viernes, 26 de octubre de 2012

El Sábado, un don de Dios para el universo.

Por Freddy Ortiz Regis


Dice el Génesis 2:1-3: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”.

Dios instauró el Sábado apenas terminada su obra creadora. Esto ocurrió antes que el hombre pecara. Lo confirmó en la ley moral (el cuarto de los diez mandamientos) cuando el hombre pecó. Y en la eternidad el Sábado permanecerá como está escrito en Isaías 66:22,23.

El Sábado es pues un tiempo para adorar a Dios abstrayéndonos de cualquier cosa que merezca nuestra atención. Así nos lo dice el Señor en Génesis 20:8: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios”. El Sábado es pues un día de santificación; y santificación implica apartarnos (separarnos) para Dios.

Es cierto que debemos adorar a Dios todos los días y permanecer en él siempre. Pero el Sábado es un ámbito especialísimo en el cual sus santos "venimos todos a adorar delante de él".

Por eso es entendible que en el Sábado los adoradores de Dios participen del carácter de Aquel que separó un día de la semana para reposar de su obra cósmica. Así lo confirmó nuestro Salvador cuando estuvo entre nosotros: “Pero llegará el momento, y en efecto ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23).

Si no participamos del espíritu del Sábado entonces vana será nuestra adoración. No seremos verdaderos adoradores. Allí radicó la tragedia espiritual del pueblo hebreo que rechazó a Jesús. Ellos se autoproclamaban adoradores de Dios pero al mismo tiempo despreciaban el carácter del que había fundado el Sábado. Si no comprendían que era lícito curar en Sábado entonces… ¡no había lugar para el amor en el Sábado! (Lucas 13:10-17)

Así como solo y exclusivamente a través de Jesús podemos llegar al Padre, así también si no entramos en el Sábado en el contexto del carácter de Cristo, no podremos adorar a Dios.


El Sábado está estrictamente vinculado con la adoración. El Sábado no juega ningún rol en la salvación; es una gracia del Padre para sus hijos desde la creación hasta la eternidad.

Adorar a Dios es estar en la presencia misma de la Divinidad. Dios nos ha dado este grandioso privilegio. Sus hijos no tenemos que hacer penosas peregrinaciones ni trasladarnos de un lugar a otro para poder adorar a nuestro Creador. Cada siete días podemos entrar en el Sábado (desde la puesta del sol del viernes hasta la puesta del sol del sábado), en el espíritu del Hijo, y adorar delante del Padre. Este privilegio nos permite crecer, nos transforma, nos hace más fuertes y nos prepara para nuevos retos en el presente y en el futuro. ¡Nadie que haya estado en la presencia de Dios puede seguir siendo el mismo! (Éxodo 3:1-10 y Hechos 9:1-30).




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