegramos de que, por fin, nuestro vecino, comenzaba a mejorar su situación económica. Más temprano que tarde, los niños comenzaron no solo a vestirse mejor, sino también a engordar. La madre mejoró su semblante y se convirtió en la mano derecha de su esposo en la venta de la comida callejera.

Así pasó el tiempo y el vecino consideró que era mejor tener un local propio; dejar de vender sus productos un día aquí, otro día allá. Justo, en esa época —en lo que ahora es un parque al lado de la concha acústica de la ciudad— se levantó un pequeño mercadito en el que se vendían abarrotes, frutas, pescado, carnes y todo cuanto era necesario para llevar a la cocina de la gente del barrio de Mansiche, el Barrio Obrero y sus jirones aledaños (entre ellos, el jirón Zepita).

Los organizadores de dicho mercado incluyeron, además, espacios para restaurantes y picanterías, oportunidad que nuestro vecino no dejó pasar. Así fue cómo, de la noche a la mañana, vimos a nuestros vecinos que iban y venían llevando cosas hacia el nuevo mercado: ollas, platos, bandejas y, obviamente, la enorme cocina que les había servido para darse a conocer con sus potajes de media tarde.  

Mi madre, mis hermanos y yo comentábamos con gratitud a Dios el progreso de nuestros vecinos. Todo indicaba que su calidad de vida seguiría mejorando. Los dos niños empezaban a convertirse en adolescentes, y el apoyo que brindaban a sus padres en el negocio de comida no solo les daba experiencia de trabajo, sino también una oportunidad para madurar y mantenerse alejados de las malas compañías.

Sin embargo, esta alegría y esperanza no duraron mucho tiempo… Una tarde, recuerdo que era como las cinco, escuchamos el sonido de la sirena de una ambulancia. Siempre que escucho este sonido, me invade una enorme tristeza porque pienso que algo grave ha ocurrido o debe de estar pasando.

Y no me equivocaba. Minutos después escuchamos gritos de los vecinos de la quinta. Los gritos iban, también, mezclados de sollozos y llantos. Mi madre abrió la puerta y preguntó al primero que pasaba qué es lo que estaba ocurriendo. “Hay un incendio en el mercado de la concha acústica, doña. El restaurante del vecino se ha quemado”.

Mi madre no lo podría creer. El único vecino de la quinta que tenía su restaurante en aquel mercado era nuestro vecino de la izquierda. Rápidamente, mi madre, nos pasó la voz y juntos salimos corriendo en dirección al mercado, ubicado a solo unas pocas cuadras de dónde vivíamos.

Cuando llegamos, el panorama era dantesco. La policía había acordonado toda el área del mercado y no era posible acercarse al lugar del siniestro. Todos coincidían, en medio de profundo dolor, que nuestro vecino había llevado la peor parte. “Por salvar al menor de sus hijos, ingresó semidesnudo al restaurante en medio de las llamas. Logró rescatarlo, pero él ha quedado muy quemadito”, decían.

Tres días después del incendio, nuestro vecino falleció en la cama de un hospital. Su organismo no pudo soportar las profundas quemaduras que había sufrido en gran parte de su cuerpo. Mi madre, cuando alguien fallecía, siempre elevaba una plegaria diciendo: “Gracias, Señor, porque ahora su sufrimiento ha terminado”.

Pero el sufrimiento quedaba entre sus deudos. La esposa del vecino y sus dos hijos no solo habían perdido al jefe del hogar, sino que también habían perdido todo lo que tenían en el negocio de la comida: muebles, vajilla, utensilios y, lo más valioso: la cocina, que había explotado y ocasionado el incendio.

Fue así como nuestros vecinos de la izquierda, lenta pero progresivamente, fueron regresando a la pobreza inicial, y aún peor, porque ya no tenían al padre que siempre se las ingeniaba por traer algo al hogar.  

Una mañana, conmovida por sus llantos, mi madre se dispuso a prepararles el desayuno. En las prisas y la angustia, no calculó un movimiento y el asa de la sartén se incrustó en su ojo izquierdo. Mis hermanos y yo nos conmocionamos ante esta terrible escena. Inmediatamente le extrajimos con mucho cuidado el utensilio y la llevamos rápidamente al hospital.

En el camino ella no se quejaba; solo tenía palabras de consuelo para nosotros. Dos horas después, mi madre salió del hospital como si nada le hubiera pasado. Nosotros no dábamos crédito a lo que veíamos. Hacía poco su ojo estaba semivolteado y sangrando, y ahora estaba completamente restaurado. La abrazamos y lágrimas rodaban por mis mejillas: ¡Dios nuevamente nos había protegido! Este acontecimiento, trajo a mi memoria un hecho que ocurrió cuando vivíamos en Lima. Algún día también escribiré algunas líneas sobre la forma cómo Dios salvó a mi hermano el menor tras caerse de la cama en nuestra casita de la calle Virrey Toledo.

En cuanto a los familiares de nuestro vecino fallecido en el siniestro, terminaron siendo desahuciados debido a un litigio perdido contra los nuevos propietarios. Al crecer, los chicos dejaron de estudiar y empezaron a frecuentar a jóvenes sin ocupación alguna.

Antes de que nuestros vecinos de la izquierda fueran desalojados por los nuevos dueños, sufrimos el robo de algunas pertenencias de nuestra casa. Recuerdo que fue en Navidad, y toda mi familia habíamos ido a visitar al segundo de mis hermanos que reside en la ciudad de Chiclayo. Al retornar después de la festividad, encontramos la puerta de nuestra casa semiabierta. Al encender las luces nos dimos con la horrible sensación de que algunos enseres de nuestro hogar no estaban: dos televisores y un radio portátil.

Pasaron los años y no se llegó a saber quiénes fueron los ladrones hasta que, por testimonio de otro vecino de la quinta, que no pudo seguir callando, nos refirió que los ladrones habían sido los hijos de la familia a quien mi madre siempre ayudó en los momentos que más lo necesitaron. Nunca le revelamos a mi madre esta cruel verdad, y ella se fue a la tumba sin conocer la ingratitud de sus vecinos a quienes ella siempre amó y hasta puso en riesgo su vida por servirles.

Desde que nuestros vecinos de la izquierda fueron desalojados no volvimos a saber más de ellos. Se decía que la señora falleció de una penosa enfermedad y que el menor de sus hijos se había ido con un circo mexicano que había llegado a la ciudad.

Hoy, en el Día de la Madre, he traído a la memoria estos hechos y los plasmo en estas líneas porque nuestra madre, Emperatriz, nos evangelizó con su propia vida. Cuando en el alba de mi edad adulta llegué a conocer la Palabra de Dios, siempre encontré en la vida de mi madre coincidencias que me hicieron entender que existe una teología de los hechos, fáctica, que no se enseña con elocuencia o liturgia, sino con obras de fe. La vida de mi madre demostró que no hay mejor sermón que el ejemplo de una vida transformada por el amor (Lucas 6.32-34).

  

 




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