sábado, 3 de mayo de 2008

DECIDIR QUIÉN VIVE Y QUIÉN MUERE



Por Carlos E. Ortiz Regis - Médico

La prensa italiana se ha hecho especial eco de un episodio ocurrido en junio en Milán, pero divulgado a finales de agosto. Una mujer, en espera de dos niñas gemelas, es informada que una de ellas padece el síndrome de Down, por lo que decide practicar un aborto selectivo. Pero en el quirófano —por una “fatalidad”, se dice— se elimina a la niña sana (y luego también a la Down).

Recuerdo con gran intensidad que en las aulas universitarias de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Trujillo, uno de nuestros más destacados maestros nos decía que los médicos éramos algo así como “semidioses” porque junto al Hacedor del mundo compartíamos la posibilidad de luchar contra la muerte y de alguna manera producir vida. Qué medico no recuerda la frase que con frecuencia nos repiten nuestros pacientes adultos mayores: “después de Dios, ustedes los médicos”, que reafirma los conceptos y conductas paternalistas en los que nos hemos estado desenvolviendo los profesionales de la salud.

Sin embargo, el desarrollo del comportamiento ético de los médicos en el mundo está variando, adoptando caminos divergentes. Por un lado, se marcha hacia una relación medico-paciente más horizontal, impulsada por el empoderamiento de los usuarios quienes tienen cada vez mayor conocimiento de sus derechos, lo que nos obliga a informar al paciente en un lenguaje sencillo y accesible a su nivel cultural y educativo, sobre todo lo que atañe a su estado de salud así como a pedir autorización para la realización de cualquier procedimiento y el tratamiento que se le va a realizar, presentándole todas las opciones que sobre su caso específico la ciencia médica ofrece (consentimiento informado) y, por otro lado, en países de Europa —en un mal entendido respeto por la autonomía de la paciente— se viola la autonomía del no nacido y se cometen las aberraciones que hemos descrito al inicio de este artículo.

Para aquellos padres que la vida los lleve a una encrucijada como la de nuestro ejemplo, queremos aconsejarles que, antes de decidir si de las vidas de los gemelos la del sano vale más que el portador del síndrome de Down, sería conveniente consultar a los padres de otros niños Down y que además tienen hijos sin este síndrome: ¿a quién quieren más y de quién disfrutan más sus progresos? y ¿cómo toda la nación se siente orgullosa cuando en las Olimpiadas Especiales estos niños nos dan más lauros deportivos que ninguno de los profesionales de las diferentes disciplinas?

El mundo del consumo, los cánones de belleza y salud de quienes no ven más allá de los sentidos, venden la idea de la perfección física como la fuente del éxito y, en ese contexto, los que no se acercan a estos insensibles estándares simplemente “no deben nacer”.

Esto nos lleva a concluir que mientras por un lado avanzamos hacia una relación médico-paciente más horizontal, haciéndola un acto más humano y poniendo los servicios de la salud con un enfoque centrado en el usuario, por otro lado, es como si estuviéramos retrocedido a los tiempos de la Alemania nazi, en donde se llegó al extremo de considerar que la “raza aria perfecta” era la única que debería sobrevivir y, por tanto, se justificaba el aniquilamiento de millones de judíos y de otras etnias que no calzaban con sus malévolos estándares. ¿Son ahora los nasciturus imperfectos los herederos de este destino fatal? No cabe duda que la posición de Benedicto XVI —cuando expresa: "La libertad de matar no es auténtica libertad sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud" e "inequívoca inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural"— marca un derrotero por el que los médicos chiclayanos debemos caminar, siempre en defensa de los más sagrados principios que la ética medica nos exige: la defensa de la vida; especialmente de aquellos que todavía no tiene voz para defenderse.